Érase una vez una aldea en lo
profundo del bosque, donde todos sus habitantes vivían en armonía, dedicándose
cada uno a aquello que mejor sabía hacer, a aquello que más placer le daba.
Los gnomos cuidaban del bosque y
de sus habitantes, eran excelentes médicos. A pesar de sus pequeños y robustos cuerpos
tenían manos ágiles y sensibles, podían percibir donde les dolía a sus
pacientes y que les ocurría.
Las melíades cultivaban la
vegetación y dirigían plantas, arbustos y árboles en su crecimiento para formar
las casas que cada singular vecino necesitaba. Eran unas hadas que según sus
necesidades cambiaban de tamaño, desde unas delicadas mariposas a unas bellas
mujeres.
Las dríades recolectaban miel y
frutos del bosque y cocinaban deliciosas tartas que tenían a todos con
sobrepeso. Regentaban la posada de la aldea y preparaban desayunos completos a
cualquier hora, pensaban que la mejor comida del día no tenía que limitarse a
la mañana.
Los dragones eran excelentes
herreros y fabricaban todas las herramientas de metal que se necesitaban. Eran
famosos por sus hachas y cuchillos que forjaban varias veces hasta endurecer el
metal que luego afilaban con precisión.
Las ondinas cuidaban del río, del pequeño lago
que alimentaba y por supuesto de todos los habitantes acuáticos. Tenían sus
casas en el fondo del río, pero gustaban de nadar hasta el pequeño
embarcadero y ayudar a los aldeanos a
cruzar con sus barcas, evitándoles tener que remar.
Los sátiros cultivaban verduras, cereales y
frutales en los claros del bosque. De las uvas que cosechaban elaboraban un
embriagador vino. El día señalado todos los habitantes de la aldea pisaban la
uva y organizaban una gran fiesta alrededor de una gigantesca cuba. Era una
buena disculpa para terminarse el vino del año anterior.
Los silfos vigilaban desde el
aire y protegían la aldea de visitas de extraños. Sus vaporosas alas brillaban
al sol creando bellos arcoíris planeando sobre la población. Cuando querían
pasar desapercibidos era imposible verlos. Y, cuando era necesario, creaban
espejismos reflejando el paisaje en sus alas, desviando cualquier intento de
entrar en el bosque sin ser invitado.
Las brujas cocían todo tipo de guisos
y pociones, a veces con más imaginación que magia, buscando hacer verdad la frase
de Hipócrates “Que tu alimento sea tu medicina”. Y aunque a veces algún aldeano
les pedía una poción para fastidiar a un vecino ellas, salvo en casos extraños,
solo elaboraban pócimas de salud.
Los magos se encargaban de la
educación de los niños por lo que tenían el cabello y las barbas blancos. Iban
todo el día de aquí para allá seguidos de una fila de niños de distintas razas,
todos de la misma edad, enseñándoles lo necesario para vivir: filosofía,
música, historia, escritura y matemáticas.
Los elfos fabricaban los bellos
utensilios que todos utilizaban, trabajando tanto el metal ablandado como la
madera o las piedras preciosas. Algunos vendían su producción fuera del bosque
a cambio de las pocas cosas que no podían encontrar en él.
Las salamandras extraían del
centro de la tierra los minerales, las piedras preciosas y unas exquisitas
setas que comían todos juntos los días festivos en la Plaza Principal. Su larga
cola roja les permitía permanecer en
raras posturas mientras utilizaban manos y pies para picar la piedra.
En este armonioso vecindario
hasta tenían cabida los troles, que eran muy apreciados por su extraordinaria
fuerza y requeridos para los trabajos más pesados que desarrollaban con gusto. Con
casi dos metros de altura y fuertes brazos eran capaces de cualquier
ingeniería. Desde mover grandes piedras, hacer la mudanza de un vecino en un
par de brazadas, o acarrear agua del río hasta el centro del pueblo.
Hoy quería contaros la historia
de uno de estos troles. Se llamaba Dave y era el encargado de talar y podar los
árboles que les marcaban las melíades. A pesar de ser pequeño, en comparación
con los de su raza, tenía una fuerza increíble, era delgado y fibroso con una
gran cabeza rematada por un espeso pelo parduzco. Solía vestirse con unos
pantalones de arpillera que sujetaba con un par de tirantes cruzados.
Dave tenía un problema, cuando
quería dar los buenos días, te deseaba un día horroroso. Si quería un vaso de
agua, pedía a gritos barro, si quería un trozo de tarta pedía gusanos… Todo el
mundo en la aldea lo conocía y le daban lo que de verdad deseaba y lo saludaban
con amabilidad y cariño pues sabían que era un buen trol.
Cuanto mejor quería hablar, más nervioso se
ponía y más maldiciones y exabruptos
salían de su boca. Especialmente cuando deseaba decirle a Mandy, su
supervisora melíade, lo hermosa que era, terminaba llamándola vieja gorda.
Mandy se reía coqueta, ruborizándose un poco y le deseaba un buen día después
de marcar de rojo los árboles que tenía que talar.
Un día, Dave golpeaba con saña un gran árbol,
enfadado consigo mismo, porque a pesar de sus esfuerzos y de haberse pasado la
noche repitiendo en su cabeza bellas palabras para decírselas a Mandy, cuando
llegó el momento le dijo que tenía el trasero celulítico y los dientes podridos.
La bruja Serna, que sabía de sus
problemas se le acercó. Le recriminó su actuación con el pobre árbol que no
tenía culpa de nada y le ofreció su ayuda. Si Dave le conseguía un poco de
savia del árbol del Truc en lo profundo del bosque, ella le daría una poción
que curaría su disfunción.
Dave le dijo que el árbol era una
mierda y que estaría encantado de hacerle un corte o incluso talarlo; que no le
importaba para que quería la savia y que sería una gran virtud para él hacer lo
que ella le pedía. La bruja le tranquilizó diciéndole que era solo un corte
pequeñito, para obtener cuatro o cinco gotas de savia, que nadie se enteraría y
que las necesitaba para hacer una buena magia en beneficio de toda la aldea. Dave
le dijo que sí, que lo haría. Se giró y siguió talando el árbol ignorando a la
bruja. Pero ella no se rindió, insistió un día y al siguiente y al siguiente.
La noche del solsticio de verano
se celebraba una gran fiesta en el prado junto al lago. Todos los habitantes de
la aldea acudían con sus mejores galas. Las dríades habían preparado pasteles
de cerezas, y les habían cedido un poco de miel a los sátiros para que
elaboraran una deliciosa hidromiel que los acompañara. Por supuesto también
había vino y sabrosos guisos que las brujas cocinaban en grandes calderos sobre
el embarcadero. Era una noche preciosa y los jóvenes bailaban bajo una miríada
de luces que los elfos habían tejido sobre el claro. Dave deseaba bailar con
Mandy, pero cuando se acercó queriendo
sonreírle le gruño tan fuerte que le llenó la cara de saliva. El hada riéndose
se limpió la cara y le dio un beso en la mejilla pero, bailó con una salamandra
en lugar de con el trol.
Por la mañana, Dave, no espero a que
la bruja Serna intentara convencerle. Fue él a buscarla y le dijo que no lo
haría al día siguiente. La conciencia o la resaca por el exceso de vino de la
noche anterior, empezó a picarle antes del mediodía. No estaba seguro de hacer
lo correcto. Aunque, muerto de celos y cansado de su destino, sentía la
necesidad de cambiar su suerte. Decidió confiar en la bruja y cumplir la
palabra que le había dado.
No fue difícil llegar a lo
profundo del bosque, los reinos animal y vegetal lo conocían, sabían que era un
buen trol y le dejaron pasar sin problemas. Cuando llegó al árbol del Truc le
maravilló su hermosura y cayó de rodillas llorando y gritando. Maldecía al
árbol, no le importaba lo que iba a hacer y no necesitaba cambiar urgentemente.
Finalmente se limpió la cara y rozó con su hacha una rama cerca del tronco
levantando ligeramente la corteza. Un terrible grito se escuchó en lo profundo
del árbol y todo el bosque pareció oscurecerse y agitarse. Los lamentos que
emitía el árbol, mientras iba goteando savia en una redoma de barro que sujetaba
bajo el corte, eran estremecedores. Dave se sentía vil, sabía que era
abominable lo que estaba haciendo. Era una tortura observar cómo iba rezumando
lentamente una gota de savia, aumentando de tamaño hasta dejarse caer
finalmente. Se le hizo eterno el tiempo
que tardó en recoger siete preciadas gotas, la solicitud de la bruja. Luego
arrancó un trozo de su propio pantalón y cerrando la herida lo ató alrededor
vendando la rama.
En su camino de regreso a la
aldea, los animales le gruñían y las ramas y arbustos no se apartaban de su
camino, sino que se enredaban en sus pies, haciéndole caer varias veces. Él no
se defendía, sabía que merecía cada arañazo. Llegó a casa de la bruja sucio, magullado, y
mordido. Con un ánimo tan lúgubre que no tenía ganas ni de hablar, ni de
cambiar, ni de ver a nadie. Solo quería terminar con aquel disparate, meterse
en la cama y rumiar sus miserias. Serna le dio su poción a cambio de la savia
del árbol, le dijo que era un buen trol y le aseguró que si se lo tomaba antes
de dormir, a la mañana siguiente sería un trol nuevo. ¡Qué podría decir
exactamente lo que pensaba!
Dave se despertó esa mañana
sintiéndose extraño después de una noche llena de malos sueños. Aun así se lavó
y se peinó. Asombrado se miró en el espejo, parecía otro, no tenía que luchar
consigo mismo. Sus pensamientos y sus acciones se correspondían. Cada vez más
alegre, se afeitó y se puso un pantalón limpio.
Al pasar por el jardín de la
plaza principal, le pidió permiso al hada que lo cuidaba para coger un par de
rosas. El hada convirtiéndose en mariposa huyó despavorida al verlo, pero Dave,
en lugar de amilanarse se encogió de hombros y cortó con delicadeza una rosa.
Se acercó a la posada a desayunar
y le pidió amablemente a la dulce dríade que la regentaba un vaso de leche y un
trozo de tarta de manzana. La posadera le miró ceñuda y le preguntó si se
sentía bien. Él le aseguró que sí, agradeciéndole su amabilidad por
preocuparse. La dríade se enfadó y le lanzó un trozo de tarta seca y le puso un
vaso de leche agria.
Dave se ofendió mucho por el
trato que estaba recibiendo, pero no quería quejarse el primer día de su nueva
vida. Era feliz, capaz de decir las cosas que pensaba. Después de desayunar
cruzó la aldea dando los buenos días a todos con los que se encontraba, aunque
en lugar de recibir saludos, recogía improperios.
Al llegar a la parte del bosque
donde estaban trabajando ya estaba esperándole Mandy. Se acercó presuroso a
ella ofreciéndole una gran sonrisa y la flor en la mano. Y usando un tono de
voz muy dulce le dijo que era el hada más bonita que nunca había visto. Mandy se
giró indignada insultando al pobre trol. Y le dijo, con una grosería impropia
de una dama, que no volvería a ser su supervisora, yéndose antes de que Dave pudiera explicarse.
Dave se
sentó desconcertado en un tocón a llorar su culpa. Estaba seguro que los dioses
le habían castigado por no ser un buen trol.


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