Cuando el mes de
Marzo comenzó llegué a la última ciudad. Al ir acercándome, pude observarla
reflejada en una pantalla de fuego, su majestuosa imagen ardía sin consumirse,
aunque si mirabas al otro lado, no había rastro de ella; únicamente existía por
y para las llamas que la acariciaban. Se llamaba Valentina.
La ciudad, otrora
amurallada, sólo mantenía de su pasado sendas puertas que en realidad eran dos
pares de torres. Una de ellas atestiguaba con su aspecto las batallas que en su
derredor se libraron; de la otra, restaurada, contaban que a sus puertas mucha
gente tuvo que dormir con la luna como centinela.
Sus calles estaban llenas de gentes que caminaban en la
misma dirección; me traían a la memoria el cuento del flautista de Hamelín, con
la salvedad de que el sonido que las embriagaba era el de la pólvora.
Los vehículos solamente
circulaban por los anillos que rodeaban la urbe, sin posibilidad de transitar
de uno a otro, unos monumentos se lo impedían. Estos eran grandes o pequeños y
no representaban ningún dios, ni militar, ni héroe sino que eran una suma de
personajes grotescos que conseguían, siendo de cartón-piedra, encarnar la
transitoriedad al ser esculpidos no para la posteridad sino para escasos días.
Debido a esto, las personas se apresuraban
a admirarlos girando a su alrededor con la vista elevada y el dedo índice
dirigido a ellos, ya que el fin para el que se erigen es acabar consumidos en el fuego. Si,
esta ciudad renace año tras año de estas cenizas. Desconozco si este acto
cíclico la perfecciona, pero al menos la mantiene viva en el interín.
Aunque no pude ver
ningún aviso que lo indicara, en Valentina está prohibido dormir; los mismos
habitantes se ocupan de que se cumpla. Hacen turnos: unos cantan y bailan por
la noche y otros por la mañana lanzan cohetes por los barrios; para ayudar a
tal fin, en cada esquina instalan puestecillos, no sea que las fuerzas flaqueen
y alguien caiga en la tentación de acostarse.
También las flores de
esta tierra tienen una peculiar cualidad: aúnan una vez al año las voluntades
de las personas, haciéndolas desfilar
durante dos días como un ejército de paz y alzar una imagen floral. Tras
culminar dicha gesta la misma flora concita a las nubes y éstas sin tardanza
acuden bajo forma acuática a su llamada.
El río que atraviesa
Valentina es verde, porque así lo quisieron los lugareños, pero no es navegable
sino que, como otra paradoja más de las que esta ciudad tanto hace gala,
todo su cauce se puede recorrer a pie
enjuto.
No hay comentarios:
Publicar un comentario