miércoles, 4 de diciembre de 2013

El hospital más grande Europa

El hospital más grande de Europa

Nueve de la mañana. Prisas. Antonio, mi marido, está vestido y a punto, pero sus movimientos son lentos por su inestabilidad, ya que su enfermedad ha ido agravándose con el tiempo. Encuentro un taxi y subimos en él camino del hospital. Antes de llegar me doy cuenta de que he olvidado la tarjeta sanitaria en casa.

-Madre mía, ya veremos si nos visitan, porque aquí pone claramente que es imprescindible llevarla.

Cuando llegamos ya estoy tan nerviosa que no caigo en la cuenta que la prueba es en la entrada norte, así que en mi despiste nos metemos por la zona sur.
-Antonio, siéntate en esta silla de ruedas mientras voy a negociar con la chica de admisiones por el olvido de la dichosa tarjeta.
Han pasado ya más de veinte minutos y en admisión nos indican que debemos ir necesariamente a la zona norte.
-Puf, bueno, pues nada allá vamos. Antonio, debemos ir a la zo… ¿Antonio?
¿Dónde está mi marido? ¡Si lo había dejado aquí hace un momento!
-Disculpe, celador, ¿ha visto usted a un señor mayor sentado en una silla de ruedas? ¿Estaba aquí ahora mismo?
-No señora, no sé nada, búsquelo.

Que lo busque. Podría ser algo fácil si no se tratara de este hospital; el más grande de Europa y posiblemente del mundo. Recorro esos larguísimos pasillos, salas y pabellones, y me da la sensación de estar metida en un laberinto. Ya no estoy segura si voy a ser capaz de volver.
-¡El más grande de Europa. Todo un lujo! ¡Si aquí no tendremos para pan, pero sí para bollos, y si son rellenos mejor!- pienso con tristeza y con los nervios desbocados.

Trato de tranquilizarme respirando profundamente. Pero nada, que se me ha perdido. «Será mejor que llame a mis hijos »,  pienso ya desesperada.
-¡Pero cómo puedes reírte! ¡Que sí es posible, como te lo cuento!

Vamos, lo que me faltaba. Para mí esto es un drama y ellos se lo han tomado a risa. Ahora es cuando soy toda yo un manojo de nervios.
Me dirijo rozando la histeria al servicio SIP para volver a preguntar cuando aparecen mis hijos, sus parejas y mi sobrino. Sólo faltaba el alguacil del pueblo.

A Antonio lo encontramos en una de las consultas de urgencias, enchufado a un cable y repitiéndole a todo el mundo « ¡Llamen a mi familia! ¡Que venga mi mujer!». Le habían hecho una serie de pruebas inesperadas y le habían alterado la tensión del susto o “del secuestro”, según se mire.
Al fin pudimos ir a la lejana Zona Norte donde le hicieron las pruebas que necesitaba. Todo quedó en una anécdota que alegró la rutina de sus médicos y de aquel susto ahora nos reímos los dos.



María Cruzado Ruano





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