lunes, 18 de mayo de 2015

Dave, el trol

Érase una vez una aldea en lo profundo del bosque, donde todos sus habitantes vivían en armonía, dedicándose cada uno a aquello que mejor sabía hacer, a aquello que más placer le daba.
Los gnomos cuidaban del bosque y de sus habitantes, eran excelentes médicos.  A pesar de sus pequeños y robustos cuerpos tenían manos ágiles y sensibles, podían percibir donde les dolía a sus pacientes y que les ocurría.
Las melíades cultivaban la vegetación y dirigían plantas, arbustos y árboles en su crecimiento para formar las casas que cada singular vecino necesitaba. Eran unas hadas que según sus necesidades cambiaban de tamaño, desde unas delicadas mariposas a unas bellas mujeres.
Las dríades recolectaban miel y frutos del bosque y cocinaban deliciosas tartas que tenían a todos con sobrepeso. Regentaban la posada de la aldea y preparaban desayunos completos a cualquier hora, pensaban que la mejor comida del día no tenía que limitarse a la mañana.
Los dragones eran excelentes herreros y fabricaban todas las herramientas de metal que se necesitaban. Eran famosos por sus hachas y cuchillos que forjaban varias veces hasta endurecer el metal que luego afilaban con precisión.
 Las ondinas cuidaban del río, del pequeño lago que alimentaba y por supuesto de todos los habitantes acuáticos. Tenían sus casas en el fondo del río, pero gustaban de nadar hasta el pequeño embarcadero  y ayudar a los aldeanos a cruzar con sus barcas, evitándoles tener que remar.
 Los sátiros cultivaban verduras, cereales y frutales en los claros del bosque. De las uvas que cosechaban elaboraban un embriagador vino. El día señalado todos los habitantes de la aldea pisaban la uva y organizaban una gran fiesta alrededor de una gigantesca cuba. Era una buena disculpa para terminarse el vino del año anterior.
Los silfos vigilaban desde el aire y protegían la aldea de visitas de extraños. Sus vaporosas alas brillaban al sol creando bellos arcoíris planeando sobre la población. Cuando querían pasar desapercibidos era imposible verlos. Y, cuando era necesario, creaban espejismos reflejando el paisaje en sus alas, desviando cualquier intento de entrar en el bosque sin ser invitado.
Las brujas cocían todo tipo de guisos y pociones, a veces con más imaginación que magia, buscando hacer verdad la frase de Hipócrates “Que tu alimento sea tu medicina”. Y aunque a veces algún aldeano les pedía una poción para fastidiar a un vecino ellas, salvo en casos extraños, solo elaboraban pócimas de salud.
Los magos se encargaban de la educación de los niños por lo que tenían el cabello y las barbas blancos. Iban todo el día de aquí para allá seguidos de una fila de niños de distintas razas, todos de la misma edad, enseñándoles lo necesario para vivir: filosofía, música, historia, escritura y matemáticas.
Los elfos fabricaban los bellos utensilios que todos utilizaban, trabajando tanto el metal ablandado como la madera o las piedras preciosas. Algunos vendían su producción fuera del bosque a cambio de las pocas cosas que no podían encontrar en él.
Las salamandras extraían del centro de la tierra los minerales, las piedras preciosas y unas exquisitas setas que comían todos juntos los días festivos en la Plaza Principal. Su larga cola  roja les permitía permanecer en raras posturas mientras utilizaban manos y pies para picar la piedra.
En este armonioso vecindario hasta tenían cabida los troles, que eran muy apreciados por su extraordinaria fuerza y requeridos para los trabajos más pesados que desarrollaban con gusto. Con casi dos metros de altura y fuertes brazos eran capaces de cualquier ingeniería. Desde mover grandes piedras, hacer la mudanza de un vecino en un par de brazadas, o acarrear agua del río hasta el centro del pueblo.
Hoy quería contaros la historia de uno de estos troles. Se llamaba Dave y era el encargado de talar y podar los árboles que les marcaban las melíades. A pesar de ser pequeño, en comparación con los de su raza, tenía una fuerza increíble, era delgado y fibroso con una gran cabeza rematada por un espeso pelo parduzco. Solía vestirse con unos pantalones de arpillera que sujetaba con un par de tirantes cruzados.


Dave tenía un problema, cuando quería dar los buenos días, te deseaba un día horroroso. Si quería un vaso de agua, pedía a gritos barro, si quería un trozo de tarta pedía gusanos… Todo el mundo en la aldea lo conocía y le daban lo que de verdad deseaba y lo saludaban con amabilidad y cariño pues sabían que era un buen trol.
 Cuanto mejor quería hablar, más nervioso se ponía y más maldiciones y exabruptos  salían de su boca. Especialmente cuando deseaba decirle a Mandy, su supervisora melíade, lo hermosa que era, terminaba llamándola vieja gorda. Mandy se reía coqueta, ruborizándose un poco y le deseaba un buen día después de marcar de rojo los árboles que tenía que talar.
 Un día, Dave golpeaba con saña un gran árbol, enfadado consigo mismo, porque a pesar de sus esfuerzos y de haberse pasado la noche repitiendo en su cabeza bellas palabras para decírselas a Mandy, cuando llegó el momento le dijo que tenía el trasero celulítico y los dientes podridos. 
La bruja Serna, que sabía de sus problemas se le acercó. Le recriminó su actuación con el pobre árbol que no tenía culpa de nada y le ofreció su ayuda. Si Dave le conseguía un poco de savia del árbol del Truc en lo profundo del bosque, ella le daría una poción que curaría su disfunción.
Dave le dijo que el árbol era una mierda y que estaría encantado de hacerle un corte o incluso talarlo; que no le importaba para que quería la savia y que sería una gran virtud para él hacer lo que ella le pedía. La bruja le tranquilizó diciéndole que era solo un corte pequeñito, para obtener cuatro o cinco gotas de savia, que nadie se enteraría y que las necesitaba para hacer una buena magia en beneficio de toda la aldea. Dave le dijo que sí, que lo haría. Se giró y siguió talando el árbol ignorando a la bruja. Pero ella no se rindió, insistió un día y al siguiente y al siguiente.
La noche del solsticio de verano se celebraba una gran fiesta en el prado junto al lago. Todos los habitantes de la aldea acudían con sus mejores galas. Las dríades habían preparado pasteles de cerezas, y les habían cedido un poco de miel a los sátiros para que elaboraran una deliciosa hidromiel que los acompañara. Por supuesto también había vino y sabrosos guisos que las brujas cocinaban en grandes calderos sobre el embarcadero. Era una noche preciosa y los jóvenes bailaban bajo una miríada de luces que los elfos habían tejido sobre el claro. Dave deseaba bailar con Mandy, pero cuando se acercó  queriendo sonreírle le gruño tan fuerte que le llenó la cara de saliva. El hada riéndose se limpió la cara y le dio un beso en la mejilla pero, bailó con una salamandra en lugar de con el trol.
Por la mañana, Dave, no espero a que la bruja Serna intentara convencerle. Fue él a buscarla y le dijo que no lo haría al día siguiente. La conciencia o la resaca por el exceso de vino de la noche anterior, empezó a picarle antes del mediodía. No estaba seguro de hacer lo correcto. Aunque, muerto de celos y cansado de su destino, sentía la necesidad de cambiar su suerte. Decidió confiar en la bruja y cumplir la palabra que le había dado.
No fue difícil llegar a lo profundo del bosque, los reinos animal y vegetal lo conocían, sabían que era un buen trol y le dejaron pasar sin problemas. Cuando llegó al árbol del Truc le maravilló su hermosura y cayó de rodillas llorando y gritando. Maldecía al árbol, no le importaba lo que iba a hacer y no necesitaba cambiar urgentemente. Finalmente se limpió la cara y rozó con su hacha una rama cerca del tronco levantando ligeramente la corteza. Un terrible grito se escuchó en lo profundo del árbol y todo el bosque pareció oscurecerse y agitarse. Los lamentos que emitía el árbol, mientras iba goteando savia en una redoma de barro que sujetaba bajo el corte, eran estremecedores. Dave se sentía vil, sabía que era abominable lo que estaba haciendo. Era una tortura observar cómo iba rezumando lentamente una gota de savia, aumentando de tamaño hasta dejarse caer finalmente.  Se le hizo eterno el tiempo que tardó en recoger siete preciadas gotas, la solicitud de la bruja. Luego arrancó un trozo de su propio pantalón y cerrando la herida lo ató alrededor vendando la rama.
En su camino de regreso a la aldea, los animales le gruñían y las ramas y arbustos no se apartaban de su camino, sino que se enredaban en sus pies, haciéndole caer varias veces. Él no se defendía, sabía que merecía cada arañazo.  Llegó a casa de la bruja sucio, magullado, y mordido. Con un ánimo tan lúgubre que no tenía ganas ni de hablar, ni de cambiar, ni de ver a nadie. Solo quería terminar con aquel disparate, meterse en la cama y rumiar sus miserias. Serna le dio su poción a cambio de la savia del árbol, le dijo que era un buen trol y le aseguró que si se lo tomaba antes de dormir, a la mañana siguiente sería un trol nuevo. ¡Qué podría decir exactamente lo que pensaba!
Dave se despertó esa mañana sintiéndose extraño después de una noche llena de malos sueños. Aun así se lavó y se peinó. Asombrado se miró en el espejo, parecía otro, no tenía que luchar consigo mismo. Sus pensamientos y sus acciones se correspondían. Cada vez más alegre, se afeitó y se puso un pantalón limpio.
Al pasar por el jardín de la plaza principal, le pidió permiso al hada que lo cuidaba para coger un par de rosas. El hada convirtiéndose en mariposa huyó despavorida al verlo, pero Dave, en lugar de amilanarse se encogió de hombros y cortó con delicadeza una rosa.
Se acercó a la posada a desayunar y le pidió amablemente a la dulce dríade que la regentaba un vaso de leche y un trozo de tarta de manzana. La posadera le miró ceñuda y le preguntó si se sentía bien. Él le aseguró que sí, agradeciéndole su amabilidad por preocuparse. La dríade se enfadó y le lanzó un trozo de tarta seca y le puso un vaso de leche agria.
Dave se ofendió mucho por el trato que estaba recibiendo, pero no quería quejarse el primer día de su nueva vida. Era feliz, capaz de decir las cosas que pensaba. Después de desayunar cruzó la aldea dando los buenos días a todos con los que se encontraba, aunque en lugar de recibir saludos, recogía improperios.


Al llegar a la parte del bosque donde estaban trabajando ya estaba esperándole Mandy. Se acercó presuroso a ella ofreciéndole una gran sonrisa y la flor en la mano. Y usando un tono de voz muy dulce le dijo que era el hada más bonita que nunca había visto. Mandy se giró indignada insultando al pobre trol. Y le dijo, con una grosería impropia de una dama, que no volvería a ser su supervisora, yéndose antes de que Dave pudiera explicarse.
Dave se sentó desconcertado en un tocón a llorar su culpa. Estaba seguro que los dioses le habían castigado por no ser un buen trol.

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