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lunes, 13 de enero de 2014

Ejercicio 3; Punto de tensión


Ejercicio 3 : Punto de tensión.



̶  Bueno, está bien, si no quieres salir esta noche, no salgas, pero no vas a conseguir que por pena, nos quedemos todos en casa.

̶  No pretendo que os quedéis, yo  solo digo que llevo unos cuantos días con un cierto malestar y que no me apetece pasar la noche haciendo el gamba por ahí.

̶  ¡Ah, por cierto! Con respecto a ese tema, tenemos que hablar, en serio. Si uno lleva una semana entera con malestar, va al médico, porque es evidente que el problema no está remitiendo y, aunque no te sepas expresar bien en alemán ¡mejor ir al médico que no hacer nada!

̶  ¡Ay, no me agobies! El lunes, si la cosa no mejora,  iré al médico.


Y así quedamos, el lunes iría al médico, ya me encargaría yo de que no hubiera ninguna excusa.


Pero la hubo.


Tres horas de fiesta fueron suficientes para darnos cuenta de que las expectativas  depositadas en ella no se habían cumplido y lo que era peor, no se iban a cumplir, así que iniciamos la retirada.


Al llegar a la residencia, en la sala común todavía había luz y la tele estaba encendida. 
Por lo general, alcanzado este punto, cada uno se va a su habitación, cansado, borracho o las dos cosas, pero aquella noche algo nos empujó hacia la luz. Era Víctor, estaba sentado en el sofá, con la mirada perdida en algún sitio muy lejos de allí y la tez blanca y cérea como nunca antes se la vi.


Había encontrado la excusa perfecta. El apéndice le había estallado en mitad de esas tres aciagas horas, terminando con él y con sus miedos por no saber expresarse correctamente en alemán.



FUERA DEL POZO



Como la realidad no deja de ser una obra creativa:

En su niñez vivía en las afueras del pueblo, cerca de los huertos de naranjos.
En el cruce de una travesía y un camino de tierra.
Cumplidos los siete años, un hombre empezó a frecuentar las inmediaciones y se masturbaba en la puerta del pozo de agua llamado LA FOYA. Su elección del lugar, por el nombre y todo lo que representaba en un sentido metafórico para él, se granjeo su simpatía.
La primera vez que lo vio junto a sus amigos fue casual, el resto de muchas otras, hasta que desapareció, dejo de serlo.
El miedo impedía a su curiosidad acercarse más y desde la distancia le parecía enorme su brazo, tan mecánico como el del tren a todo gas que mueve las ruedas, y su rata, su cola, su poya por oídas era el pistón de la compresión de la moto del hermano de su amigo Conillet.
Siguiendo indicación de nuestros padres, le tirábamos piedras para darle y salíamos corriendo. De haberle dado la satisfacción seria plena, elevada al cubo. Lanzarles piedras a los adultos (cada uno al suyo), acertarles y ser recompensados. Tres prohibiciones tachadas a cambio de un deseo cumplido.
Transcurrido un tiempo, que no acierta a recordar, desapareció. No le acertamos con ninguna piedra y no éramos malos tiradores.
No lograba distinguir la diferencia entre este y otros hombres conocidos, que se giraban para mear en las paredes de los patios, abrían las piernas para apalancar su posición y mojaban los bajos de las paredes desconchadas, arenosas y secas de modo que absorbían no solo la humedad de lo mojado sino su olor.
La caída de la orina parecía buscar el sonido de la presencia al chocar con lo que mas sonaba
Al terminar, después de sacudirla, la escondían con desgana. Parecían lamentar que sus medallas bañadas en oro solo fueran un chorro.

Son los hombres los que van aprendiendo desde niño

Este niño creció y aprendió como pudo a ser un hombre
.
Su nueva pareja ha aportado a la relación dos hijos. Al mayor de 13 años le llama Re como la nota musical y a la pequeña de 11 Ali por su genio, no tan maravilloso. Por supuesto son abreviaturas que todos entiende dichas con cariño.
Su deseo de ser padre biológico ha quedado olvidado en el transcurrir de este último año y la perdida del hijo que esperaban. En las ecografías en blanco y negro era tan moreno que le llamo “el seu gitanet”, su montoncito de tierra de Sol sumergido en agua dulce. Nació un 17 de enero y falleció el 21. Su muerte fue anunciada desde el principio en un airado invierno de ramas secas junto a su dolor.  
Su madre, su mujer, Petruta, es “su morena gitana”.
Se casaron en el 11 de septiembre, casi ocho meses después del entierro.
La mañana amaneció mojada y fresca, entre claros y nubes. Nubes lejanas de tormenta.
-          un buen día para casarse, la lluvia se viene a nuestra boda y nos ha tendido su alfombra más nueva (pensó él)
-          un buen presagio si llueve en la boda, es un dicho rumano dijo ella
Se quedo mirándola y recordó la primera vez que se encontraron.
No parecía la elegida, sin embargo su sonrisa dictó la noche y la siguiente y la otra… formando un presente.
La presencia del deseo, su avaricia sobre su piel desnuda con las ganas del hambre, forman también un presente con manos sin piel muerta.


En el juzgado el juez se vistió con cara de buen día.
Fue una ceremonia sencilla y emotiva, llena de nervios en la que solo quieres escuchar el Si, pero quieres prolongar y estirar esa palabra, cuidar y mimar esa vocal tan delgada que parece frágil, esa “i” final que suena profunda, con deseos de emerger y en su vacío crea un espacio por llenar.

Como en todo cambio lo nuevo crea temor.

Aquel día la tormenta no estaba solo fuera de mí.
La madurez del hombre me parecía una fruta tan borde como llamativa rodeada de zarzas como un cercado alto, como si te invitaran a no llegar.
Era del pensar que llegaba con el envejecimiento de la edad, sin esfuerzo, como un regalo.
Hoy entiende que es un camino, que su agua de río a de desembocar en el mar.

Aquel día se sintió mas preocupado de lo que en el era costumbre y se sorprendió preguntándose si ¿era un hombre normal?
¿Puede un padre sentir deseo por sus hijos?
Por la mañana después de ducharse, apareció Ali en el cuarto de baño sin camiseta para enseñarle lo mucho que le han crecido los pechos en unas pocas semanas. No le sorprendió el ímpetu con el que le abordo y le contesto: que bien, me parece bien lo mucho que han crecido, todo tu cuerpo esta cambiando y tus pechos aun crecerán mas, no te preocupes. Pero has de entender que aunque sea tu padre, también soy un hombre y es más conveniente que se los enseñes a tu madre que a mí. Y también muy importante es que lo sigas haciendo en el ámbito familiar, hasta que aprendas a proteger tu cuerpo.
-          Vale, desenfadada se coloco la camiseta

Solo de nuevo, en el cuarto de baño, no pudo evitar sentirse mal al recordar el impulso de tocar los pechos de si hija. Recordó como cuando los arropa antes de marcharse al trabajo no puede evitar mirar sus bragas y aunque piense que son una prenda mas de su vestir, ¿porque les da la importancia que de serlo no tendrían?.

Cuando me lo contó en busca de ayuda o consejo, sin moverme sentí como mi cuerpo se alejaba. No puedo negar mi rechazo y lo desagradable que me mostré.
Nos distanciamos. Me ayudo un desplazamiento temporal en el trabajo.
Al volver después de 7 meses lo veo más próximo a su familia con mayor dedicación y la niña parece feliz sin temer su proximidad    .
Me gustaría poder hablarle, decirle que fue un hombre valiente.
Necesito de su fuerza y preguntarle:
¿Crees que soy un hombre normal?



domingo, 12 de enero de 2014

AL BORDE DE LA PISCINA

AL BORDE DE LA PISCINA

Verano. Dos amigos de la infancia sin mucho de lo que hablar. Una piscina plácida. 
Algunos niños que juegan, mientras los padres echan la siesta.

Sentado en el césped, con la toalla sobre la cabeza para cubrirla del sol, abandonó su lectura para observar a su amigo nadar. Surcaba repetidamente la piscina con brazadas enérgicas, pero tan limpias que apenas perturbaban la superficie. Incluso el juego de los niños se había contagiado de la calma de media tarde: voces en susurros, y pasos sigilosos, como si temiesen despertar a alguien. Piensa si no debería echarse una siesta él también, pero no se siente capaz. Su amigo había insistido en que le acompañase, a pesar de que a él no le gustaba nadar, e incluso se había ofrecido a pagarle la entrada. Cada vez que le instaba a que se metiese en el agua, él lo había rechazado cortésmente.

El socorrista pasa sin interés las hojas de una revista. Un hombre del grupo de padres alza la cabeza, echa un vistazo levantándose las gafas oscuras, y vuelve a acostarse. Los niños se persiguen disparándose chorros de agua. Fija su mirada en el borde empedrado de la piscina, y de repente le viene a la mente una conversación que ha tenido antes con su amigo.

-Era muy guapa.
-¿Qué?- Levantó la vista del libro.
-La chica que estaba aquí hasta hace poco.- Se había encogido de hombros. Su amigo lo observaba.- ¿Cuándo vas a salir con alguna chica?- Se había vuelto a encoger.- Mira... Si te gustan los chicos no pasa nada.
-No es eso, es que...- Su amigo esperó que continuase, pero él ya no tenía nada que añadir.

En una ocasión le había preguntado con cuántas chicas había salido ya, y su amigo le había respondido riéndose que con muchas. No supo identificar aquella risa, pero no era de presunción.

Los niños corren descalzos, dan vueltas, cegados en su tiroteo. Abandonan la zona de césped por el cemento rojo, y él no puede dejar de mirarlos. Uno de ellos retrocede de espaldas por la intensidad del fuego, mientras que el enemigo se divide para rodearle. Sus trayectorias convergen en único punto.

-¡Chicos! ¡No corráis por el borde!- grita el socorrista. Algunos de los padres levantan la cabeza, pero la mayoría sigue durmiendo.

Los niños obedecen sin abandonar su juego. No sopla aire, apenas se escuchan ruidos, el agua ondea hipnóticamente, y no pasa nada. Debería haberse quedado en casa, piensa.

-Ha vuelto el gamberro- le dice su amigo al regresar. Mira en la misma dirección, a la colina más allá de la verja, y lo ve. Un niño que deambula entre las piedras y los árboles con la mirada de una fiera enjaulada.
-No me gusta.- Y era cierto, le inquietaba más de lo que estaba dispuesto a admitir. Y cuando desaparecía detrás de un árbol, y no volvía a aparecer, lo que sentía era cercano al terror.
-Los niños no lo han visto está vez.
-Está buscando cómo entrar.
-No puede. La verja es buena, no como la de nuestros tiempos.
-¿Y si los espera a la salida?- Él sabe que ese no es el problema, pero cuando su amigo le recuerda que al salir irán con sus padres, no puede evitar imaginarlos durmiendo en bañador y sobre una toalla el resto de sus vidas.- ¿Recuerdas a ratita?- las palabras fluyen de su boca, y en el instante en el que es consciente de haberlas pronunciado, se arrepiente.

Su amigo lo observa con cara de no comprender nada, hasta que esboza una sonrisa.

-¡Qué dices, ratita!- su amigo le da un empujón amistoso, y ahora quien no comprende es él.
-No, me refiero a...
-¿Te refieres a quién, ratita?- pregunta aún sonriente.- Hacía siglos que no te llamaba así.
-¿Qué? Ratita no era yo.
-Sí, lo eras- le ataja antes de que pueda añadir nada.- ¿No te acuerdas de que tenías las palas muy separadas, y de cómo te mordías los labios?- dice, mientras lo representa.- Parecía que olisqueases queso.

Y él, a su pesar, lo recuerda. La sonrisa se desvanece del rostro de su amigo, desvía su mirada hacia un lugar que ya no pertenece a este tiempo.

-Después del accidente nadie volvió a usar los ápodos que ella invento. Recordar era demasiado doloroso. Tal vez debimos actuar diferente, haberla recordado más, pero sólo éramos unos niños.

Entre bromas y risas, el grupo de niños recarga sus pistolas. Extienden con todo su brazo para alcanzar la superficie del agua, ajenos al peligro.

Su amigo lo observa en silencio. Una pregunta da vueltas en su cabeza sin atreverse a salir. Finalmente la descarta. Él no habría sabido qué responder.

-Tú no estabas cuando sucedió. Te habías ido al pueblo de tus abuelos.

Él guarda silencio. Su amigo frunce el ceño, disgustado por la dirección que ha tomado la conversación. Corre y se zambulle con fuerza en la piscina. Mientras su amigo nada, piensa que quizá debería irse a casa. Los niños juegan a lanzarse al agua, el socorrista habla por el móvil, y aunque no ve al gamberro por ninguna parte, está.

Después de unos largos, su amigo regresa, y él sigue allí. Se sienta a su lado, y durante un rato ninguno dice nada.

-Siempre me he arrepentido. Salimos todos a comprar helados, y de repente quiso regresar. Me ofrecí a acompañarla, pero me pidió que le comprase uno de limón- se ríe sin fuerzas.- Nunca he sabido la razón por la que quiso regresar, pero debió ver algo, porque justo antes había mirado atrás.- Hay un niño oculto entre los árboles que no es el gamberro. Su amigo mira en la misma dirección sin ver nada, y después continua hablando.- He repetido ese instante millones de veces, y jamás he podido detenerla. Podría haberla detenido, si hubiese sabido la razón, podría haberla detenido.

Mientras escucha a su amigo, puede ver a la niña regresar sola a la piscina, sin comprender por qué. Lo imagina porque él no estuvo allí.

Su amigo se levanta con la mirada desviada, y él la aparta a su vez para no mirarle.
-Voy al servicio- alcanza a decir.

Pero puede recordar a ratita mintiendo a sus amigos. Contar que se iba al pueblo de sus abuelos, para no aguantar más burlas y risas. Y empieza a sentir miedo de las memorias que conserva, y también de las que no conserva.

Los niños practican pelea cerca del borde de la piscina. El socorrista no está en su puesto. Lo busca pero ha desaparecido. Los padres duermen, y continuarán haciéndolo por toda la eternidad. El gamberro permanece oculto, pero no puede cruzar la verja porque es buena. Pero para el otro niño, él que espía a los amigos de los que ha huido, es diferente. Y de repente sabe cómo continua la escena.

Agarra la muñeca de uno de los niños justo antes de que se precipite contra la esquina de la piscina. El agua se tiñe de rojo. Sangre que proviene directamente de sus recuerdos. Aparta al niño, y le dice que tenga cuidado. En aquella ocasión no uso sus manos para sujetar. El cuerpo inmóvil de la niña flotó sobre la superficie antes de hundirse.


Un empujón le sorprende por la espalda. Su amigo le observa caer con una sonrisa.

Punto de tensión ALAS DE CRISTAL

Punto de tensión de ALAS DE CRISTAL  (1473 palabras)

A las 2:46 de una madrugada del mes de marzo de 1986 sonó el timbre de la puerta de mi casa. Como tantas noches yo intentaba combatir el insomnio engarzando brillantes en metales potencialmente letales, oscuros, suaves y fríos para señoritas de imaginación inabarcable. Con una precisión aprendida de memoria guardé todo ordenadamente en el  viejo costurero que mi abuela paterna me regaló de niña y lo coloqué en su sitio en la estantería del salón. Enfilé el pasillo con decisión y abrí la puerta sin pensar en más. Según iba girando la puerta  acompañada del impulso de mi brazo sentí que estaba siendo imprudente e intenté corregir el error cambiado rápidamente el sentido de mi fuerza. Solo fue cuestión de unos segundos pero en el abrir y cerrar de mis intenciones me sentí algo absurda y me quedé petrificada observando al hombre que estaba a un paso de mí. La luz del rellano se apagó, él se giró y dio unos pasos para encenderla de nuevo, dándome así algo de tiempo para reaccionar.
Lo conocía. Nos conocíamos. Se quedó inmóvil mirándome. Finalmente esbozó una sonrisa. Era un cuerpo alto, de piel muy blanca y con unos ojos verdes esmeralda pasados por lejía que cual rayo de tormenta me atravesó desde las pupilas hasta los pies pasando también por mi alma. Llevaba unos pantalones de pana negra desgastada y un jersey de lana granate jaspeado con puntitos blancos, tal vez hecho por su madre. Era una prenda que se ajustaba a su cuerpo como si hubiera encogido con los lavados y le asomaban rebeldes las muñecas. No paraba de estirarse las mangas como si estuviera algo nervioso, pero le fue imposible esconder las manos de porcelana blanca y acabó metiéndolas en los bolsillos del pantalón para que se callaran. Mantenía los pies juntos como un soldado raso pasando revista en el cuartel. Ante la eternidad de nuestras miradas acabó por esconder las  manos, y las muñecas, detrás de la espalda y volvió a sonreír, mostrando una dentadura  blanca y perfecta, y una simetría en los labios que jamás imaginé posible.
La luz del rellano volvió a apagarse y en ese momento mis brazos hablaron por mí invitándole a pasar. Sabía que no estaba haciendo las cosas bien pero ya no podía hacerlas de otra manera. Cerré la puerta con mucho más cuidado del que la había abierto y tomé aliento procurando que no pareciera que me faltaba el aire. Cuando me giré él ya estaba en el salón, de pie, esperando mi llegada, sin tomar asiento y sin decir nada. Ubicado en el centro del salón me pareció un ciprés perdido, de nuevo con los pies unidos, manteniendo el equilibrio no sin esfuerzo, como si dentro de mi casa se hubiera formado un huracán que lo estaba agitando todo.
―Siéntate ―conseguí articular con voz neutra―, ¿te apetece tomar algo? ―esta vez mi voz me sorprendió con cierto tono de dulzura.
―Un vaso de agua será suficiente, estoy sediento. Gracias ―y tal y como le había indicado se sentó en el sofá. Sentí sus ojos clavados en mi espalda mientras iba a la cocina a buscar el agua.
No tardé mucho en volver pero me pareció algo extraño encontrarle en la misma postura que lo había dejado. Volvió a sonreír. Cogió el vaso y se lo bebió lentamente mientras yo radiografiaba todos sus movimientos. Le cogí el vaso y lo dejé en la mesita pequeña del salón, al lado de la botella de cristal que había traído por si quería más agua. Al volver la mirada hacia él vi el brillo de algo oscuro en el suelo. Justo en lo que hubieran sido las raíces del ciprés. Era una mancha grande y casi circular. Lo miré. Me miró. Miramos juntos la sangre. Aquel mar sanguíneo abría un brazo hasta sus pies. Nos volvimos a mirar. De sus desgastados zapatos salía un hilillo de sangre a modo de manantial. Le miré. Sonrió sin sonreír y levantó los hombros como si con eso estuviera diciendo lo siento o no lo puedo controlar.
Me levanté rápidamente y busqué el botiquín. Acerqué la mesa pequeña y dispuse todo lo que creí necesitar en ella. Me senté de nuevo a su lado. Le cogí con cuidado una pierna y le quité el calzado. Hice lo mismo con la otra pierna y le quité los calcetines. Tenía en carne viva la planta de los pies y un número infinito de púas clavadas por toda la extensión de su piel hasta los tobillos. Parecía que hubiera caminado por un desierto lleno de cactus antes de llegar a mi casa. Cogí las pinzas y con una inmensa paciencia comencé a quitar una a una todas la púas que tenía clavadas. La noche fue pasando lentamente, él no tardó en dormirse sentado en el sofá mientras se dejaba hacer, y yo, como si hubiera encontrado una nueva forma de combatir el insomnio, fui viendo cómo llegaba el día a través de la ventana de mi casa. Ya había amanecido cuando terminé la extracción masiva de púas, cuando curé y vendé sus heridas y cuando al fin caí rendida a su lado con un dolor generalizado por todo el cuerpo. Había estado horas encorvada desengarzando cristales finísimos de la piel blanca, fría y potencialmente letal de un hombre sin definir.
Me despertó la luz directa del sol en mi cara. Serían las doce del mediodía. Tenía los huesos entumecidos, las manos doloridas, el cuello agarrotado y la boca inmensamente seca de dormir con ella abierta y dejándole así al huracán andar a sus anchas por todos los recovecos de mi ser. Ya más consciente miré hacia el lado donde debería haber estado él. Me levanté bastante aturdida y me fui a lavar la cara. Volví hasta el salón. Ni rastro del charco de su sangre. Ni una sola púa en el cubo de la basura, ni una gasa ni un algodón. Volví al baño ya para darme una ducha muy fría y asegurarme de que estaba despierta. Fui a la cocina, busqué la botella pero las encontré todas sin abrir. El  vaso guardado en el armario. Volví al sofá, me senté, abrí las rodillas para meter entre ellas mi cabeza y emular la postura del avestruz y ver si encontraba algo de sentido a todo aquello. No tuve suerte. Finalmente me abandoné al absurdo e intenté no pensar en los sueños para no enloquecer. No obstante busqué mi costurero, estaba donde lo dejé. Estaban todos los brillantes y demás artículos metálicos ansiosos de ser acariciados por manos de mujer. Me tranquilicé. Estaba todo. Revisé por encima la casa. Todo permanecía. Incluso su presencia: que aún jugaba al escondite con el  huracán que se metió en mi espacio cuando abrí la puerta sin pensar.
Me vestí y bajé a la tienda. Era casi la hora  de cerrar pero pensé que sería bueno salir a la calle y hacer como que todo era normal. Aún llegaron unas clientas a pedirme encargos de la semana anterior y que yo había dicho estaría para aquella mañana. Me disculpé como pude y les dije que se lo llevaría personalmente a sus casas en cuanto los tuviera terminados. No le dieron más importancia. Son caprichos muy laboriosos y del que solo importa el acabado final. Necesitaba algo más de tiempo. Aquél día no subí a casa a comer. Me fui al restaurante de al lado para no dar rienda suelta a mis pensamientos. Aunque a veces estos parecían caballos salvajes cabalgando locos por las aceras de una enorme y caótica ciudad.
―Hola Malena ―me dijo mi vecina muy contenta de verme―. Siéntate con nosotros, no comas sola. ¿Mucho trabajo en la tienda? –Asentí con una sonrisa y dejé caer mi cuerpo en la silla vacía.
La comida transcurrió entre risas y chismes del barrio. Mi vecina era una auténtica portera, no se le escapaba ni una. Me relajé del tal modo que hasta me pedí un copita para acompañarles en la sobremesa. Era una pareja muy bien avenida. Uno de esos matrimonios que todo el mundo quiere tener. Fue en ese momento cuando su marido me preguntó si había oído sonar el timbre de alguna puerta del rellano sobre las tres de la mañana.
―Normalmente no lo hubiera escuchado, ya sabes que tengo el sueño profundo, pero sonó tantas veces que al final husmeé por la mirilla. No pude ver nada, salvo que se encendió una vez la luz del rellano. Lo que más me extrañó es que el ascensor no estaba en nuestra planta. Tampoco lo oí arrancar después. En fin, cosas raras. ―Mientras yo negaba con la cabeza a su pregunta añadió: si tú no lo has oído que eres la noctámbula, debía estar soñando, no hagas caso de este viejo. Levantó su copa y brindó por nosotras.

Ejercicio - Punto de tensión

Compañer@s, aquí os dejo mi ejercicio. Finalmente mi imaginación no ha dado más de sí y he decidido reutilizar el texto del ejercicio de la anécdota y tratar de aplicar algunos de los consejos recibidos.


Circulaba por el centro de la ciudad, a una velocidad relativamente lenta cuando de repente, por el rabillo del ojo, notó que un coche aparecía por la calle de la izquierda. El vehículo iba a gran velocidad, daba la sensación de estar huyendo de algo. Carlos no pudo evitarlo, giro su cabeza y sus ojos se quedaron clavados en aquella imagen. Estaba totalmente absorto, era consciente de que aquel coche iba a acabar empotrado contra el suyo pero no era capaz de reaccionar. El tiempo se ralentizó y, mientras sus ojos continuaban atrapados en aquella terrible visión en la que a cada fracción de segundo la colisión se hacía más inminente, su mente giraba vertiginosamente repasando algunos capítulos de su vida, rememorando a aquellas personas que ocupaban un lugar importante en su corazón. Volvió a la infancia, a los primeros años de su vida y escuchó a su madre cantándole a cualquier hora del día aquellas canciones de la época que tanto le gustaban, canciones que de vez en cuando aún hoy le canta. Llegó ilusionado al hospital donde el día anterior había nacido su único hermano y se asomó sonriente a la cunita donde vio por primera vez el rostro arrugado de aquel recién nacido, de aquel pequeño ser al que había esperado tan ansiosamente durante los últimos meses. Lanzó una vez más el anzuelo desde aquellas rocas a las que su padre solía llevarle en las mañanas de los domingos, siempre que el tiempo lo permitía. Sintió la brisa del mar, ese olor a salitre y pudo escuchar el murmullo de las olas rompiendo bajo sus pies. Estrechó a su abuela entre sus brazos y la contempló agitando su mano a modo de despedida desde el porche, bajo los jazmines, incluso pudo percibir su aroma. Sintió el beso cálido de los labios de su única novia, como si fuera la primera vez que la besaba, como si aún siguieran juntos. Al final ella siempre abría los ojos y él se quedaba un rato buceando en su mirada.

-           – Nooooooooooo!!!! Noooooooooooo!!!!  – Gritó.

No consiguió pronunciar más que esa palabra que retumbó en su garganta con una fuerza desmesurada, gritó como nunca antes lo había hecho. Aquel no podía ser el fin, le quedaba tanta vida por vivir, tantos recuerdos por construir, tantas emociones por sentir. Un fuerte golpe le obligó a volver de su ensoñación. El ritmo al que parecía avanzar el reloj inmediatamente se restrableció. Su cara chocó contra el parabrisas. Sus gafas volaron. Sabor a sangre en la boca. Volver a abrir los ojos. Repaso de dientes con la lengua. Las piernas siguen respondiendo. Bajar del coche aun temblando y gritar. Gritarle a aquel desgraciado todos los improperios que pasaron por su mente sin tener ningún tipo de mesura ni compostura.

-          
-           – Maldito hijo de puta, has estado a punto de matarme.

sábado, 11 de enero de 2014

Mato a un tío



Mato a un tío
Amparo había salido por la tarde a hacer la compra para el fin de semana. Algo básico, su pensión no daba para mucho más: patatas, cebollas, manzanas y pan. Por el camino se había cruzado con unas cuantas vecinas. Todas se interesaron por su estado físico, por cómo se encontraba después del robo que había sufrido hacía unos días.
    - ¿Han encontrado tu documentación al menos?- Se interesó una vecina.
    - No.- Contestó Amparo.- No han encontrado nada.
    - ¿Se llevaron mucho dinero?
    - Mujer… No llevaría más de diez euros encima… si simplemente había bajado a la verdulería… Lo peor es que llevaba todo dentro del bolso: documentación, fotos, llaves… Menos mal que mis vecinos tenían una copia…
    - Cómo se está poniendo todo… ya no puede una caminar tranquila por la calle…
La gente del barrio trataba a Amparo con amabilidad. Todos la conocían. Ella se sentía querida. Continuamente le preguntaban si necesitaba algo o si se encontraba bien, a lo que ella respondía siempre lo mismo: que no necesitaba nada y que sí se encontraba bien. Todos sabían que aquello no era cierto, pero todos daban por válida esa respuesta.
Amparo entró en su patio y escuchó ruidos por el hueco de la escalera. Le parecieron gritos, pero no llegó a reconocer las voces. Se asomó por ver si atisbaba algo. Nada. Llamó al ascensor y subió hasta su piso temiéndose lo peor; al salir del ascensor se encontró en el rellano con el vecino de la puerta de al lado. Éste al ver a Amparo se le acercó.
    - ¿Estás bien?- Le dijo el vecino.
    - ¿Qué pasa?
    - Dame las bolsas.
El vecino de Amparo cogió con cuidado las bolsas de la compra. Ella no opuso ningún tipo de resistencia, estaba quieta, congelada, con la mirada fija en la puerta de su piso. Era de ahí de donde procedían los gritos.
    - ¡Aaaaah!- Se escuchó gritar.
    - ¿Es mi hija?- Dijo Amparo.
    - No estamos seguros… Ven, pasa conmigo.
El vecino la cogió de la mano y la guio hasta su casa. Ella avanzó con la mirada todavía clavada en su vivienda. Intentaba adivinar qué decían aquellos gritos. Pero sólo escuchaba una cosa.
    - ¡Aaaaah!
Amparo avanzó por el pasillo de sus vecinos con el semblante serio. Absorta en sus propios pensamientos. Entró al comedor sin saludar a su vecina, que la esperaba con una sonrisa nerviosa. Amparo simplemente se sentó en el sofá y clavó la mirada en el tabique que separaba ambas viviendas. Desde allí se escuchaban mejor los gritos.
    - ¡Aaaaah!
Eran sin duda voces de mujer. Sabía que era su hija.
    - Han empezado los gritos hará cosa de media hora.- Dijo su vecina al ver que Amparo no reaccionaba.- Todo ha sido muy rápido. Estábamos viendo la televisión cuando hemos oído ruidos, como de muebles arrastrados... Nos hemos quedado sorprendidos, por un momento hemos pensado que eran ladrones… pero pronto han empezado los gritos.
Amparo seguía con la mirada fija en el tabique.
    - Hemos llamado al timbre de la puerta.- Continuó su vecina.- Pero no nos ha abierto. La puerta está bien, no parece que la hayan forzado… Varios vecinos más han salido. El de la puerta 27 quería llamar a la policía… pero hemos decidido esperar a que vinieras…
Silencio.
    - Amparo… ¿qué quieres que hagamos?
Amparo tenía el rostro petrificado. Respiró profundamente. Por fin apartó la mirada del tabique, miró a sus vecinos y con voz calmada dijo:
    - Dejadme que intente hablar con ella.
Acto seguido se levantó del sofá, se arregló la falda y la rebeca, ambas negras por su eterno luto, y sacando las llaves se dirigió hacia el pasillo. Su vecina fue tras ella, pero al percatarse se giró:
    - Mejor que vaya yo sola.
Amparo salió al rellano y sus vecinos se quedaron tras la puerta. La vecina estaba nerviosa, no paraba de pensar en que debería de llamar a la policía. Clavó su ojo en la mirilla y esperó con el teléfono en la mano.
Amparo se plantó delante de la puerta de su casa, tan recta como su avanzada edad le permitía. Tocó el timbre dos veces y seguidamente dijo con solemnidad:
    - ¡Hija, quieras o no voy a entrar!
    - ¡Aaaaah!
Fue lo único que obtuvo por respuesta. Metió la llave por la cerradura y empezó a girarla mientras contenía la respiración. Dio dos vueltas a la llave pero cuando intentó abrir, no pudo mover la puerta.
    - ¡Hija por el amor de dios!- Gritó Amparo.- ¡Ábrele la puerta a tu madre!
    - ¡Aaaaah!
Amparo dio varios golpes en la puerta, giró una y otra vez la llave.
    - ¡Hija!
De repente notó cómo la mirilla de la puerta se abría. Dio un paso atrás.
    - Hija. Ábreme.
    - ¿¡Ahora sí que soy tu hija!?- Gritó una voz encolerizada a través de la puerta.
    - Hija. Cálmate.
    - ¿¡Hija!? ¿¡Ahora soy tu hija!?- La voz de aquella mujer era estridente.
    - Cálmate y ábreme la puerta.
    - ¡No!
    - Sabes que no hay nada en casa de valor.
    - ¡Cállate! ¡Cállate! ¡Cállate!
    - Hija, ¡por el amor de dios!
    - ¡Que no soy tu hija! ¡¿Recuerdas?! ¡Tú no tienes hija! ¡Eso fue lo que dijiste!
    - Cristina. Ábreme, no montes otro espectáculo.
    - ¡Aaaaah!
    - ¡Hija ábreme!- Dijo Amparo dando un golpe en la puerta.
    - ¿Quieres espectáculo? ¿Sabes lo que voy a hacer? ¡Voy a rajarme las venas en tu casa!
    - ¡Hija cálmate por dios!
    - ¡Vas a ver a esa hija que no querías! ¡La vas a ver muerta en tu casa!
    - ¡No hagas ninguna barbaridad!
    - ¡¿Has oído mamá?!  ¡Muerta!
    - ¡Cristina!
    - ¡Aaaaah!
El grito se alejó de la puerta. Amparo se quedó quieta y llena de rabia. La vecina de Amparo no pudo aguantar más. Salió de su casa, la cogió de las manos y dijo.
    - Déjanos llamar a emergencias.
Amparo no contestó. Tenía la mirada clavada en la puerta. No parecía escuchar a su vecina.
    - ¡Amparo por favor!
Por fin reaccionó. Giró la vista hasta que sus ojos se cruzaron con los de su vecina. En ese momento asintió con la cabeza.
    - Llama… Y diles lo que has oído… Que mi hija se quiere suicidar en mi casa…

Cristina se alejó de la puerta de la casa de su madre gritando.
    - ¡Aaaaah!
Miraba a su alrededor sin clavar la vista en ningún punto fijo. Había tirado al suelo todo aquello que su madre tenía sobre los muebles: libros, figuras, fotos… todo estaba desparramado. Había buscado en donde ya sabía que no iba a encontrar nada: cajones de las  habitaciones, cómoda del comedor…
Llegó hasta la cocina y cogió uno de los cuchillos. No tenía ningún sitio adonde ir. Su madre le había tirado de su propia casa. De la casa que su padre les había dejado a las dos. Se sentó en sofá del comedor y pintó otra raya. Le dolía la cabeza. A veces dudaba de lo que estaba haciendo.
    - ¡Aaaaah!
Apoyó su espalda en el respaldo. El corazón le palpitaba con fuerza. Podía sentir las pulsaciones en su propia sien. Cerró los ojos y acercó el filo del cuchillo hacia su muñeca. Cogió aire. Apretó los dientes. Podía sentir el frío del metal en su piel. Presionó. Notó la sangre corriendo hacia la mano. Quería deslizar el cuchillo. Quería cortarse las venas.
    - ¡Aaaaah!
No pudo. Se levantó del asiento y buscó ansiosa otro cigarrillo. Lo encendió y miró el mueble del televisor. A lo mejor debajo del televisor había algo de dinero. Bajó el televisor al suelo. Tampoco había nada allí debajo. Dio una profunda calada al cigarrillo y se volvió a sentar en el sofá. Sacó de nuevo la droga y volvió a pintarse otra raya. De repente la puerta del comedor se abrió. Dos bomberos aparecieron. Cristina cogió el cuchillo y se levantó como un resorte.
    - ¡Quietos!- Gritó Cristina.- ¡Aaaaaah! ¡No os acerquéis joder!
Ambos se quedaron estáticos con las manos en alto en son de paz. Cristina estaba de pie delante del sofá, entre ella y los bomberos estaba la mesa llena de droga y varias sillas movidas. A mano derecha los bomberos estaba la puerta principal de la vivienda. Cristina movió torpemente el cuchillo en el aire.
    - ¡Hoy es el día que mato a un tío! ¡Mato a un tío!
    - ¿Por qué tienes que matar hoy a nadie Cristina?- Dijo uno de los bomberos.
Ella se quedó confusa al oír su nombre. Intentó clavar su vista en el rostro de los bomberos. Pero era incapaz de fijar la mirada. Le pareció ver que uno de los bomberos se movía a su derecha.
    - ¡Quieto joder!- Le gritó Cristina.
    - Oye Cristina… Hemos venido a ayudarte.
    - ¡Yo no os he pedido ayuda!
Y diciendo esto extendió su brazo y orientó el filo del cuchillo hacia su muñeca.
    - ¡Como os mováis me rajo las venas!
    - Tú no has pedido ayuda.- Contestó el bombero, que seguía quieto con la manos en alto.- Pero tu madre sí… está preocupada por ti.
    - ¡Y una mierda!- Dijo agitando el cuchillo en el aire.- ¡Si estuviera preocupada por mí me habría dado dinero! ¡Sabe que necesito dinero! ¡Lo que quiere es que su hija se muera!
Cristina agitó los brazos en el aire. Le dolía mucho la cabeza. Alzó la vista y le volvió a parecer ver que el otro bombero se movía más a su derecha.
    - ¡Aaaaah! ¡Quieto joder!- Volvió a decir Cristina orientando de nuevo el filo hacia su muñeca.
    - Si tu madre quiere que te mueras,- dijo pausadamente el bombero que estaba estático- ¿por qué nos ha pedido que entremos a ayudarte?
Cristina se quedó parada. Pensativa.
    - ¡Porque es una loca! ¡Por eso me echó de casa! ¡Porque es una loca!
Lo dijo moviendo de nuevo el cuchillo en el aire. El bombero que había estado moviéndose, dio el paso definitivo hacia la puerta y la abrió de golpe. Fuera estaba un agente de policía, un médico y Amparo, que entró como una exhalación en cuanto la puerta se abrió. Cristina se quedó congelada al ver la figura de su madre. El cuchillo se le cayó de las manos y entre el miedo y el consuelo dijo:
    - Mamá…
Amparo no contestó, llegó a la altura de su hija y con su palma izquierda le golpeó el  rostro. El bofetón creó un silencio en la estancia. Cristina se dejó caer de rodillas en el suelo y llorando abrazó a su madre.
    - Ayúdame mamá.
La cara de Amparo seguía con semblante severo, pero de sus ojos surgían fogosas lágrimas.