sábado, 6 de diciembre de 2014

Despierta

Tus ojos se abren con el vago recuerdo de un sueño incompleto, un sueño que mientras miras al techo, desaparece de tu memoria poco a poco, dejando un rastro agradable, así que cierras los ojos e intentas volver. Pero no lo vas a lograr. Suspiras, es imposible.
Te levantas de la cama, tirando el edredón por los aires, pisas el suelo con los pies desnudos y te apresuras a buscar las zapatillas antes de quedarte helado. Después, te sientas en la silla de tu habitación, el reloj digital te mira desde el escritorio, lleno de montones de apuntes y unos enormes libros funcionando de pisapapeles.
Las once y treinta y siete, te dice la pantalla, aunque en verdad son y treinta y tres, pero siempre te ha dado demasiada pereza cambiarle la hora. Ahora decides cogerlo, lo sostienes en tu mano y le quitas las pilas
—Así mejor—le dices al aire
Deja el reloj donde estaba. Ya no le hará falta a nadie.
Te levantas con dirección a la cocina, por suerte la casa esta vacía, y nadie se va a dar cuenta de que no has ido a la universidad, mejor, así no tienes que darles explicaciones a nadie, además, hará que el plan sea mucho más fácil.
Sonríes feliz mientras sacas el último paquete de galletas del armario y te sirves un vaso de leche hasta arriba. Mientras lo calientas en el microondas, como siempre empiezas a comerte las galletas antes de que esté listo. No puedes evitarlo. ¿Verdad? ¿Por qué no te esperas?
De repente viene a tu cabeza, casi por casualidad, que el examen ya tiene que estar casi por la mitad. Ríete ¿De qué forma estarán torturando a tus compañeros? Escupes algunos trozos de galleta de la carcajada, otros huyen hacia dentro. Empiezas a toser mientras ríes y acabas en el suelo del dolor que te produce la risa.
Venga, para ya, no seas cruel
Te incorporas todavía riendo y sacas la leche ardiendo, tu mano se quema, pero tranquilo, no pasa nada, puedes sopórtalo, sientes como el dolor te hace cosquillas. Te bebes el vaso de un largo trago, la leche va recorriendo tu garganta dejando una estela de calor, al terminar exhalas el vapor como si fueras un antiguo dragón. ¿Ves que bien sienta? Te lo dije
Con el estómago candente que te hace sentir lleno de energía, vuelves a tu habitación y te vistes con los mejor que tienes, al fin y al cabo, hoy es un día importante. Terminas rápido, mucho más rápido que cuando tenías que ir a clase, estas impaciente y excitado. Yo también
Coges la mochila y la vacías dejándola abierta lo más arriba que puedes, todo cae en picado sobre la cama, la calculadora rebota y se estampa contra el suelo, las hojas no planean como las de un árbol, caen juntas como piedras y un libro de la biblioteca las acaba aplastando.
Ahora toca volver a llenarla, abres el cajón de la mesilla de noche, ahí está todo.
Miras el mapa de nuevo y lo repasas con la mirada, la línea roja que muestra el recorrido y fijando la atención en los círculos que señalan los lugares muy importantes, los que no tienes que olvidar. También recoges las cartas, incluso la que no has terminado de escribir, echas también un boli por si tienes tiempo para terminarla después, quien sabe, a lo mejor se te ocurre algo.
Suena el timbre del móvil, que tiembla con la vibración justo al borde de la mesilla, esperas un poco por si se cae solo, pero te aburres mucho antes, lo coges y cuelgas. Miras un momento las numerosas llamadas perdidas y mensajes que te han llegado en tus horas de ausencia. Te alegras bastante de que se hayan preocupado tanto por ti. Pero bueno, la vida es así. Con el móvil todavía en la mano, vas al baño y lo tiras por el retrete. Vaya, no he tenido ni que decírtelo. Tiras de la cadena y desaparece con las aguas, aunque al final se resiste un poco.
Ya que estas ahí, te adelantas a los planes y coges de tu armario el bidón de gasolina que compraste ayer. Lo agarras por el asa y lo llevas a tu habitación, lo dejas en la esquina para que no estorbe.
Te llenas los brazos con las hojas de apuntes que había en el escritorio y las empiezas a diseminar por toda la casa. Cuando te faltan hojas, las empiezas a arrancarlas de los libros de texto, que de tan poco te han servido. Al final, el pasillo, la cocina, el salón, la entrada… todo parece un campo nevado y sucio, ya no puedes echarte atrás.
Con la mochila en la espalda, empiezas a rociar la gasolina por toda tu habitación, sientes el olor denso y dulce adentrarse dentro de ti, y te encanta. Sigues paso a paso, por toda la casa, tomándote tu tiempo, como en un laborioso ritual pagano.
Al borde de la puerta sostienes una cerilla, la enciendes y dudas. Se apaga en tu mano. ¿Qué pasa?
—No creo que les haga mucha gracia
Claro que sí. Les estás haciendo un favor, lo haces por ellos.
Enciendes otro fosforo y miras fijamente a la llama. Préndele fuego, que arda todo. La cerilla cae, el fuego se expande como un animal voraz, alcanzándolo todo.

Sonríes

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