domingo, 23 de marzo de 2014

El estanque

Estoy en el antiguo cauce del río. Detrás tengo el Palau de les Arts. Aunque el sol está bajo, el lugar es alto y todavía hay bastante luz. Algunas sombras se inclinan ligeramente, pero aún no son alargadas. Me encuentro frente a un estanque grande de aguas someras. Mis pies casi tocan el agua. En el centro, una escultura antropomórfica de metal sostiene un tridente con una mano, y extiende el otro brazo para que se posen las palomas en él. Hay una paloma solitaria. Ahora se acerca otra a hacerle compañía. Y otra más. Ahí se quedan, observando a la gente. Mucha gente va  en bici o corre por el camino que hay a lo lejos. Otros están sentados en el césped, jugando con su perro o con los niños. Ya no hay palomas en el brazo del gigante. Una brisa racheada agita la superficie del estanque y la ondula, creando continuamente pequeñas olas. Su movimiento hipnotiza.

Dos perros se introducen corriendo y saltado felizmente en el estanque. Ladran. Uno se sale y el otro comienza a dar vueltas sobre sí mismo. Es pardo, del tamaño de un pastor alemán. Anda chapoteando en el agua, la muerde. Rebusca en el fondo, como si buscase algo. Intenta escarbar el fondo de cemento. El ruido del chapoteo al andar es muy gracioso. Su dueño lo llama. Bueno, la llama. Noa. Sale del estanque en dirección contraria, haciendo caso omiso a su dueño. Ahora persigue a otro perro. Vuelve a bañarse y a dar vueltas. Sigue rebuscando y chapoteando graciosamente. Qué mareo, cuántas vueltas. Sale definitivamente del estaque, o al menos eso parece. Regresa y recoge un palo que le ha lanzado su dueño. Conque buscaba eso…. Se lo devuelve. El dueño está a mi derecha, sentado en un banco, a unos metros. Tiene barba, pelo negro medio largo. Unos treinta y pico años. El perro se mete de nuevo. Creo que ya he hablado suficiente del animal. Intentaré no volver a hablar de perros, aunque hay muchos.

La brisa no viene siempre del mismo sitio. Ya lo he dicho, pero me embelesa el movimiento del agua. Qué belleza de lugar. No sé cómo no lo había descubierto antes. La luminosidad ha disminuido ligeramente. El sol está a punto de ocultarse tras unos árboles que tengo detrás.  Se me olvidó decirlo, pero el estanque no es circular, como podría pensarse. Tiene una forma algo irregular. Sé que no debo absorberlo literalmente, pero ahora mismo tengo una sed terrible. Ojalá pudiese. La superficie del agua se ha calmado y refleja distorsionados los edificios del fondo y la escultura.
Hay menos gente, menos niños y menos perros. Las sombras comienzan a adueñarse de mi mitad del estanque y el viento empieza a ser algo frío. En la otra orilla aún hay luz, y el perro pardo, que creí que ya se había largado, continúa en la otra orilla rebuscando en el fondo del estanque. En el fondo, pero sobre todo en la orilla, se acumula el fango y algunas hojas caídas. Una paloma aterriza a mi lado, a la izquierda, se introduce un poco en las aguas y bebe. Luego sale volando.

Detrás de mí el cielo se cubre de finos altoestratos, que extienden sus fibras hacia delante y abriéndose en abanico. Poco a poco se van difuminando hasta dejar el cielo completamente despejado que tengo frente a mí. Regresa la brisa y el agua del estanque vuelve a agitarse, borrando parcialmente el reflejo del paisaje.
El sol ya se ha escondido tras los árboles. Tengo algo de frío. Sólo queda algo de luz en una porción de la orilla opuesta. El perro pardo ya ha salido del estanque. Ahora juega en el césped, a lo lejos. En mi mitad ya casi no hay gente. En la mitad opuesta los niños todavía juegan. Las sombras ya se han adueñado del lugar. Sólo quedan algunos brillos en las ventanas de los rascacielos del fondo. Sin embargo, todavía falta un rato para que oscurezca y se haga de noche.


Curiosamente, la vida sigue. Pensé que a estas horas la gente se marcharía. Me equivocaba. Dos perros se meten en el estaque, persiguiéndose. Uno es pequeño y tiene que nadar. Salen del agua. Dos niñas de unos siete años se acercan a jugar con ellos. Quieren tocarlos, pero al mismo tiempo les asustan, y se mueven con ellos en una especie de baile. La niña del chándal azul se ríe, la de los pantalones rojos da pequeños saltitos. Los dos perros entran de nuevo en el agua. Las niñas se alejan corriendo, persiguiéndose, hacia el césped. 

1 comentario:

  1. 23/03/14, 17:30 ~ 18:30
    Lo he publicado en bruto, sin correcciones, con todas sus repeticiones, aunque me duela verlas.

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