viernes, 27 de febrero de 2015

511

Entre nubes y contraluces se hallaba, con el cigarro en la mano izquierda y en la derecha un lápiz. El café no podía faltar en aquella mesa del caos, ni tampoco esa navaja con la que sacaba punta a todos sus lápices. Vivía en la pequeña habitación 511, sumergido en ese olor a tabaco que le estaba  matando por dentro. Se pasaba las tardes entre trazos y borrones hasta encontrar la línea perfecta, la línea decisiva. La mina del lápiz se deshacía en la hoja de papel dando lugar a formas, objetos, personas y seres fantásticos.
Su habitación estaba tan llena de dibujos que apenas se veía la pared. Tan sólo tenía una ventana por la cual se colaban tímidamente un par de rayos de sol para no molestarle. Era un ser extraño y solitario, no quería más compañía que la de sus dibujos, su olor a café y la neblina producida por el humo del tabaco. Solía asomarse por la ventana y se quedaba muchísimo tiempo con la mirada perdida sin pensar en nada. Su vida era monótona y aburrida a pesar de que a él, eso le fuera indiferente.
 Su tez era blanca como la porcelana y su cabello negro y lacio. Solía vestir con tonalidades oscuras a conjunto con su alma. Casi nadie sabía de su existencia ya que intentaba relacionarse lo menos posible. Tan sólo las recepcionistas de aquel edificio en el que estaba encerrado acudían a él para subirle la comida todos los días.
Una de estas tardes de otoño y tormenta, encendió el flexo de su mesilla y se encontró con una hoja en el suelo. La recogió pensando que se le habría caído antes o algo similar, pero al cogerla se dio cuenta que tanto el color como el tacto eran desconocidos para él. La dejó sobre la mesa algo confuso y se sentó en la silla. Dejó el lápiz de lado y cogió su pluma, la mojó en el tintero y comenzó a dibujar sobre aquel folio tan extraño. Para su sorpresa la tinta corría con suavidad y se quedaba impregnada de una manera increíble. Estaba tan sorprendido que el ansia por crear algo a base de líneas le invadía cada vez más y más. Y cada línea que dibujaba la hacía más y más rápido y con más decisión que la anterior. De manera que cuando terminó el dibujo se quedó exhausto mirándolo mientras una pequeña sonrisilla le aparecía sin querer. Respiró tranquilo.
El dibujo resultante era un pequeño ser, similar a un duende con alas y mirada desconfiada. El juego entre luces y sombras del duende eran tan genial que parecía real.
Dos breves golpes a la puerta interrumpieron ese momento tan íntimo entre el dibujo y él, y se dispuso a abrir la puerta. Era Marisa, la recepcionista, que le traía la cena y las pastillas que tanto odiaba. No se había dado ni cuenta de lo rápido que había pasado la tarde, ya eran las 10 de la noche y no tenía ni hambre. Pero claro, cuando uno encuentra su momento de inspiración máxima pierde la noción del tiempo, y él no iba a ser menos.
Se dispuso a cenar y resopló al ver aquella crema de verduras que ponían todas las semanas y que no le gustaba nada. De todas maneras, pusieran lo que pusieran nunca se terminaba el menú entero, siempre se dejaba algo por poco que fuera. No quería perder esa línea que se hallaba entre la delgadez máxima y el principio de la anorexia.
Terminó de cenar y enseguida se acostó, sin acordarse ya de su dibujo.
La noche llegó a la habitación 511 y en medio de esa oscuridad una ligera luz comenzó a aparecer sobre la mesa. Se trataba de aquel dibujo que él mismo había estado haciendo esa tarde. Los trazos habían adquirido una cierta luminosidad azul violácea que se encendía y se apaga al ritmo de los latidos de un corazón. Él seguía navegando en el séptimo cielo soñando cosas que al día siguiente seguro que no recordaría.
De repente el juego de luces comenzó a elevarse suavemente simulando una aurora boreal. Las luces empezaron a juntarse y a crear formas que poco a poco conformaban un volumen similar al de una persona de pequeño tamaño. E inesperadamente las luces se fueron apagando suavemente dejando entrever un “personajillo” de orejas puntiagudas, una mirada rasgada que cuestionaba todo lo que le rodeaba y unas alas delicadas. Era el mismo “duendecillo” que había dibujado la tarde anterior… ¡se había hecho real!
El duende le observó desde encima de la mesa y se quedó pensativo buscando una salida. Miró hacia la ventana y parecía estar demasiado cerrada, así que batió un par de veces las alas y cayó suavemente sobre el suelo. Se dio cuenta de que la puerta de la habitación 511 no cerraba herméticamente de manera que la posibilidad de escapar por debajo de la puerta era posible. Corrió como una gacela y con un sigilo extremo para no despertarle. De manera que cuando llegó a la puerta se tumbó y se puso a reptar. Todo iba bien, la cabeza ya la tenía prácticamente fuera pero de repente, oyó cómo él bostezaba y empezaba a levantarse de la cama. El duende aceleró su paso pero una de las alas se le había quedado atrancada  y comenzó a agobiarse. ¡Ya se estaba calzando los zapatos, podía oírlo! El pobre duende hacía fuerza pero no conseguía pasar, hasta que inesperadamente pudo mover un poco el ala y pasó disparado hacia fuera. Desde allí, elevó el vuelo y no lo vio nadie.
Después de calzarse, de tomarse su café y de fumarse el primer cigarro del día, se sentó frente al escritorio y miró la hoja para recordar el dibujo de ayer.  Y para su sorpresa, el folio estaba en blanco… sólo quedaba su firma. Era la misma hoja de papel pero ¿dónde estaba el dibujo? La tinta no se podía borrar así como si nada y menos sin dejar ni rastro. El dibujo no podía haberse esfumado, ni lo habría podido borrar nadie porque no había entrado nadie a la habitación, pero lo que era cierto es que ya no estaba ahí.
Nunca supo darle explicación a esto y a raíz de este hecho se pasó las tardes dibujando en esa hoja para que al día siguiente no estuviera lo que había dibujado. Para él se había convertido en una batalla entre el folio y él, ni siquiera probando nuevas técnicas logró que el dibujo permaneciera allí más de 24 horas. Pero nunca llegó a imaginar que lo que ocurría con sus dibujos era que se hacían reales y se marchaban sin que él se diera cuenta.

Y así pasaron los años, entre batallas de trazos, manchas y un folio de papel amarillento que nunca se dejó ganar. Hasta que llegó el día en el que no fue el dibujo quien se esfumó, sino él. Y así es como la habitación 511 se quedó tan vacía como se quedaba aquella hoja todas las noches después de dibujar sobre ella. Salvo el día en el que él se fue, que la hoja quedó marcada para siempre.

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