domingo, 21 de abril de 2013

VALENTINA



 Cuando el mes de Marzo comenzó llegué a la última ciudad. Al ir acercándome, pude observarla reflejada en una pantalla de fuego, su majestuosa imagen ardía sin consumirse, aunque si mirabas al otro lado, no había rastro de ella; únicamente existía por y para las llamas que la acariciaban. Se llamaba Valentina.

 La ciudad, otrora amurallada, sólo mantenía de su pasado sendas puertas que en realidad eran dos pares de torres. Una de ellas atestiguaba con su aspecto las batallas que en su derredor se libraron; de la otra, restaurada, contaban que a sus puertas mucha gente tuvo que dormir con la luna como centinela.

Sus calles estaban llenas de gentes que caminaban en la misma dirección; me traían a la memoria el cuento del flautista de Hamelín, con la salvedad de que el sonido que las embriagaba era el de la pólvora.

 Los vehículos solamente circulaban por los anillos que rodeaban la urbe, sin posibilidad de transitar de uno a otro, unos monumentos se lo impedían. Estos eran grandes o pequeños y no representaban ningún dios, ni militar, ni héroe sino que eran una suma de personajes grotescos que conseguían, siendo de cartón-piedra, encarnar la transitoriedad al ser esculpidos no para la posteridad sino para escasos días. Debido a  esto, las personas se apresuraban a admirarlos girando a su alrededor con la vista elevada y el dedo índice dirigido a ellos, ya que el fin para el que se erigen es  acabar consumidos en el fuego. Si, esta ciudad renace año tras año de estas cenizas. Desconozco si este acto cíclico la perfecciona, pero al menos la mantiene viva en el interín.

 Aunque no pude ver ningún aviso que lo indicara, en Valentina está prohibido dormir; los mismos habitantes se ocupan de que se cumpla. Hacen turnos: unos cantan y bailan por la noche y otros por la mañana lanzan cohetes por los barrios; para ayudar a tal fin, en cada esquina instalan puestecillos, no sea que las fuerzas flaqueen y alguien caiga en la tentación de acostarse.

 También las flores de esta tierra tienen una peculiar cualidad: aúnan una vez al año las voluntades de  las personas, haciéndolas desfilar durante dos días como un ejército de paz y alzar una imagen floral. Tras culminar dicha gesta la misma flora concita a las nubes y éstas sin tardanza acuden bajo forma acuática a su llamada.

 El río que atraviesa Valentina es verde, porque así lo quisieron los lugareños, pero no es navegable sino que, como otra paradoja más de las que esta ciudad tanto hace gala, todo  su cauce se puede recorrer a pie enjuto.

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