martes, 26 de noviembre de 2013

Saltando el muro



Noche, frío, viento y nervios. Muchos nervios. Luis los trataba de calmar dando pausadas caladas a su cigarrillo. Apostado en lo alto de la pendiente, miraba el muro que tenía que saltar con mirada penetrante. Hasta las diez y cuarto no iba a poder aventurarse a intentarlo, los vigilantes hacían turnos; y esa era la hora en la que sabía que los del turno de noche reemplazaban a los de la tarde.

Miró su reloj, diez menos cinco. Caminó en dirección opuesta al muro. Tenía miedo de no poder llegar hasta lo alto del mismo. Era más alto de lo esperado. Alzó la vista y vio un grupo de gente agazapada, haciendo vigilancia de los guardas de seguridad. Sonrió divertido, eran sensiblemente más jóvenes que él; iban medio borrachos y estaban formando demasiado escándalo, tarde o temprano uno de los vigilantes se percataría y los echaría de allí.

Llegó hasta el camino de acceso y volvió a mirar la hora, apenas habían pasado cinco minutos. Sacó su teléfono móvil y escribió un mensaje a sus amigos:

                - En quince minutos lo intento. Si lo consigo os aviso.

Mientras terminaba de escribir el mensaje, un camión de bebida pasó a su lado. Se apartó del camino sobresaltado y vio caer una caja vacía de botes de cerveza. Fue hasta donde había caído, la tanteó y pensó que era lo suficientemente dura. Le servía de sobra. Había encontrado un alza que le ayudaría a saltar el muro. Se volvió sobre sus pasos y vio que el grupo de chavales había empezado a hacer ruido ostentosamente. Aceleró sus pasos para llegar al sitio desde el que intentaría saltar el muro. Cuando llegó vio que el guarda de seguridad había ido a intentar echar a los chavales de allí. Las pulsaciones le subieron de los nervios. Bajó la cuesta corriendo, llegó hasta el muro, dejó la caja vacía, se apostó sobre ella y comprobó que la mano le llegaba hasta lo más alto. Cogió de nuevo la caja, subió la cuesta corriendo y se agazapó de nuevo. El guarda todavía no había vuelto. Miró su reloj, quedaban diez minutos para y cuarto. Sacó el tabaco de liar y, con toda la calma del mundo, se dispuso a hacerse el último cigarrillo.

Eran las diez y doce en el reloj de Luis. Tiró el cigarrillo al suelo y mientras chafaba la colilla con el pie, vio sorprendido cómo varias personas bajaban la cuesta por otros sitios.

                - ¡Mierda!

Temía que eso sobresaltara a los vigilantes y diera al traste con sus planes. Así que bajó a toda prisa. Puso la caja en el suelo. Se subió. Se agarró a lo alto del muro. Tiró de brazos. Se encaramó a lo alto. Apartó el alambre que había en la zona alta del muro. Se metió entre el mismo, deslizándose, y cuando tuvo las piernas colgando del otro lado, se dejó caer… y cayó dentro del recinto del festival.

No tenía ni idea de dónde estaba, pero se alegró al ver que, efectivamente, a esas horas no había nadie de seguridad por la zona. A su alrededor no había más que una zona diáfana y varias carpas a derecha e izquierda. Sin saber porqué eligió la de la derecha. Llegó a la puerta de acceso y entró. Dio a un largo pasillo con multitud de puertas a ambos lados. Vio un cartel de una empresa de montaje de equipos de música: Enges. No estaba solo, de las puertas entraba y salía gente. Todos llevaban una identificación que usaban para abrir las puertas del pasillo. Se situó detrás de una chica que iba cargada con vasos de plástico y, cuando ésta abrió, le sostuvo la puerta con una mirada amable. La chica le sonrió y pasó al otro lado de la puerta. Luis esperó a que ella pasara y pasó detrás.

Al otro lado de la puerta el ambiente estaba más concurrido, era una especie de almacén de material usado en barra. Al final había dos puertas. Luis vio que toda la bebida salía por la de la izquierda. Se hizo el despistado y avanzó con la cabeza baja hacia allí.

                - ¡Eh! ¿Dónde vas?

Una mano le había cogido del hombro. El corazón se le aceleró.

                - Soy de Enges.
                - ¿Cómo?
                - Sí, mi jefe me ha mandado a revisar no sé qué del montaje de los equipos.
                - ¿Y tu identificación?
                - Calla… Ni me hables de la identificación, esto es un puto caos, nos han dado acreditaciones por cuadrilla, no individuales, la mía la lleva mi jefe que se ha quedado fuera de la carpa… ¿Sabes por dónde llego a la zona de revisión de los equipos?
El seguridad le miró extrañado.
                - Aquí sólo se accede a barra… ¿Cómo dices que se llama tu jefe?
                - Carlos. Es el encargado de Enges.- Y sin darle tiempo a contestar añadió- ¡Ah, no! Es por allí… Ya está claro. ¡Gracias!

Y Luis fue con paso decidido hacia la puerta izquierda.

                - ¡Para!

Pero Luis no paró. Llegó hasta la puerta. La abrió. Al otro lado había una abarrotada barra. Cerró la puerta tras él y sostuvo el pomo. Notó cómo alguien la intentaba abrir. Divisó un sitio libre en la barra, y se abrió paso entre los camareros hasta allí. La puerta se abrió y el seguridad que le había parado apareció. Gritó. Pero Luis ya estaba en la barra.

                - ¡Ponme una cerveza!- Gritó uno de los asistentes al concierto.

Pero en lugar de servirle, Luis se subió a la barra. Pasó al otro lado y, sin llegar a correr, fue abriéndose paso entre la gente, llegando poco a poco al centro del concierto, a la algarabía, a la multitud... Allí estuvo saltando cinco minutos, con la mirada más puesta en los guardas de seguridad que pudiera haber que en los músicos. Finalmente se alejó hacia el final de la multitud, sacó su móvil y escribió a sus amigos.

                - Estoy dentro.

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