Todos lo tachaban de excéntrico porque leía libros. No
libros digitales sino libros de papel. Una verdadera antigualla. Pero a él le
gustaban. La sensación de mover los dedos índice y corazón, levantar la fina
hoja y darle la vuelta una vez leída suponía un soplo de aire fresco. El olor
que desprendía el polvo impregnado entre la encuadernación, nocivo según los
últimos estudios médico-científicos, lo envolvía y atraía. Era adictivo.
Su rincón preferido era la sombra de un árbol, no sabía la especie, que
crecía sobre una colina artificial pequeña que el paisajista había diseñado
para hacer el jardín menos monótono. Desde allí se podía contemplar la vida:
gente en vehículos unipersonales alimentados por agua reciclada, edificios
totalmente acristalados sin balcones ni ventanas accesibles, mascotas
perfectamente disciplinadas manejadas por los graduados en ciencias del
adiestramiento. Nadie solía utilizar el jardín para sentarse. Apenas lo
miraban. Tan solo él y, de vez en cuando, algún que otro excéntrico, como él.
Sintió que se oscurecía el sol y miró hacia arriba. Una nave atravesaba el
cielo. No le gustaba volar. Le daba vértigo solo pensar que sus pies no pisaban
tierra firme. Por eso se le encomendaban las misiones que nadie más quería.
Sonó su teléfono de pulsera. Lo descolgó y el holograma de su superior le
habló. Tenía que ir inmediatamente a la oficina de control del crimen porque
requerían de sus servicios. Guardó el libro en la mochila y se dirigió hacia
allí.
El despacho del superior era espacioso y cómodo. Lo hizo pasar. A
continuación llamó a otro agente. Una vez los tres sentados, el superior empezó
a exponer el caso.
En el planeta NB2540 se había producido un asesinato.
-Eso es imposible – dijo Nakhty.
De todos era conocido que el planeta NB2540, del tamaño de la luna, estaba
habitado por unas mil personas, que se repartían la totalidad del territorio, y
que apenas se interrelacionaban.
-Irá usted a resolver el caso – le dijo el superior.
Nakhty apenas podía reaccionar. Él no resolvía crímenes de esa entidad, tan
solo minucias que los demás no querían. Y además, tendría que montar en una
nave y… volar. Una arcada le vino a la garganta.
-Pero… - empezó a decir.
No hubo discusión posible. Era una orden inamovible. Partía en dos horas
para NB2540.
Subió por la pasarela de la nave y un oficial lo saludó
con cortesía, guiándolo hasta su camarote. Nakhty llevaba una pequeña maleta
con ruedas que lo seguía a todas partes, sin separarse de su lado. Acercó el
dedo corazón a un sensor y la maleta se abrió. Dentro llevaba algo de ropa, un
cuaderno y varios libros, entre ellos su clásico favorito, El hombre bicentenario.
Se instaló y, veinte minutos más tarde, una voz en off informaba del
despegue. Nakhty se sentó en uno de los sillones y se agarró con fuerza a los
reposabrazos. Empezó a sudar y a sentir la boca amarga. Diez minutos después se
dio cuenta de que estaban pasando junto a la luna y que no sentía nada
especial. Que sus pies estaban pegados al suelo de la nave y no se caía. Que el
sistema de gravedad artificial funcionaba perfectamente y no iba a rodar por el
aire como una pompa de jabón.
Intentó respirar y tranquilizarse, abriendo uno de libros que había traído.
Viajar a hipervelocidad por el espacio era una práctica
común en el último siglo, durante el cual se habían colonizado planetas por
toda la galaxia. Encontrar los que tenían condiciones de habitabilidad
similares a la Tierra había sido todo un desafío, pero los planetas
estratégicos para el comercio y las comunicaciones se habían acondicionado
artificialmente. Al fin y al cabo, la tecnología era lo que guiaba a la
humanidad. Se había apropiado del espíritu humano hasta tal punto que nadie, ni
siquiera los indigentes, vivían sin el collar decodificador de información, a través
del cual todo el mundo estaba interconectado.
Naturalmente, Nakhty tenía uno, pero apenas lo utilizaba. Casi siempre lo
llevaba apagado, como de adorno. No le interesaba saber qué pasaba cada medio
segundo a las quinientas mil personas conectadas directamente con él. Le
producía dolor de cabeza.
El viaje duró un día. La misma voz en off informó que estaban a punto de
aterrizar. Preparó la maleta y se dispuso a salir.
NB2540 llevaba el nombre de su descubridor, un tal Nine
Building, y su fecha de nacimiento, el año dos mil quinientos cuarenta. El
aeropuerto estaba vacío. Un androide se le acercó. Eran iguales a los humanos,
salvo por una cosa: no tenían cabello. La calvicie había sido una de las
enfermedades erradicadas de la Tierra hacía ya mucho tiempo, y todos los
humanos estaban obligados, por ley, a no afeitarse nunca la cabeza. Eso era
solo para los androides.
Con todo el protocolo requerido, el androide se presentó. Lo llamaban Sel.
Iba a acompañarlo durante toda su estancia en NB2540.
Sel se dirigió hacia un vehículo volador rasante y se puso a los mandos. Salieron
del aeropuerto a gran velocidad. El planeta estaba perfectamente planificado.
Dividido en dos mil parcelas, cada una de extensión considerable, una casa por
parcela y un habitante por casa. En esos momentos la población era de mil
personas.
El paisaje era similar al de las pocas zonas libres de edificación de la
Tierra; zonas especialmente protegidas para evitar que todo el planeta se
convirtiera en megaciudad.
Sel lo llevó hasta su residencia provisional, una vivienda con una única
planta de color tierra, integrada en el paisaje, con un jardín muy cuidado.
Preguntó de quién era la casa y el androide le respondió que aún no tenía dueño
asignado. Pero que la considerara su hogar durante su permanencia en NB2540.
Los androides no tienen sentimientos, pero a Nakhty le pareció que Sel
hacía un gesto de incredulidad cuando le pidió que lo llevara a lugar del
crimen. Con cortesía, éste le indicó una mesa de cristal que, al solo contacto
de la mano, se iluminó mostrando múltiples opciones. Tocó en algunos puntos y
apareció el holograma del escenario donde sucedieron los hechos.
-No me refiero al holograma. Quiero ir al sitio personalmente.
El androide pareció procesar la información durante un par de segundos, al
cabo de los cuales, asintió.
Una hora de viaje los separaba del laboratorio. Nakhty
siguió al androide hasta el interior, donde se cruzaron con un par de androides
más. Sel le informó que el profesor Gemper vivía y trabajaba en el laboratorio.
-¿Qué tipo de laboratorio es este?
Con tono neutro, Sel le explicó que era un laboratorio de reproducción
humana. Un androide, que se presentó como Tin, ayudante del profesor Gemper, les
salió al paso y Sel le explicó la situación. Tin los llevó hasta el despacho
donde había aparecido muerto el profesor. Se trataba de una estancia aséptica,
con apenas una mesa y un sillón, todo en blanco. No había ningún detalle
personal, al menos aparentemente. Tampoco había restos de sangre consecuencia
del apuñalamiento sufrido.
-¿Quién entra aquí, además del profesor Gemper?
Tin le respondió que solo los ayudantes del profesor. Todos androides. Esa
era la residencia del profesor y sólo habitaba un humano allí.
Nakhty miró a uno y otro androide con confusión. Si era un laboratorio de
reproducción, alguien más debería entrar.
-¿Y los tratamientos? ¿Cómo se realizan?
Los androides ayudantes eran los encargados de recoger las muestras
masculinas y femeninas de la población en sus propias residencias, las analizaban
y presentaban al profesor los resultados. Sólo se tenían en cuenta los mejores
espermatozoides y óvulos, se estudiaba la compatibilidad entre ellos y unos
pocos eran seleccionados para futuros embriones. Todo el proceso se hacía, por
supuesto, por androides perfectamente higienizados. El material empleado estaba
esterilizado, así como los embriones resultantes, que quedaban libres de virus,
bacterias e imperfecciones. Hasta la fecha habían materializado con éxito diez
nuevos humanos, que estaban siendo atendidos en sus casas por androides
cuidadores hasta su primera madurez, estimada en los quince años.
-Pero, hará falta una mujer, ¿no?
Tin siguió hablando sin inflexión. Las mujeres seleccionadas para albergar
en su seno el embrión habían sido, por supuesto, también escogidas con cuidado.
Sus úteros estaban perfectamente sanos y libres de enfermedades. La
implantación del embrión se producía, efectivamente, en el laboratorio, por los
androides ayudantes. Tin había sido el escogido para realizarlos. El profesor
confiaba plenamente en él, que lo guiaba desde su despacho comunicándose con el
quirófano con su holograma.
Nakhty no podía entender cómo en un mundo donde no había contacto humano,
se produjera un homicidio. Los androides no habían sido, ciertamente, por la
primera de las leyes de la robótica: Un
robot no puede hacer daño a un ser humano o, por inacción, permitir que un ser
humano sufra daño. Algún humano se había internado en la residencia del
profesor, esquivando a los androides y era el responsable.
-Quisiera ver los expedientes de las madres.
La información médica era confidencial y nadie podía verla. Necesitaba
autorización del regidor de NB2540.
-Pídela.
Tin se acercó a la mesa, apenas la rozó y apareció un cuadro de control.
Tecleó y apareció el holograma del regidor de NB2540.
-Agente Nakhty – lo saludó – Espero que sus investigaciones lleven a buen
puerto.
Tras obtener la autorización, Tin le mostró los expedientes de las diez
madres.
Las mujeres seleccionadas para albergar los embriones
contestaron a las preguntas de Nakhty vía holograma. En todas apareció una
expresión horrorizada cuando les preguntó si podía visitarlas personalmente en
sus residencias. Menos una, que vaciló, y al final le permitió ir a su
residencia, pero con comunicación lejana. O lo que era igual, por holograma.
Nakhty aceptó estas condiciones y Sel lo llevó hasta la residencia de la
pintora Iqeret. Al parecer, sus cuadros eran los más cotizados del universo Exotierra,
aunque Nakhty no conocía ninguno. Un androide con aspecto femenino, sin
cabello, los saludó. Hizo pasar a Nakhty a una sala en la que, al segundo,
apareció el holograma de Iqeret.
Tras la cortesía inicial, empezó con su interrogatorio.
-¿Qué sintió al ser seleccionada como madre? – le preguntó.
Iqeret lo miró con fijeza. Se había sentido halagada, naturalmente. Pocas
mujeres de NB2540 se negarían a tal honor. Era un gran privilegio poder
albergar los embriones de los futuros habitantes del planeta en aras a garantizar
su sostenibilidad y pervivencia.
-También fueron elegidos sus óvulos – siguió Nakhty. – Pero el embrión que
se le implantó no estaba fecundado con ellos. ¿Se sintió molesta?
Por supuesto que no estaba molesta. Las pruebas médicas que le habían
realizado indicaban que esa era la solución más viable.
-¿Puedo echar un vistazo por su residencia?
Sin permiso para entrar en la estancia personal de la
pintora, Nakhty recorrió la morada intentando encontrar algo que le indicara
que ella era la responsable. Había notado una extraña reacción cuando le había
contestado que no estaba molesta por haber llevado en su útero un embrión
ajeno. Un ligero temblor en los labios, casi imperceptible, al responder la
había delatado. Ahora era cuestión de encontrar un indicio de su culpabilidad.
Entró en una sala que lo sorprendió: el estudio. Varios cuadros se apoyaban
en caballetes de madera, como antiguamente, y habían sido pintados con pinturas
y medios manuales. Había una serie de lienzos en las paredes, realizados con
máquinas pintoras, que le eran ligeramente familiares. Puede que sí los hubiera
visto en alguna ocasión.
Los trabajos finalizados estaban ordenados en grandes estanterías
correderas. Movió la primera. Ante sus ojos apareció la imagen de una mujer
embarazada. Bueno, aquello no era exactamente una pista. Siguió mirando sin
encontrar nada más que le llamara la atención.
El holograma de Iqeret apareció en el estudio.
-¿Le gusta el arte?
Nakhty se sorprendió al verla.
-Especialmente el manual.
Siguió inspeccionando la estancia y los objetos. Le llamó la atención un mueble
prismático, de metro y medio de altura, con una brújula en desuso en la parte
superior, parecido al armario bitácora de las máquinas acuáticas de la
antigüedad. Miró a Iqeret.
-¿Qué contiene? – le preguntó.
-Antigüedades sin valor.
Antes de que Iqeret acabara la frase, Nakhty ya había abierto el armario.
Dentro había, efectivamente, antigüedades. Pero con valor, al menos para él.
Libros en papel. Cogió uno al azar: El
sol desnudo, de Isaac Assimov. Un auténtico clásico. Abrió el libro sin
percatarse de la expresión de pánico que apareció en la cara de Iqeret.
Una especie de peluca de goma sin cabello alguno se deslizó de entre sus
hojas y cayó al suelo.

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