Entre nubes y contraluces se
hallaba, con el cigarro en la mano izquierda y en la derecha un lápiz. El café
no podía faltar en aquella mesa del caos, ni tampoco esa navaja con la que
sacaba punta a todos sus lápices. Vivía en la pequeña habitación 511, sumergido
en ese olor a tabaco que le estaba matando
por dentro. Se pasaba las tardes entre trazos y borrones hasta encontrar la
línea perfecta, la línea decisiva. La mina del lápiz se deshacía en la hoja de
papel dando lugar a formas, objetos, personas y seres fantásticos.
Su habitación estaba tan llena de
dibujos que apenas se veía la pared. Tan sólo tenía una ventana por la cual se
colaban tímidamente un par de rayos de sol para no molestarle. Era un ser
extraño y solitario, no quería más compañía que la de sus dibujos, su olor a
café y la neblina producida por el humo del tabaco. Solía asomarse por la
ventana y se quedaba muchísimo tiempo con la mirada perdida sin pensar en nada.
Su vida era monótona y aburrida a pesar de que a él, eso le fuera indiferente.
Su tez era blanca como la porcelana y su
cabello negro y lacio. Solía vestir con tonalidades oscuras a conjunto con su
alma. Casi nadie sabía de su existencia ya que intentaba relacionarse lo menos
posible. Tan sólo las recepcionistas de aquel edificio en el que estaba
encerrado acudían a él para subirle la comida todos los días.
Una de estas tardes de otoño y
tormenta, encendió el flexo de su mesilla y se encontró con una hoja en el
suelo. La recogió pensando que se le habría caído antes o algo similar, pero al
cogerla se dio cuenta que tanto el color como el tacto eran desconocidos para
él. La dejó sobre la mesa algo confuso y se sentó en la silla. Dejó el lápiz de
lado y cogió su pluma, la mojó en el tintero y comenzó a dibujar sobre aquel
folio tan extraño. Para su sorpresa la tinta corría con suavidad y se quedaba impregnada
de una manera increíble. Estaba tan sorprendido que el ansia por crear algo a
base de líneas le invadía cada vez más y más. Y cada línea que dibujaba la
hacía más y más rápido y con más decisión que la anterior. De manera que cuando
terminó el dibujo se quedó exhausto mirándolo mientras una pequeña sonrisilla
le aparecía sin querer. Respiró tranquilo.
El dibujo resultante era un
pequeño ser, similar a un duende con alas y mirada desconfiada. El juego entre
luces y sombras del duende eran tan genial que parecía real.
Dos breves golpes a la puerta
interrumpieron ese momento tan íntimo entre el dibujo y él, y se dispuso a
abrir la puerta. Era Marisa, la recepcionista, que le traía la cena y las
pastillas que tanto odiaba. No se había dado ni cuenta de lo rápido que había
pasado la tarde, ya eran las 10 de la noche y no tenía ni hambre. Pero claro,
cuando uno encuentra su momento de inspiración máxima pierde la noción del
tiempo, y él no iba a ser menos.
Se dispuso a cenar y resopló al
ver aquella crema de verduras que ponían todas las semanas y que no le gustaba
nada. De todas maneras, pusieran lo que pusieran nunca se terminaba el menú
entero, siempre se dejaba algo por poco que fuera. No quería perder esa línea
que se hallaba entre la delgadez máxima y el principio de la anorexia.
Terminó de cenar y enseguida se
acostó, sin acordarse ya de su dibujo.
La noche llegó a la habitación
511 y en medio de esa oscuridad una ligera luz comenzó a aparecer sobre la
mesa. Se trataba de aquel dibujo que él mismo había estado haciendo esa tarde.
Los trazos habían adquirido una cierta luminosidad azul violácea que se
encendía y se apaga al ritmo de los latidos de un corazón. Él seguía navegando
en el séptimo cielo soñando cosas que al día siguiente seguro que no
recordaría.
De repente el juego de luces
comenzó a elevarse suavemente simulando una aurora boreal. Las luces empezaron
a juntarse y a crear formas que poco a poco conformaban un volumen similar al
de una persona de pequeño tamaño. E inesperadamente las luces se fueron
apagando suavemente dejando entrever un “personajillo” de orejas puntiagudas,
una mirada rasgada que cuestionaba todo lo que le rodeaba y unas alas
delicadas. Era el mismo “duendecillo” que había dibujado la tarde anterior… ¡se
había hecho real!
El duende le observó desde encima
de la mesa y se quedó pensativo buscando una salida. Miró hacia la ventana y
parecía estar demasiado cerrada, así que batió un par de veces las alas y cayó
suavemente sobre el suelo. Se dio cuenta de que la puerta de la habitación 511
no cerraba herméticamente de manera que la posibilidad de escapar por debajo de
la puerta era posible. Corrió como una gacela y con un sigilo extremo para no
despertarle. De manera que cuando llegó a la puerta se tumbó y se puso a
reptar. Todo iba bien, la cabeza ya la tenía prácticamente fuera pero de
repente, oyó cómo él bostezaba y empezaba a levantarse de la cama. El duende
aceleró su paso pero una de las alas se le había quedado atrancada y comenzó a agobiarse. ¡Ya se estaba calzando
los zapatos, podía oírlo! El pobre duende hacía fuerza pero no conseguía pasar,
hasta que inesperadamente pudo mover un poco el ala y pasó disparado hacia fuera.
Desde allí, elevó el vuelo y no lo vio nadie.
Después de calzarse, de tomarse
su café y de fumarse el primer cigarro del día, se sentó frente al escritorio y
miró la hoja para recordar el dibujo de ayer.
Y para su sorpresa, el folio estaba en blanco… sólo quedaba su firma.
Era la misma hoja de papel pero ¿dónde estaba el dibujo? La tinta no se podía
borrar así como si nada y menos sin dejar ni rastro. El dibujo no podía haberse
esfumado, ni lo habría podido borrar nadie porque no había entrado nadie a la
habitación, pero lo que era cierto es que ya no estaba ahí.
Nunca supo darle explicación a
esto y a raíz de este hecho se pasó las tardes dibujando en esa hoja para que
al día siguiente no estuviera lo que había dibujado. Para él se había
convertido en una batalla entre el folio y él, ni siquiera probando nuevas
técnicas logró que el dibujo permaneciera allí más de 24 horas. Pero nunca
llegó a imaginar que lo que ocurría con sus dibujos era que se hacían reales y
se marchaban sin que él se diera cuenta.
Y así pasaron los años, entre
batallas de trazos, manchas y un folio de papel amarillento que nunca se dejó
ganar. Hasta que llegó el día en el que no fue el dibujo quien se esfumó, sino
él. Y así es como la habitación 511 se quedó tan vacía como se quedaba aquella
hoja todas las noches después de dibujar sobre ella. Salvo el día en el que él
se fue, que la hoja quedó marcada para siempre.
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