Esa
mañana, salí de casa con el tiempo justo para coger el tren. Una vez en la
estación del metro, miré hacia la boca negra del túnel, no tardaría en ver los
ojos grandes, redondos y brillantes de la máquina. Efectivamente, el tren con
destino Marítim-Serrería, de las 7.47 de la mañana, hacía su entrada en ese
preciso instante. De inmediato, los asientos fueron ocupados por estudiantes y
gente muy joven, principalmente. Tuve mucha suerte, pues mi sitio preferido
parecía que me aguardaba. Tomé posesión de él y una vez bien acomodada, me
dispuse a observar todo lo que aconteciese a mi alrededor - no tenía nada mejor
que hacer - , además, existe un principio filosófico que considero importante y
es: « La curiosidad es el principio de todo conocimiento.»
Enfrente de mí se hallaba una chica que
aprovechaba el tiempo para pintarse. Empezó con un maquillaje de polvos, « pero
mujer si tienes la piel seca, ponte una base de hidratante», a continuación, y
por medio de un espejo diminuto, se hizo la raya de los ojos con un pincel muy
fino y con el tren en movimiento –admiré su pulso—y por último, se pintó las
pestañas. No era la primera vez que veía esto, algunas chicas suelen hacerlo.
Seguramente se levantan tarde y no les da tiempo en casa.
Amplié mi campo de visión, la inmensa
mayoría de los que viajaban en el vagón y vagones contiguos, se habían
encapsulado, del resto, con su traje de aislamiento: auriculares y móviles conectados.
« ¡Pues vaya panorama!»
Enseguida llamó mi atención la joven que
tenía a mi izquierda. Su mochila descansaba debajo de su asiento, la sacó hacia
afuera y abrió la segunda cremallera, comprobé que contenía algunos libros: uno
de poemas, concretamente de Lorca; otro, de “Análisis Gramatical”; y un
tercero, de la “Generación o grupo del 27”. Al final, eligió éste último.
Permanecía concentrada en lo que estaba leyendo, de vez en cuando subrayaba
algún que otro párrafo.
Atisbé por encima de su hombro y me dispuse
a recordar algunos poetas del 27.
A veces observaba su tesón y su capacidad de
abstraerse, era digno de encomio. Su rostro reflejaba la fruición con que leía,
por decirlo de alguna forma, su cuerpo estaba al lado del mío, pero su espíritu
se encontraba lejos de allí.
Contagiada
por su interés, evoqué el mundo fascinante de la literatura y cómo para algunos
poetas, escritores, dramaturgos… constituyó y constituye una manera de ser,
vivir y pensar.
Deseé envolverme en el ambiente literario de
aquella época o de cualquier otra. Disfrutar, enriquecerme y beber de las
fuentes del conocimiento, la sabiduría, la belleza…
De las páginas del libro y por arte de birlibirloque,
salieron espectros ágiles y reconocibles. El vagón literario se iluminó con una
luz irreal. Volví a mirar estupefacta a la dueña del libro que continuaba
ausente, así como el resto de los ocupantes del vagón, que iban a su bola
individualista. Quise gritarles: « ¡Despertad! ¡admirad el prodigio de una
tertulia literaria en vivo y en directo, presentada por algunos componentes de
la “Generación del 27”!» Todo fue inútil, hablaba, pero mis labios permanecían
sellados.
El grupo me observaba entre divertido y
amigable, y me quedé en él como oyente privilegiada.
Al principio, la conversación versaba sobre
su relación cuando se encontraron en la “Residencia de Estudiantes” de Madrid,
de sus intereses literarios, creativos y de lo que esperaban de la vida. « ¡Qué
grupo tan fantástico!»
Lorca estaba junto a Dalí, éste último
miraba con insistencia el panel que había sobre la puerta del tren, y a mí me
hizo recordar su obra surrealista, en concreto la de los “relojes blandos” «
¿intentaría introducir una nueva modificación del tiempo?». Con Dalí nunca se
sabe. Dicen que pocos días antes de morir dijo: « Vull viure, vull viure. Un
geni no pot morir.» Y es cierto, tu espíritu y tu obra siempre vivirán.
Lorca se giró hacia mí con una sonrisa,
seguro que sabía de mi admiración hacia él. Sé de tu amor por la música, el
teatro y la belleza racial que encierra tu poesía, aunque no querías que te
encasillaran. Tu estancia en Nueva York la consideraste como útil y positiva en tu
vida.
Comprendo tus preocupaciones, la defensa de
cualquier forma de amar –en tu época ser homosexual era mal visto y castigado--,
la represión social… Tus temas me duelen: dolor, soledad, muerte, amor
imposible, frustración…
Detengo el hilo de mi pensamiento, veo a
Cernuda sentado, algo rezagado y tímido. Le doy las gracias por el poema “A un
poeta futuro” que me llegó profundamente, como su
obra
entre la realidad y el deseo. Él asiente con la cabeza y me alienta a seguir con
un gesto comprensivo.
Algo sucede en el vagón literario, la luz se
torna normal y al mismo tiempo que la chica cierra el libro a cámara lenta, los
espectros se meten entre sus páginas.
Observo el panel, estamos en Sorolla-Jesús,
me faltan dos paradas para bajar. La joven y yo cruzamos las miradas con
complicidad. « ¿Habrá tenido la misma experiencia que yo?»
De la mochila vuelve a sacar otro libro,
pero de la primera cremallera: “Fahrenheit 451” de Ray Bradbury.
Eché una ojeada rápida al vagón, todo
tranquilo, los ocupantes seguían en la estratosfera, pero ahora se habían
agregado dos viajeros más, uno con una tablet y la otra, con un móvil que
enseguida conectó. Así pues, se tiende cada vez más al individualismo. Estar
con la gente, pero sin la gente, pese a las redes sociales.
Reflexioné detenidamente sobre la muchacha y
sus libros, no tenía ninguna certeza de que fuera pura casualidad que los
presentara ante mí como lo más normal del mundo, o por el contrario, mostraba
una intención: la de hacerme pensar sobre la trascendencia cultural y literaria
que existe en cada época, y la corresponsabilidad individualidad y colectiva
que tenemos todos para que no quede en el vacío; para extraer consecuencias;
para analizar los acontecimientos presentes y las formas variadas que puede
adoptar en un futuro próximo, pues, la literatura está viva y los movimientos
literarios corren parejos a los cambios sociales, a los gustos y preferencias
de cada momento. Un libro es un arma, te ayuda a pensar, a ser libre.
Hace algunos años que leí Fahrenheit 451,
libro de ficción, trata sobre una sociedad donde los bomberos queman los
libros, porque están prohibidos, porque un libro, como he mencionado con
anterioridad, te ayuda a pensar y en esa sociedad controladora, quieren que
haya un único pensamiento, que sean autómatas. Frente a este grupo hay otro,
“clandestino”, cuya misión es salvar libros, cada uno se compromete a
memorizarlo y transmitirlo oralmente, por ello, se presentan a otras personas
con el nombre del autor de la obra.
Llegado a este punto, miré a mí alrededor y
jugué con la idea divertida de asignar obra y autor a mis compañeros fortuitos
de viaje, que continuaban encapsulados en otra onda.
La Biblia debería permanecer, pues es como
una biblioteca completa. Podrían elegir entre las distintas partes que la
componen: salmos, sabiduría…, mi elección personal serían las parábolas porque
son fáciles de memorizar e interesantes. Sin embargo, no tenía tiempo material
para emprender dicha tarea, pues pronto llegaría a mi parada. La adjudicación
de libros debía ser meditada; habría que seleccionarlos por épocas y en orden
de relevancia: literatos, filósofos, historiadores, dramaturgos, etc. Y por
supuesto, no me olvidaría de Cervantes.
Bien, vuelvo a retomar la idea o tema del
libro para finalizar con esta disertación peregrina. Fahrenheit 451, nos
muestra el peligro de una civilización mecanizada que condena la vida del
espíritu. La deshumanización y pérdida de valores, «esto no puede traer nada
bueno».
Continuaba yo enfrascada en estas
disquisiciones, cuando me di cuenta que la chica del libro me observaba
divertida.
─Me he dado cuenta que mirabas con sumo
interés los libros que he ido sacando de mi mochila –repuso tajante.
─Sí, cierto. Y me he propuesto releerlos de
nuevo. Me traen gratos recuerdos. ¿Sueles coger el mismo tren y a la misma
hora? Es la primera vez que te veo.
─Normalmente voy en mi coche y de vez en
cuando, pongo libros en mi mochila y cojo el tren, siempre encuentro a alguien
que me depara alguna sorpresa.
─Pues… gracias--le contesté con sinceridad--,
porque gracias a ti he experimentado un placer indescriptible relacionado con
el mundo literario. Espero coincidir contigo alguna que otra vez.
─ ¿Siempre te sientas en el segundo vagón?
–me preguntó.
─Sí, –fue mi corta respuesta- ¡A ver con qué
autor y obra me vuelves a sorprender!
Y nos reímos con cierta complicidad y
simpatía.
Acababan de anunciar que la próxima parada
sería Colón. Algunos encapsulados guardaron sus trajes de aislamiento porque
también era su parada. Me puse en pie y eché
una
última ojeada al vagón con cierta nostalgia. Antes de apearme, la chica
enigmática y yo, alzamos las manos al unísono en señal de saludo y despedida.
Al salir del vagón, me quedé en el andén,
veía cómo se alejaba el tren a la vez que se iba oscureciendo el túnel.
Realmente sentí en el vagón literario una
experiencia enriquecedora, la literatura me agasajaba a menudo y me ofrecía
satisfacciones para mi espíritu.
No sé si volveré a encontrarme con mi
compañera de viaje, pero fueron veinte minutos intensos de vida, inolvidables,
en compañía de mis poetas preferidos, y con reflexiones incluidas.
Subí por las escaleras mecánicas, expulsada
al exterior como si se tratase de un nuevo nacimiento. Salí renacida, renovada
de la estación. Me paré en seco, había decidido que sería un día especial.
Saqué la agenda de mi bolso y taché todo lo que había planificado para el día.
Alcé el “boli” en ristre y pensé con
detenimiento en dónde me apetecería estar. Mientras, en la Plaza de los Pinazo
de Valencia, infinidad de personas se cruzaban conmigo; venían de todas
direcciones. Iban a sus diferentes quehaceres, eran unos perfectos desconocidos
para mí y yo para ellos, y sin embargo, notaba una cercanía inexplicable. Dejé
para más adelante este nuevo pensamiento que me asaltaba.
Reanudé la marcha, sabía muy bien el lugar
elegido. Me sumergiría en el “santuario”, más próximo, de una biblioteca, en la
sección de literatura.
Araceli Márquez
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