El sol de
levante entraba por el gran ventanal. La playa amanecía tranquila, el agua en
calma y la arena solitaria. Se asomó, como todas las mañanas, con una taza de
café recién hecho entre las manos. Le gustaba saborear ese momento del día,
antes de entrar en el ajetreo cotidiano de su trabajo.
Volvió a la
amplia y moderna cocina y colocó la taza en el lavaplatos. Tenía una persona
para la limpieza de la casa que acudía dos veces por semana a realizar los
quehaceres domésticos, pero hoy no tenía que ir. Así que recogió el resto de
platos y cubiertos de la cena de la noche anterior y los colocó también dentro
del electrodoméstico.
Creyó oír
un ruido y levantó la mirada. No parecía haber ocurrido nada. Quizá algún
pájaro había pasado cerca de los ventanales.
Se dirigió
al dormitorio y acabó de vestirse. Se abrochó el último botón de la camisa y se
puso una corbata a rayas grises y azul oscuro. Se miró en el espejo y sonrió.
Su padre estaría orgulloso de él si lo viera. Y mucho más su abuelo, que empezó
el negocio. Lástima que eso ya no fuera posible. Aunque aún conservaba el Rolex
de oro heredado.
Un ligero
ding-dong lo sorprendió. No esperaba a nadie esa mañana. Es más, no esperaba
nunca a nadie en su casa, salvo la persona contratada para la limpieza. Miró el
móvil y se cercioró de que era miércoles. No tenía que ir.
Abrió la
puerta y una figura informe con una gorra de color azul calada hasta las cejas
le saludó con un brusco buenos días. Le enseñó un paquete y un pequeño
cuadernillo de recepción de avisos. Sorprendido, ni siquiera se fijó en la
persona que le entregaba aquello de manera tan fría y agresiva. Antes de que se
diera cuenta, ya había desaparecido de su vista.
El
envoltorio plastificado de la empresa de mensajería pesaba poco. Era blanco y
azul, con el logotipo en rojo. Apenas cerró la puerta, cogió unas tijeras de
cocina y cortó la parte superior. Dentro había un sobre blanco, tamaño folio,
sin ningún dato identificativo, salvo una pequeña ondulación que se apreciaba
en un lateral. Rasgó el sobre y metió la mano. No había nada excepto una
especie de tubo metálico frío que rodeó con los dedos.
Sacó el
objeto y se sorprendió. Tardó unos segundos en reaccionar, tras los cuales se
acercó al ventanal, donde la luz ya entraba con libertad.
Era un tubo
metálico pequeño, de unos dos centímetros y medio de longitud, dorado en la
parte inferior y con una punta redondeada en color bronce. Le dio vueltas entre
los dedos una y otra vez, sin comprender qué significaba aquel objeto. Entonces
vio unas letras grabadas. Era su nombre.
Había recibido una bala con su
nombre escrito en ella.
Cogió el sobre blanco y lo volvió
a mirar. Escudriñó el interior y el exterior. Lo desmontó por completo para
examinarlo con más detenimiento. No encontró nada extraño. Un sobre normal, con
la marca de la compañía que los fabricaba. Sin ningún nombre ni dato ni señal
que indicara de dónde venía o para quién era.
Aturdido por unos instantes, no
cayó en la cuenta de que lo había traído un mensajero. Seguro que en el
plástico había algún dato del remitente. Además, había firmado un recibí cuando
se lo habían entregado. ¿O no?
Revolvió en el cubo destinado al
reciclaje de plásticos y sacó el sobre de la mensajería. No había nada escrito
en el cuadrado blanco con rayas horizontales de la parte inferior derecha. Miró
en el mostrador de la cocina y leyó el papel que había dejado allí. Un logotipo
sin marca, ni dirección ni teléfono. El nombre del remitente era un garabato de
color negro que podía significar cualquier cosa.
Aquello empezaba a causarle un
ligero temor.
Con el envoltorio de la
mensajería en la mano se acercó a su tableta. Abrió el buscador de internet y
tecleó empresas de mensajería en su
ciudad. Tocó la pestaña de imágenes y se puso a comparar los logotipos. Ninguno
coincidía. Frunció el ceño. Una broma pesada, eso es lo que era, que le estaba
gastando alguno de sus amigos.
Volvió a escuchar el mismo ruido
que hacía unos instantes. Se asomó a los ventanales y creyó ver una pequeña
embarcación a lo lejos. Nada fuera de lo normal.
Mirando hacia el horizonte,
empezó a recordar lo que había estado haciendo los últimos días. Había ido al
trabajo, había visto a sus colegas, había hablado con ellos como siempre. Se había
reunido en un par de ocasiones para hablar de negocios durante la comida en su
restaurante favorito del centro de la ciudad. Había jugado al pádel con el mismo
compañero. No había tenido ninguna cita con una nueva mujer. Todo parecía haber
sido igual que siempre.
Se aflojó la corbata. Empezaba a
costarle un poco respirar y además comenzaba a tener calor.
La embarcación se acercaba a la
orilla con lentitud. Parecía un yate de recreo y se paró a unos metros de la
orilla.
De repente vino a su cabeza algo
que le había sucedido dos días atrás y que lo había molestado especialmente. Había
ocurrido al salir del restaurante. Una mujer había tropezado con él y le había
derramado sobre su corbata preferida uno de esos enormes vasos de plástico llenos
de un sucedáneo de café. En realidad, supo que era una mujer cuando se alejó,
sin siquiera disculparse, moviendo sutilmente las caderas como solo el género
femenino sabe hacer. Hasta ese momento había sido una figura confusa con un
gorro de lana enfundado hasta las cejas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario