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domingo, 16 de febrero de 2014

Carta a mi madre

Y, AÚN ASÍ.

Aquí estoy, otra vez, a tus pies. Que ilusa fui al pensar que no volvería.
Odio las habitaciones de hospital, odio las duras sillas, el olor, los colores crema, sucios, deslavados. Odio no poder gritarte, que no veas cómo te ahueco la almohada, te arreglo la sábana. Odio verte llena de tubos, inerte sobre la cama. Te odio a ti.
Y, aún así, aquí estoy, Mamá. Cuidándote, velándote. Esperando que revivas o mueras, que abandones esa paz inmerecida que te tiene, que me tiene, atada a esta habitación.
Te escribo porque sería incapaz de decirte lo que te tengo que decir a la cara. Ver tu expresión de superioridad, de desprecio, me enmudece. Te escribo para pasar una noche más pensando en ti. Te escribo para entenderte, para apresarte, para saberte.
El pitido de la máquina que respira por ti es mi banda sonora esta noche, como las últimas veinte. Deseando su silencio, deseando que continúe su rítmico silbido. Quisiera entrar en tu mente y descifrarte.
Seguramente es tu última noche y quisiera hablar contigo, darnos la oportunidad de perdonarnos, de reencontrarnos, de conocernos. Intentar, al menos, explicarnos los porqués, averiguar que nos ha distanciado tanto para ser irreconciliables, dos desconocidas.
No sería posible, ¿verdad, Mamá? Nuestro orgullo, tuyo y mío, tal vez la única cosa que nos une y asemeja, no nos permitiría ser totalmente sinceras, ponernos en la piel de la otra. Nos enrocaríamos tras nuestras murallas defendiendo nuestras creencias, nuestra inocencia.
De verdad, estoy cansada de guerras. Quisiera sinceramente empezar de cero. No sentir odio. No me importa saber si lo que pasó, fue como yo recuerdo, o de otra manera. Me da igual cual fue, es, la realidad. Estoy harta de rencores, de sentirme culpable por cosas que racionalmente no son faltas mías, de ignorar cuales son mis pecados.
Y, aún así, no dejo de viajar mentalmente al pasado. De revivir los hechos de nuestra vida desde varias perspectivas. Aplicar la lógica, la objetividad, a los recuerdos es como intentar contener el mar en una poza de arena. Se filtran los resentimientos, la repugnancia, la oscuridad.
Nunca me has puesto la mano encima y recuerdo el primer sentimiento que me inspiraste, fue miedo. No es un sentimiento natural en una niña. Es por lo que me daba la sensación de estar rota, de no ser normal. Las emociones impropias que sentía y no sabía manejar me desequilibraban.
Mis mejores recuerdos están empañados por tus acciones, y si no eres la protagonista de los peores, siempre estas allí. A pesar de lo que me has hecho y de lo que no. Aquí estoy. ¿Qué cuerda me ata a ti? ¿Por qué no puedo decirte, no? Ni siquiera me atrevería a elevarle la voz a ese cuerpo en el que no sé si aún estás.
Mi memoria ha ido llenando una bolsa de frías piedras en mi pecho. Su peso y temperatura constituyen el tipo de mujer que soy. Echarte a ti la culpa de todo es fácil, me absuelve, me libra de toda la responsabilidad. Sé que no puede ser la verdad.
Siempre me dio miedo permanecer bajo tu yugo, pero aún me daba más miedo dejarte. Cuando un hijo vive su propia vida, no está abandonando a sus padres, está siguiendo su camino que es lo que debe hacer. Eso significa un salto a lo desconocido, una pequeña muestra de valentía. Me costó mucho pero finalmente lo conseguí. Corté mi cuerda.
Entonces, ¿Qué hago aquí? ¿Por qué las piedras en mi pecho se revuelven haciéndome sangrar? ¿A qué viene este dolor tan profundo al verte indefensa entre las sábanas? Puedo entender que me sienta obligada moralmente a cuidarte, pero eso no explica mi tristeza. La mezcla de sentimientos que me embargan.
Yo te odio. A pesar de tu influencia he conseguido lo que deseaba, estoy satisfecha con mi vida. ¡Eso es! Ya no te odio. He llegado a un punto en el que no me puedes alcanzar, dónde no necesito tu aprobación. Así pues, ¿por qué lloro? ¿Por qué esta pena inmensa en la que será probablemente tu última noche? ¿Por qué la desesperación de no volver a ver el azul de tus ojos?
Porque esa cuerda no se puede romper. Está hecha del único material realmente indestructible y a la vez más frágil del planeta.



lunes, 10 de febrero de 2014


Ojos negros” (competencia)

Requisitos: Hombre en paro, que se enamora estando de viaje. Un desengaño.


Secuencia 1. Universidad del Norte de Europa. Día. Interior.

Axel da un portazo en el despacho del director y sale sabiendo que es el último gusto que se dará en la Universidad, de hecho lo había soñado alguna vez, pero sabe que ese portazo no tiene vuelta atrás.

Cuando llega a su casa, la tiene a medio desmontar, termina de hacer varias cajas que deja en casa de un amigo y va a cobrar a la Universidad el dinero que le corresponde. Se despide con cordialidad de una administrativa.


  • ¿Dónde podemos enviar tu correspondencia, Axel?  De momento me la podéis enviar a casa de Uli, tengo proyectado hacer un viaje y él me la hará llegar.


Secuencia2. Interior de un tren. Día

Axel inicia su viaje que también será su viaje interior. Por la ventanilla se ve el paisaje que a medida que pasan las horas va cambiando. A lo largo del recorrido se van viendo colores más cálidos que indican que va al Sur.


La gente va entrando y saliendo del vagón, según su recorrido y se dan varios diálogos interesantes y otros absurdos.


Al pasar por Francia entra una mujer de su edad y después de las frases de cortesía empiezan a hablar con la desinhibición de los que saben que no se verán mas.

  • Entonces, ¿no tiene Vd. la dirección de ella? – No, no la tengo y no sé en que situación la encontraré, ni si se acordará de mi…
  • Bueno, supongo que cada uno debe perseguir sus sueños, aunque sea con tantos años de retraso.
  • Vd. consiguió el suyo ¿no?  Vivir en el campo, cultivar sus frutas para hacer mermeladas, comercializarlas.
  • Si, Pero a costa de perder mi pareja, mi vida social. Aunque le soy sincera, no añoro nada de esa vida, Y se rió con frescura,- cuando viajo para mis contactos comerciales, veo teatro y veo algún amigo que quiero.
  • Han pasado volando las dos horas, me tengo que bajar. Le dejo mi dirección por si quiere probar mis mermeladas y por si alguna vez se pierde por esta zona. Le aseguro que le encantará conocerla.

Secuencia 3. Interior de una casa.

(Podemos poner esta escena antes de la discusión de la universidad para entender el tono irritado que tiene él, o podemos ponerla como flash back dentro del tren para agilizar la escena del tren)

Flash back dentro del tren


Axel está discutiendo con una mujer en un tono bastante amargo, aunque contenido. Con mucha dureza empiezan a cruzarse acusaciones mutuas y reproches acerca de sus comportamientos.

  • No entiendo cómo has podido enrollarte con ese gilipollas, pensé que eras mas inteligente.
  • Tampoco tu has sido muy selectivo últimamente, debe ser la decadencia de la edad

Hablan con resentimiento, parece que a él no le importa demasiado este hecho y le sirve de excusa para romper la relación ya deteriorada.


Secuencia 4. Día soleado. Exterior

Axel con apariencia mas juvenil, en un pueblo de Portugal de vacaciones con un amigo.

¡Uli! ¿Que ha pasado? – Me he dado un golpe en la cabeza tremendo – creo que tendremos que ir a que me pongan algo. Se había partido la ceja y la sangre le corría por la cara impidiendo la visión de ese ojo. Axel le ayudó a encontrar el dispensario mas próximo. Allí le pusieron unos puntos y lo retienen para observar cómo reacciona, mientras Axel se queda impresionado por los ojos de la médico que atiende a su amigo, joven como ellos, seria y eficaz.


Axel intenta quedar con ella, y despide a su amigo que a los pocos días decide volver a su casa.


Finalmente consigue quedar y empiezan una apasionada relación, sabiendo los dos que es temporal. Lucia viene de una relación complicada que quiere quitarse de la cabeza y del corazón y lo consigue.


Cuando se acaban las vacaciones de él, se acaban la relación. Ella lo sabe de antemano y lo acepta, de hecho lo sabe mejor que él.



Secuencia 5- Día soleado. Exterior

Axel llega al pueblo de Portugal donde había pasado sus vacaciones años atrás. Recorre los lugares que conocía, algunos están igual, otros irreconocibles.


Va a la playa donde se bañó, al hostal donde se alojó que es ahora un hotelito modesto pero actualizado y se aloja allí.


No va con prisas, no sabe que se va a encontrar y quiere estar preparado para cualquier eventualidad. Pasea, se baña, va a los sitios donde se encontraban y recuerda. Finalmente se decide y va al centro sanitario a preguntar por ella. Lucia ya no trabaja allí desde hace muchos años. Son remisos a darle mas información.


-Alguien tiene que saber donde está Lucia. No quiero cobrar una deuda, sólo quiero hablar con ella, por favor, no pido su número de teléfono, que alguien la llame y le pregunte si quiere hablar conmigo!-

Finalmente Axel consigue que le faciliten una dirección de Lisboa. Cuando llega allí consigue alojamiento en la zona donde está esa dirección, compra un mapa y se pone a buscarla.


Secuencia 6. Exterior e interior

La música es protagonista de esta secuencia y también las imágenes que nos hacen meternos en la ciudad.

Nuestro Axel consigue con paciencia saber que Lucia fue trasladada  a Lisboa, y va detrás de esa pista sin saber que se encontrará.


Solo tiene una dirección que le facilitan y va  tras ella. Cuando llega a Lisboa busca alojamiento en la zona donde está esa dirección. Compra un mapa y se mueve por la ciudad como si no tuviera prisa en buscarla. Axel también esta haciendo su viaje interno para saber lo que quiere…


La música es protagonista de esta secuencia, y las imágenes que nos hacen meternos en la ciudad.


Secuencia 7. Exterior. Ciudad

Axel va enviando fotos que hace con su móvil, no se sabe a quién (es espectador no lo sabe)  Cuando ve algo que le sorprende o le produce una emoción toma una foto y la envía. Busca los ojos de las mujeres, busca cosas sorprendentes o divertidas y encuentra muchas.


Finalmente se acerca a la dirección dada y le abre una chica que se parece asombrosamente a Lucia. – Me dicen que Lucia vive aquí – puede murmurar él después de la sorpresa. - Se han equivocado en el tiempo. Vivía.  Murió hace poco mas de un año – dice la joven – soy su hija-. Se da cuenta del desconcierto del visitante y le hace entrar. Cuando Axel puede hablar le da una excusa de como la conoció y lo agradecidos que están aún su amigo y él, pero la hija le interrumpe y le dice que sabe de la relación que mantuvieron y que su  madre siempre habló muy bien de él, incluso delante de su padre (marido de Lucia).


Secuencia 8 .Exterior

Finalmente sabemos a quien le envía las fotos, a la francesa con quien habla filosóficamente en el tren. Ella muy receptiva, le envía fotos de lo que hace todos los días, en el mismo tono que él: de su ciudad, de sus paseos, de su perro, de sus cuadros. Le envía una secuencia de fotos: de su casa, del nombre del pueblo, del tren que para en la estación.


Axel entiende que le “está invitando” a ir. Y va a buscarla, sin llegar a destino delante de la cámara y dejando el final abierto.

11 de Febrero 2014
Diana Chafer

miércoles, 5 de febrero de 2014

GOLPE DE ESTADO IDEADO POR SUPERDOTADOS


NOMBRE: Diana Juárez
FECHA DE NACIMIENTO: 17/08/2000
ALIAS: La Cazadora
CARGOS: Robo y homicidio múltiple.

NOMBRE: Gabriel Crayola
FECHA DE NACIMIENTO: 25/03/2019
ALIAS: Crabomba
CARGOS: Provocar un incendio en un centro docente.

NOMBRE: Bernard Castell
FECHA DE NACIMIENTO: 4/02/2013
ALIAS: tuercas

CARGOS: Allanamiento de morada.


     -  Rápido, -dijo la enfermera- cambiaos de ropa. – acto seguido se dirigió al cuerpo del conserje y le quitó las llaves, herramientas de los bolsillos. Volvió a Bernard- Cógelas, aflojas las cerraduras y bisagras que puedas. Te llamas Pedro y eres el de mantenimiento, empresa  Alabau. Pide un maletín negro en el acceso B, por donde saldrás ahora. Los guardias han cambiado de turno para comer. Una vez hayas salido ves al parking del lado oeste, furgoneta blanca. Ves y no levantes sospechas. Derecha, recto y tercera a la izquierda. Ahora.

Bernard se vistió y salió rápidamente.

-         - Tú –señaló a Crayola- ayúdame con los cuerpos.

Hecho todo en segundos, salieron de la sala. Consiguieron llegar a un sótano, con algo de dificultad. Anduvieron por el conducto del desagüe, reptaron hasta que la mujer se detuvo, miró arriba, se aupó y cuidadosamente deslizo una placa de metal, trepó y consiguió salir hacia la superficie. Hizo una señal con la mano invitándolo. Aparecieron al costado de una furgoneta blanca.

Entonces la mujer sacó unas llaves de su bolsillo, abrió y con sumo cuidado entraron. Antes de cerrar, dejo las llaves en el suelo. Y  en cuestión de segundos apareció Bernard junto con un guardia.

-         - Pensé que las llaves las había dejado arriba. Siento mucho el revuelo.
-          -Tranquilo Pedro, y ¿no son esas unas llaves?- el guardia señaló al suelo.
Bernard las cogió, soltó una risita nerviosa y entró al vehículo. Se despidió del guardia y arrancó. Cuando estuvo en la carretera, empezó a reír y secarse el sudor de la frente. Estaba en júbilo, hasta que un manotazo en la nuca casi le hace perder el control del volante.

-         - Esta vez ha sido sin tenedor. Abre la ventana y respira el aire.  Acelera. Y ,¿se nos permite conocer el nombre de nuestra salvadora?
-        -  Mi nombre es Diana, y no soy vuestra salvadora. Lo es Anónimo, él me envió la carta con el plan de fuga.
-       -   ¡Cómo! ¿a ti también? A mi me confirmaron que sería el melenas quien se fugaría, no una… enfermera.
-       -   Todos habéis recibido esa dichosa carta menos yo. Explicarme esto de una vez.
-       -   No te exasperes cielo, ahora necesitamos u lugar donde refugiarnos, donde nadie nos encuentre. No tardaran mucho en darse cuenta en Alcatraba.
-        -  Conozco un sitio. –dijo Crayola ladeando una sonrisa.

Llegaron a un lugar tétrico, un edificio negro con ventanas rotas, trozos caídos y en algunas partes se veía la estructura. Aquel lugar había sufrido un incendio, aun se podían ver cenizas flotando en el aire.

-         - Os invito a pasar a la antigua clínica Durán. –dijo Crayola haciendo un pase con la mano.- Mi primer objetivo, lo quemé a los 15 años. Os preguntareis cómo logre tal hazaña. Dejadme que lo explique, mi coeficiente intelectual esta por encima de la media. Me apasiona la química, y la pirotecnia. Aún recuerdo los colores de las llamas, tonos azules intensos, ocres y naranjas, y la llamarada verde de la primera combustión Hacían cobrar vida a este lugar. Hubierais disfrutado del espectáculo.
-        -  Loco, como una regadera, directo al psiquiátrico.
-          Está muy cuerdo. Por qué lo hiciste, ¿no te dieron la piruleta al final de la consulta? –dijo Diana en tono burlón.- No soportabas seguir contemplando este lugar, qué terrible hecho te traumo, ¿qué fue lo que sucedió Crabomba?
-           - Pasó que este lugar no merecía existir, y yo le hice ese favor al mundo.
-          -Superdotado prepotente, predecible. –dijo Diana.
Bernard llamó la atención de los prófugos, les indicó un ordenador en medio de una mesa algo chamuscada. Un portátil, del que en su pantalla empezaron a emerger palabras.

Firmado Anónimo. Leyeron y los tres semblantes palidecieron. Se sentaron sin levantar la mirada.

-         - Tenemos que hacer algo. –dijo Bernard.
-          -No podemos tolerar más esto. –dijo Crayola con cólera.
-         - Empecemos entonces. –dijo Diana.

El mundo había dejado de ser humano. Diana había trabajado en la clínica Durán, era un médico brillante, acabando sus estudios dos años antes de lo previsto. Cuando empezó a trabajar la mayoría de los hospitales habían sido privatizados como consecuencia de la crisis de 2007, y desde este suceso dejó de imperar el servicio y a serlo el beneficio. Los análisis se hacían mal a consciencia, para poder realizar operaciones más “costosas”, y Diana tenía que callar a amenaza de ser despedida y expulsada de su profesión, quién sabe qué más desmantelaría…
Un día la familia Crayola  llegó a la clínica, la madre estaba embarazada y una de las hijas  también. Necesitaban  atención, llevaban alrededor de 7 meses. Fueron atendidas y tratadas con frialdad. Ellas querían un parto natural, pero se les fue casi obligadamente negado, violencia obstétrica. Dos semanas después regresó la familia, las dos mujeres, madre e hija, fueron intervenidas rápidamente por fuertes dolores en la barriga. Diana tuvo que dar la noticia a un padre de familia y aun chiquillo de apenas 15 años, que le preguntó con ilusión por bebes. Ella, les dijo, intentando ser lo más fría que pudo, que no habría bebes, ni madres, fallecidas durante la intervención. Una familia menguada.

Varios sucesos como este son los que Diana los tuvo que enfrentar y cada vez lo soportaba menos. Después de la familia Crayola, se dirigió al despacho de documentos para ver el expediente, al momento de entrar se encontró con un hombre joven de pelo lacio y largo revoloteando papeles, ella lo tuvo que echar de allí, este le enseño unos papeles y dijo que pronto esa clínica cerraría. Sonó a amenaza, y salió de allí, dejando a Diana sola en medio de un desastre de papeles, y de moralidad. Encontró intentando ordenar los papeles,  una carpeta con el título Fléculax, y lo leyó.

Esa misma noche decidió hacer algo que nunca pensó, pero algo a lo que se sentía empujada a hacer. Y así, dejo tras de sí a cuatro cuerpos inertes, sus manos bañadas en sangre tibia, y sin despeinarse un pelo. Busco por toda esa casa de paredes blancas algo que pudiera ser parecido a lo encontró en el clínica, pero su búsqueda fue en vano, solo hizo más que dejar manchas de sangre en  el teclado del ordenador. Oyó un ruido, y salió por la puerta trasera, se cambio de zapatos y se dirigió a un bar a tomar una copa de vino.
Al día siguiente se despertó tarde, y sin muchas ganas fue al trabajo, pensando en que podría abrirse la tierra y tragarse  ese edificio, que un tornado se lo llevara, o que un incendio lo devastará… como lo encontró esa media mañana. Las ventanas que antes brillaban ahora negreaban el paisaje, cintas vallando el lugar. Al parecer el incendio sucedió casi de madrugada, un fuego se extendió y no se apagaba con extintores, y se detuvo solo, como por arte de magia.

 Un pasado que los unía, y ahora el presente los rencontraba. De la pantalla emergieron más palabras, y empezaron a descifrase códigos con direcciones gubernamentales. Se acercaron a la pantalla y comenzaron a teclear, y después de unos minutos se abrió una pequeña ventana:


                                              ¿Desea reformatear el sistema?
                                    |____SÍ____|                           |____NO____|


El botón se sitúo en el sí, y cliqueó, automáticamente se encendió ante ellos la webcam, se vieron en pantalla y vieron a una persona en otra ventana saludándoles, y les dijo:
-         - Me llamo Jeremy. Hola Diana, hola Bernard y hola Gabriel.
-         - ¡Jeremy! , qué haces ahí, cómo nos has encontrado.
-         - Ahora eso no importa Diana, solo importa esa pregunta que habéis respondido. Habéis descubierto muchas cosas que han querido mantener en secreto, yo os lo he contado, ahora es vuestro turno. Cantadle a la gente lo que esta pasando. La webcam os redireccionará al show de un famoso que hace online, a las emisiones de emergencia de los canales con más audiencia. Tengo que reconocer que no ha sido fácil, pero lo he logrado. Ahora ya está todo hecho. Hablad en 3, 2, 1 …

“– ¡Hola a todos y todas! Es nuestro programa de hoy: La cruda realidad. Les daremos el informativo del año, del siglo!
Todos conocemos la gran pomada Fléculax, esa que hace  milagros, cicatriza rápido e incluso se utiliza en la cosmética. Los creadores de esta maravilla viven en esta ciudad, y cómo es que con semejante riqueza el pueblo se vea sumido en esta situación. Bueno, esto es fácil, la materia prima es extraída de aquí. ¿Sabemos cuál es esa materia prima?, ¿nos creen si les digo que esta relacionado con la clínica más prestigiosa, la clínica Durán? Si les digo que Fléculax está constituido de fetos de bebes, combinado con otros componentes y aromatizante de vainilla, y los principales proveedores de esta materia es la clínica. Numerosos abortos constituyen su mayor fuente de ingresos.
Un nuevo mercado se ha abierto, comerciar con vida humana, mengua la población, y qué pasa si hablamos y lo contamos, qué pasará si el Estado se entera de esto. ¡No hará absolutamente nada!, porque ya lo saben, el señor alcalde Durán protagoniza esta trama, su hijo dirige la mayor calamidad, pero cuánto beneficios atribuyen, muchos. Cuánta gente paga por Fléculax, gente  adinerada y que solo  les  importa su propio interés.
Si seguimos permitiendo esto llegará un día en que en la tierra no quede habitada más que por políticos y banqueros hinchados de papel dinero. Se restringirá la vida a favor de la suya. Dominará la ley del más fuerte, o el más rico, ¡la ley de que para que unos vivan mucho otros mueran rápido!
Es nuestra vida, no seamos esclavos de mentiras, de promesas, ¡salgamos a pedir lo que nos corresponde! ¡Salgamos a las calles y UNÁMONOS! Nadie es anónimo, todos podemos cambiar esto”


La pantalla se cerró y volvió a aparecer Jeremy, aplaudiendo como puede. Jeremy padece un síndrome del savant, es extremadamente listo en informático y tiene una gran memoria, retiene el 98% de todo lo que ve, pero se descompensa con una carencia de coordinación, o retraso en algún otro campo, el suyo es que actúa como un niño de 12 años. Jeremy seguía aplaudiendo, y riendo peculiarmente. Ellos lo también lo hicieron, entonces decidieron coger lo que encontraran y salir a la calle. Pero sus planes se detuvieron.

De las puertas empezaron a ingresar miles de guardias armados desde la cabeza hasta los pies. Se armó una línea de peones y se quedaron apuntando a los tres prófugos. La línea se rompió por dos sujetos, bastantes famosos, cualquiera los reconocería, Augusto Esteban Durán.

-         -Mirad quiénes se creen unos héroes. ¿os creéis que alguien tomará enserio lo que habéis dicho?, ¿qué alguien vendrá a salvaros? ¡Nadie me oís! Nadie vendrá, esta gente esta amuermada, nosotros controlamos esta ciudad, es nuestra.
-         - Yo estoy aquí. –surgió una voz desafinada de lo profundo se la sala, se escuchó una puerta cerrarse- Yo vengo, es mentira que nadie vendrá, yo he venido.
-         - Jeremy –dijo con sorpresa Diana.
-         - Jeremías, hijo mío. –dijo Augusto Durán- sabía que me traerías problemas, pero no de esta magnitud…te hemos estado buscando, y solo alguien con tu cerebro podría conseguir algo así. Ven con papá, te has ganado una chocolatina, y tu mamá estará muy orgullosa.
-         - ¡Cállate! –dijo Jeremy tapándose con las manos, hechos puños, la cabeza-¡Mamá no esta, tu te la llevaste! Mamá, mamá.
-       -   Este es vuestro genio. –se burló Durán hacia los tres prófugos- Diana, tu trabajo como enfermera de Jeremy no fue lo que pensaba, está peor de cómo te lo di. Tendría que habérmelo llevado igual que a su madre.
-          -¡Maldito enfermo! –chilló Diana.
-          Tendría que haberme llevado a todos. Bernard, te esperaba un futuro muy prometedor, que lástima me da el acabar con tu vida. Y tu niño, esto no es un juego de videoconsola.

Acto seguido el alcalde cogió una pistola y la cargó con tres balas que les enseño, apuntó y disparó.
Un golpe seco  en el suelo, y Bernard en el suelo.

Otro disparo, sangre brotando del pecho de Crayola, un intento por arrastrarse dejo un huella de sangra como un barrido, y un grito ahogado.

Otro disparo, un grito agudo y otro desafinado.

En los brazos de Diana cayó Jeremy, se había puesto delante de ella para protegerla. Lloró y lo abrazó, aquel chico que conocía desde los 7 años, que cuidaba porque nadie lo quería en su familia por su raro síndrome, un error como lo llamaba su padre. Un muchacho cariñoso y tremendamente cariñoso, pero despojado de amor, excepto el que ella le brindaba. Aquel muchacho del que pensaban deshacerse en su nacimiento, del que presionaban a la madre a abortar, este muchacho logró despertar a toda una multitud, a inspirar a una generación, y a decir al mundo que la esperanza sigue en cada persona que nace, de que el mundo se puede mejorar.

De repente el edificio comenzó a temblar, se oían ruidos y murmullos. Una pared se derrumbó y de ella emergió una multitud de gente. El alcalde echo a sus guardias contra esa gente, y él salió a correr. Fue por un pasillo que conectaba con otro edificio, pues ese estaba lleno de gente enfurecida. Pero una imagen lo congeló: toda la ciudad rodeando el edificio, un cielo estruendoso, y un paisaje gris, muy gris. El letargo acaba y comienza una batalla.

lunes, 3 de febrero de 2014

DIARIO DEL TRANSIBERIANO (+ de 4000 palabras)

5 de Diciembre de 1982
Noche.
    He sido el afortunado ganador de un viaje para dos personas en el transiberiano, todos los gatos pagados. Nunca antes he hecho un viaje igual. Desde Moscú hasta Vladivostok. El tren avanzando en mitad de la nieve, los personajes misteriosos. ¡Parece una novela! Estoy deseando escribir algo. Seguro que me viene la inspiración.
     Mi novia me dice que no me deje llevar por tanta imaginación. Creo que la he desbordado con mi entusiasmo. Tampoco puedo culparla, cuando aún estaba con su familia, viajaba por todo el mundo. Quizá ese sea el problema por el que no podemos avanzar, que no puedo ofrecerle nada. Siempre he sentido que oculta una parte de su corazón, me gustaría poder abrirla durante este viaje, y en el último día, quizá, pedirle que se case conmigo. Ya he comprado el anillo.


*          *          *


12 de Diciembre de 1982
Mañana.
Hemos llegado a Moscú en mitad de una nevada. El frío era terrible, y hemos subido al tren tapados hasta arriba. Me sorprendía el aguante de los trabajadores que se afanaban en sus tareas fuera. Para identificarnos nos desprendimos de la gorra calada y la bufanda que nos cubría hasta la nariz. ¡Pero al fin estamos aquí!
         El tren es fantástico, tal y como lo había imaginado. Viajamos en primera clase. La temperatura es agradable. Tenemos una lujosa habitación solo para nosotros. Cama de matrimonio, mueble bar y un escritorio. Sobre él escribo.
            El tren se está poniendo en marcha. Abandona lentamente la estación, deja atrás los otros trenes, los andenes con gente despidiéndose. La nieve cae diagonalmente. Voy a dejar de escribir, Cristina empieza a mirarme mal porque no la estoy ayudando con las maletas.


Tarde.
¡Ha ocurrido!
            Teníamos una duda sobre los servicios incluidos en el premio, no queríamos que se nos recargasen a posteriori, pero cuando hemos llamado a la empresa turística que organizó el sorteo, ha saltado un mensaje automático. El número marcado no existe. ¿Cómo es posible, si hace sólo dos días nos comunicamos con ellos? Y no somos los únicos, otros pasajeros ocupaban los teléfonos del tren con el mismo problema. Al parecer el vagón está lleno de premiados. Pensaba que sólo seríamos nosotros.
            Pero eso no importa. ¡Una empresa fantasma! Cristina dice que me deje de tonterías, que deben haber tenido algún problema con la línea de teléfono, pero está inquieta. Quizá tema que seamos victimas de alguna estafa. Yo, en cambio, sólo quiero ponerme a escribir. ¡Una empresa fantasma! ¡Una de verdad! Un momento, ¿puede ser una empresa fantasma de verdad? Reflexionaré sobre ello.


Noche.
         ¿No importaba que el resto de pasajeros también fuesen premiados? No podía estar más equivocado.
         Estábamos reunidos para la cena. Compartíamos mesa con una pareja mayor, que nos contaba cómo habían ganado el premio, y sus intentos frustrados de comunicarse con la empresa por otras vías, cuando un comentario que han hecho me ha parecido interesante. Por reflejo he sacado bolígrafo y bloc. Una fea costumbre. Cuando iba a disculparme, él hombre ha hecho gesto de que no pasaba nada, y me ha mostrado su propia libreta. La persona en la mesa de al lado se ha girado para mirarnos. Estaba tomando notas a escondidas. De repente, se han intercambiado miradas en todas las mesas.
¡Todos somos escritores! Aficionados, la mayoría. Participantes de pequeños talleres, ganadores de concursos de radiofónicos, e incluso algún novelista auto-editado.
        Un silencio cargado de posibilidades cayó sobre las mesas. Si pudiese ver el páramo nevado, lo cubriría de letras, pero el exterior está oscuro.

            Es medianoche, las voces nos han despertado.
El acceso a otros vagones ha sido cortado.
El pánico se ha extendido entre los pasajeros. Las ventanas no se abren, los teléfonos no funcionan, y los golpes y gritos no parecen alcanzar el resto de vagones. Los cristales no se rompen ni con el extintor. Se escuchan locuras como incendiar el vagón para captar la atención. Alguien llora tras una puerta cerrada.
Un grupo ha despertado al personal de servicio con la esperanza de que pudiesen comunicarse con alguien o conociesen algún acceso a los otros vagones. No pertenecen a la plantilla de la red ferroviaria. Han sido contratados exclusivamente para atender este vagón, durante los siete días de viaje, por cierta empresa turística. La misma que se ha desvanecido en el aire. Ahora están tan asustados como el resto.
Nadie vendrá de los otros vagones, pase lo que pase. Alquilado bajo condiciones de confidencialidad. Tras el dinero, cualquier justificación puede ser buena.
Al final hemos regresado a nuestros compartimentos. Los pestillos y las llaves se han girado.
Esto es un patrón conocido. El escenario ha sido creado, y las piezas colocadas. ¿Ahora qué?
La noche avanza lentamente.


13 de Diciembre de 1982
Mañana.
          No todos han acudido al desayuno, y muchos no han dormido nada. A diferencia de la cena, nadie se ha sentado con nadie. Apenas se hablaba, sólo algunos susurros contenidos, temerosos de avivar con palabras temores propios y ajenos.
          El personal de servicio estaba nervioso. Atendían las mesas y se retiraban con prisa, como si temiesen contagiarse de la enfermedad que nos ataca.
       El traqueteo no mitiga la calma tensa, el tren continúa su avance hacia una tragedia que no llega. Mientras la mayoría permanece encerrada, algunos insisten en buscar un acceso a los otros vagones, ya sea a través del techo o los bajos, y otros se preparan para la llegada a las estaciones. Han escrito carteles en ruso e inglés para que avisen a los otros vagones o a la policía. Me parece una gran idea. A primeras horas de la tarde se habrá resuelto todo. Sin embargo, Cristina afirma que será inútil. Tanto pesimismo empieza a molestarme.
         He intentado hablar con todo el mundo, aprenderme sus nombres. Las diferencias de idioma lo han puesto difícil. Sólo una mujer no ha querido abrirme. Al parecer ha permanecido todo el tiempo encerrada. Uno de los pasajeros la vio subir al tren, pero no estuvo presente ni en la cena, ni en el revuelo nocturno.


Tarde.
           Llegar a la estación ha sido devastador. No deberíamos haber usado los cárteles. Los niños se reían y aplaudían, las madres nos sonreían, en cambio, otros nos observaban con curiosa perplejidad. Cuánto más crecía nuestro pánico, y alzábamos las voces que no podían escuchar, mayor era su emoción. Al arrancar, el público nos despidió entre aplausos. El vagón se reflejó por un instante en una cristalera. Había algo escrito en ruso. Teatro, alcanzó a leer el autor de los cárteles. Recordé a los trabajadores en el frío de Moscú.
         Después se organizó un comité de emergencias. El objetivo era exponer nuestras historias, obtener toda la información para comprender por qué estamos aquí y qué podemos hacer.
           Cristina no ha querido asistir. No ha sido la única ausencia. Aun así el resultado habría sido el mismo. Nadie se conocía de antes, ningún vínculo oculto nos relaciona, salvo la escritura. Y ahí acaban los parecidos. Ninguna coincidencia destacable en gustos, novelas leídas o autores favoritos, ni siquiera hemos participado en los mismos concursos. Un silencio decepcionante puso fin a la reunión.
            Un paisaje de abetos y pinos cubiertos de nieve comienza a sustituir a las casas. El ocaso se acerca.
           

Noche.




14 de Diciembre de 1982
Mañana.
            La señora Meyer, una encantadora ancianita inglesa, ha muerto.
           A primera hora han llamado despacio a mi compartimento. Fuera había tres pasajeros, entre ellos los que habían ideado los cárteles. Querían que viese algo. Me calcé y salí sin despertar a Cristina. De camino por el estrecho pasillo nadie dijo nada. Abrieron la puerta y me cedieron paso al compartimento. No llego a entrar, la visión me sobresalta. El cuerpo aovillado en el suelo, la mano rígida contra el pecho, las medias bajadas. Uno de los presentes explica en susurros que encontró la puerta entornada y tuvo un mal presentimiento. Aparentemente no hay signos de violencia. Padecía una afección cardíaca, todos la habíamos visto tomar las pastillas que reposan sobre la mesa, y que parecen observar el cuerpo de la difunta con aire de reproche. Un cuerpo que les da la espalda. La tensión ha acabado con su viejo y dañado corazón, aunque ninguno sea médico para certificarlo. Es mejor que la palabra asesinato, porque entonces sólo será el primero.
        Hablamos de cómo deberíamos informar al resto. Creo que la reacción no diferirá demasiado de la nuestra.
          De regreso a la habitación, Cristina está despierta. ¿Ha muerto la señora Meyer? ¿Un paro cardiaco? Eso parece- he contestado.


Tarde.




Noche.
         Cristina acaba de quedarse dormida, hasta hace unos minutos seguía llorando. Durante la cena se ha producido la segunda muerte.
        De repente uno de los comensales ha comenzado a ahogarse. Tenía la cara y el cuello hinchados y encendidos, lágrimas surcaban sus mejillas. Todos han arrojado sus cubiertos y platos, algunos han forzado el vómito. Buscaba signos de falsa sorpresa, y lo único que he encontrado ha sido mi propio terror. Cristina conduciendo el cubierto a su boca, mi mano arrancándoselo de un golpe. Me ha mirado entre perpleja y asustada, frotándose la mano lastimada. Sólo después ha sido consciente de lo que sucedía, y ha roto a llorar.
          No puedo quitarme su mirada de la cabeza, la de una niña que no sabe qué ha hecho mal. Está mucho más afectada de lo que podía imaginar. Apenas me habla, apenas me mira. Hay momentos en los que ni siquiera parece estar aquí. Cuando he tratado de consolarla, me ha apartado. Quizá me culpa por haberla traído a este viaje.
      El veneno ha sido descartado. Un shock anafiláctico. Las etiquetas de algunas especias han sido cambiadas. Varios de los presentes han confirmado su alergia, y los síntomas parecen encajar. Las acusaciones contra el personal de servicio han estado a punto de llegar a trifulca, pero no hay pruebas contra ellos. Cualquiera podía acceder a la despensa. Y no ha sido el único incidente extraño de hoy.
          Avanzada la tarde el frío ha comenzado a agarrotarme los dedos, dificultándome la escritura. Como si reaccionásemos a una llamada común, hemos salido al unísono de nuestros compartimentos. El regulador de la calefacción ha sido destrozado. La temperatura se mantiene lo suficientemente alta como para no morir por congelación, pero no para prescindir de abrigos, gorras y bufandas.
         Escuchamos las voces del servicio clamando por la desaparición de un juego de cuchillos. Entonces pensé que alguien se sentiría más seguro con ellos, pero ahora no puedo pasarlo por alto.
          Por último, el depósito de agua ha sido vaciado. Los grifos han debido permanecer abiertos durante algunas horas sin que nadie se percatase. A alguien se le ocurre que podríamos haber taponado los desagües y tratado de inundar el vagón para llamar la atención de las autoridades en la estación. Demasiado tarde.
            Alguien se mueve entre nosotros. ¿Debería dirigir mis sospechas hacia los ausentes a la cena?
        Voy a seguir escribiendo. Sé que la mayoría lo está haciendo. Algo punza nuestras cabezas, se revuelve dentro de ellas, y si conseguimos extraerlo a través del papel y la tinta, quizá seamos capaces de comprender qué ocurre.


15 de Diciembre de 1982
Mañana.




Tarde.
         No he salido en todo el día. Escribo. No quiero alejarme de Cristina, pero tampoco puedo acercarme.
         Al final ella ha salido. Hoy parece menos trastornada. A su vuelta me cuenta las últimas novedades.
         La mayoría permanece encerrada.
         Aunque el frío ayude a la conservación de los cadáveres, han decidido almacenarlos en el congelador.
         Preparaban un nuevo cartel para mostrar en la estación. Ha aparecido destrozado.
       Se ha consumido todo el gas de la cocina. Parece que alguien ha estado quemando papeles, y ha dejado los fogones encendidos. Después de lo de anoche dudo que alguien quiera comer algo no enlatado. Me pregunto si es ahí donde nos quieren llevar. Comida enlatada y agua embotellada.
        Cuando intento hablar con ella sobre de quién sospecha, se cierra. Cuando intento hablar con ella sobre cómo se siente, se cierra.


Noche.
          Disparos. No me han despertado, estaba escribiendo.
          Cristina no me ha detenido cuando he salido corriendo.
          Ya había un grupo reunido frente al compartimento del personal de servicio. Al parecer nadie duerme. La cerradura ha sido volada, y ellos ejecutados. Encerrados en nuestras habitaciones sólo esperamos la muerte.
        Se forman parejas para olernos las manos unos a otros en busca de rastros de pólvora. Nada, tampoco hemos encontrado el arma. Algunas voces comienzan a pensar que hay alguien más aparte de nosotros, y otras quieren echar abajo la puerta de la pasajera encerrada. Grita que la dejemos en paz, que estamos locos. Los pasajeros de los dos compartimentos vecinos llaman a la calma, sostienen que la pasajera encerrada no ha salido en ningún momento.
        Mientras escribo estas líneas estoy recogiendo algunas cosas. Hemos decidido reunirnos en el comedor, y afrontar la noche juntos. Cristina quiere quedarse, pero su oposición es débil. Tenemos que ir, aunque sepa que la reunión fracasará. Tarde o temprano alguien querrá ir al baño, recuperar algo olvidado, o simplemente distanciarse de la tensión y la desconfianza. Nada puede detenerlo, nadie puede frenar la inmersión del tren en las tinieblas.

         La luz se ha apagado. Ha habido gritos y ruidos. Cuando vuelve a encenderse, el mango de un cuchillo sobresale de un pecho. La mancha de sangre crece en la camisa. Sobre el cuerpo y el cuchillo reposa un manto de plástico cubierto de salpicaduras. Ha sido uno de los presentes, pero no hay pruebas.
       En la caja de fusibles aparece un mecanismo de reloj. Un temporizador. Prácticamente todos hemos salido del comedor, incluidos Cristina y yo. Cualquiera podríamos haber preparado la trampa del apagón.
         Estamos de regreso en el dormitorio, el horizonte se tiñe lentamente de luz. Escucho gritos fue...
           

16 de Diciembre de 1982
Mañana.




Tarde.




Noche.




17 de Diciembre de 1982
Mañana.




Tarde.
            Cristina ha muerto.
 Se ha tragado un bote entero de somníferos. Cuando la he encontrado era demasiado tarde. Nunca he podido hacer nada por ella, y al final no he podido salvarla. Pensaba que apartarla de su familia bastaría para sanarla y hacerla crecer, pero nunca se libró de los fantasmas que la encadenaban. Deseaba abrir su corazón durante este viaje, cultivarlo hasta que fuese capaz de latir por sí mismo. Ahora se ha detenido para siempre.
          Me gustaría haberla dejado en el compartimiento, acostada en la cama como una princesa que disfruta de un largo sueño, permanecer a su lado hasta que finalmente duerma con ella, pero ellos no me dejan. Ni siquiera me permiten despedirme a solas. Nadie se fía de nadie. Al menos no se oponen a que la transporte yo mismo. Rechazo toda ayuda. Las últimas horas se han cobrado muchas vidas. Los pocos que quedamos hemos almacenado los cuerpos en el compartimento del personal de servicio. La deposito en el suelo helado, los muertos le dan la bienvenida. Todo parece demasiado irreal. Tomo su mano aún tibia. El resto espera, no nos van a dejar solos. Saco el anillo que guardaba para el último día de viaje, y lo introduzco con cuidado en su dedo. No puedo formular las palabras.

            Queda sólo un día. Ahora que Cristina ha muerto, ya no tiene sentido que siga ocultando nada. Esta será mi confesión. Si no sobrevivo, quizá le sea útil a alguien.
            La tarde del 15 un sobre pasó por debajo de la puerta. Corrí a abrir, pero la sombra que lo había deslizado ya había desaparecido. Quien fuese esperó a que estuviese solo. No había remite, dentro un par de hojas escritas a máquina y numeradas. Contenían el fragmento de un relato, que al tiempo era una amenaza. El escenario, el transiberiano, los personajes, un grupo menguante de aficionados a la escritura. No son necesarios más detalles. En el texto se narraban sucesos que todavía no habían ocurrido, porque yo debía darles forma. Y si desobedecía, el borrador alternativo se convertiría en el original. Cristina y yo -aunque no apareciésemos con tales nombres-, y nuestros familiares en el exterior, moriríamos de forma cierta, pero no descrita. No podía confiar en nadie. Así que si el texto me daba instrucciones para que buscase, en un escondrijo, un temporizador, y que lo conectase al cuadro eléctrico, durante una reunión nocturna que todavía no había sucedido, pero que sucedería, ¿cómo podía negarme? Sin embargo, cuando la luz regreso y vi el cuchillo, comprendí que aquel asesinato había sido aleatorio, y yo podría haber estado preparando el escenario de mi propia muerte.
            Me preguntaba por qué éramos todos escritores. Porque conocemos el poder de las palabras, y con palabras nos han estado manipulando. Sobres con encargos pequeños, y encargos grandes, que después debían ser destruidos.
Somos los personajes encerrados en una historia escrita por un loco.
            El culpable se encuentra entre nosotros, disfrutando de la función. Es hora de ponerle fin.


Noche.
          Creo tener una pista.
       La noche de los disparos y el apagón, cuando ya estamos de regreso en nuestro compartimento, escucho gritos fuera. Arremeten a patadas contra la puerta de la pasajera encerrada, mientras descargan por sus bocas un reguero de violencia verbal. Algo frena la caída de la puerta, y ellos vuelven a embestir. Sólo se detienen cuando sus caras chocan con un par de piernas suspendidas en el aire. El cuerpo ahorcado de una chica se balancea. Las sabanas estrangulan su cuello, los cabellos cubren su rostro. Así acaba todo. La habitación cerrada no ocultaba ningún secreto, sólo desorden, latas y paquetes de comida; y el diario de una chica tímida que permaneció en su compartimento porque no sabía cómo afrontar a los demás, y ya no pudo volver a salir.
       Sin embargo, desde que comencé a valorar los sucesos como parte de una historia, sentía que algo fallaba. Era una resolución decepcionante.
         Acabo de regresar de la habitación de los muertos. No me he cruzado con nadie, permanecen ocultos, aunque ignoro si como presas asustadas, como depredadores al acecho o simples cadáveres. Mis sospechas se confirman: sus manos y uñas están sorprendentemente limpias, ocultas bajo las ropas, marcas de ataduras en brazos y piernas. El verdadero pasajero del compartimento cerrado sigue oculto, y sé dónde.
         Cristina... Puede que pronto me reúna contigo...


18 de Diciembre de 1982
Mañana.
          Encontrar su escondite fue fácil. Estaba a la vista de todos, pero nadie lo ve, porque han dejado buscar fantasmas y pasajeros misteriosos. Sólo desean sobrevivir, y la única razón por la que los tres o cuatro que quedamos no nos hemos matado unos a otros, más allá de conflictos de conciencia, es simple. Nadie cuenta con una ventaja táctica, tomar el papel de agresor es convertirse en el objetivo de los demás. 
         Todos los compartimentos de los fallecidos permanecen cerrados y olvidados, pero sólo uno no puede abrirse.
         Llamé a la puerta y no obtuve respuesta. Traté de establecer un dialogo, fue inútil. Sólo cuando empecé a embestir, se produjo una reacción. Tengo un arma, te voy a reventar los sesos. Pero en ese momento no me importaba, seguí golpeando aunque repitiese su amenaza. Los goznes saltaron, la puerta cayó y yo con ella. Dentro no había nadie.
            Una radio sobre una mesa reprodujo una carcajada, y después se silenció.
            Había vuelto a ser víctima de su juego, pero no es peor que lo que he encontrado. Mientras escribo aquí, trato de decidir qué hacer con ello. En una maleta pequeña están los sobres, folios en blanco y mecanografiados, recambios de tinta, corrector, un juego de llaves maestras, y una pequeña y extravagante máquina de escribir, que plegada puede caber en un bolsillo. Y también el relato completo de los sucesos del transiberiano. En la última página aparece el nombre de su autor.


Tarde.
            Quiero hablar de Cristina.
            He terminado el relato hace poco. Volví a colocar la puerta en su sitio, y la bloquee para simular que no había pasado nada. En un momento, salí a por el arma con la que mataron al personal de servicio, el texto indicaba donde estaba escondida.
           Ella siempre me había ocultado algo, y cuando comenzó el viaje se cerró aún más. Ahora sé lo que es.
          Me preguntaba a mí mismo por qué había anotado las preguntas de Cristina sobre la muerte de la señora Meyer. Por alguna razón desconocida, me inquietaban. Aquella mañana actuamos con el mayor sigilo, no queríamos alarmar al resto. Cuando regrese a la habitación, nada se había movido, ni siquiera ella. No podía saber que alguien había muerto, y sin embargo, sabía mucho más. Esa misma noche, ella sigue cenando mientras un hombre se muere por causas desconocidas a sólo unas mesas de distancia. No dudo de su estado de abstracción, tampoco dudo de su seguridad en una comida que sabe que no representa ninguna amenaza para ella.
            Estábamos los dos en el compartimento, hablando de qué debíamos hacer para mantenernos vivos. Fuera la locura se estaba desatando. En realidad, sólo hablaba yo. No podía buscar al culpable, protegerme a mí mismo, y protegerla a ella, y menos en su depresión. No sabía qué hacer. Y entonces ella habla por primera vez, sugiere una idea ingeniosa a la vez que terrible. Debemos fingir su muerte.
Cuando la puerta se abra, sólo quedaremos dos supervivientes. En el revólver aún quedan dos balas.


Noche.
            Está seguramente sea la última entrada que pueda escribir. Espero no olvidar nada. Iré por orden.
            La persona a la que esperaba apareció en la puerta. Aunque se ocultase bajo varias capas de ropa, sabía que era ella. Aferraba el revólver, pero no lo apuntaba.
            De todas las preguntas que se agolpaban en mi cabeza, pregunté la que menos esperaba.
-¿Por qué no llevas el anillo?
Su mirada se torna líquida, espero a que encuentre las palabras.
-¿No me odias?- No sé en qué momento he soltado el arma.- Soy la culpable de todo.- Comprendo la cruel razón tras su disfraz. Quería que la matase.
-Tú has escrito está historia, ¿verdad? Tienes que decirlo, Cristina.
-Es terrible.
-Es mucho mejor que nada de lo que yo haya escrito nunca.- Cristina rechaza la idea con todo su ser, pero ya la ha escuchado.- Es fantástica. ¿Por qué nunca me dijiste que escribías? ¿Por qué la firmaste con mi nombre?
-No podía decirlo, no podía. Llevo ocultándolo toda la vida. Si mi padre...
Estuve a punto de decir que no era su padre, pero en ese momento tuve una revelación. Comprendí su relato mucho mejor que ella misma, y con la comprensión fui engullido por un negro lodazal de pena.
-Por eso en tu historia matas escritores. Matas a los escritores de tu cabeza.
Cristina se derrumbó como un títere cuyos hilos habían sido cortados. No corro a abrazarla porque ella debe levantarse sola. Simplemente escucho su historia. El terror de ver su relato convertido en realidad, su papel de cartera, su determinación a salvarme por mi expresión de pánico durante el incidente de la cena, cómo aprovechar su conocimiento de la narración a nuestro favor. En el texto original, el protagonista y autor del relato nunca recibía un sobre, y este encuentro nunca se producía.
Le pregunto si cree que el verdadero culpable es el mismo que el de la narración. A ella no se le ocurre otra posibilidad. En el relato un millonario excéntrico, un mecenas sangriento, decide cosechar las historias de un grupo de escritores enfrentados al misterio y la muerte, como si se tratasen del mejor fertilizante para la imaginación. Esperaba historias que jamás podrían haber sido creadas de otro modo. No estaba interesado en el espectáculo del tren, sólo en lo que produciría.
Hemos reunido todas las historias que se han escrito en el tren, y las hemos leído. Son maravillosas y horribles. Las hemos destruido todas. Para el que lee no queda más que este diario. No narraré en él si Cristina ha aceptado o no mi propuesta de matrimonio.
Ha amanecido. El tren se acerca a su última parada, y cuando se detenga, moriremos. Lucharemos por vivir, pero será inútil. Nuestra muerte será una cuestión de limpieza y desinfección, trabajo de profesionales metódicos. Cristina piensa que filtrarán alguna clase de gas para eliminar toda resistencia. Después entrarán vestidos con trajes y mascarillas, borrarán todo rastro de nuestra existencia. Y nadie sabrá nunca nada.