sábado, 6 de diciembre de 2014

UNA MAÑANA CUALQUIERA

            El sol de levante entraba por el gran ventanal. La playa amanecía tranquila, el agua en calma y la arena solitaria. Se asomó, como todas las mañanas, con una taza de café recién hecho entre las manos. Le gustaba saborear ese momento del día, antes de entrar en el ajetreo cotidiano de su trabajo. 
            Volvió a la amplia y moderna cocina y colocó la taza en el lavaplatos. Tenía una persona para la limpieza de la casa que acudía dos veces por semana a realizar los quehaceres domésticos, pero hoy no tenía que ir. Así que recogió el resto de platos y cubiertos de la cena de la noche anterior y los colocó también dentro del electrodoméstico.
            Creyó oír un ruido y levantó la mirada. No parecía haber ocurrido nada. Quizá algún pájaro había pasado cerca de los ventanales.
            Se dirigió al dormitorio y acabó de vestirse. Se abrochó el último botón de la camisa y se puso una corbata a rayas grises y azul oscuro. Se miró en el espejo y sonrió. Su padre estaría orgulloso de él si lo viera. Y mucho más su abuelo, que empezó el negocio. Lástima que eso ya no fuera posible. Aunque aún conservaba el Rolex de oro heredado.
            Un ligero ding-dong lo sorprendió. No esperaba a nadie esa mañana. Es más, no esperaba nunca a nadie en su casa, salvo la persona contratada para la limpieza. Miró el móvil y se cercioró de que era miércoles. No tenía que ir.
            Abrió la puerta y una figura informe con una gorra de color azul calada hasta las cejas le saludó con un brusco buenos días. Le enseñó un paquete y un pequeño cuadernillo de recepción de avisos. Sorprendido, ni siquiera se fijó en la persona que le entregaba aquello de manera tan fría y agresiva. Antes de que se diera cuenta, ya había desaparecido de su vista.
            El envoltorio plastificado de la empresa de mensajería pesaba poco. Era blanco y azul, con el logotipo en rojo. Apenas cerró la puerta, cogió unas tijeras de cocina y cortó la parte superior. Dentro había un sobre blanco, tamaño folio, sin ningún dato identificativo, salvo una pequeña ondulación que se apreciaba en un lateral. Rasgó el sobre y metió la mano. No había nada excepto una especie de tubo metálico frío que rodeó con los dedos.
            Sacó el objeto y se sorprendió. Tardó unos segundos en reaccionar, tras los cuales se acercó al ventanal, donde la luz ya entraba con libertad.
            Era un tubo metálico pequeño, de unos dos centímetros y medio de longitud, dorado en la parte inferior y con una punta redondeada en color bronce. Le dio vueltas entre los dedos una y otra vez, sin comprender qué significaba aquel objeto. Entonces vio unas letras grabadas. Era su nombre.
Había recibido una bala con su nombre escrito en ella.
Cogió el sobre blanco y lo volvió a mirar. Escudriñó el interior y el exterior. Lo desmontó por completo para examinarlo con más detenimiento. No encontró nada extraño. Un sobre normal, con la marca de la compañía que los fabricaba. Sin ningún nombre ni dato ni señal que indicara de dónde venía o para quién era.
Aturdido por unos instantes, no cayó en la cuenta de que lo había traído un mensajero. Seguro que en el plástico había algún dato del remitente. Además, había firmado un recibí cuando se lo habían entregado. ¿O no?
Revolvió en el cubo destinado al reciclaje de plásticos y sacó el sobre de la mensajería. No había nada escrito en el cuadrado blanco con rayas horizontales de la parte inferior derecha. Miró en el mostrador de la cocina y leyó el papel que había dejado allí. Un logotipo sin marca, ni dirección ni teléfono. El nombre del remitente era un garabato de color negro que podía significar cualquier cosa.
Aquello empezaba a causarle un ligero temor.
Con el envoltorio de la mensajería en la mano se acercó a su tableta. Abrió el buscador de internet y tecleó empresas de mensajería en su ciudad. Tocó la pestaña de imágenes y se puso a comparar los logotipos. Ninguno coincidía. Frunció el ceño. Una broma pesada, eso es lo que era, que le estaba gastando alguno de sus amigos.
Volvió a escuchar el mismo ruido que hacía unos instantes. Se asomó a los ventanales y creyó ver una pequeña embarcación a lo lejos. Nada fuera de lo normal.
Mirando hacia el horizonte, empezó a recordar lo que había estado haciendo los últimos días. Había ido al trabajo, había visto a sus colegas, había hablado con ellos como siempre. Se había reunido en un par de ocasiones para hablar de negocios durante la comida en su restaurante favorito del centro de la ciudad. Había jugado al pádel con el mismo compañero. No había tenido ninguna cita con una nueva mujer. Todo parecía haber sido igual que siempre.
Se aflojó la corbata. Empezaba a costarle un poco respirar y además comenzaba a tener calor.
La embarcación se acercaba a la orilla con lentitud. Parecía un yate de recreo y se paró a unos metros de la orilla.
De repente vino a su cabeza algo que le había sucedido dos días atrás y que lo había molestado especialmente. Había ocurrido al salir del restaurante. Una mujer había tropezado con él y le había derramado sobre su corbata preferida uno de esos enormes vasos de plástico llenos de un sucedáneo de café. En realidad, supo que era una mujer cuando se alejó, sin siquiera disculparse, moviendo sutilmente las caderas como solo el género femenino sabe hacer. Hasta ese momento había sido una figura confusa con un gorro de lana enfundado hasta las cejas.
 

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