miércoles, 15 de octubre de 2014

El lector


EL LECTOR

Desde que entró al servicio del viejo maestro, había soportado estoicamente su mutismo hosco y sus gruñidos de desprecio. Era el pago por estar cerca de una de las plumas más prolíficas del país. Las malas lenguas hablaban de manuscritos no publicados, de obras maestras bajo llave, de un legado sin heredero... Pero la que fascinaba al joven sirviente era la leyenda de las cien obras no escritas, construidas palabra por palabra en su mente, y prisioneras por culpa de una artrosis y ceguera crecientes. El joven siempre estaba dispuesto a empujar la silla de ruedas, a acomodar los cojines y cubrirle con la manta, a acudir al llamado nocturno de la campanilla para socorrerle en sus urgencias; a complacer cualquier petición, y sonreír ante cualquier desaire. A cambio, la única literatura que compartían eran sus lectura diarias. El maestro solicitaba un fragmento, un capítulo, una página concreta, y él buscaba el ejemplar en la nutrida biblioteca. Le leía, mientras el viejo extraviaba su mirada ciega, hasta que un refunfuño le interrumpía. La mera insinuación de su interés por escribir recibía la misma repulsión que el perro que caga en tu portal.

Como todas las noches, el joven fue encendiendo los candelabros de la biblioteca ante la mirada del maestro. Le preguntó si tenía todo lo que necesitaba, si no querría algo de comer, y le recordó que podía llamarle con la campanilla para lo que necesitase. El viejo contenía un exabrupto. Después salió, dejándolo a solas. El cerrojo fue pasado desde dentro. Pasarían varias horas antes de que lo requiriese para llevarlo al dormitorio, extenuado y aún más taciturno, pero de alguna forma más vital. El joven ignoraba qué hacía el maestro, y aun cuando lo atisbó a través de la cerradura, dudó de lo que había visto. Parecía estar pasando las páginas de un libro, empleando el tiempo suficiente para leerlas. Desde el exterior sólo alcanzaba a ver las sombras temblorosas del mobiliario contra las cortinas. Con extrema cautela, poco a poco, abrió un agujero en la habitación contigua. En la más absoluta oscuridad espiaba al maestro. Un libro reposaba en su regazo y lo abría. Las llamas crecían trazando sombras que no reconocía, y el anciano sufría una transformación. Su postura recobraba la firmeza, y su piel el lustre, las arrugas desaparecían como las de la una sábana recién estirada. Y leía. Recorría las páginas con avidez, dejándose llevar por la historia de la risa a la emoción, hasta rozar el llanto; abría los ojos de asombro, contenía la respiración, se turbaba de espanto. Cuando cerraba el libro, la habitación parecía cubrirse de penumbras, y el anciano se desmoronaba en la silla como un cadáver. Al poco hacía sonar la campanilla, y aunque se demoraba nunca veía donde guardaba el libro, ni de donde lo cogía. La escena se repetía cada noche. Había buscado el libro por todas partes sin encontrarlo. El maestro no lo sacaba oculto de la biblioteca, y tampoco parecía existir ningún compartimento secreto. Cuando le cubrió las manos de una tinta invisible para más tarde seguir el rastro, las manchas se limitaban al mismo anciano, y su círculo próximo.

La visita del médico transcurrió como era habitual. El maestro respondía con brusquedad, gruñía que no le hiciese perder el tiempo, que su sirviente tenía mucho que leerle. Sin embargo, el médico parecía disgustado, e incrementó la dosis de medicamentos. En un aparte, el médico preguntó al joven si el maestro había estado sometido alguna tensión o si realizaba alguna actividad que le agotase. ¿Estás haciendo bien tu trabajo?- le preguntó. El joven respondió que sí, y que el maestro llevaba una vida plácida. No mencionó las noches en la biblioteca. El agravamiento progresivo de su salud era natural, pero la velocidad a la que estaba ocurriendo parecía contrariar al doctor. El joven observó al anciano achaparrado en su silla de ruedas, muy diferente al viejo erguido y malhumorado que le había recibido pocos meses atrás. Recordó el creciente peso muerto a la hora de acostarlo, como los días que no podía sostener la cuchara se multiplicaban, y todas las imágenes contrastaban con el hombre que pasaba las páginas del libro a la luz de las velas. De repente, se descubrió preguntándose si sus lecturas nocturnas no habían estado alargándose. Sentía que el tiempo se agotaba.
Mientras leía al anciano, no dejaba de dar vueltas a todo el asunto, y a las razones por las que había entrado a su servicio.
            -No te he dicho que pares.
            -Maestro, ¿qué hace por las noches?- No obtuvo respuesta.- ¿Maestro?
            -¿Qué quieres?
        -Quiero aprender, y quiero serle de ayuda.- La risa del maestro fue como un cuchillo desgarrando la carne.
            -¿Tú? Apuesto a que no has escrito nada en todo este tiempo. Te he dado todo lo que necesitabas, pero no entiendes nada. - El joven trató de protestar.- Te veo leer cada día. Y ahora continua.- Y el joven continuó.

Esa misma noche se detuvo ante la puerta cerrada de la biblioteca, al otro lado el maestro estaba inmerso en su lectura. Si había manipulado correctamente el cerrojo, no debería impedirle abrir la puerta. Echó mano al pomo, mientras repasaba mentalmente el plan. Cuando abrió, una masa de aire caliente lo empujó hacia atrás, las velas crepitaron, mientras las sombras danzaban convertidas en guerreros y barcos de batalla, en bellezas desnudas, en monstruos y en villanos. Al instante siguiente la luz se extinguió. El viejo se hundió en su asiento, lanzando un hondo suspiro, el libro chocó contra el suelo. El joven formulaba sus excusas, mientras volvía a encender los candelabros sin perder de vista el libro. Se agachó a recogerlo, y cuando lo abrió, encontró todas las hojas en blanco. Todas. Se giró hacia el maestro, y por primera vez se percató de que no se había movido ni dicho nada desde que había entrado. Aún respiraba, pero no parecía capaz de verle ni oírle.


Poco tiempo después llegaba el doctor, incapaz de encontrar ninguna explicación para su estado. Interrogó al joven, que respondió con la verdad, al menos la que era capaz de explicar. No podía hablar de su momentáneo rejuvenecimiento, ni de las sombras cambiantes que proyectaba su cuerpo. El joven inspeccionó el libro sin encontrar nada especial, tampoco volvió a desaparecer. Una noche condujo al maestro a la biblioteca como siempre había hecho, sujetó el libro entre sus manos, y movió su cabeza para que sus ojos apuntasen a las hojas vacías. Después salió y cerró. Al poco escuchaba el sonido del libro cayendo al suelo. El maestro no tardó mucho tiempo en morir, y hasta entonces no fue más que una cáscara vacía. Del joven poco más se supo, pero seguramente nunca llegase a escribir. El libro del maestro poseía la magia, y el suyo sólo un montón de hojas en blanco. Quizá nunca llegó a entender nada.

4 comentarios:

  1. José Luis como te dije en clase, me ha gustado mucho tu cuento y lo he leído con interés porque, como siempre los tuyos, me ha parecido bien redactado. El tema, aunque de modo libre, se ajusta al pedido para este ejercicio y aunque se pasa un poco en extensión no se me ha hecho nada largo. Pero sigo pensando que algo se me escapa y que necesito me expliques lo que quiere decir. El viejo quería que El Lector escribiese y de ahí que el libro que cada noche parecía leer estuviera en blanco?. Porque igual que no podía leer y le había pasado esa faceta ¿tenía también la ilusión de poder encomendarle la de escritor?. ¿Buscaba en él su continuidad?. Ya me dirás o lo explicarás en clase porque creo que seguramente hay algo más.

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    1. Gracias, Mariangeles. Me gusta tu idea de que quisiese encomendarle la tarea de escritor por medio de un libro en blanco, y aunque no se ajusta completamente a lo que tenía en mente, tampoco tengo ninguna razón para rechazarla. Como se suele decir, hay tantas versiones de una obra como lectores, o lecturas. A partir de este punto, me sentiré como el pobre humorista que ha de explicar sus chistes. Quizá con un poco más de espacio podría haber transmitido mejor mi idea, o quizá no...

      El viejo maestro no tiene la firme intención convertir al joven en su discípulo o heredero, aunque tampoco rechaza la opción: el joven es quien debe seguir su propio camino. Las elecciones de las lecturas pretenden ser lecciones, pero el maestro no está satisfecho. El joven lee sin prestar atención, y se insinúa que no ha intentado escribir nada en todo el tiempo que está allí. Y es cierto, pues está más interesado en descubrir el misterio del libro, conducido por su avaricia personal, y las leyendas.

      El libro es un objeto mágico, nacido de la imaginación del maestro (las sombras parten de él). El libro permite al maestro convertirse en lector de las obras que ya nunca podrá escribir. Es un nexo a lo más profundo de su consciencia. Pero tiene un coste, consume la vida del maestro. Cuando el joven entra, el hechizo se rompe: el libro que tanto anhelaba permanece, pero el maestro y sus historias se pierden. Las hojas en blanco son el comienzo para cualquier historia, pero el joven no lo comprende.

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    2. Muchas gracias José Luis. Me gusta y convence tu explicación y no la veo del todo reñida con la mía y ese punto me halaga. Aunque veo que la tuya es más profunda y redonda (claro que para eso eres el autor!). Lo único que no me cuadra o entiendo es a que te refieres con lo de la avaricia personal del Lector. Yo no le veo avaricioso. Le veo con curiosidad y falta de inteligencia o sensibilidad para captar los deseos del viejo. Gracias de nuevo!

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    3. Creo que tienes razón sobre el lector. Mi intención era que fuese alguien que pretendía obtener el don de la escritura del anciano, sin esfuerzo; pero repasando el texto, esa idea parece haberse perdido...

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