viernes, 29 de noviembre de 2013

Ejercicio 2 - Anécdota

Nos conocimos hace bastantes años ya, en la época de la universidad. Esa época en la que tratábamos de dejar atrás la cruel adolescencia y empezábamos a formarnos como personas adultas.

Él era tímido a rabiar. Le costaba entablar conversación con desconocidos y nuestras primeras tomas de contacto fueron un tanto peculiares. Su mirada era esquiva y a menudo lo podías encontrar paseando solo y ausente por los pasillos de la facultad. Poco a poco se fue soltando y fui conociendo nuevas facetas de su personalidad que me resultaron muy atrayentes. Cuando llegabas a conocerle de verdad, resultaba ser una persona muy interesante. Gracias a él empecé a tener nuevos puntos de vista que, hasta el momento, nunca me había planteado. Además, a nivel emocional, era una persona entrañable, con una sensibilidad extrema. Cuando tenías un problema, siempre podías contar con él para darte un consejo. Como se suele decir, siempre estaba ahí para prestarte su hombro para llorar en él.  Y rara era la vez que no acababa arrancándote una sonrisa. Sin embargo, del otro lado de la balanza, se columpiaba su YO más oscuro, su parte melancólica y terriblemente depresiva. Vivía atrapado en una constante montaña rusa de emociones. Tan pronto lo podías encontrar eufórico y lleno de alegría como, al más mínimo contratiempo, lo encontrabas sumido en la más profunda y triste de sus miserias.

Recuerdo uno de sus días más grises, aquel día me confesó que cuando era adolescente incluso había tenido deseos de morir en varias ocasiones. En aquel entonces, se sentía un extraño en medio de un mundo que no entendía. Se sentía perdido en la inmensidad de un océano lleno de peces con los que no se identificaba. Ellos se reagrupaban, se movían juntos de un lugar a otro mientras él se alejaba de ellos, imponiéndose su propio exilio. Y en ese aislamiento, en sus horas más oscuras se preguntaba qué sentido tenía seguir vivo. También me dijo que los años de universidad le estaban cambiando. Le estaban haciendo ver que no todo era tan negro que, allí en el fondo del mar, aún quedaban especies afines a él. Entre esos especímenes me encontraba yo. Así que, durante aquella época sus oscuros deseos de bailar con la muerte no habían vuelto a cruzar por su mente. 

Bastante tiempo después, en el último año de carrera, sucedió otra de esas cosas que siempre recordaré de él. Una mañana me llamó de forma inesperada. Por el tono de su voz lo noté un poco acelerado,  alterado. Me dijo que necesitaba verme con urgencia así que, esa misma tarde quedamos en el bar de siempre para tomarnos unas cervezas. Nada más verme se abalanzó sobre mí y me abrazó con una fuerza y una intensidad con las que jamás lo había hecho. Entonces, como si hubiera empleado toda su energía en aquel impetuoso abrazo, únicamente le quedaron fuerzas para susurrar suavemente en mí oído “Hoy he vuelto a vivir”. Nos sentamos frente a un par de jarras de cerveza y me relató lo que le había sucedido apenas unas horas antes.

Circulaba por el centro de la ciudad, a una velocidad relativamente lenta cuando, de repente, por el rabillo del ojo notó que un coche aparecía por la calle de la izquierda. El vehículo iba a gran velocidad, daba la sensación de estar huyendo de algo. Mi amigo no pudo evitar girarse y quedarse mirándolo fijamente. Era consciente de que aquel coche iba a acabar empotrado contra el suyo. En aquel momento el tiempo se ralentizó y, simultáneamente, mientras sus ojos veían como a cada fracción de segundo la colisión se hacía más inminente, su mente iba repasando cada capítulo de su vida. Un fuerte golpe. Su cara contra el parabrisas. Sus gafas volaron. Sabor a sangre en su boca. Volver a abrir los ojos. Repaso de dientes con la lengua. Las piernas siguen respondiendo. Bajar del coche aun temblando y gritar. Gritarle a aquel desgraciado todos los improperios que pasaron por su mente sin tener ningún tipo de mesura ni compostura “Maldito hijo de puta, has estado a punto de matarme”.


Después llegó la policía tratando de calmar un poco los ánimos y aclarar la situación. Costó lo suyo relajar la tensión del ambiente pero finalmente la rutinaria firma de papeles, el coche siniestro total, un chequeo en el hospital para confirmar la levedad de los daños físicos y para casa. Concluyó su relato diciéndome “Hoy he sabido realmente cuánto valoro mi vida”. Aquel día le cambió para siempre.

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