Tyris se acercó a su hijo. El niño lo miró con una sonrisa y lo invitó a
sentarse a su lado. Cuando llegaba al mar, el río se convertía en un reguero de
canales que invadían toda la tierra. A unos pasos de allí, en una pequeña casa
de adobe, Inefer confeccionaba faldellines y vestidos con tela de algodón
blanco.
-Cuéntame otra vez la historia, padre – le dijo el niño.
El padre sonrió complaciente y se sentó junto a él. Miró con nostalgia
hacia el mar, el Gran Verde, y suspiró. Luego volvió la vista hacia su hijo. Le
revolvió el cabello dorado con la mano y recordó su infancia, tan lejos de
allí.
-Supe que conocería a tu madre en el momento en que nació. Fue una mañana,
cuando fui con mi padre, mis hermanos y el resto del poblado a la gran agua
para pescar. Al otro extremo de este mismo mar. Habían pasado entonces seis
veranos de mi vida.
La expresión de Tyris mostraba que su mente retrocedía en el tiempo.
-El sol saliendo por encima de la línea que une el mar y el cielo me mostró
este país, esta tierra entonces extraña para mí, que supe conocería un día.
«Mi abuelo era el jefe del poblado, el curandero y el líder. Yo era su
nieto preferido. Decía que yo había heredado la habilidad de ver el futuro como
nuestros antepasados, además de su nombre. Así que me dedicaba toda su
atención. Yo era un niño extraño, lo reconozco. Podía dominar el viento, los
animales, las corrientes…»
El niño miró a su padre. Tyris estaba absorto. Tenía los ojos cerrados y
una suave brisa fresca se había levantado repentinamente haciendo más
soportable el calor de Kemet, de las Dos Tierras. Ocurría con frecuencia, sobre
todo cuando su madre decía que no podía soportar el calor.
-A su muerte, mi madre debía sucederle. Estaba preparada, era una excelente
y decidida mujer. Pero mi abuelo murió, cuando habían pasado cuatro veranos más
de mi vida, y hubo un grupo que se rebeló contra ella. Consideraban que una
mujer no podía ser la líder del poblado, que no tenía ni la suficiente
habilidad para dirigir las labores agrícolas ni la fuerza para combatir con
poblados enemigos.
«Unido, además, a la procedencia extranjera de mi padre, venido del norte,
del que tú y yo, hijo mío, hemos heredado el color claro del cabello y el azul
de los ojos, hizo que tuviéramos que huir. Cogimos nuestras pocas pertenencias
y mis padres, mis dos hermanos y mi hermana emprendimos un viaje hacia lo
desconocido.
«Mi madre sabía por mi abuelo de la existencia de otros poblados, que quizá
nos acogieran porque una hermana de mi abuelo se había emparejado con un hombre
del sur. Y hacia allá nos dirigimos. Atravesamos zonas boscosas, donde podíamos
cazar animales y recolectar frutos para alimentarnos. Después de muchas lunas, llegamos
a un lugar habitado. Mi madre se presentó al jefe del poblado que, al saber de
sus habilidades, la llevó hasta la cabaña del curandero local. Éste nos acogió
como de su familia y nos permitió instalarnos en su hogar.
«Era cierto, nos dijo, que conocía a mi abuelo, Tyris. Y conocía a la hermana
de Tyris. Habían vivido allí durante varias lunas, pero se habían trasladado
más al sur.
«Durante una luna estuvimos allí, para volver a partir con utensilios recién
fabricados y provisiones. De nuevo de viaje. De nuevo hacia el sur. De nuevo
pasaron muchas lunas. Y en el siguiente poblado encontramos a la familia de la hermana
de mi abuelo. Nos ofrecieron su ayuda y su hogar, pero al cabo de dos lunas,
nos sentíamos extraños y mi padre decidió marchar.
«Nos dijeron que un poco más al sur encontraríamos un poblado junto al mar,
donde vivía gente de muchos lugares, incluso del otro lado de la gran agua. Mi
padre pensó que eso era lo mejor para nosotros: un lugar donde todos eran
extranjeros y podíamos pasar desapercibidos.
«El poblado era enorme, se llamaba Abdera, y tenía un gran puerto donde
habían embarcaciones de todo tipo. Me fascinaron desde el principio. Quise
subir a una de ellas y saber qué se sentía al ver el agua debajo y estar por
encima, sin hundirse.
«Habían pasado once veranos de mi vida. Había aprendido todas las dotes
curativas de mi abuelo y después de mi madre, llegándola a superar en
conocimientos. La imagen de una colina puntiaguda y un río caudaloso en el que
había artefactos parecidos a los del puerto de Abdera, que no se hundían en el
agua, me perseguía despierto y dormido. Una sensación de bienestar me recorría
el cuerpo cuando, entre sombras, aparecía la larga cabellera negra de una
desconocida mujer.
«Mi madre lloró amargamente cuando me vio subir a uno de esos artefactos,
que entonces ya sabía se llamaban barcos. Mi padre me miraba orgulloso desde su
altura, por encima de los demás. Mis hermanos y hermana pequeños me decían que
volviera pronto. Fue la última vez que los vi.»
Inefer se aproximó a su esposo y a su hijo mayor. La brisa fresca que había
sentido hacía un instante tenía un roce muy familiar. Tyris abrió los ojos y la
miró con amor. Ella le sonrió plácidamente.
Se sentó junto a ellos.
-Mientras tu padre navegaba por el Gran Verde, yo estudiaba en el templo de
Isis, como mi madre, mi abuela, la madre de mi abuela… como todas las
primogénitas de mi familia. Todas llevamos el mismo nombre, Isis Nefertiti, al
igual que en la familia de tu padre todos los primogénitos se llaman Tyris. Todas
destinadas a ocupar altos cargos en la administración de las Dos Tierras.
«Fue precisamente en el templo donde mis padres se conocieron, cuando mi
padre acompañó a su maestro, el arquitecto Menenré, para revisar el estado de
conservación del edificio.»
Tyris la miró sonriendo. La melena aún conservaba su color oscuro, apenas
encanecido. Los ojos almendrados y sugerentes lo embelesaban desde que la
conoció.
-La gran sacerdotisa me acogió bajo su tutela personal. Ingresé con apenas
seis años y mis progresos fueron siempre mayores que los de mis compañeras, lo
que generó envidias. Algunas dejaron de hablarme, otras rehuían incluso la
mirada. Pero yo tenía claro que mi misión en el templo de la diosa no era
granjearme amistades, sino aprender lo máximo posible para desempeñar
adecuadamente lo que el destino tenía preparado para mí.
«Una mañana, estando yo absorta en la lectura de un papiro médico, la gran
sacerdotisa se me acercó. Alguien había solicitado visitarme.
«Mi sorpresa fue grande cuando descubrí que la persona que quería conocerme
era Hetepti, una de las esposas reales y madre de uno de los hijos del gran Nimaatre Amenemhat, que en paz vaya
por los caminos sagrados del oeste. Tras interrogarme sutilmente, la esposa
real susurró algo al oído de la gran sacerdotisa y unos días después, me
trasladé a vivir al palacio real. Contaba con once años de edad y me convertí
en una de tantas esposas del rey.
«Mi vida sucedió apacible durante ocho años,
durante los cuales Maakherura Amenemhat sucedió a su padre, ascendiendo también
Hetepti a gran madre real. Todas las esposas y concubinas pasamos entonces a
serlo del nuevo rey. En esos años me acostumbré, también, al rechazo de las
otras mujeres, alentadas por el supervisor de la casa de las bellas.
«Mi jornada trascurría en un lugar apartado
de la casa, alejada de los rumores, las intrigas, las discusiones y, cómo no,
de los regalos que ofrecía periódicamente el rey a sus mujeres. Mi existencia
era casi desconocida en el palacio. Quizá por eso tenía la libertad de visitar
a mis padres en Mennefer y también la de leer los muchos papiros que ellos me
facilitaban.
«Sucedió entonces, pasados esos ocho años,
que la gran esposa real de Maakherura Amenemhat viajó en paz por los caminos
del oeste. Y mi vida cambió. Por influencia de la gran madre real, me convertí
en la nueva esposa del rey, tomando el nombre de Sobekneferura.
«Mis padres se sintieron muy orgullosos de
mí. De pronto había pasado del anonimato a ser la reina de las Dos Tierras.
«Fue durante mi primer viaje por el río como
reina que mi destino quedó sellado definitivamente.»
Inefer miró a su esposo que la comprendió de
inmediato.
-Había llegado yo a las Dos Tierras tres años
antes, tras mucho tiempo navegando por el Gran Verde y me había quedado
fascinado con el río y las maravillosas construcciones puntiagudas que me
perseguían desde mi niñez. Abandoné la navegación por la gran agua y me
embarqué en el río. En ese tiempo aprendí a leer y escribir la lengua de los
documentos. Progresé por mis conocimientos y mis habilidades y llegué a capitán
de uno de los barcos de la flota real.
«El acontecimiento más importante de mi vida
estaba a punto de suceder. Cuando mis ojos vieron por primera vez a la esposa
del rey de Kemet, supieron que el viaje había llegado a su fin. Mi corazón me
habló para decirme que aquel era mi lugar, junto a aquella mujer de ojos
dulces.
«Durante años la amé en silencio, en la
lejanía, sin saber si ella me miraba alguna vez o si sabía, acaso, mi nombre.
De repente, sin saber bien cómo, me convertí en el supervisor de los barcos de
la reina. Siempre que ella viajaba, yo era el capitán. Tenía a mi cargo barcos,
hombres, almacenes. Poseía una hermosa casa en la ciudad, con un jardín lleno
de sicomoros y un estanque con peces; los servidores tenían todo preparado y
listo para mí. Entonces se me ocurrió que todo aquello no valía la pena si no
tenía lo que más amaba: a la preciosa mujer de ojos almendrados. Por mi alto
cargo, era frecuentemente invitado a fiestas en casa de funcionarios de rango
superior en las que conocí a muchas mujeres. Ninguna se podía comparar a la de
mis sueños.
«Al poco de ser nombrado supervisor, empezaron
los conflictos en los fuertes de las fronteras. Los países extranjeros se
dieron cuenta que el nuevo rey era más débil que su padre y empezaron a
acercarse y a atacar los puestos fronterizos. Enemigos venidos del norte y del
este entraron por el delta para conquistar nuestra tierra.
«Así, fui llamado, junto con mi flota, al
combate. Navegamos con la corriente hasta la ciudad de Per-Uadjet. Allí
desembarcaron soldados para hacer frente al enemigo. Por un espacio de dos
años, mi trabajo consistió en trasladar soldados de remplazo a las fronteras y
devolver a los heridos a casa para su recuperación. La distancia no fue, sin
embargo, suficiente para que olvidara mis amados ojos dulces.
«Tras seis años en el trono, su majestad
Maakherura Amenemhat emprendió el viaje en paz por los caminos del oeste. Sin
descendencia, fue su esposa la que le sucedió.»
Inefer se puso en pie. El lino del blanco
vestido se movía con la ligera brisa fresca que aún soplaba.
-De hecho, desde que empezaron los conflictos
fronterizos era la reina quien supervisaba las cuestiones civiles del estado –
dijo ella con orgullo. – El rey se había dedicado por entero a los asuntos de
la guerra. Pasaba semanas, meses incluso, navegando por el río hasta los
fuertes para encabezar la defensa. La reina era quien solucionaba los
conflictos judiciales, quien administraba las Dos Tierras, quien controlaba las
nuevas construcciones en los templos y quien llevó a término el palacio más
grande jamás construido por ningún otro soberano.
«Fui yo quien gobernó Kemet desde que me
convertí en gran esposa real.
«Los sumos sacerdotes y sacerdotisas, los
funcionarios de alto cargo vieron mi ascenso al trono como algo normal.
«Pero yo no anhelaba la guerra ni los
conflictos. Y estos seguían sin remedio. Llamé ante mí al supervisor de la
flota de la reina. Necesitaba la ayuda de alguien de confianza. Fue inevitable.
Tyris se convirtió en mi esposo, si bien no en rey. Su condición era tan solo
conocida por mi círculo más cercano.
«Aparecieron entonces conflictos internos
dentro del palacio real. Algunos funcionarios fueron sobornados por los
extranjeros que querían usurpar el trono. Durante los tres años que duró mi
reinado luché contra enemigos dentro y fuera del territorio.
«Bajo la amenaza de provocar una rebelión
popular al revelar mi relación secreta con tu padre, quisieron obligarme a firmar
la paz. Un decreto establecía la legitimidad del rey invasor mediante mi
matrimonio con él. Accedí a ello, aparentemente, mientras planeaba mi huída del
palacio.
«Ocultos como comerciantes, viajamos hacia el
norte, hacia la gran agua, para embarcar y salir de Kemet. Pero al llegar aquí,
a este lugar, fuimos incapaces de dejar esta tierra porque yo estaba
embarazada. No podíamos alejar a nuestro hijo de su hogar.»
El niño había escuchado la misma historia
decenas de veces, pero le gustaba oír el final. Sus padres se habían quedado en
casa por él. Se habían instalado en aquella pequeña ciudad costera que era su hogar,
donde vivía con ellos y sus hermanos pequeños.
Miró hacia el cielo y vio una bandada de
ibis. Le habría gustado heredar las habilidades de su padre. Pero no. Las tenía
uno de sus hermanos.
Giró la cabeza a un lado y vio llegar un
grupo de cinco personas. Un hombre alto y de cabello claro como su padre y una
mujer morena menuda eran los más mayores. Los otros dos hombres y la mujer
debían tener la edad de sus padres.
Tyris los miró sin inmutarse. Los estaba
esperando desde que partió de Abdera tantos años atrás.
Hola, Carmen.
ResponderEliminarQuería preguntarte una duda que he tenido leyendo tu cuento.
ABSTENEROS DE SEGUIR LOS QUE NO LO HAYÁIS LEÍDO TODAVÍA.
Durante el texto se mencionan los sentimientos del padre por la reina (es la mujer con la que sueña, "ojos dulces", etc.), pero en ningún momento se mencionan sentimientos de al contrario, de la reina al padre. Y la única vez en la que se les hace referencia, no se habla de amor, sino de "Necesitaba la ayuda de alguien de confianza". Lo que me hace pensar en manipulación.
La pregunta es: ¿estoy interpretando mal, es un error, o era tu intención vendernos una historia de amor que en realidad no lo es?
Espero respuesta ;). Gracias.
Saludos
Interesante pregunta.... jajajaja.... lo dejo a vuestra interpretación...
ResponderEliminarLas mujeres, los hombres, lo que pasa....
¡Qué malvada! Jajajaja
ResponderEliminarPues entonces lo interpretaré a mi manera. Pobre chiquillo cuando de verdad comprenda el significado de la historia que tanto le gusta.
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
ResponderEliminarHola Carmen, ayer encontre las palabras que estuve buscando desde que lei tu cuento.
ResponderEliminarLa forma en la que has ido introduciendo a los personajes, la entrada de la madre en la narracion del cuento, como le permite de nuevo al padre la continuacion, me ha recordado a un baile.
Vosotras entendeis mas de esto. Una vez, aprendiendo bailes de salon, baile con el profesor. Tuve que cerrar los ojos para dejarme llevar y a la vez perder de vista tantas miradas. Vivi la experiencia de ser transportado, conducido y abandone la riguidez. Esa sensacion es la que he revivido con tu cuento-relato.
En mi opinion has escrito una historia de intereses y renuncias.
Un cuento del amor.
Gracias.