martes, 4 de noviembre de 2014

Viaje a ningún sitio



Hace unos meses estuve en la India. Dicen que en cada viaje hay momentos que no se olvidan nunca. Ahora es difícil decir cuáles serán los afortunados, aquéllos que, mucho más tarde, al oír la palabra India, aparecerán de nuevo como vueltos a vivir. No sé por donde entran, por el oído supongo, me imagino la palabra “india” entrando a través del oído, recorriendo conductos, cavidades, dando giros hasta llegar al cerebro, tiene que llegar al cerebro, porque todo acaba allí, dicen. Y allí evoca. Sin más. No sé cómo hacen allí las palabras para evocar un lugar, una persona, una sensación. Y tampoco sé qué momentos acabaran siendo evocados cuando la palabra “india” acuda a mí años después de este viaje. Si pudiera elegir… -el resto acabarán olvidados, como en un desván, solo que en un desván se puede volver a entrar, pero en el de los momentos olvidados no. Si pudiera elegir, me gustaría volver a sentir la llegada a Chandrapore. Llegar a una estación en La India por primera vez es uno de los momentos que difícilmente llegan a olvidarse. El aire se mastica, pesa, cuesta respirarlo, y huele. No sé a qué, no es a especias, no huele a especias en una estación. Estaría bien que así fuera, inmediato de trasmitir, huele a cúrcuma, a cardamomo. Pero no, una estación en La India huele a otras cosas, huele a humo, a rincón sucio de orín, a animales, y al olor corporal de cientos de indios hacinándose, subiendo sin dejar bajar, bajando sin dejar subir, compartiendo sudor y perfume, se perfuman las indias. Y los indios. Y a vendedores de frutas, olor a fruto caliente que rezuma, y a aliento, ofreciéndose, su maleta, sahib, y a oriente, que es la descripción más fácil. La sensación de desconcierto, de ahogo, tarda en desaparecer. La mente está demasiado ocupada en entender el caos al que se enfrenta, unos minutos. Es cómo ese estado de semiinconsciencia que padecemos al despertar bruscamente tras el sueño, en unos segundos no estamos despiertos ni dormidos, no somos. Después, al despertar, todo se vuelve más claro. Hay que avanzar, eres uno más, también sudas, no te importa el polvo que impregna tu vestido, ni el barro que cubre tus zapatos, ni el sudor compartido, sudor blanco con sudor indio, hay que avanzar. -Se acerca la parada, hay que ir volviendo poco a poco, ya no eres del libro, ahora sólo lees- Por fin, la mano en alto, lo ví. Es fácil distinguir a un inglés entre tanto indio, porque el blanco de su rostro refleja más el implacable sol, se convierte en un astro que irradia, quizá por eso da fuerzas para seguir. ¡Ronny!. ¡Adela!.. -Sólo una parada-. Más tarde, durante el té en el club, los olores más familiares, sentí como estaba en parte del Imperio. Allí todos los rostros son blancos, el corazón ya no late tan fuerte, respiro seguridad. Pero ya no irradian. Desde que hace unos meses se juntaron esos indios y empezaron a recriminarnos y a exigir derechos, ningún inglés dormía ya de un tirón. Y no era el calor. Cualquier día, se rumorea, pedirán la independencia. Cierro el libro. -Próxima parada, Liceu.
Casi me paso otra vez. La última vez que viajé en metro acabé en Sabadell, final de parada. Pero no porque yo me distrajera leyendo. Fue por ese merluzo. Debía haberse bajado antes, él tampoco iba a Sabadell. La cabeza gacha, como dormido, apenas se le adivinaban los ojos ni los labios, y ese libro apoyado en sus rodillas.  Pensé que se reía, porque las comisuras de los labios, al estirarse, trasmitían ese efecto al resto de los músculos de la cara, como cuando tiro piedras a la fuente de la plaza Cataluña las tardes de aburrimiento. Hablando de piedras, tendré que arreglar el cristal de la ventana. A ver si arreglan el interfono. Ayer la piedra era demasiado grande, o la tiré más fuerte de lo normal. No, eso no. Son tantas veces, el brazo sabe ya cuánta fuerza tiene que aplicar. Gritar no sirve, te tiran huevos y cubos de agua. Maldito interfono, le dije a Cándida que esto pasaría, pero arreglarlo no es la prioridad, mejor ponerle una barandilla a la escalera, anteayer se cayó la señora del cuarto, se le zarandeó la bolsa de la compra, que llevaba en el lado del vacío, y cayó. La señora. El merluzo del metro leía. Lo máximo que me enseñaba era un casposo cuero cabelludo, aderezado con cabellos al aceite de oliva, que del peso le caían cada minuto, y que él se reajustaba y aplastaba mientras sostenía ese libro entre sus rodillas. Estaba leyéndolo, no como el de aquel otro día, que no pasó la página en los quince minutos que duró su trayecto. Aquél no habría la ojos. Los libros se sienten, pero hasta ahora, hay que abrir los ojos y leer para que eso ocurra. Este no, éste leía, porque pasaba las páginas. Y porque se reía, aunque no a carcajadas, la sonrisa perpetua, no como las piedras de la fuente, cuyas ondas desaparecen. A veces algo catalizaba su sonrisa, como si le hiciera reír aún más, algo le llegaba al cerebro y le debía hacer cosquillas, porque subía los hombros mientras tiraba algo de aire por la nariz y movía la cabeza ligeramente hacia arriba, y las comisuras de los labios se le estiraban más. Era ese libro. Algo de él le llegaba al cerebro y le hacía cosquillas, y por eso se reía más. Debe entrar por los ojos cuando se lee, la frase que hace cosquillas. Entra por los ojos, y detrás de los ojos hay un cable, eso lo recuerdo de los libros de EGB, y tiene que llegar al cerebro, el cable, porque todo acaba allí, dicen. Y allí hace reir. Sin más. No sé qué hacen allí las palabras para hacer reír. Pensé que un libro así le podría venir bien al comisario Flores, a ver si le iba la mala hostia. Pero no alcanzaba a leer el título, lo tenía pegado a las rodillas. Sabadell, final de parada. ¡Joder! ¡Hacía tiempo que tenía que haber bajado! El merluzo también se pasó, parecía. Su cara se levantó con sorpresa, desaparecieron las ondas de las piedras, miró a la pantalla informativa para constatar que, efectivamente, estaba en Sabadell. Pasaron esos segundos tras la inmersión en un libro en que no se está, no se es, que no es lo mismo, digan lo que digan los ingleses, y entonces, al moverse, alcancé a ver algo del título. “…del tocador de señoras”. ¿Una novela pornográfica?
De vuelta al Rabal, me enganché a algo más ligero, no quería pasarme otra vez de parada; de reojo al de la izquierda. “Ranking de las mejores frases de Gran Hermano 10. Envía tu favorita al 77554”. Puyol: “ahora me siento más feliz”: El jugador se recupera de las molestias en sus isquiotibiales y podrá entrenar mañana con normalidad”. Así sí. El exdirector de TVE3 llama chorizos a los españoles: «Los españoles son españoles y son chorizos, por el hecho de ser españoles». “. “Collons, que genio,- pensé, “cualquier día, pedirán la independencia”. Próxima parada, Liceu.

El texto es de José Gadea.

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