No sé donde estoy. Me siento perdido. No me encuentro
ni reconozco lo que me circunda. Quizá estuve aquí en otra vida y es la
nebulosa convertida en recuerdo lo que veo. Incluso el olor que percibo me
plantea incógnitas difíciles de indagar -tal vez demoniacas o simbólicas-
leídas en alguna de mis novelas o relatos preferidos.
¿Quizá haya salido del Libro de la Selva, uno de mis
libros escogidos desde niño? o ¿Es posible que me montara, distraído en un autobús equivocado y
me durmiera? o mil dudas, no importa el motivo.
Lo cierto y lo recuerdo con precisión es que
el lugar era inverosímil y un tanto inexplicable. No sé todavía
si era o es un paraje sosegado o tal vez
demoniaco con aullidos extravagantes. Un monstruo emergente, se define,
mientras la luna se escabulle entre nubes negras y los sables
acuchillan el agua.
Recorro mentalmente esa vivencia intemporal e
intrigante que comienza chirriando en mis oídos y dudo cual puede ser
su fin.
El paisaje cambiante, un puzle con recovecos, sombras
y luces. Con el cambio de luz los árboles mudan de trajes, se convierten en
otras especies. Los personajes aguardan su momento sin descubrir sus rasgos
físicos, su identidad, sus pretensiones. Juegan a despistar en ocasiones
utilizan escafandras, en otras llevan sobre su cuerpo clavos y uno de ellos
destornillador, martillo y tenazas. Es posible que consigan el fin, tienen una
meta y deben de cumplirla.
El silbido del viento corre ágil, tras él unos folios
que escapan de mis manos.
El sol entra en un habitáculo rectangular por una
ventana sin cristales.
El puñal cristalino que colgaba del ángulo de una
esquina se ha desplomado. Los pedazos de vidrios lanzan brillos. Por el suelo
lápices, tablest, ordenadores. En el rincón más oculto un geniecillo,
portador de un gran bote con pincel, embadurna un montón de astillas que se
apretujan y se pegan formando puntales cuadrados
Entre el rumor escucho un relato
de aventuras inconexas. Voces tenues pero penetrantes. Necesito verificar
quienes son los narradores, no los encuentro. Observo, intentando divisarlos
pero no. ¿Serán Elfos? Tampoco. No encuentro gnomos por ninguna parte, ni
mucho menos humanos o narradores invisibles.
La situación me
apabulla.
¡Crac!, ¡!crac! ¡Crac!
Me infiltro en el lugar para descubrir quien apalea el suelo. Un pequeño
ser corretea entre los cristales rotos.
Salta sobre ellos hasta que chispean formando una hoguera violácea. Sus
llamaradas ciegan, de cada una se forma otro maligno ser. Necesito poner en
marcha mi utillaje mental para que reviente mi cabeza y averigüe qué pasa o qué
me está ocurriendo.
Una voz en off.
▬ ¡La maldad de los hombres ha de ser redimida por
nosotros! Hay que estrangular la perversión humana, un ejército de
espíritus se aproxima para la exterminación. Huid, viene la hecatombe.
Otro golpe devastador abre una brecha en el suelo.
Suena a reivindicación su impacto. La vegetación cimbreante del exterior
parece que quiera contarnos un cuento hindú o un relato sobre la negritud.
Una sentencia ronca en off en la desposeída
habitación:
▬ ¡Bravo no desesperéis, soñemos!
¡Sí, soñemos! Presiento que a nuestro alrededor hay seres excepcionales.
Otro golpe enérgico capta mi atención. Tal vez quiera
advertirme o reajustar esta excepcional
situación. Los liliputienses entrometidos maniobran el terror.
▬ ¿Creéis que esa melodía hindú que hemos escuchado no
procede de India, sino qué es el rumor de un canto espiritual de los esclavos
negros?
▬ Siempre con dudas. No sé hasta dónde puede llegar tu
fantasía.
¡Cata cras! Cachiporrazo sobre el suelo de
arcilla.
▬ Estos seres inanimados cada día son más ácratas.
Intuyo que esos gestos que realizan están posiblemente copiados de “Las
mil y una noches.”
No es creíble lo que escucho y veo.
Otro golpe seco en el suelo. Repito no me puedo creer lo que percibo. No.
No .No. Por la ventana desvencijada veo animales que avanzan dando golpes
rítmicos y sobrios que recuerdan el trote de camellos. Todo es tan excepcional
que he de controlar mis pensamientos, resguardarlos, apresarlos como hacen las
manos hábiles de las tejedoras que
sujetan los hilos con sus dedos sin que
se desparramen.
Una nueva voz surge al unísono con el ruido
que se escucha al apalear el suelo con una tranca de madera.
¡Alejaos de lo que creéis ver y escuchar! Tenéis que desligaros de lo
absurdo para llegar a entender la trigonometría, el álgebra, el astrolabio.
Dejaos de sueños sin alas. Conozcamos la Tierra, las latitudes y las
longitudes salvando los errores de Ptolomeo. Pongámosle buena nota –aunque más
que alumno es maestro-.
Ahora que las patas de madera
han dejado de hacer ruido, de dar golpes
para reivindicar sus peticiones, sus ideas y
enmarañarnos en un mundo irreal guardemos el más estricto
silencio. Ahora que la encimera de madera se despereza
colocada en su lugar, sobre sus patas dejemos de soñar a pesar de
escuchar el gran Concierto de la Humanidad: pájaros, rugidos de león, bramidos
de jirafas en celo…
Silencio. Las patas de madera han tomado conciencia de
su ser. Han calmado su algarabía y se han colocado para sustentar la encimera y
actuar como lo que son, una mesa. Ya no reivindican rebelión. Ejercen la
profesión de mesa, sobre ellas manuales, cuartillas, lápices, rotuladores… Uno
de los libros, insolente, repite en forma de canción:
Acallad vuestras voces, no vuestra imaginación. Con
ella nos espera el Mundo de la Ciencia y La Razón. El elixir de la Naturaleza,
de los Cuentos… y la Libertad
La protagonista del cuento ya está
desenmascarada, es la mesa
▬ ¿Y ahora qué?
▬ Abrid los ojos. Mirad el
horizonte, respirad fuerte. Escribid.
“La
Negritud”
Los negros son:
Los que no han inventado ni la pólvora ni la brújula;
Los que nunca han sabido domar el vapor ni la
electricidad;
Los que no han explorado ni los mares ni el cielo;
Pero
aquellos sin los cuales la tierra no sería la tierra.
(Testimonio de un poeta antillano,
Aimé Césaire, en Albert Gerard, Humanisme et
Negritude)
Poco a poco
oscurece. El aula ordenada, los alumnos se han ido y con ellos la
aventura, la magia. La mesa protagonista descansa, hasta creo que sus patas
dormitan.
¿El otro protagonista?
¡Cierto que lo habéis descubierto!
Soñad… Hasta mañana.
Carmen Berga
Benedito.
La Eliana
9-11-2015
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