domingo, 12 de enero de 2014

Punto de tensión ALAS DE CRISTAL

Punto de tensión de ALAS DE CRISTAL  (1473 palabras)

A las 2:46 de una madrugada del mes de marzo de 1986 sonó el timbre de la puerta de mi casa. Como tantas noches yo intentaba combatir el insomnio engarzando brillantes en metales potencialmente letales, oscuros, suaves y fríos para señoritas de imaginación inabarcable. Con una precisión aprendida de memoria guardé todo ordenadamente en el  viejo costurero que mi abuela paterna me regaló de niña y lo coloqué en su sitio en la estantería del salón. Enfilé el pasillo con decisión y abrí la puerta sin pensar en más. Según iba girando la puerta  acompañada del impulso de mi brazo sentí que estaba siendo imprudente e intenté corregir el error cambiado rápidamente el sentido de mi fuerza. Solo fue cuestión de unos segundos pero en el abrir y cerrar de mis intenciones me sentí algo absurda y me quedé petrificada observando al hombre que estaba a un paso de mí. La luz del rellano se apagó, él se giró y dio unos pasos para encenderla de nuevo, dándome así algo de tiempo para reaccionar.
Lo conocía. Nos conocíamos. Se quedó inmóvil mirándome. Finalmente esbozó una sonrisa. Era un cuerpo alto, de piel muy blanca y con unos ojos verdes esmeralda pasados por lejía que cual rayo de tormenta me atravesó desde las pupilas hasta los pies pasando también por mi alma. Llevaba unos pantalones de pana negra desgastada y un jersey de lana granate jaspeado con puntitos blancos, tal vez hecho por su madre. Era una prenda que se ajustaba a su cuerpo como si hubiera encogido con los lavados y le asomaban rebeldes las muñecas. No paraba de estirarse las mangas como si estuviera algo nervioso, pero le fue imposible esconder las manos de porcelana blanca y acabó metiéndolas en los bolsillos del pantalón para que se callaran. Mantenía los pies juntos como un soldado raso pasando revista en el cuartel. Ante la eternidad de nuestras miradas acabó por esconder las  manos, y las muñecas, detrás de la espalda y volvió a sonreír, mostrando una dentadura  blanca y perfecta, y una simetría en los labios que jamás imaginé posible.
La luz del rellano volvió a apagarse y en ese momento mis brazos hablaron por mí invitándole a pasar. Sabía que no estaba haciendo las cosas bien pero ya no podía hacerlas de otra manera. Cerré la puerta con mucho más cuidado del que la había abierto y tomé aliento procurando que no pareciera que me faltaba el aire. Cuando me giré él ya estaba en el salón, de pie, esperando mi llegada, sin tomar asiento y sin decir nada. Ubicado en el centro del salón me pareció un ciprés perdido, de nuevo con los pies unidos, manteniendo el equilibrio no sin esfuerzo, como si dentro de mi casa se hubiera formado un huracán que lo estaba agitando todo.
―Siéntate ―conseguí articular con voz neutra―, ¿te apetece tomar algo? ―esta vez mi voz me sorprendió con cierto tono de dulzura.
―Un vaso de agua será suficiente, estoy sediento. Gracias ―y tal y como le había indicado se sentó en el sofá. Sentí sus ojos clavados en mi espalda mientras iba a la cocina a buscar el agua.
No tardé mucho en volver pero me pareció algo extraño encontrarle en la misma postura que lo había dejado. Volvió a sonreír. Cogió el vaso y se lo bebió lentamente mientras yo radiografiaba todos sus movimientos. Le cogí el vaso y lo dejé en la mesita pequeña del salón, al lado de la botella de cristal que había traído por si quería más agua. Al volver la mirada hacia él vi el brillo de algo oscuro en el suelo. Justo en lo que hubieran sido las raíces del ciprés. Era una mancha grande y casi circular. Lo miré. Me miró. Miramos juntos la sangre. Aquel mar sanguíneo abría un brazo hasta sus pies. Nos volvimos a mirar. De sus desgastados zapatos salía un hilillo de sangre a modo de manantial. Le miré. Sonrió sin sonreír y levantó los hombros como si con eso estuviera diciendo lo siento o no lo puedo controlar.
Me levanté rápidamente y busqué el botiquín. Acerqué la mesa pequeña y dispuse todo lo que creí necesitar en ella. Me senté de nuevo a su lado. Le cogí con cuidado una pierna y le quité el calzado. Hice lo mismo con la otra pierna y le quité los calcetines. Tenía en carne viva la planta de los pies y un número infinito de púas clavadas por toda la extensión de su piel hasta los tobillos. Parecía que hubiera caminado por un desierto lleno de cactus antes de llegar a mi casa. Cogí las pinzas y con una inmensa paciencia comencé a quitar una a una todas la púas que tenía clavadas. La noche fue pasando lentamente, él no tardó en dormirse sentado en el sofá mientras se dejaba hacer, y yo, como si hubiera encontrado una nueva forma de combatir el insomnio, fui viendo cómo llegaba el día a través de la ventana de mi casa. Ya había amanecido cuando terminé la extracción masiva de púas, cuando curé y vendé sus heridas y cuando al fin caí rendida a su lado con un dolor generalizado por todo el cuerpo. Había estado horas encorvada desengarzando cristales finísimos de la piel blanca, fría y potencialmente letal de un hombre sin definir.
Me despertó la luz directa del sol en mi cara. Serían las doce del mediodía. Tenía los huesos entumecidos, las manos doloridas, el cuello agarrotado y la boca inmensamente seca de dormir con ella abierta y dejándole así al huracán andar a sus anchas por todos los recovecos de mi ser. Ya más consciente miré hacia el lado donde debería haber estado él. Me levanté bastante aturdida y me fui a lavar la cara. Volví hasta el salón. Ni rastro del charco de su sangre. Ni una sola púa en el cubo de la basura, ni una gasa ni un algodón. Volví al baño ya para darme una ducha muy fría y asegurarme de que estaba despierta. Fui a la cocina, busqué la botella pero las encontré todas sin abrir. El  vaso guardado en el armario. Volví al sofá, me senté, abrí las rodillas para meter entre ellas mi cabeza y emular la postura del avestruz y ver si encontraba algo de sentido a todo aquello. No tuve suerte. Finalmente me abandoné al absurdo e intenté no pensar en los sueños para no enloquecer. No obstante busqué mi costurero, estaba donde lo dejé. Estaban todos los brillantes y demás artículos metálicos ansiosos de ser acariciados por manos de mujer. Me tranquilicé. Estaba todo. Revisé por encima la casa. Todo permanecía. Incluso su presencia: que aún jugaba al escondite con el  huracán que se metió en mi espacio cuando abrí la puerta sin pensar.
Me vestí y bajé a la tienda. Era casi la hora  de cerrar pero pensé que sería bueno salir a la calle y hacer como que todo era normal. Aún llegaron unas clientas a pedirme encargos de la semana anterior y que yo había dicho estaría para aquella mañana. Me disculpé como pude y les dije que se lo llevaría personalmente a sus casas en cuanto los tuviera terminados. No le dieron más importancia. Son caprichos muy laboriosos y del que solo importa el acabado final. Necesitaba algo más de tiempo. Aquél día no subí a casa a comer. Me fui al restaurante de al lado para no dar rienda suelta a mis pensamientos. Aunque a veces estos parecían caballos salvajes cabalgando locos por las aceras de una enorme y caótica ciudad.
―Hola Malena ―me dijo mi vecina muy contenta de verme―. Siéntate con nosotros, no comas sola. ¿Mucho trabajo en la tienda? –Asentí con una sonrisa y dejé caer mi cuerpo en la silla vacía.
La comida transcurrió entre risas y chismes del barrio. Mi vecina era una auténtica portera, no se le escapaba ni una. Me relajé del tal modo que hasta me pedí un copita para acompañarles en la sobremesa. Era una pareja muy bien avenida. Uno de esos matrimonios que todo el mundo quiere tener. Fue en ese momento cuando su marido me preguntó si había oído sonar el timbre de alguna puerta del rellano sobre las tres de la mañana.
―Normalmente no lo hubiera escuchado, ya sabes que tengo el sueño profundo, pero sonó tantas veces que al final husmeé por la mirilla. No pude ver nada, salvo que se encendió una vez la luz del rellano. Lo que más me extrañó es que el ascensor no estaba en nuestra planta. Tampoco lo oí arrancar después. En fin, cosas raras. ―Mientras yo negaba con la cabeza a su pregunta añadió: si tú no lo has oído que eres la noctámbula, debía estar soñando, no hagas caso de este viejo. Levantó su copa y brindó por nosotras.

No hay comentarios:

Publicar un comentario