miércoles, 28 de octubre de 2015

HISTORIA PERFECTA


Por las noches ella atizaba las brasas mientras mirábamos embelesadas el color del fuego. Sentadas en el banco del hogar esperábamos que llegara la hora de ir a dormir. Apoyaba sus codos en las piernas y la cabeza en sus manos. Yo la miraba y la encontraba bella porque la amaba como sabía que amaría a pocas personas. Parecía mucho más mayor de lo que era, como todas las mujeres del pueblo que vestían de luto. A veces, una lágrima surcaba por sus arrugas sin que ella se molestara en limpiarla. Entonces yo le decía: “abuela, ¿quiere que cante?” y ella respondía, “canta, hija, canta”. Hasta que una sonrisa aparecía en sus labios y yo me conformaba con haberlo conseguido.
La realidad era muy terca y la noche le traía los recuerdos de una forma casi cruel. Por eso, a veces, en los largos silencios en los que solo se escuchaba el crepitar de la leña, el pensamiento se le dormía y hablaba en voz alta: “Se volvieron locos…  Por fuerza que se volvieron locos… Los padres contra los hijos.... Hermanos contra hermanos... Los hombres contra Dios y Dios contra los hombres…  Hasta no creer en nada. ¿Cómo creer? … Todo es mentira… ” Yo le rozaba el brazo para que se despertara y entonces me decía: “si miras tanto la lumbre te mearás en la cama”. Esa frase aniquilaba cualquier curiosidad por mi parte y no le preguntaba nada.

Aquellas ensoñaciones me fueron haciendo comprender que algo muy triste había pasado antaño. Algo de lo que nadie hablaba. Pero mi abuela me fue contando de aquella forma velada algunas cosas: “Los mataron, hija, por nada… Vinieron…, los sacaron de sus casas…, sin dejarles besar siquiera a sus hijos…,  se lo llevaron para no volver… No los mató la guerra, los mató la envidia… No soportaban a nadie que les hiciera sombra…” ¿Quién no soportaba que hubiera gente más lista, o más sensible, o mejores personas? …

El silencio enterró a los muertos y las lágrimas brotaron solo dentro de las casas.

Cuando vuelvo la mirada a mi infancia puedo recordar el desasosiego de hasta los que ganaron aquella contienda. Porque los que se volvieron locos, enloquecieron más al recuperar la cordura y ver lo que habían hecho. Aquello impregnó los rostros de amargura, y siempre sentí que las campanas tocaban a muerto hasta en los días de fiesta.

Lejos de aquellas noches de brasas en el hogar, cuando algunas bocas se atrevieron a hablar, supe que fueron siete los asesinados en un pueblo donde “no hubo guerra”. Del que dicen que pintaba las paredes de la iglesia como un Miguel Ángel, orgullo del pueblo por sus manos delicadas, antes de que se lo llevaran dijo: “Madre…, solo siento que nadie vengará mi muerte.”

Y yo anhelo ser capaz de dejar escrita la verdad de los siete inocentes asesinados por su sensibilidad, inteligencia o ideas. Vengar su muerte con el arma de las palabras. Usando solo la fuerza de las palabras.

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