Han pasado tantos años desde aquel
día y, sin embargo, aún puedo evocar el sonido del teléfono desgañitándose en
el salón. Al otro lado Natalia, diciéndome que tenía algo importante que
contarme. Quedamos en vernos aquel fin de semana para ir al cine, entonces me
contaría.
Desde el primer momento, todo aquello
no me dio muy buena espina, lo confieso tenía miedo, no quería escuchar lo que
me iba a decir, así que decidí no preguntar. Es más, no paré de hablar, no quería
dejarle ocasión de sacar el tema. Ella parecía tranquila, tan natural como de
costumbre, su voz, su rostro, cada uno de sus gestos, nada fuera de lo normal.
Ni un ápice de nerviosismo, de incomodidad o malestar podía adivinarse en su
comportamiento. De camino a la cafetería que solíamos frecuentar, yo trataba de
disimular mi gran inquietud y, en un intento más por posponer aquella
conversación, me dedicaba a hacer mi enésima referencia a Kieslowski. Una vez
allí, pedimos lo de siempre y seguí echando mano de todos los recursos que se
me antojaron para eludir lo ineludible. De Bogart a Camus pasando por Woody
Allen, dilataba mi discurso, mi interminable soliloquio. Estoy convencido de
que aquel monólogo podría haber batido varios records mundiales, estuve a punto
de conseguirlo, si no lo hice no fue porque agotara todas las gilipolleces que
era capaz de decir. Por un instante, dejé flotar un mínimo silencio en el aire,
Natalia se agarró a él y fue entonces cuando entonó la letra de la más triste de
las canciones que jamás haya podido escuchar. “Tengo una buena noticia” dijo. “Me
han concedido una beca para ir a hacer el doctorado a Alemania” remató.
Sentí como el mundo se abría bajo
mis pies. Me vi proyectado en la pantalla de aquel cine del que acabábamos de
salir, en los fotogramas más catastróficos que mi mente podía imaginar. La
tierra quebrada en dos, yo precipitándome al vacío por aquella enorme y profunda
grieta. Fragmentos de roca se iban desprendiendo de ambos lados de aquella
infinita fisura e iban impactando contra mí. Mi cuerpo magullado, manoteaba con
un doble fin, intentar asirse a algo firme para refrenar la caída y, a la vez,
evitar los impactos de aquellos desprendimientos. Pero no había nada que hacer,
todo era inútil ya.
Después, no recuerdo mucho más, ni
de aquella tarde, ni de los días que siguieron. Parecía un zombi vagando de
aquí para allá, todo carecía de interés a mí alrededor.
Cuando por fin conseguí volver un poco en mí, me dediqué por
completo a la literatura. Escribía con vehemencia, las palabras rezumaban de
mí, de aquella herida, de aquellos puntos de sutura que con resignada paciencia
había ido pespunteando para tratar de
cortar aquella hemorragia de dolor. Con el tiempo dejó de sangrar y simplemente
supuraba.
Siempre supe que la beca fue la excusa perfecta para dejarme
atrás, su cobardía le impidió reconocerlo. Ni siquiera dejó una puerta abierta
para que la acompañara en su viaje. Sin ninguna duda hubiera hecho las maletas,
me hubiera largado al lugar más infernal y alejado del mundo solo por estar a
su lado, así de estúpido era entonces, así de estúpidos nos hace el amor. Sí,
el maldito amor, aquel que un día sentí por ella y que nunca he vuelto a sentir
por ninguna otra. Cada vez que el corazón intenta latir con un poco más de fuerza,
con ese compás atolondrado que solo le da el amor, esos puntos de sutura arañan
las paredes de mi ventrículo izquierdo y
me recuerdan todo lo que sufrí. Los zurcí expresamente de aquella
manera, tan tirantes, sin apenas holgura, de modo que nunca fueran capaces de
ceder y ante el menor estremecimiento o el más mínimo atisbo de algún tipo de
emoción hicieran saltar aquella alerta, aquella hiriente señal.
Dejé ese sentimiento abandonado en la cuneta de mi camino,
en aquel preciso instante donde mi alma se hizo pedazos, ahí lo solté para no
volver a abrazarlo nunca más. Sin volver la vista atrás camino errante entre
parajes poblados de letras, de palabras sombrías, de frases funestas. Y heme
aquí, ante estas páginas en blanco de nuevo, deshabitadas, huérfanas de tinta,
de sudores y de lágrimas aun. Yo les daré un hogar, un refugio donde cobijarse,
porque el que sabe de soledad, es quien mejor sabe cómo acallarla.
Sé que ahora lees mis letras y quizás te arrepientas de
haberme dejado atrás pero el pasado está escrito y no podemos rectificarlo.
Nada puede reemplazar a mis puntos de sutura, están ahí por siempre y para
siempre, hasta el día en que las llamas consuman mi cuerpo y los conviertan a ellos, a un mismo tiempo, en
ceniza.
Son muchas otras
las que también leen mis letras y, en busca de un refugio, acuden a mí. Se
deleitan en mi pena, su propia pena, como el reflejo de un espejo que les
devuelve una tristeza idéntica a la suya. Se abrazan a mí y buscan cobijo entre
mis sábanas. Y mis dedos surcan sus cuerpos en una violenta orgía de desencuentros,
en voraces desgarros plagados de desaliento. Y mis obscenas caricias vacías de cualquier
pasión o afecto, navegan a la deriva por pieles efímeras, pieles de un solo día.

Muy buen trabajo
ResponderEliminarEste comentario ha sido eliminado por el autor.
EliminarMuchas gracias, Jose. Hacía ya meses que no conseguía entregar ningún ejercicio. Los empezaba todos y no conseguía concluir ninguno. Así que, simplemente el hecho de haber sido capaz de concluirlo, es toda una alegría. A ver si de aquí a final de curso consigo aplicarme un poco más :)
EliminarSeguro que sí
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