miércoles, 4 de febrero de 2015

Bajo cero (Tarot: personaje)

Las banderas que deberían ondear vigorosamente en lo alto del estadio nacional duermen aplastadas contra la blancura de los mástiles. No sopla ni una pizca de aire, sin embargo, el intenso color rojo que tiñe el crepúsculo augura para mañana un día ventoso. La aparente calma yace sobre las gradas en penumbra, donde cientos de sombras desvaídas se mueven sin descanso, llenando la oscuridad de una palpitación perezosa. “Bajo cero” ha salido a fumar al césped y mira las nubes, estrechas y alargadas, como crestas de olas en un mar agitado. Le cuesta acostumbrarse al silencio. En su cabeza aún suenan los gritos desgarrados del último detenido. Con el tiempo, todas las voces se han convertido en una sola; una voz que tiembla en las súplicas, la misma que ha oído romperse decenas de veces con el alarido horrorizado que intuye el dolor un segundo antes de que se produzca. Dentro de poco, todo esto quedará atrás, como un mal sueño, y podrá disfrutar de la prosperidad que se ha labrado durante estos años. No habrá más habitaciones sin ventanas, ni sordidez en los objetos; no habrá más quejidos atroces, y “Bajo cero” será sólo un sobrenombre del que nadie recordará su origen. En el horizonte, una pequeña franja de claridad azulada es cuanto queda del día. Fugazmente, piensa en Roberto. Empieza a refrescar.
“Bajo cero” nació en un barrio pobre de la periferia; no conoció más paisaje que los feos bloques de edificios levantados en medio de la nada, como gigantescas colmenas olvidadas sobre una  superficie lunar. Habitan esta estampa desolada, miles de obreros que cumplen condena a miseria perpetua y algunos delincuentes de poca monta, que purgan en la cárcel el pecado de su mala suerte. La vida del chico de mirada glacial no iba a ser fácil. Como los otros chavales del barrio, se crio en la calle, en el difuso territorio que separa la pobreza de la marginalidad, buscándose la vida como mejor pudo, primero en trabajos mal pagados que abandonó pronto por otros asuntos más lucrativos y peligrosos. Nunca lo detuvieron. Eso es lo que hacía distinto a “Bajo cero”. A diferencia de otros tipos que se quedaron por el camino, él era capaz de analizar los detalles fríamente, y sólo cuando se sabía dueño de la situación, daba un paso al frente; entonces, era el más decidido, casi temerario, y esas exhibiciones de determinación le sirvieron para ganarse el respeto de los que le conocían. Sin embargo, había en su vida una pieza que no encajaba; desde que dejó atrás la pubertad, además de compartir tragos y golpes con otros hombres, experimentó hacia alguno de ellos una turbación desconocida. Supuso un secreto que jamás se permitió compartir. Mantuvo las apariencias dejándose ver con unas cuantas mujeres y guardó silencio; ser homosexual no era una opción, no al menos en una realidad como la suya. Únicamente bajo el amparo de los rincones más alejados de su distrito, mitigó su soledad en el exceso de noches que morían al despuntar alba.
Alcanzada la mayoría de edad, comprendió que debía seguir su propio camino, alejarse tanto como pudiera de aquel barrio al que le estaba negado el futuro. Quería romper con el destino para no convertirse en un eslabón más de la cadena, huir tanto como pudiera de esos seres desgraciados a los que la vida sólo permitía escapar de aquel lugar con los pies por delante, aliviados al fin en la silenciosa estrechez de sus ataúdes baratos. Fue entonces cuando recibió la orden de incorporarse al ejército para cumplir con el servicio obligatorio. En la armada, en contra de lo que había pensado inicialmente, vislumbró una oportunidad para alguien con sus cualidades. Aplicó a la vida militar todo lo que había aprendido en la calle. Se comportó con inteligencia y disciplina, supo cuándo hablar y cuándo callar, cuándo ser discreto y cuándo acaparar la atención de sus superiores. Esa habilidad le procuró varios ascensos y -lo que fue más trascendental para su carrera- la confianza de algunos oficiales de alto rango. Tardó poco en convertirse en su asistente. Después todo se precipitó con rapidez: la llamada al despacho del teniente Rojas, las revelaciones en voz baja, las confidencias cómplices y las frases grandilocuentes -“es un deber patriótico”, “la deriva que están tomando los acontecimientos”, “erradicar los elementos subversivos”-. El ejército iba a hacerse con el poder y necesitaban hombres decididos como él. La brigada de inteligencia metropolitana, para la que fue reclutado, sería la encargada de la represión de los opositores en la ciudad.
Pasó algunos meses en el extranjero, donde recibió adiestramiento en diferentes técnicas de tortura aplicadas a los interrogatorios. Pronto demostró grandes aptitudes. Nunca perdía los nervios, ni dejaba que la frustración le dominase. No le ablandaban las súplicas, ni le enfurecían las negativas. Despreciaba a los tipos que perdían el control. Unos minutos con el detenido le bastaban para hacerse una idea muy aproximada de la clase de individuo que tenía delante. También era el mejor leyendo en los detalles que para los demás pasaban desapercibidos; un ligero temblor, apenas perceptible, podía revelarle hasta qué punto un hombre estaba llegando a su límite y cuánto dolor podía soportar antes de quebrarse. De entre todas las técnicas, se especializó en las descargas eléctricas. El uso de la máquina le evitaba involucrarse físicamente en el proceso; golpear, sudar, sentir el contacto con la piel magullada y sangrienta, de alguna manera, establecía un vínculo con el detenido que acababa por enturbiar el pensamiento. Nadie era capaz de soportar una sesión con él sin hablar. La fama de su frialdad fue extendiéndose de tal forma entre los compañeros, que pronto empezó a ser conocido como “Bajo cero”.
Regresó a su país unos meses antes del golpe. En los cuarteles se vivían días convulsos y los hombres asignados al grupo especial disfrutaban de la espera antes de que llegara el momento decisivo. Él también lo hizo. A su manera. El futuro pendía de un hilo tan frágil como un cabello. Si el levantamiento fracasaba, en unas semanas podía estar detenido o muerto; sólo existía el presente. En el ejército  gozaba ahora de un estatus importante; era admirado y temido. Por primera vez, se sentía confiado, dueño de la situación, y como antaño, asumió riesgos. Durante varias noches aparcó su automóvil frente a los bares de ambiente, y observó largo tiempo. Vio entrar y salir a muchos hombres, de todas clases. En una de esas largas veladas de espera, a la hora en que empezaban a cerrar los locales, uno de aquellos tipos empezó a andar en la dirección en que él aguardaba. Lo observó al acercarse. Era de estatura media y complexión delgada, con una larga melena negra que le llegaba a los hombros y unos ojos tan azules, que daban a su rostro moreno un aspecto casi felino. Cuando pasó de largo, decidió seguirle hasta donde vivía, y los días siguientes vigiló sus movimientos. Descubrió que trabajaba en una fábrica, y que a la salida, frecuentaba un bar cercano a su casa. Fue allí donde le abordó. Se sentó a su lado en la barra y aprovechó la primera oportunidad que tuvo para darle conversación e invitarle a una copa. Le agradó comprobar que el chico era receptivo a su interés. Se vieron unas cuantas veces en el mismo lugar antes de pasar la primera noche juntos en un hotel.
Su relación era puramente física. Ninguno de los dos compartía con el otro ningún detalle de su vida. Del chico, sabía lo poco que había descubierto en los días que lo siguió, y su nombre -Roberto-, si es que era verdadero. Él, al menos, no le había dado el suyo. Simplemente quedaban para follar. Roberto era entregado y silencioso. No necesitaba más.
“Bajo cero” se ha levantado de la cama, ha dado de comer al gato y contempla la ciudad desde el último piso del alto edificio de apartamentos donde vive. Una densa capa de nubes cubre la ciudad con un velo de tristeza. Como hace todas las mañanas desde que enviudó, llama a su madre para saber si necesita algo. Tal vez pueda llevarle leche y una garrafa de agua para que no vuelva tan cargada de la compra. Antes de salir a la calle, examina su apariencia en la imagen que le devuelve el espejo. En el blanco de los ojos, discurren pequeños ríos de sangre que oculta tras la oscuridad de unas amplias gafas de sol. Las largas jornadas en la brigada están empezando a pasarle factura.  
Encuentra el improvisado cuartel en plena actividad. Anoche trajeron un grupo de detenidos a los que llevan interrogando varias horas. En una mesa, se amontonan como máscaras macabras las sucias capuchas con que los trasladaron. La mayoría ya ha hablado, pero unos pocos se niegan a colaborar. Le están esperando para que termine el trabajo. En el vestuario se cambia la ropa que trae puesta por una camisa y un pantalón oscuros, en los que las manchas de sangre pasan más desapercibidas; casi nunca toca a los prisioneros, pero en algunas ocasiones le han escupido mientras colocaba los electrodos. Al final de un pasillo largo y mugriento está la habitación contigua a la de los interrogatorios. A través de la puerta, se filtran sonidos de golpes y quejidos casi inhumanos. Espera sentado, fumando un cigarrillo. Cuando se ha consumido la mitad, la puerta se abre, mostrando el rostro congestionado de un compañero, en cuya camisa punteada de sangre, destacan, oscuros, extensos cercos de sudor. “El maricón tiene cojones”.
La escena que contempla a continuación, no es nueva para él: un hombre desnudo, atado de pies y manos a una silla, con la cabeza totalmente inclinada hacia adelante y una venda que le tapa los ojos. Tampoco le resultan extraños los pequeños charcos de sangre con los bordes coagulados que hay junto a él. Sobre una mesa, sórdidos instrumentos metálicos se acumulan en desorden.
-¿Sabes quién acaba de llegar? Un amigo nuestro. ¿Te han hablado de “Bajo cero”? Seguro que tienes muchas cosas que contarle.
Una vez que se hace cargo del interrogatorio, comienza un calculado ritual. En la habitación se hace un silencio denso, casi palpable, para que el detenido escuche los extraños sonidos que provoca al manipular los cables y el amenazante zumbido metálico que emite el generador.
Cuando se acerca a la silla para colocar los electrodos ve que aquel cuerpo ha sido trabajado a conciencia. A simple vista, se pueden distinguir quemaduras de cigarrillo, moratones en las costillas y en las piernas y restos de sangre reseca por todas partes. La larga cabellera es un amasijo de mechones sudados. Con un gesto de la mano pide que le levanten la cabeza. A pesar de la venda, de los labios hinchados, de los que cuelga una espesa saliva ensangrentada, y de los numerosos cortes, puede reconocer a Roberto. Su rostro queda lívido, aunque ni siquiera pestañea. Sólo alguien con su capacidad habría podido descubrir el extraño brillo que se refleja en sus ojos. Sin alterar el gesto, le adhiere los electrodos a los genitales y hace una señal para que pregunten al detenido; muchos se habían derrumbado al sentir en la piel el frío amenazador del metal, pero su amante, con un movimiento esforzado de la cabeza, niega. Elige la intensidad, presiona el interruptor y aplica la primera descarga. El cuerpo de Roberto se convulsiona con espasmos violentos, que acompaña de gruñidos incomprensibles. Tras unos segundos de pausa, uno de los interrogadores le coge con fuerza del pelo y le vuelve a levantar la cabeza. Otra vez le repite la misma pregunta, y otra vez él vuelve a negar. Con la segunda descarga los miembros luchan nuevamente con las correas, pero esta vez, le parece que los movimientos son menos intensos. Las fuerzas de esa marioneta desmadejada empiezan a flaquear. Sus compañeros se han ensañado con él; es el precio que hay que pagar por ser maricón. Ahora, el cuerpo que ha disfrutado tantas noches, que ha visto relucir bajo la luz mortecina de una habitación de hotel, es ya sólo un muñeco de trapo ensangrentado. Sabe que si dosifica las descargas, si le deja recuperarse, podrá prolongar el tormento unas cuantas horas hasta que hable. Ése es su trabajo, y no hay nadie que lo haga mejor. Acciona el interruptor por tercera vez, utilizando la máxima intensidad. Mantiene el castigo hasta que se hace el silencio y cesan las convulsiones. Alguien dice: “Ha muerto. El cabrón ha muerto sin hablar”. Es la primera vez que “Bajo cero” no consigue una confesión.

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