“Bajo
cero” nació en un barrio pobre de la periferia; no conoció más paisaje que los
feos bloques de edificios levantados en medio de la nada, como gigantescas
colmenas olvidadas sobre una superficie
lunar. Habitan esta estampa desolada, miles de obreros que cumplen condena a
miseria perpetua y algunos delincuentes de poca monta, que purgan en la cárcel
el pecado de su mala suerte. La vida del chico de mirada glacial no iba a ser
fácil. Como los otros chavales del barrio, se crio en la calle, en el difuso territorio
que separa la pobreza de la marginalidad, buscándose la vida como mejor pudo,
primero en trabajos mal pagados que abandonó pronto por otros asuntos más lucrativos
y peligrosos. Nunca lo detuvieron. Eso es lo que hacía distinto a “Bajo cero”.
A diferencia de otros tipos que se quedaron por el camino, él era capaz de analizar
los detalles fríamente, y sólo cuando se sabía dueño de la situación, daba un
paso al frente; entonces, era el más decidido, casi temerario, y esas
exhibiciones de determinación le sirvieron para ganarse el respeto de los que
le conocían. Sin embargo, había en su vida una pieza que no encajaba; desde que
dejó atrás la pubertad, además de compartir tragos y golpes con otros hombres,
experimentó hacia alguno de ellos una turbación desconocida. Supuso un secreto
que jamás se permitió compartir. Mantuvo las apariencias dejándose ver con unas
cuantas mujeres y guardó silencio; ser homosexual no era una opción, no al
menos en una realidad como la suya. Únicamente bajo el amparo de los rincones más alejados de su distrito, mitigó su soledad en el exceso de noches que morían al
despuntar alba.
Alcanzada
la mayoría de edad, comprendió que debía seguir su propio camino, alejarse
tanto como pudiera de aquel barrio al que le estaba negado el futuro. Quería
romper con el destino para no convertirse en un eslabón más de la cadena, huir
tanto como pudiera de esos seres desgraciados a los que la vida sólo permitía
escapar de aquel lugar con los pies por delante, aliviados al fin en la
silenciosa estrechez de sus ataúdes baratos. Fue entonces cuando recibió la
orden de incorporarse al ejército para cumplir con el servicio obligatorio. En
la armada, en contra de lo que había pensado inicialmente, vislumbró una
oportunidad para alguien con sus cualidades. Aplicó a la vida militar todo lo
que había aprendido en la calle. Se comportó con inteligencia y disciplina,
supo cuándo hablar y cuándo callar, cuándo ser discreto y cuándo acaparar la
atención de sus superiores. Esa habilidad le procuró varios ascensos y -lo que
fue más trascendental para su carrera- la confianza de algunos oficiales de alto
rango. Tardó poco en convertirse en su asistente. Después todo se precipitó con
rapidez: la llamada al despacho del teniente Rojas, las revelaciones en voz
baja, las confidencias cómplices y las frases grandilocuentes -“es un deber
patriótico”, “la deriva que están tomando los acontecimientos”, “erradicar los
elementos subversivos”-. El ejército iba a hacerse con el poder y necesitaban
hombres decididos como él. La brigada de inteligencia metropolitana, para la
que fue reclutado, sería la encargada de la represión de los opositores en la
ciudad.
Pasó
algunos meses en el extranjero, donde recibió adiestramiento en diferentes
técnicas de tortura aplicadas a los interrogatorios. Pronto demostró grandes
aptitudes. Nunca perdía los nervios, ni dejaba que la
frustración le dominase. No le ablandaban las súplicas, ni le enfurecían las
negativas. Despreciaba a los tipos que perdían el control. Unos minutos con el
detenido le bastaban para hacerse una idea muy aproximada de la clase de
individuo que tenía delante. También era el mejor leyendo en los detalles que
para los demás pasaban desapercibidos; un ligero temblor, apenas perceptible,
podía revelarle hasta qué punto un hombre estaba llegando a su límite y cuánto
dolor podía soportar antes de quebrarse. De entre todas las técnicas, se
especializó en las descargas eléctricas. El uso de la máquina le evitaba
involucrarse físicamente en el proceso; golpear, sudar, sentir el contacto con
la piel magullada y sangrienta, de alguna manera, establecía un vínculo con el
detenido que acababa por enturbiar el pensamiento. Nadie era capaz de soportar
una sesión con él sin hablar. La fama de su frialdad fue extendiéndose de tal
forma entre los compañeros, que pronto empezó a ser conocido como “Bajo cero”.
Regresó
a su país unos meses antes del golpe. En los cuarteles se vivían días convulsos
y los hombres asignados al grupo especial disfrutaban de la espera antes de que
llegara el momento decisivo. Él también lo hizo. A su manera. El futuro pendía
de un hilo tan frágil como un cabello. Si el levantamiento fracasaba, en unas
semanas podía estar detenido o muerto; sólo existía el presente. En el
ejército gozaba ahora de un estatus
importante; era admirado y temido. Por primera vez, se sentía confiado, dueño
de la situación, y como antaño, asumió riesgos. Durante varias noches aparcó su
automóvil frente a los bares de ambiente, y observó largo tiempo. Vio entrar y
salir a muchos hombres, de todas clases. En una de esas largas veladas de
espera, a la hora en que empezaban a cerrar los locales, uno de aquellos tipos empezó
a andar en la dirección en que él aguardaba. Lo observó al acercarse. Era de
estatura media y complexión delgada, con una larga melena negra que le llegaba
a los hombros y unos ojos tan azules, que daban a su rostro moreno un aspecto
casi felino. Cuando pasó de largo, decidió seguirle hasta donde vivía, y los
días siguientes vigiló sus movimientos. Descubrió que trabajaba en una fábrica,
y que a la salida, frecuentaba un bar cercano a su casa. Fue allí donde le
abordó. Se sentó a su lado en la barra y aprovechó la primera oportunidad que
tuvo para darle conversación e invitarle a una copa. Le agradó comprobar que el
chico era receptivo a su interés. Se vieron unas cuantas veces en el mismo
lugar antes de pasar la primera noche juntos en un hotel.
Su
relación era puramente física. Ninguno de los dos compartía con el otro ningún
detalle de su vida. Del chico, sabía lo poco que había descubierto en los días
que lo siguió, y su nombre -Roberto-, si es que era verdadero. Él, al menos,
no le había dado el suyo. Simplemente quedaban para follar. Roberto era
entregado y silencioso. No necesitaba más.
“Bajo
cero” se ha levantado de la cama, ha dado de comer al gato y contempla la
ciudad desde el último piso del alto edificio de apartamentos donde vive. Una
densa capa de nubes cubre la ciudad con un velo de tristeza. Como hace todas
las mañanas desde que enviudó, llama a su madre para saber si necesita algo.
Tal vez pueda llevarle leche y una garrafa de agua para que no vuelva tan
cargada de la compra. Antes de salir a la calle, examina su apariencia en la
imagen que le devuelve el espejo. En el blanco de los ojos, discurren pequeños ríos de sangre que oculta tras la oscuridad de unas amplias gafas de
sol. Las largas jornadas en la brigada están empezando a pasarle factura.
Encuentra
el improvisado cuartel en plena actividad. Anoche trajeron un grupo de
detenidos a los que llevan interrogando varias horas. En una mesa, se amontonan
como máscaras macabras las sucias capuchas con que los trasladaron. La mayoría
ya ha hablado, pero unos pocos se niegan a colaborar. Le están esperando para
que termine el trabajo. En el vestuario se cambia la ropa que trae puesta por
una camisa y un pantalón oscuros, en los que las manchas de sangre pasan más desapercibidas;
casi nunca toca a los prisioneros, pero en algunas ocasiones le han escupido mientras
colocaba los electrodos. Al final de un pasillo largo y mugriento está la
habitación contigua a la de los interrogatorios. A través de la puerta, se
filtran sonidos de golpes y quejidos casi inhumanos. Espera sentado, fumando un
cigarrillo. Cuando se ha consumido la mitad, la puerta se abre, mostrando el
rostro congestionado de un compañero, en cuya camisa punteada de sangre, destacan,
oscuros, extensos cercos de sudor. “El maricón tiene cojones”.
La
escena que contempla a continuación, no es nueva para él: un hombre desnudo,
atado de pies y manos a una silla, con la cabeza totalmente inclinada hacia
adelante y una venda que le tapa los ojos. Tampoco le resultan extraños los
pequeños charcos de sangre con los bordes coagulados que hay junto a él. Sobre
una mesa, sórdidos instrumentos metálicos se acumulan en desorden.
-¿Sabes
quién acaba de llegar? Un amigo nuestro. ¿Te han hablado de “Bajo cero”? Seguro
que tienes muchas cosas que contarle.
Una vez
que se hace cargo del interrogatorio, comienza un calculado ritual. En la
habitación se hace un silencio denso, casi palpable, para que el detenido escuche
los extraños sonidos que provoca al manipular los cables y el amenazante
zumbido metálico que emite el generador.
Cuando
se acerca a la silla para colocar los electrodos ve que aquel cuerpo ha sido
trabajado a conciencia. A simple vista, se pueden distinguir quemaduras de
cigarrillo, moratones en las costillas y en las piernas y restos de sangre reseca
por todas partes. La larga cabellera es un amasijo de mechones sudados. Con un
gesto de la mano pide que le levanten la cabeza. A pesar de la venda, de los
labios hinchados, de los que cuelga una espesa saliva ensangrentada, y de los
numerosos cortes, puede reconocer a Roberto. Su rostro queda lívido, aunque ni
siquiera pestañea. Sólo alguien con su capacidad habría podido descubrir el extraño
brillo que se refleja en sus ojos. Sin alterar el gesto, le adhiere los
electrodos a los genitales y hace una señal para que pregunten al detenido; muchos
se habían derrumbado al sentir en la piel el frío amenazador del metal,
pero su amante, con un movimiento esforzado de la cabeza, niega. Elige la
intensidad, presiona el interruptor y aplica la primera descarga. El cuerpo de
Roberto se convulsiona con espasmos violentos, que acompaña de gruñidos
incomprensibles. Tras unos segundos de pausa, uno de los interrogadores le coge
con fuerza del pelo y le vuelve a levantar la cabeza. Otra vez le repite la
misma pregunta, y otra vez él vuelve a negar. Con la segunda descarga los
miembros luchan nuevamente con las correas, pero esta vez, le parece que los
movimientos son menos intensos. Las fuerzas de esa marioneta desmadejada
empiezan a flaquear. Sus compañeros se han ensañado con él; es el precio que
hay que pagar por ser maricón. Ahora, el cuerpo que ha disfrutado tantas
noches, que ha visto relucir bajo la luz mortecina de una habitación de hotel,
es ya sólo un muñeco de trapo ensangrentado. Sabe que si dosifica las descargas,
si le deja recuperarse, podrá prolongar el tormento unas cuantas horas hasta
que hable. Ése es su trabajo, y no hay nadie que lo haga mejor. Acciona el
interruptor por tercera vez, utilizando la máxima intensidad. Mantiene el
castigo hasta que se hace el silencio y cesan las convulsiones. Alguien dice:
“Ha muerto. El cabrón ha muerto sin hablar”. Es la primera vez que “Bajo cero”
no consigue una confesión.
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