Estoy en el antiguo cauce del
río. Detrás tengo el Palau de les Arts. Aunque el sol está bajo, el lugar es alto
y todavía hay bastante luz. Algunas sombras se inclinan ligeramente, pero aún
no son alargadas. Me encuentro frente a un estanque grande de aguas someras.
Mis pies casi tocan el agua. En el centro, una escultura antropomórfica de
metal sostiene un tridente con una mano, y extiende el otro brazo para que se
posen las palomas en él. Hay una paloma solitaria. Ahora se acerca otra a
hacerle compañía. Y otra más. Ahí se quedan, observando a la gente. Mucha gente
va en bici o corre por el camino que hay
a lo lejos. Otros están sentados en el césped, jugando con su perro o con los
niños. Ya no hay palomas en el brazo del gigante. Una brisa racheada agita la
superficie del estanque y la ondula, creando continuamente pequeñas olas. Su
movimiento hipnotiza.
Dos perros se introducen
corriendo y saltado felizmente en el estanque. Ladran. Uno se sale y el otro
comienza a dar vueltas sobre sí mismo. Es pardo, del tamaño de un pastor alemán.
Anda chapoteando en el agua, la muerde. Rebusca en el fondo, como si buscase
algo. Intenta escarbar el fondo de cemento. El ruido del chapoteo al andar es
muy gracioso. Su dueño lo llama. Bueno, la llama. Noa. Sale del estanque en
dirección contraria, haciendo caso omiso a su dueño. Ahora persigue a otro
perro. Vuelve a bañarse y a dar vueltas. Sigue rebuscando y chapoteando
graciosamente. Qué mareo, cuántas vueltas. Sale definitivamente del estaque, o
al menos eso parece. Regresa y recoge un palo que le ha lanzado su dueño.
Conque buscaba eso…. Se lo devuelve. El dueño está a mi derecha, sentado en un
banco, a unos metros. Tiene barba, pelo negro medio largo. Unos treinta y pico
años. El perro se mete de nuevo. Creo que ya he hablado suficiente del animal.
Intentaré no volver a hablar de perros, aunque hay muchos.
La brisa no viene siempre del
mismo sitio. Ya lo he dicho, pero me embelesa el movimiento del agua. Qué
belleza de lugar. No sé cómo no lo había descubierto antes. La luminosidad ha
disminuido ligeramente. El sol está a punto de ocultarse tras unos árboles que
tengo detrás. Se me olvidó decirlo, pero
el estanque no es circular, como podría pensarse. Tiene una forma algo irregular.
Sé que no debo absorberlo literalmente, pero ahora mismo tengo una sed
terrible. Ojalá pudiese. La superficie del agua se ha calmado y refleja
distorsionados los edificios del fondo y la escultura.
Hay menos gente, menos niños y
menos perros. Las sombras comienzan a adueñarse de mi mitad del estanque y el
viento empieza a ser algo frío. En la otra orilla aún hay luz, y el perro
pardo, que creí que ya se había largado, continúa en la otra orilla rebuscando
en el fondo del estanque. En el fondo, pero sobre todo en la orilla, se acumula
el fango y algunas hojas caídas. Una paloma aterriza a mi lado, a la izquierda,
se introduce un poco en las aguas y bebe. Luego sale volando.
Detrás de mí el cielo se cubre de
finos altoestratos, que extienden sus fibras hacia delante y abriéndose en
abanico. Poco a poco se van difuminando hasta dejar el cielo completamente
despejado que tengo frente a mí. Regresa la brisa y el agua del estanque vuelve
a agitarse, borrando parcialmente el reflejo del paisaje.
El sol ya se ha escondido tras
los árboles. Tengo algo de frío. Sólo queda algo de luz en una porción de la
orilla opuesta. El perro pardo ya ha salido del estanque. Ahora juega en el
césped, a lo lejos. En mi mitad ya casi no hay gente. En la mitad opuesta los
niños todavía juegan. Las sombras ya se han adueñado del lugar. Sólo quedan
algunos brillos en las ventanas de los rascacielos del fondo. Sin embargo,
todavía falta un rato para que oscurezca y se haga de noche.
Curiosamente, la vida sigue.
Pensé que a estas horas la gente se marcharía. Me equivocaba. Dos perros se
meten en el estaque, persiguiéndose. Uno es pequeño y tiene que nadar. Salen
del agua. Dos niñas de unos siete años se acercan a jugar con ellos. Quieren
tocarlos, pero al mismo tiempo les asustan, y se mueven con ellos en una
especie de baile. La niña del chándal azul se ríe, la de los pantalones rojos
da pequeños saltitos. Los dos perros entran de nuevo en el agua. Las niñas se
alejan corriendo, persiguiéndose, hacia el césped.
23/03/14, 17:30 ~ 18:30
ResponderEliminarLo he publicado en bruto, sin correcciones, con todas sus repeticiones, aunque me duela verlas.