Encuentro.
Estaba en una fiesta. Eso seguro.
Unos tipos con los que compartí unas cervezas en la calle me llevaron a... Un
edificio. Si, un edificio viejo. Las baldosas agrietadas y el papel pintado
arrancado a tiras. Por las escaleras subían cubos de bebida, y bajaba
escurriéndose un chico dormido. Un par de chicas se devoraban contra una
barandilla combada. De no ser por el atronador ruido, la habría escuchado
crujir. Había música y gente gritando. Tanta que no te cruzabas dos veces con
la misma persona. Bebía, charlaba con unos y con nadie, simulaba pasos de
baile, me reía con las risas, y volvía a beber. Ya sabes. Vagaba en un desierto
humano. Hasta que encontré a una chica.
-Siempre hay una chica.
No es lo que piensas. Admito que
me gusto, y de algún modo fue el desencadenante de todo, pero... Mira, estaba cerca
de ella, pensando cómo entrarle, cuando se gira y fija sus ojos en los míos con
tal intensidad que me deja clavado donde estoy. No respiro, no pienso. Un
instante después la aparta y se marcha. Cuanto más lo pienso, más tengo la
impresión de que ella penetró en mí a través de mis ojos, y no encontró nada. Es
raro, ¿verdad? Pero en aquel momento estaba ciego, y no hablo del alcohol. A
pesar de no haber recibido una sola indicación por su parte, sólo podía pensar
en una cosa. Así que, cuando recobro la movilidad, la sigo. Braceo para abrirme
paso entre la multitud, mientras se aleja. Me parece que alguien me grita, pero
no hago caso. En el rellano casi la pierdo, hasta que la descubro, por el hueco
de la escalera, un par de plantas más abajo.
Apenas la veo entrar en una casa,
y cuando llego, la puerta aún está abierta. Al final de un oscuro pasillo hay
una luz encendida. Su sombra se desliza por la pared hasta desaparecer. En ese
momento podía haber desistido, pero cuando las luces de la escalera se apagaron,
mis dudas se desvanecieron. A oscuras me reía de estúpida excitación.
En la sala iluminada no había
nada. Una red de telarañas vestía una bombilla en el techo. La habitación
contigua era una antigua cocina. Fogones, ollas oxidadas, una nevera
amarillenta, y una capa de grasa bajo una luz mortecina. Y allí acababa el
camino. Llamo a gritos, pero nadie responde. En algún momento habían dejado de
escucharse la música y las voces. Incluso abro la nevera, pensando que... ¡Qué
sé yo!
Al final regreso, y entonces me
llevo el susto de mi vida. Justo a punto de entrar en el pasillo a oscuras, sin
haber encontrado el interruptor, un rostro furioso cobra cuerpo de la sustancia
negra, acompañado de un violento estallido. De las sombras aparece un anciano.
Sus pasos son quebradizos, en cambio su bastón golpea como un martillo, que sacude
su brazo en temblores. Pero la fuerza de su mirada, no encaja con la senilidad
de su cuerpo.
No sé qué decir, me disculpo una
vez tras otra, le pregunto estúpidamente si le he despertado, mientras continúa
mirándome malhumorado y en silencio. Intento excusarme, le cuento que estaba
con una chica, que ella había entrado... Tal vez fuese su hija. Pero su rostro
sigue grabado en piedra, y mis palabras son cada vez más absurdas. Le pido
perdón por haberle molestado, y anuncio que me marcho, mientras le rodeo en dirección
a la salida, y rezo para que no llame a la policía.
-¿Quieres conocerla?
Su rostro permanece pétreo,
aparentemente incapaz del don de la palabra. Sin esperar respuesta avanza hasta
una puerta del pasillo.
Cuando enciende la luz, mi
corazón da un vuelco. La chica está desplomada sobre una silla de ruedas. La
cabeza caída hacia delante, oculta tras una cascada de negros cabellos, los
hombros hundidos, las piernas arqueadas en ángulo extraño. Una segunda mirada
desvela que no es humana. Gruesas cortinas cubren las paredes, y la única
ventana tiene la persiana echada. El anciano se sienta frente a ella.
-Dale cuerda.
Me acerco confuso a la muñeca, a
la vez que maravillado. En su nuca, como la cola de una ballena en un mar
negro, emerge de entre su melena una pequeña llave de cuerda dorada. Con cada
vuelta, el cuerpo recobra la vida. Alza la cabeza, los hombros se elevan, las
piernas toman una posición natural. El anciano también sufre una
transformación. Las facciones malhumoradas se diluyen, y cuando da los buenos
días a la muñeca, y ella le responde con voz cristalina, de arroyos que descienden
montañas primaverales, los destellos del sol se reflejan en sus ojos, y mi mano
suelta la llave de espanto.
Le pregunta cómo se encuentra, y
ella responde que cansada. Antes de darme cuenta, vuelvo a dar vueltas a la
llave.
Hablan calmadamente del tiempo
que han pasado separados, de lo mucho que se echaban de menos. Ella se interesa
por su salud, le pregunta si se alimenta bien, y él miente. Todos lo sabemos. Hablan
de cosas cotidianas, de las personas que contemplaban juntos por la ventana. Mientras
continúan su ensueño por recuerdos y esperanzas frustradas, comprendo que me he
vuelto invisible para ellos. Soy un engranaje más del milagroso mecanismo que
le da vida.
Sobrecargo la cuerda, y me
escabullo intrigado tras la cortina. Silenciosas cabezas blancas, ojos ciegos en
tarros de cristal junto a engranajes, piezas de metal y herramientas. Vestidos
y pelucas colgadas de perchas, pinceles y paletas de colores, colecciones de
extremidades ortopédicas.
A mi regreso el viejo está
extenuado, su respiración es un esforzado resuello, pero su pasión no ha
desfallecido. El dolor y la preocupación se translucen en la autómata -aunque
tal cosa sea imposible- que le suplica que calle y conserve el aire.
-¡Tu válvula!- grita al borde
del llanto.- Deprisa, yo no puedo girarla...- gime, mientras extiende con gran
esfuerzo el brazo hacia el anciano, en cuyo pecho descubierto florece una
válvula roja. Pero sus piernas de plástico la encadenan a la silla de ruedas. Y
entonces por vez primera me mira.- ¡Por favor! ¡Se ahoga!
-¿Qué coño bebiste anoche?- me
interrumpe mi amigo con la clase de tono serio que sólo puede preceder a la
risa y la burla.
-¡Mira la llave de cuerda!
El metal golpea furiosamente la
mesa, y gira, trazando círculos en el silencio.
-No es la llave...
-¿Eh?
* * *
Mensaje:
Perdón, publico tarde, y me excedo en unas 60 palabras.