Hace unos meses estuve en la
India. Dicen que en cada viaje hay
momentos que no se olvidan nunca. Ahora es difícil decir cuáles serán los
afortunados, aquéllos que, mucho más tarde, al oír la palabra India, aparecerán
de nuevo como vueltos a vivir. No sé por
donde entran, por el oído supongo, me imagino la palabra “india” entrando a
través del oído, recorriendo conductos, cavidades, dando giros hasta llegar al
cerebro, tiene que llegar al cerebro, porque todo acaba allí, dicen. Y allí
evoca. Sin más. No sé cómo hacen allí las palabras para evocar un lugar, una
persona, una sensación. Y tampoco sé qué momentos acabaran siendo evocados
cuando la palabra “india” acuda a mí años después de este viaje. Si pudiera elegir… -el resto acabarán olvidados, como en un
desván, solo que en un desván se puede volver a entrar, pero en el de los
momentos olvidados no. Si pudiera elegir, me gustaría volver a sentir la
llegada a Chandrapore. Llegar a una estación en La India por primera vez es uno
de los momentos que difícilmente llegan a olvidarse. El aire se mastica, pesa,
cuesta respirarlo, y huele. No sé a qué, no es a especias, no huele a especias
en una estación. Estaría bien que así fuera, inmediato de trasmitir, huele a
cúrcuma, a cardamomo. Pero no, una estación en La India huele a otras cosas, huele
a humo, a rincón sucio de orín, a animales, y al olor corporal de cientos de
indios hacinándose, subiendo sin dejar bajar, bajando sin dejar subir,
compartiendo sudor y perfume, se perfuman las indias. Y los indios. Y a vendedores
de frutas, olor a fruto caliente que rezuma, y a aliento, ofreciéndose, su
maleta, sahib, y a oriente, que es la descripción más fácil. La sensación de
desconcierto, de ahogo, tarda en desaparecer. La mente está demasiado ocupada
en entender el caos al que se enfrenta, unos minutos. Es cómo ese estado de
semiinconsciencia que padecemos al despertar bruscamente tras el sueño, en unos
segundos no estamos despiertos ni dormidos, no somos. Después, al despertar, todo
se vuelve más claro. Hay que avanzar, eres uno más, también sudas, no te
importa el polvo que impregna tu vestido, ni el barro que cubre tus zapatos, ni
el sudor compartido, sudor blanco con sudor indio, hay que avanzar. -Se acerca
la parada, hay que ir volviendo poco a poco, ya no eres del libro, ahora sólo lees-
Por fin, la mano en alto, lo ví. Es fácil distinguir a un inglés entre tanto
indio, porque el blanco de su rostro refleja más el implacable sol, se
convierte en un astro que irradia, quizá por eso da fuerzas para seguir.
¡Ronny!. ¡Adela!.. -Sólo una parada-. Más tarde, durante el té en el club, los olores
más familiares, sentí como estaba en parte del Imperio. Allí todos los rostros son
blancos, el corazón ya no late tan fuerte, respiro seguridad. Pero ya no
irradian. Desde que hace unos meses se juntaron esos indios y empezaron a
recriminarnos y a exigir derechos, ningún inglés dormía ya de un tirón. Y no era
el calor. Cualquier día, se rumorea, pedirán la independencia. Cierro el libro.
-Próxima parada, Liceu.
Casi me paso otra vez. La última vez
que viajé en metro acabé en Sabadell, final de parada. Pero no porque yo me distrajera
leyendo. Fue por ese merluzo. Debía haberse bajado antes, él tampoco iba a
Sabadell. La cabeza gacha, como dormido, apenas se le adivinaban los ojos ni
los labios, y ese libro apoyado en sus rodillas. Pensé que se reía, porque las comisuras de
los labios, al estirarse, trasmitían ese efecto al resto de los músculos de la
cara, como cuando tiro piedras a la fuente de la plaza Cataluña las tardes de
aburrimiento. Hablando de piedras, tendré que arreglar el cristal de la ventana.
A ver si arreglan el interfono. Ayer la piedra era demasiado grande, o la tiré
más fuerte de lo normal. No, eso no. Son tantas veces, el brazo sabe ya cuánta
fuerza tiene que aplicar. Gritar no sirve, te tiran huevos y cubos de agua. Maldito
interfono, le dije a Cándida que esto pasaría, pero arreglarlo no es la
prioridad, mejor ponerle una barandilla a la escalera, anteayer se cayó la señora
del cuarto, se le zarandeó la bolsa de la compra, que llevaba en el lado del
vacío, y cayó. La señora. El merluzo del metro leía. Lo máximo que me enseñaba
era un casposo cuero cabelludo, aderezado con cabellos al aceite de oliva, que
del peso le caían cada minuto, y que él se reajustaba y aplastaba mientras
sostenía ese libro entre sus rodillas. Estaba leyéndolo, no como el de aquel
otro día, que no pasó la página en los quince minutos que duró su trayecto.
Aquél no habría la ojos. Los libros se sienten, pero hasta ahora, hay que abrir
los ojos y leer para que eso ocurra. Este no, éste leía, porque pasaba las
páginas. Y porque se reía, aunque no a carcajadas, la sonrisa perpetua, no como
las piedras de la fuente, cuyas ondas desaparecen. A veces algo catalizaba su
sonrisa, como si le hiciera reír aún más, algo le llegaba al cerebro y le debía
hacer cosquillas, porque subía los hombros mientras tiraba algo de aire por la nariz
y movía la cabeza ligeramente hacia arriba, y las comisuras de los labios se le
estiraban más. Era ese libro. Algo de él le llegaba al cerebro y le hacía
cosquillas, y por eso se reía más. Debe entrar por los ojos cuando se lee, la
frase que hace cosquillas. Entra por los ojos, y detrás de los ojos hay un
cable, eso lo recuerdo de los libros de EGB, y tiene que llegar al cerebro, el
cable, porque todo acaba allí, dicen. Y allí hace reir. Sin más. No sé qué
hacen allí las palabras para hacer reír. Pensé que un libro así le podría venir
bien al comisario Flores, a ver si le iba la mala hostia. Pero no alcanzaba a
leer el título, lo tenía pegado a las rodillas. Sabadell, final de parada. ¡Joder!
¡Hacía tiempo que tenía que haber bajado! El merluzo también se pasó, parecía.
Su cara se levantó con sorpresa, desaparecieron las ondas de las piedras, miró
a la pantalla informativa para constatar que, efectivamente, estaba en Sabadell.
Pasaron esos segundos tras la inmersión en un libro en que no se está, no se es,
que no es lo mismo, digan lo que digan los ingleses, y entonces, al moverse,
alcancé a ver algo del título. “…del tocador de señoras”. ¿Una novela
pornográfica?
De vuelta al Rabal, me enganché a
algo más ligero, no quería pasarme otra vez de parada; de reojo al de la
izquierda. “Ranking de las mejores frases de Gran Hermano 10. Envía tu favorita
al 77554”. Puyol: “ahora me siento más feliz”: El jugador se recupera de las
molestias en sus isquiotibiales y podrá entrenar mañana con normalidad”. Así sí.
El exdirector de TVE3 llama chorizos a los españoles: «Los españoles son
españoles y son chorizos, por el hecho de ser españoles». “. “Collons, que genio,- pensé, “cualquier día, pedirán la independencia”. Próxima
parada, Liceu.
El texto es de José Gadea.
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