El hospital más
grande de Europa
Nueve de la mañana. Prisas.
Antonio , mi marido, está vestido y a punto, pero sus
movimientos son lentos por su inestabilidad, ya que su enfermedad ha ido
agravándose con el tiempo. Encuentro un taxi y subimos en él camino del
hospital. Antes de llegar me doy cuenta de que he olvidado la tarjeta sanitaria
en casa.
-Madre mía, ya veremos si nos visitan, porque aquí pone claramente que es
imprescindible llevarla.
Cuando llegamos ya estoy tan nerviosa que no caigo en la cuenta que la
prueba es en la entrada norte, así que en mi despiste nos metemos por la zona
sur.
-Antonio, siéntate en esta silla de ruedas mientras voy a negociar con la
chica de admisiones por el olvido de la dichosa tarjeta.
Han pasado ya más de veinte minutos y en admisión nos indican que debemos
ir necesariamente a la zona norte.
-Puf, bueno, pues nada allá vamos. Antonio, debemos ir a la zo… ¿Antonio?
¿Dónde está mi marido? ¡Si lo había dejado aquí hace un momento!
-Disculpe, celador, ¿ha visto usted a un señor mayor sentado en una silla
de ruedas? ¿Estaba aquí ahora mismo?
-No señora, no sé nada, búsquelo.
Que lo busque. Podría ser algo fácil si no se tratara de este hospital;
el más grande de Europa y posiblemente del mundo. Recorro esos larguísimos pasillos,
salas y pabellones, y me da la sensación de estar metida en un laberinto. Ya no
estoy segura si voy a ser capaz de volver.
-¡El más grande de Europa. Todo un lujo! ¡Si aquí no tendremos para pan,
pero sí para bollos, y si son rellenos mejor!- pienso con tristeza y con los
nervios desbocados.
Trato de tranquilizarme respirando profundamente. Pero nada, que se me ha
perdido. «Será mejor que llame a mis hijos »,
pienso ya desesperada.
-¡Pero cómo puedes reírte! ¡Que sí es posible, como te lo cuento!
Vamos, lo que me faltaba. Para mí esto es un drama y ellos se lo han
tomado a risa. Ahora es cuando soy toda yo un manojo de nervios.
Me dirijo rozando la histeria al servicio SIP para volver a preguntar
cuando aparecen mis hijos, sus parejas y mi sobrino. Sólo faltaba el alguacil
del pueblo.
A Antonio lo encontramos en una de las consultas de urgencias, enchufado
a un cable y repitiéndole a todo el mundo « ¡Llamen a mi familia! ¡Que venga mi
mujer!». Le habían hecho una serie de pruebas inesperadas y le habían alterado
la tensión del susto o “del secuestro”, según se mire.
Al fin pudimos ir a la lejana Zona
Norte donde le hicieron las pruebas que necesitaba. Todo
quedó en una anécdota que alegró la rutina de sus médicos y de aquel susto
ahora nos reímos los dos.
María Cruzado Ruano
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