viernes, 18 de enero de 2013

La habitación de hotel

Parece una habitación normal, impersonal, de hotel; uno de esos de negocios, con tres estrellas tras el nombre, en el centro de cualquier ciudad. Pero pequeños detalles marcan la diferencia. Ésta habitación había sido arreglada, ya tenía un huésped y aunque de momento no se encontraba en la habitación, pronto sería ocupada.

Al entrar todo incita a la calma, los suaves tonos pastel de ocres, marrones y verdes crean una pacífica atmósfera. Los suelos de suave y mullida moqueta verde oliva, aíslan del frío y amortiguan los sonidos. Las paredes están forradas con papel de fondo beige con finas líneas marrones interrumpidas de vez en cuando por verdes tréboles de cuatro hojas. Incluso las insulsas láminas abstractas que cuelgan de la pared de la derecha y sobre la cama, mantienen la gama de colores. Los visillos ocres ocultan las ventanas situadas a la izquierda, mientras que han sido descorridas las cortinas a cuadros verdes y marrones, dejando pasar la luz exterior.

Lo más significativo de la habitación es el lecho doble que está abierto, con las cubiertas, a juego con las cortinas, dobladas perfectamente a los pies. Los blancos almohadones están levantados y apoyados sobre el macizo cabecero de oscura madera. Los cojines decorativos sin estampados, verdes y marrones reposan en la butaca bajo la ventana. A su lado sobre la mesita auxiliar hay una champañera manteniendo un Pago de Tharsis a su temperatura óptima, una bandeja con un par de copas y una caja de trufas de chocolate negro. La luz de la tarde entra tamizada a través de las cortinas, atraviesa perezosa la botella de cava rebotando en el espejo del tocador y llena la habitación de esferas luminosas en varios tonos de verde. Sobre la mesita de noche hay una antigua pitillera de plata entreabierta, de la que sobresale la esquina del envoltorio plateado de un profiláctico.

A la derecha de la habitación está la puerta que lleva al baño, donde tres grandes velas blancas arden esquinando la gran bañera llena de humeante espuma. Las llamas bailan reflejadas en los brillantes azulejos crema que cubren las paredes. Los suaves albornoces habían sido desplegados y cuelgan cerca de la tina. La cinta de plástico que certificaba la desinfección de la taza ha desaparecido. En la marmórea encimera negra de dos blancas pilas, se alinean en perfecto orden a la derecha de cada uno, los artículos de aseo, peine, cepillo de dientes y pastilla de jabón; que habían sido librados de sus envoltorios. A la izquierda de la encimera, en el ángulo donde se une a la pared, un lápiz de labios rojo, ha quedado olvidado. El gran espejo parece ahumado por el vapor desprendido del agua caliente que llena la bañera. Y en vez de ese olor estéril, propio de hosterías bien llevadas, se puede apreciar un suave olor a rosas, producido, tal vez por las velas al calentarse la cera o quizá por la espuma del baño.

Volviendo a la habitación, abrimos el pequeño armario, que se sitúa al lado del tocador, frente a la cama; esperando ver la ropa de viaje del ocupante de la habitación, nos sorprende que todo esté vacío. Excepto, que si rebuscamos un poco, encontramos en un cajón de la cómoda una bolsa de papel que contiene una caja de joyería con un juego usado de zarcillos; un anillo y un brazalete de plata; y una colección de tarjetas postales de varias ciudades de Europa, sujetas con un elástico de cabello, con las mismas frases en cada una de ellas: “Te echo de menos. Quisiera que fueras tú la que estuviera a mi lado. Tuyo, Miguel”

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