miércoles, 7 de mayo de 2014

Vivencia

El hogar crepitaba, haciendo danzar grácilmente sus ascuas, caldeando el espacio entre ambos cuerpos frente a la lumbre. El fuego iluminaba su rostro con luz rojiza, arrancando sombras a cada pliegue de su piel, haciendo más pesadas sus arrugas y por momentos el tiempo. Yo esperaba que empezase a hablar pero cada vez que arqueaba sus labios, éstos se cerraban con fuerza acto seguido para contener a los demonios que luchaban por salir, como un viento furioso al otro lado de la puerta. Parecía estar librando una silenciosa batalla consigo mismo pero sus ojos no reflejaban sentimientos, sólo las llamas. Después de unos segundos que parecieron años, abrió la boca y el aire entró, pero no volvió a salir. Siguió absorbiendo y, lentamente, el calor se fue también. Sus ascuas se levantaron, abandonaron los carbones fríos y se perdieron en esa cueva de dientes y labios agrietados. La boca abierta, ahora de par en par, encerraba el crepitar del fuego que poco a poco se fue apagando y quedó insinuado en la negrura de su garganta el fulgor de una imagen. Mis ojos se fueron acostumbrando a la oscuridad y fue ganando nitidez.

Ahí estaba él, sin el peso de tantos años sobre su piel y sin el peso de tanto dolor en sus labios. Me miraba y en su sonrisa vivía ese calor de hogar que había abandonado la hoguera apagada, mi cuerpo frío. Había en ella ganas de vivir, la fuerza de saberse vulnerable pero sentirse invencible, la férrea voluntad de no separarse de aquel alma que acompañaba a la suya, habitando un cuerpo que me era familiar. Pasaron años, décadas, y paulatinamente su piel se fue surcando de arrugas más y más profundas. Pero nunca tanto como aquella sonrisa incendiaria, congelada en el tiempo, enmarcada por tantos momentos, tantas experiencias, por una vida entera compartida con aquel otro cuerpo, hermoso y vivaz. Cuando creí haber perdido la noción del tiempo, éste se detuvo en una imagen vibrante, de tan inestable amenazaba con desvanecerse. En el centro había un elemento discordante, una mancha, una raja, una herida: la boca dentro de su boca era una fina línea, tan inestable como la imagen. No hubiera podido contener demonios si los hubiera, la más mínima brisa la hubiese deshecho, pero cuando por fin se abrió solo albergaba una calma inquieta. Y otra imagen, tenue en la oscuridad de la garganta de la garganta.


Ahí estaba ella, muerta, pesada, sin alma. Apenas se distinguía su rostro pero quedaba en él, en sus facciones tan familiares, un  recuerdo del alma que antes la ocupaba. De golpe, como una revelación, el resto de recuerdos volvieron, aquella cara abrió la boca y mi propia voz retumbó en mi cabeza mientras la habitación seguía en silencio: “Descansa”. El espacio frío que quedaba entre mi ser y el primer cuerpo, sentado, marchito, doliente pero vivo, fue disminuyendo y fui entrando por la boca, pasando por la boca de la boca, hasta la boca de la boca de la boca. Y entonces todas se cerraron al tiempo.

2 comentarios:

  1. ¡Joder! Francamente, siempre me cuesta entender tus textos, y en este tengo algunas lagunas... Pero algunas de las imágenes son brutales. Me encantan.

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    1. Muchas gracias! Lo he hecho leer a unos amigos porque pensaba que seguramente no me había hecho entender y también han tenido lagunas jajaja me he dado cuenta de muchas cosas que se prestan a confusión pero bueno, creo que al final es tan válida como la mía cualquier conclusión a la que hayas llegado ;)

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