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miércoles, 4 de diciembre de 2013

El hospital más grande Europa

El hospital más grande de Europa

Nueve de la mañana. Prisas. Antonio, mi marido, está vestido y a punto, pero sus movimientos son lentos por su inestabilidad, ya que su enfermedad ha ido agravándose con el tiempo. Encuentro un taxi y subimos en él camino del hospital. Antes de llegar me doy cuenta de que he olvidado la tarjeta sanitaria en casa.

-Madre mía, ya veremos si nos visitan, porque aquí pone claramente que es imprescindible llevarla.

Cuando llegamos ya estoy tan nerviosa que no caigo en la cuenta que la prueba es en la entrada norte, así que en mi despiste nos metemos por la zona sur.
-Antonio, siéntate en esta silla de ruedas mientras voy a negociar con la chica de admisiones por el olvido de la dichosa tarjeta.
Han pasado ya más de veinte minutos y en admisión nos indican que debemos ir necesariamente a la zona norte.
-Puf, bueno, pues nada allá vamos. Antonio, debemos ir a la zo… ¿Antonio?
¿Dónde está mi marido? ¡Si lo había dejado aquí hace un momento!
-Disculpe, celador, ¿ha visto usted a un señor mayor sentado en una silla de ruedas? ¿Estaba aquí ahora mismo?
-No señora, no sé nada, búsquelo.

Que lo busque. Podría ser algo fácil si no se tratara de este hospital; el más grande de Europa y posiblemente del mundo. Recorro esos larguísimos pasillos, salas y pabellones, y me da la sensación de estar metida en un laberinto. Ya no estoy segura si voy a ser capaz de volver.
-¡El más grande de Europa. Todo un lujo! ¡Si aquí no tendremos para pan, pero sí para bollos, y si son rellenos mejor!- pienso con tristeza y con los nervios desbocados.

Trato de tranquilizarme respirando profundamente. Pero nada, que se me ha perdido. «Será mejor que llame a mis hijos »,  pienso ya desesperada.
-¡Pero cómo puedes reírte! ¡Que sí es posible, como te lo cuento!

Vamos, lo que me faltaba. Para mí esto es un drama y ellos se lo han tomado a risa. Ahora es cuando soy toda yo un manojo de nervios.
Me dirijo rozando la histeria al servicio SIP para volver a preguntar cuando aparecen mis hijos, sus parejas y mi sobrino. Sólo faltaba el alguacil del pueblo.

A Antonio lo encontramos en una de las consultas de urgencias, enchufado a un cable y repitiéndole a todo el mundo « ¡Llamen a mi familia! ¡Que venga mi mujer!». Le habían hecho una serie de pruebas inesperadas y le habían alterado la tensión del susto o “del secuestro”, según se mire.
Al fin pudimos ir a la lejana Zona Norte donde le hicieron las pruebas que necesitaba. Todo quedó en una anécdota que alegró la rutina de sus médicos y de aquel susto ahora nos reímos los dos.



María Cruzado Ruano





lunes, 2 de diciembre de 2013

Bichos



Este es el ejercicio de Ernest Peris.

Te acababas de acostar. Ibas a apagar la lamparita cuando, al volver la mirada descubriste la presencia de un insecto. Apenas un puntito negro en una esquina de la talla de escayola. Te agarraste a la colcha con ambas manos. Un pensamiento repugnante se te metió en la cabeza. Poco a poco, sin querer mirar, levantaste la colcha y observaste la sábana bajera. Allí, al final, tus pies se movían inquietos. Volviste a mirar hacia arriba. Allí seguía, inmóvil, observando con la paciencia de un francotirador. Te temblaban hasta las pestañas. Te levantaste de un salto y comenzaste a caminar en círculos junto a la ventana, sin perder de vista al bicho aquel. Tratabas de calmarte frotándose las manos, incluso te diste un bofetón. Dormir estando eso ahí va a ser imposible pero qué hacer. Todavía pasaron varios minutos de aquella manera. Pegando tu cuerpo a las paredes para no levantar sus sospechas, te acercaste a la puerta y saliste con sigilo. Al regresar entreabriste para meter solo la cabeza y confirmar que no se había movido. De repente empujaste la puerta de par en par y te plantaste bajo el bicho blandiendo una fregona al mejor estilo samurai. Al comprender la amenaza, el insecto se retiró al hueco entre el friso y la pared. Tus arremetidas terminaron por partir un pico de la escayola. Frenético miraste entre los escombros del suelo. Nada. Arriba, entre los restos de la improvisada barricada, asomaba el bicharraco del demonio. Se te secó la boca. ¡Será posible! Fue entonces cuando montaste en cólera. Tu cabeza se movía hacia todas partes en busca de cualquier cosa con que asestarle el golpe definitivo. Retrocediste hasta el ángulo de la habitación donde está la cómoda. Al chocar con el mueble se escuchó un tintineo de cristal. Se te iluminó la mirada al ver la botella de Barón Dandi. La cogiste con ambas manos, tiraste el tapón al suelo con rabia y de un salto te plantaste bajo el zulo del bicho. Sin pensarlo un instante lanzaste un manguerazo de colonia que estalló contra el techo. Parte del líquido rebotó contra tus ojos y caiste al suelo restegándote con las manos. Intentabas mirar hacia arriba pero todo estaba borroso. Te pareció que el bicho se tambaleaba. Que batió sus alas descoordinadas y voló caóticamente estrellándose contra las paredes y los muebles hasta que en uno de estos giros fue a embocar en la botella de colonia. La tapaste con la mano, la levantaste a la altura de la cara y, todavía con escozor, viste al bicho meciéndose en aquella marea perfumada.

domingo, 1 de diciembre de 2013

El Rey de España, colega mío

Este relato es de Alfredo, que no podía subirlo desde su cuenta.


Como siempre, nos habíamos sentado en la mesa del comedor con la tele puesta de fondo. La carne estaba quizás demasiado hecha, pero no dejaba de ser más de lo que se puede esperar cuando compartes piso en la universidad. En uno de esos silencios en los que todos tenemos la boca  llena, Jorge tragó y se dirigió  a nosotros.

-¿No os he contado nunca cuando conocí al Rey?

Edu levantó la vista del plato al instante y respondió sin reparar en si había terminado de masticar o no. 

-Los huevos del Rey has conocido tú, no te jode...

Jorge esbozó una sonrisa y continuó con su historieta. 

-Sí, a Juan Carlos. Cuando era más pequeño gané un concurso de dibujo y me pagaron unos días en Madrid para ir a verlo...

Se detuvo para observar nuestra reacción. Yo le miraba con cara de “a mí no me la cuelas” mientras negaba levemente con la cabeza. A Jorge le gusta tomar el pelo a la gente y yo no pensaba caer en la trampa tan fácilmente. Mientras, Edu, que ya tenía preparado el tenedor con otro desmesurado trozo de carne ensartado en él, le preguntó con falsa curiosidad:

 -Si venga, ¿y qué dibujaste?

Jorge, como si ya tuviese la respuesta preparada de antemano aguardando esa pregunta, respondió al instante.

 -Pues dibujé un cómic en el que el Rey era Superman y lanzaba rayos a unos delincuentes que querían manipular la Constitución...- Rió.

-No me creéis, ¿verdad?

Por algún motivo su cara reflejaba la satisfacción de alguien que se estaba saliendo con la suya, y desde luego, si su intención era que nos creyésemos esa historia, no lo estaba consiguiendo... eso me desconcertó. 

-Pues comprenderás que de primeras suena a bola que te cagas.

Haciendo caso omiso a las acusaciones, Jorge continuó narrando su historieta. 

-¿A que no sabéis qué me dijo cuando hablé con él?- Rió de nuevo. Se lo estaba pasando en grande.

-Me da igual lo que te dijese porque eres un capullo y te lo estás inventando.

Edu no pensaba dar su brazo a torcer, aunque desde luego parecía divertirse escuchando lo que Jorge nos iba contando. La escena estaba resultando divertida a fin de cuentas.

-Pues va el tío (el Rey) y después de estar esperando varias horas para la audiencia, imagínate lo nervioso que estaba yo que tenía... ¿cuantos? ¿trece años?, bueno pues eso, ahí estaba yo, con otros chavales más que también habían ganado, y cuando me tocó el turno le dí el dibujo y se quedó mirándolo un rato para luego decirme...¿esto lo has plastificado tú? ¡Menudo tío! Ni se había parado a leer lo de dentro... ¿como os quedáis?

He de reconocer que al final acabe soltando una carcajada, aunque no sabría decir si fue porque la anécdota que Jorge nos acababa de contar me pareció graciosa después de todo o porque no supe adivinar si sucedió de verdad o no.




Encuentro

Dos figuras, de las tres que salieron al amanecer, caminaban sobre la línea de tierra que se abría entre la vegetación, única mano del Hombre desde hacía siglos sobre aquel lugar. Caminaban, valga la redundancia, sobre el Camino. Se zarandeaban con la inercia de la pesada mochila que, fuertemente asida a su pecho y riñones, guiaba el continuo balanceo de sus cuerpos cansados. El sol, suspendido en lo alto de un cielo brillante, clavaba sus verticales rayos sobre el pelo negro de ambos y arrancaba gruesas gotas de sudor salado que se deslizaban por sus rostros.
Pese a todo, sonreían con complicidad y bromeaban, se empujaban y reían, también pese al dolor de sus pies sobre el chinarro, pese al temblor de sus rodillas que les instaba a dejarse caer y estallar en sonoras risotadas. Reían porque eran amigos, algo más que amigos de palabra, “hermanos peregrinos” llegarían a oírse decir y por ello en aquel momento eran partícipes de mucho más, participes de un destino que uno de los dos creía ya escrito y el otro por escribir.
Con ese pensamiento en algún lugar de su mente, ahora ocupada con ideas y carcajadas más mundanas que camuflaban el asfixiante cansancio, llegaron al siguiente pueblo envueltos en una nube de polvo que se elevaba a su paso. Al disiparse apareció ante ellos la humilde silueta de un albergue que parecía haber salido a recogerles, a arroparlos en su sombra e incluso a regalarles una ducha y una cama. De él surgió sin embargo otra figura con el inequívoco mensaje de que no había cama ni ducha para ellos.
Se desplomaron contra la valla de madera que cercaba aquel oasis vedado, conscientes ahora más que nunca de lo exhaustos que estaban. Reían entre profundas inhalaciones la ironía de aquel destino que, sin embargo, quizás sí estuviese escrito, pues salieron del albergue dos chicas que los encontraron discutiendo las posibilidades entre algunas maldiciones y se sentaron en el umbral. La conversación fluyó naturalmente porque les abrazaba aquel mismo destino que sin conocerse les imbuía ciertos ideales comunes, una suerte de confianza mutua o tal vez algo de solidaridad. Intercambiaron primero sonrisas, luego nombres, procedencias y miradas, algunas huidizas, y los chicos decidieron quedarse furtivamente allí, con la excusa de no andar más, la voluntad de no dejar atrás al amigo que quedaba por llegar y la esperanza de tener más tiempo que compartir con ellas.
Refrescaron su garganta y su piel y cantaron bajo la ducha, alegres del presente, de lo gratificante de aquel caminar, de lo merecido del descanso que les esperaba, de la sencillez de sus vidas en aquellos días tan ajenos a su cotidianidad. Alegres también de haberlas conocido y de desconocer lo que vendría a continuación, de dejarse llevar. Junto con otros compañeros que hacían noche en aquel pueblo comieron, bebieron, acariciaron la superficie de quienes eran, saboreando las conversaciones y el tiempo que en aquellas circunstancias tan especiales parecía expandirse, como si la naciente amistad viniese de más atrás e hiciese que lo vivido llegase siempre más hondo.
Caída la noche prepararon una cena que compartieron con quien quiso sentarse en el césped con ellos. Y así, en un círculo donde todos podían leer las caras de todos, donde los corazones quedaban expuestos, donde todos eran iguales, peregrinos en aquel viaje independientemente de su quehacer habitual, y a la vez tan diferentes, intercambiaron experiencias. Había uno que avivaba la curiosidad con sus historias de Caminos pasados, un pionero entre los que allí se encontraban, un “héroe” de polémicas gestas que arrancaban comentarios y risas sinceras.
Fue entonces cuando al grito de uno todos miraron hacia la puerta del albergue y encontraron una figura apoyada en la valla. Reconociéndolo enseguida, sus dos amigos corrieron a abrazar a aquel héroe sin comillas que se resistió a quedar atrás o a coger atajos y, después de todo el día caminando, llegaba justo para sentarse con ellos a cenar. Todos lo saludaron efusivamente y callaron para escuchar la historia de aquel día que seguramente nunca olvidaría y que, contada con el optimismo y humor de quien por fin ha llegado, hizo estallar de nuevo las risas.

Cuando terminaron recogieron e hicieron los preparativos para el día siguiente, con el corazón latiendo fuerte por aquella entrañable velada pero la mano del sueño sobre sus párpados. Paulatinamente la gente fue acostándose en sus camas augurando el “buen Camino” que les esperaba al despertar y, sin mediar palabra pero convencidas de que el Camino los reuniría de nuevo al día siguiente, las chicas hicieron lo mismo. Quedaron entonces los tres amigos que empezaron juntos, en la cocina de aquel pequeño albergue, extendieron sobre el suelo las esteras que solidariamente les habían sido prestadas y en silencio se durmieron enfundados en sus sacos. Quedaban todavía muchas etapas para llegar a Santiago y muchas más experiencias apasionantes por vivir para los “hermanos peregrinos”, que a partir de aquel día sumaban dos nuevas integrantes.

Ejercicio 2: Anécdota



Conforme pasa el tiempo es inevitable que ciertas anécdotas se vayan olvidando; la que me dispongo a contar, por mucho tiempo que haya pasado, se mantiene indemne en mi memoria, como si hubiera ocurrido la semana pasada y ahora volviéramos a tener quince años.


Mi amiga Patricia y yo nos conocimos en el primer curso de lo que antes se llamaba BUP. Cada una veníamos de un colegio distinto y confluimos, junto con seis chicas más y veinte chicos, en una de las aulas del San Pedro Pascual. Fortuitamente nos tocó compartir pupitre y ese fue, sin duda, el comienzo de una singular amistad.


Desde el primer día supuso todo un descubrimiento, era divertida, listísima, se le daban bien las matemáticas y la física  -justo al contrario de lo que me pasaba a mí, que era una auténtica patata en toda asignatura que necesitara de números para ser aprobada- y finalmente, dibujaba genial. Además tenía la gracia de ponerse a dibujar cuando en realidad debíamos estar tomando apuntes como locas, así que ella dibujando y yo mirando cómo lo hacía, conseguíamos enterarnos más bien poco de lo que nos contaban los profesores -al menos eso es lo que yo pensaba, porque ella luego aprobaba sin problemas y yo me las veía y me las deseaba.


Total, que entre que había cambiado de colegio, que todo era nuevo y había que volver a coger el tranquillo, y que durante las clases me dedicaba a admirar las proezas que salían del  Faber Castell número 2 que siempre utilizaba mi nueva amiga, la primera evaluación fue, para mí, una gran catástrofe; no tanto sin embargo para Patricia, que con un esfuerzo mínimo, consiguió hacerse con las mejores calificaciones de entre las chicas, quedando en el ranking de la clase poco por detrás del empollón de turno. 


Con esfuerzo conseguí reponerme del batacazo del primer trimestre y poco a poco superar la tentación de quedarme embobada observando como dibujaba mi compañera de pupitre. Tomé apuntes metódicamente de lo que contaban casi todos los profesores, aunque alguno resultaba tan tedioso en su discurso, que mi voluntad se rebelaba y resultaba inevitable volver a las andadas de la observación. Estudié periódicamente para que no me volviera a “pillar el toro” y al acabar el segundo trimestres los exámenes no me salieron tan mal, tanto Patricia como yo aprobamos todas las asignaturas. Huelga decir que mi media quedó muy por detrás de la de ella, pero en aquel primer año en el que las pruebas de selectividad se veían todavía tan lejanas, no tener una buena media no era trascendental y con tal de que todas mis notas estuvieran por encima del cinco “pelao” podía darme por satisfecha.


Así fue como a partir de las vacaciones de Pascua, entrado ya el tercer trimestre del curso, comenzamos con una nueva rutina. Yo, que no había pisado unos recreativos en mi vida, de repente me vi obligada a desarrollar habilidades que hasta entonces me parecían aburridas y reprobables, todo porque Patricia me arrastraba en cada uno de los descansos de entre clases a jugar a las maquinitas, a fumar cigarros robados a hurtadillas y a  conocer a cuantos chicos se pusieran a tiro. En una de esas incursiones al oscuro mundo de los Megatron –así es como se llamaba el establecimiento que quedaba frente a la puerta principal del colegio- fue donde aconteció la anécdota que resumo a continuación:
 

Patricia jugaba con fruición a uno de esos juegos en los que se debía matar marcianos sin consideración alguna, mientras yo, apostada a su lado, intentaba quedarme con las artimañas que empleaba para pasar fácilmente de un nivel a otro del dichoso juego. Nuestra concentración debía ser máxima pues en ningún momento nos dimos cuenta de que uno de los chicos asiduos al establecimiento se había colocado a su otro lado y miraba atentamente, ya no a la pantalla si no a la cara de mi amiga. Cuando la tensión del juego estaba rozando límites insostenibles, el chico se armó de lo que ahora reconozco que debió de ser valor y dijo: 


 –Tienes cara de gato.


A lo que ella respondió:


 ̶  Y tú de mierda.


Yo, particularmente, no tenía mucha experiencia en lo que viene siendo recepción de piropos – ciertamente éste era muy apropiado pues Patricia poseía y todavía hoy mantiene una mirada felina muy curiosa ̶ Desde luego, la cara de estupor del chaval declaraba a gritos que la contestación recibida no era, ni de lejos, lo que esperaba oír, así que agachó la cabeza, dio media vuelta y se marchó tan sigilosamente como había llegado.


Nosotras dos continuamos a lo nuestro, como si nada hubiera pasado, pero sinceramente, yo no podía estar más desconcertada, o Patricia era una insensible y pasaba olímpicamente de cualquier demostración de alago que se le hiciera o bajo la presión del juego de marcianos había tenido una enajenación transitoria que le llevó a dar al traste con las intenciones del pobre chico.

Llegado el momento de volver a clase, y con la mayor sensibilidad que pude le pregunté:


̶  ¿Por qué le has dicho que tenía cara de mierda?


A lo que ella respondió:


̶  Así es como suelo contestar a cualquiera que me diga que tengo cara de gapo.

sábado, 30 de noviembre de 2013

COMO LA SOMBRA SOLO QUIERE DESCANSAR

COMO LA SOMBRA
SOLO QUIERE
DESCANSAR



Se define a si mismo como un hombre triste y melancólico, pero se ríe aveces con tanta gana, que no alcanzo a comprender su calidad humana.

Es un ingenuo, me recuerda al espíritu de la Navidad. Cargado, de siempre, de tantas buenas intenciones.

Trabaja en la construcción y me comentó esta anécdota como él la llamó. Personalmente al escucharla, me quito el cansancio del cuerpo.

“como sabes, estamos trabajando reparando en los huertos de naranjos todos los destrozos, inevitables, para la conducción de un gaseoducto desde Tarragona a Valencia.
Todas las mañanas los veo alejarse.
No te puedes imaginar con que delicadeza abandona la noche a su día, como lo recorre despertando su olor corporal.
A medida que avanzábamos los propietarios de la tierra borraban nuestro paso, enterrando la tierra por la labrada. 
Un sábado trabajamos volviendo sobre nuestros pasos..
Durante el almuerzo, con el innato interés de la curiosidad, me acerque por los alrededores, hasta llegar a un bancal tan alto que me obligo a asomarme de puntillas de modo que mis ojos alcanzaron el nivel superficial más bajo del campo. Lo encontré toda atada  por finas hebras que solo el reflejo por la hora del sol descubría.
Fue como si la propia madre vida trabajara en el telar de su taller y enmendara los rotos y descosidos acostumbrados por los hombres.
Me pareció tan sorprendente e intenso encontrar, tan cerca, vida desconocida.
Preocupados entre tantos conquistas de cohetes a la luna o submarinos para las profundidades, como podemos percatar el día a día. En otoño vemos las hojas sobre el suelo, pero no he visto caer una hoja en todo su recorrido.”Como galardonamos el tiempo?

Tengo o no tengo razón.

 “claro, no se si tienes tiempo, esta anécdota reflexiva me lleva a otra. Que valor personal recibe nuestro tiempo?
Por ejemplo, que sentido tiene andar sobre una escalera mecánica que funciona?
Es como perder el saludo a un desconocido.
Cuanta soledad acompaña a la prisa
De donde los relojes de nuestros padres
no cantan las horas”

Bueno, no me hagas caso, soy raro.
Solo lo último y como un alivio, un soplo sobre una herida:

“SI NO DUERMES POR LA CULPA, TOMA UN CAFÉ”  

Siempre hace lo mismo........





viernes, 29 de noviembre de 2013

Anécdota - Encuentro

Encuentro.

Estaba en una fiesta. Eso seguro. Unos tipos con los que compartí unas cervezas en la calle me llevaron a... Un edificio. Si, un edificio viejo. Las baldosas agrietadas y el papel pintado arrancado a tiras. Por las escaleras subían cubos de bebida, y bajaba escurriéndose un chico dormido. Un par de chicas se devoraban contra una barandilla combada. De no ser por el atronador ruido, la habría escuchado crujir. Había música y gente gritando. Tanta que no te cruzabas dos veces con la misma persona. Bebía, charlaba con unos y con nadie, simulaba pasos de baile, me reía con las risas, y volvía a beber. Ya sabes. Vagaba en un desierto humano. Hasta que encontré a una chica.
             
-Siempre hay una chica.

No es lo que piensas. Admito que me gusto, y de algún modo fue el desencadenante de todo, pero... Mira, estaba cerca de ella, pensando cómo entrarle, cuando se gira y fija sus ojos en los míos con tal intensidad que me deja clavado donde estoy. No respiro, no pienso. Un instante después la aparta y se marcha. Cuanto más lo pienso, más tengo la impresión de que ella penetró en mí a través de mis ojos, y no encontró nada. Es raro, ¿verdad? Pero en aquel momento estaba ciego, y no hablo del alcohol. A pesar de no haber recibido una sola indicación por su parte, sólo podía pensar en una cosa. Así que, cuando recobro la movilidad, la sigo. Braceo para abrirme paso entre la multitud, mientras se aleja. Me parece que alguien me grita, pero no hago caso. En el rellano casi la pierdo, hasta que la descubro, por el hueco de la escalera, un par de plantas más abajo.
              
Apenas la veo entrar en una casa, y cuando llego, la puerta aún está abierta. Al final de un oscuro pasillo hay una luz encendida. Su sombra se desliza por la pared hasta desaparecer. En ese momento podía haber desistido, pero cuando las luces de la escalera se apagaron, mis dudas se desvanecieron. A oscuras me reía de estúpida excitación.
         
En la sala iluminada no había nada. Una red de telarañas vestía una bombilla en el techo. La habitación contigua era una antigua cocina. Fogones, ollas oxidadas, una nevera amarillenta, y una capa de grasa bajo una luz mortecina. Y allí acababa el camino. Llamo a gritos, pero nadie responde. En algún momento habían dejado de escucharse la música y las voces. Incluso abro la nevera, pensando que... ¡Qué sé yo!
           
Al final regreso, y entonces me llevo el susto de mi vida. Justo a punto de entrar en el pasillo a oscuras, sin haber encontrado el interruptor, un rostro furioso cobra cuerpo de la sustancia negra, acompañado de un violento estallido. De las sombras aparece un anciano. Sus pasos son quebradizos, en cambio su bastón golpea como un martillo, que sacude su brazo en temblores. Pero la fuerza de su mirada, no encaja con la senilidad de su cuerpo.
              
No sé qué decir, me disculpo una vez tras otra, le pregunto estúpidamente si le he despertado, mientras continúa mirándome malhumorado y en silencio. Intento excusarme, le cuento que estaba con una chica, que ella había entrado... Tal vez fuese su hija. Pero su rostro sigue grabado en piedra, y mis palabras son cada vez más absurdas. Le pido perdón por haberle molestado, y anuncio que me marcho, mientras le rodeo en dirección a la salida, y rezo para que no llame a la policía.
              
-¿Quieres conocerla?
              
Su rostro permanece pétreo, aparentemente incapaz del don de la palabra. Sin esperar respuesta avanza hasta una puerta del pasillo.
           
Cuando enciende la luz, mi corazón da un vuelco. La chica está desplomada sobre una silla de ruedas. La cabeza caída hacia delante, oculta tras una cascada de negros cabellos, los hombros hundidos, las piernas arqueadas en ángulo extraño. Una segunda mirada desvela que no es humana. Gruesas cortinas cubren las paredes, y la única ventana tiene la persiana echada. El anciano se sienta frente a ella.
              
-Dale cuerda.
             
Me acerco confuso a la muñeca, a la vez que maravillado. En su nuca, como la cola de una ballena en un mar negro, emerge de entre su melena una pequeña llave de cuerda dorada. Con cada vuelta, el cuerpo recobra la vida. Alza la cabeza, los hombros se elevan, las piernas toman una posición natural. El anciano también sufre una transformación. Las facciones malhumoradas se diluyen, y cuando da los buenos días a la muñeca, y ella le responde con voz cristalina, de arroyos que descienden montañas primaverales, los destellos del sol se reflejan en sus ojos, y mi mano suelta la llave de espanto.
              
Le pregunta cómo se encuentra, y ella responde que cansada. Antes de darme cuenta, vuelvo a dar vueltas a la llave.
             
Hablan calmadamente del tiempo que han pasado separados, de lo mucho que se echaban de menos. Ella se interesa por su salud, le pregunta si se alimenta bien, y él miente. Todos lo sabemos. Hablan de cosas cotidianas, de las personas que contemplaban juntos por la ventana. Mientras continúan su ensueño por recuerdos y esperanzas frustradas, comprendo que me he vuelto invisible para ellos. Soy un engranaje más del milagroso mecanismo que le da vida.
              
Sobrecargo la cuerda, y me escabullo intrigado tras la cortina. Silenciosas cabezas blancas, ojos ciegos en tarros de cristal junto a engranajes, piezas de metal y herramientas. Vestidos y pelucas colgadas de perchas, pinceles y paletas de colores, colecciones de extremidades ortopédicas.
              
A mi regreso el viejo está extenuado, su respiración es un esforzado resuello, pero su pasión no ha desfallecido. El dolor y la preocupación se translucen en la autómata -aunque tal cosa sea imposible- que le suplica que calle y conserve el aire.
              
-¡Tu válvula!- grita al borde del llanto.- Deprisa, yo no puedo girarla...- gime, mientras extiende con gran esfuerzo el brazo hacia el anciano, en cuyo pecho descubierto florece una válvula roja. Pero sus piernas de plástico la encadenan a la silla de ruedas. Y entonces por vez primera me mira.- ¡Por favor! ¡Se ahoga!
-¿Qué coño bebiste anoche?- me interrumpe mi amigo con la clase de tono serio que sólo puede preceder a la risa y la burla.
-¡Mira la llave de cuerda!
El metal golpea furiosamente la mesa, y gira, trazando círculos en el silencio.
-No es la llave...
-¿Eh?

 *        *       *


Mensaje:
Perdón, publico tarde, y me excedo en unas 60 palabras.

Ejercicio 2 - Anécdota

Nos conocimos hace bastantes años ya, en la época de la universidad. Esa época en la que tratábamos de dejar atrás la cruel adolescencia y empezábamos a formarnos como personas adultas.

Él era tímido a rabiar. Le costaba entablar conversación con desconocidos y nuestras primeras tomas de contacto fueron un tanto peculiares. Su mirada era esquiva y a menudo lo podías encontrar paseando solo y ausente por los pasillos de la facultad. Poco a poco se fue soltando y fui conociendo nuevas facetas de su personalidad que me resultaron muy atrayentes. Cuando llegabas a conocerle de verdad, resultaba ser una persona muy interesante. Gracias a él empecé a tener nuevos puntos de vista que, hasta el momento, nunca me había planteado. Además, a nivel emocional, era una persona entrañable, con una sensibilidad extrema. Cuando tenías un problema, siempre podías contar con él para darte un consejo. Como se suele decir, siempre estaba ahí para prestarte su hombro para llorar en él.  Y rara era la vez que no acababa arrancándote una sonrisa. Sin embargo, del otro lado de la balanza, se columpiaba su YO más oscuro, su parte melancólica y terriblemente depresiva. Vivía atrapado en una constante montaña rusa de emociones. Tan pronto lo podías encontrar eufórico y lleno de alegría como, al más mínimo contratiempo, lo encontrabas sumido en la más profunda y triste de sus miserias.

Recuerdo uno de sus días más grises, aquel día me confesó que cuando era adolescente incluso había tenido deseos de morir en varias ocasiones. En aquel entonces, se sentía un extraño en medio de un mundo que no entendía. Se sentía perdido en la inmensidad de un océano lleno de peces con los que no se identificaba. Ellos se reagrupaban, se movían juntos de un lugar a otro mientras él se alejaba de ellos, imponiéndose su propio exilio. Y en ese aislamiento, en sus horas más oscuras se preguntaba qué sentido tenía seguir vivo. También me dijo que los años de universidad le estaban cambiando. Le estaban haciendo ver que no todo era tan negro que, allí en el fondo del mar, aún quedaban especies afines a él. Entre esos especímenes me encontraba yo. Así que, durante aquella época sus oscuros deseos de bailar con la muerte no habían vuelto a cruzar por su mente. 

Bastante tiempo después, en el último año de carrera, sucedió otra de esas cosas que siempre recordaré de él. Una mañana me llamó de forma inesperada. Por el tono de su voz lo noté un poco acelerado,  alterado. Me dijo que necesitaba verme con urgencia así que, esa misma tarde quedamos en el bar de siempre para tomarnos unas cervezas. Nada más verme se abalanzó sobre mí y me abrazó con una fuerza y una intensidad con las que jamás lo había hecho. Entonces, como si hubiera empleado toda su energía en aquel impetuoso abrazo, únicamente le quedaron fuerzas para susurrar suavemente en mí oído “Hoy he vuelto a vivir”. Nos sentamos frente a un par de jarras de cerveza y me relató lo que le había sucedido apenas unas horas antes.

Circulaba por el centro de la ciudad, a una velocidad relativamente lenta cuando, de repente, por el rabillo del ojo notó que un coche aparecía por la calle de la izquierda. El vehículo iba a gran velocidad, daba la sensación de estar huyendo de algo. Mi amigo no pudo evitar girarse y quedarse mirándolo fijamente. Era consciente de que aquel coche iba a acabar empotrado contra el suyo. En aquel momento el tiempo se ralentizó y, simultáneamente, mientras sus ojos veían como a cada fracción de segundo la colisión se hacía más inminente, su mente iba repasando cada capítulo de su vida. Un fuerte golpe. Su cara contra el parabrisas. Sus gafas volaron. Sabor a sangre en su boca. Volver a abrir los ojos. Repaso de dientes con la lengua. Las piernas siguen respondiendo. Bajar del coche aun temblando y gritar. Gritarle a aquel desgraciado todos los improperios que pasaron por su mente sin tener ningún tipo de mesura ni compostura “Maldito hijo de puta, has estado a punto de matarme”.


Después llegó la policía tratando de calmar un poco los ánimos y aclarar la situación. Costó lo suyo relajar la tensión del ambiente pero finalmente la rutinaria firma de papeles, el coche siniestro total, un chequeo en el hospital para confirmar la levedad de los daños físicos y para casa. Concluyó su relato diciéndome “Hoy he sabido realmente cuánto valoro mi vida”. Aquel día le cambió para siempre.