Eras como las gotas de lluvia en
la ventana, como el frío que no sientes cuando llegas corriendo a casa; pero
siempre está, siempre estás. Excepto aquel día, en aquel lugar, en aquel
escenario, delante de aquel tribunal.
El día en el que no apareciste.
El día en el que no apareciste no
fuiste nada, de repente. Ni lluvia, ni frío, ni corrientes de aire, ni sol, ni
amor. No tuviste nada, de pronto, ni tiempo, ni ira, ni paso final, ni pudor. Perdiste tu denotación entre las sábanas y
corriste a buscar la connotación a cualquier lugar excepto en el que debías estar.
¿Qué era el deber, para ti? Si tú
eras libre, decías siempre en clase de Técnicas de la danza. De repente,
parabas todo en mitad de la explicación, te levantabas, alzabas el brazo
izquierdo (nunca el derecho, que eso eran convencionalismos o falsas
incitaciones a tendencias narcisistas) y gritabas usando los tres resonadores: “¡Mi
libertad no depende de esto!”. Y, después, con toda la normalidad te sentabas
en el suelo, con las piernas cruzadas tan excesivamente como te permitía tu
flexibilidad desmedida, sonreías cálidamente y cerrabas los ojos una décima de
segundo. Cuando los abrías ya no quedaba rebelión, solo el azul intenso de unas
pupilas sedientas de aprender y terminar lo que quiera que estuvieran haciendo.
En conclusión, el deber para ti era ese punto que te hacía levantarte y gritar.
Y creías que se esfumaba en el momento en que cerrabas los ojos. Ya volvería la
siguiente clase y lo harías huir de nuevo. Así de fácil.
Qué pena que te dieras cuenta de
que estabas equivocado el día en el que no apareciste.
El día en el que no apareciste
fue el día más triste de tu vida o eso pensaste en el momento en el que no
abriste los ojos cuando sonó el despertador. “Lights go out and I can't be
saved. Tides that I tried to
swim against”. Ni siquiera lo apagaste, lo dejaste sonar vilmente, como solía
hacer tu vecino del tercero A cada
mañana desde que te habías mudado a ese lugar: cada día desde las siete de la
mañana hasta quién sabe cuándo en períodos de quince minutos sonaba la maldita
melodía a la que incluso le habías apropiado una coreografía, para sacar
provecho a las situaciones desagradables, como tú siempre hacías. La diferencia
era que la tuya no era una melodía predeterminada de los “malditos teléfonos móviles que nos controlan a todos”. La tuya era
la única que no habías terminado odiando después de escucharla cada mañana al
despertar durante cuatro años. ¿Por qué? Siempre dijiste que la razón de que no
la odiaras era que realmente querías despertarte para hacer lo que estabas
haciendo. Ya sabes, abrir los ojos, poner los pies en el suelo, ducharte,
mirarte más tiempo del necesario en el espejo, vestirte y salir corriendo
porque llegabas tarde. Pero lo más importante era lo que venía después: teoría,
práctica, ensayos y exámenes.
¿Por qué cambiaste de opinión el
día en el que no apareciste? Si, como siempre, sonó tu melodía.
El día en el que no apareciste
abriste los ojos tres horas más tarde de que sonara tu despertador (pero solo
una desde que había dejado de sonar el del residente colindante), cuando ya todo hubo terminado. Todo a lo que
renunciaste. Abriste los ojos, se oscureció tu azul durante un par de segundos
y decidiste que ese día, por ser el más triste, no los cerrarías ni una sola
vez. Después, moviste los dedos de las manos tranquilamente para saber que
seguían contigo, que no los habías defraudado tanto como para que se fueran corriendo.
Igual hiciste con los pies, porque ellos tenían más posibilidades en un rango
del uno al cien de sí salir corriendo, por eso de la práctica. Todo dependía de
la práctica, cosa que te sobraba desde el primer día de esos mil cuatrocientos
sesenta que ya habías vivido. Increíblemente, todo seguía en su sitio. Por un
momento, tu corazón estaba dividido porque no sabías si era así por deber o por
lealtad. O por necesidad, porque, ¿qué hacía un dedo pulgar sin morada por las
calles de la ciudad? De cualquier modo, no quisiste que la ira se apoderara de
la tristeza que ya amenazaba con levantar su brazo izquierdo; así que pusiste
los dos pies en el suelo y miraste hacia el techo de colores. Cuánto tiempo
pasaste subido a la silla de ruedas, de puntillas, practicando el arabesque temerario y trazando líneas curvas
por todo el techo con la pintura que habías adoptado por piedad en la tienda de
debajo de casa. ¡Para algo me tendría que
servir! Y, de repente, sonreíste, pero sin enseñar los dientes, que eso era
solo para las fotos y para los amigos (y para los días felices). A la pintura
le sobraba con las comisuras (y a los días tristes).
El día en el que no apareciste te
diste un baño de espuma antes de salir de casa. Pero como no tenías pastillas
de espuma ni bañera, te conformaste con tres dedos de agua en la ducha y con
gel de leche. Y, por favor, qué bien se sentía ahí dentro. Te vestiste de gala,
con los zapatos que no habías usado desde la mudanza porque “eran para una ocasión especial” y con
la camisa de cuadros de los jueves, vaqueros claritos y el gorro de lana que
apenas dejaba entrever tu flequillo dorado entre tanto carmín. Estabas guapo,
como siempre, pero no quisiste mirarte al espejo. No querías saberlo, no
querías enfrentarte a tu azul, ni a tu decisión.
Saliste de casa sin decir nada,
mirando al frente; pero justo al cruzar el umbral de la puerta paraste en seco,
como solías hacer cuando cruzabas el telón rojo. Una llamarada de
responsabilidad ardía en tu pecho, casi como si fuera el niño pequeño de ojos
azules que todo el mundo tiene que proteger. Y tras el amago de cerrar fuerte
los párpados, tu única reacción fue apretar la mandíbula y los puños tan fuerte
como lo habría hecho quien dice adiós al niño pequeño de ojos azules por última
vez. Bajaste por las escaleras, para no variar, no querías darle el placer al “maldito ascensor” de sentirse
importante otra vez, de hacerse de rogar por hacer solo dos cosas: bajar y
subir. ¿Quién no quiere esa vida? Tú no la querías, nunca la quisiste; pero qué
curioso que todos los días subías y bajabas las escaleras, igual que el
ascensor.
No te atrevas a mover ese brazo
izquierdo.
El día en el que no apareciste
soplaba un viento polar en plena guerra con los rayos del sol más valientes de
todo el universo. Ellos sí se atrevieron a aparecer. Tú ni siquiera hiciste una
advertencia, ni una indirecta, desapareciste sin más, un día. Un solo día. Te
tapabas la boca con los cuellos de la camisa y si lo hubiera hecho cualquier otra
persona habría sido una imagen espantosa, pero tú… Tú siempre fuiste especial,
por ser tan egoísta y cruelmente guapo o por tu mente enrevesada, tus
laberintos sin descifrar o tus camas a medio hacer. Dudaste un momento al poner
el pie en la acera pero rápidamente giraste a la izquierda, cómo no, justo en
la dirección contraria a la que debías
ir. O debías haber ido hacía ya tres
horas y media. Y donde fuiste fue todo un misterio hasta ahora. Y es que ni
siquiera tú lo llegaste a saber en el momento. ¿Huías o solo respondías a los
impulsos a los que tan fiel te considerabas?
¿Acaso dejó de ser, en el día
triste en el que nunca apareciste, tu obra final el impulso perfecto que daba
luz a tu azul?
Si era un misterio tu decisión,
igual de compleja que tu manera de oponerte a todo, ahora es cuando necesita
dejar de serlo. Cuando va a dejar de serlo.
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