sábado, 1 de febrero de 2014

El Transiberiano - 2.000 palabras (final modificado)

Alicia y Roberto subieron ilusionados al tren. No a un tren cualquiera, sino al Transiberiano, al Rossiya, ese tren que prometía experiencias inolvidables, con gente única y paisajes indescriptibles. Aquel viaje se lo había regalado un antiguo compañero de Roberto, íntimo amigo suyo y en deuda con su esposa, que supo diagnosticarle a tiempo un cáncer, lo que le salvó la vida.
Viajaban en primera clase, en un compartimento para los dos solos. Realizaban el trayecto completo de Moscú a Vladivostok, algo que no muchos se atrevían a intentar, pero acorde a su espíritu aventurero. Seis prometedores días de emociones intensas.
Probaron los blinis y los sirniki con mermelada en el desayuno, además de la deliciosa variedad de sopas que ofrecían en el vagón restaurante, como la refrescante okroshka o la famosa borsch con remolacha, sin olvidar platos principales como el guiso de carne o zharkoie, el plov y el especiado lagman, y bebidas como la cerveza kvas o el vodka. Hicieron mucha amistad con un matrimonio ruso de ancianos muy amables, que a pesar de hablar sólo su lengua natal, tenían una facultad especial – sobre todo el hombre – para transmitir lo que querían mediante los gestos y el tono de la voz, y para comprender el ruso tosco y primitivo que Roberto aprendía en la guía de viajes.
Visitaron el Monasterio de la Transfiguración y pasearon a orillas del Volga en Yaroslavl; entraron en los museos de escritores locales en el barrio literario de Yekaterimburgo, aparte de descubrir la agitada historia de la ciudad gracias al guía de un grupo de turistas ingleses en el que se infiltraron. Se hicieron una foto en la escultura que delimitaba el final del continente europeo y el comienzo del asiático.
Pero lo mejor del viaje eran las cenas en el apacible restaurante del tren. Cenaban en una mesa con el matrimonio ruso, pero charlaban también con la gente de las mesas contiguas, intercambiando las experiencias del día, conociéndose y buscando temas comunes de conversación. El ambiente familiar y cálido que se respiraba por las noches era lo que le aportaba un toque mágico al viaje.

El cuarto día todo cambió. Una banda terrorista se hizo con el control completo del Transiberiano. Fue a las 21:00, hora local, a mitad del trayecto entre Krasnoyarsk e Irkutsk. La mayor parte de los pasajeros estaban en los vagones restaurante en ese momento. Resultó tan rápido y organizado que nadie tuvo tiempo de intentar impedirlo. Cuatro personas sentadas en las esquinas se levantaron simultáneamente y sacaron sus pistolas. La gente gritó. Algunos se escondieron debajo de las mesas, pero los delincuentes les apuntaron y les indicaron que se sentasen de nuevo. Alicia agarró fuertemente el brazo de Roberto.
También llegaban chillidos del vagón contiguo. Escucharon un disparo que les heló la sangre. Roberto luchaba interiormente para que no le venciese el pánico. Su mujer comenzó a llorar, igual que otras personas. Dos hombres entraron al vagón llevando a varios pasajeros maniatados. Los echaron de bruces al centro del pasillo. Intentaron incorporarse. El camarero, sentado en el suelo junto a ellos, les ayudó. Roberto escuchó una voz en ruso que venía de alguna parte. Entonces observó que tenían walkie-talkie. Uno de los hombres repitió lo que había dicho la voz. Roberto pidió al camarero que lo tradujese.
-          Quieren médico. Conductor es con problemas.
Le dio un vuelco el corazón. Dirigió a Alicia una mirada de soslayo. No podían llevársela a ella. Esperó durante unos segundos eternos a que se ofreciese algún otro médico, socorrista, enfermero o lo que fuese. Pero el tono interrogante del hombre se había transformado en amenaza, y Alicia se levantó dubitativa. Los dos hombres que acababan de entrar la cogieron y la empujaron hacia los vagones delanteros. Roberto la vio desaparecer tras la puerta. Tuvo que controlar su rabia para no abalanzarse contra los terroristas.

¿Qué pretendían? ¿Querían un rescate? ¿Negociar con el gobierno? No tenía la menor idea. Y su mujer en manos de esos desgraciados. ¿Y si no era capaz de salvar al maquinista? ¿La matarían si fracasaba? Se estremeció ante la idea de que la violasen. Quiso apartar aquella imagen de su mente, pero resultaba imposible.
Las interminables horas fueron pasando lentamente, minuto a minuto, bajo la constante vigilancia de las cuatro pistolas. Cerca de las tres de la madrugada atravesaron Irkutsk sin detenerse. Roberto volvió a preguntarse por enésima vez cuál era su propósito. ¿Qué era tan importante como para secuestrar el Rossiya? ¿Y si…y si pedían algo tan descabellado que el Gobierno no aceptaba? ¿Les matarían a todos? La voz que ocasionalmente hablaba por los walkie-talkies y que el camarero le traducía no le daba ninguna pista. Pero aportaba algo de información sobre lo que ocurría fuera de su vagón, como que una mujer sufría un ataque de ansiedad, que se habían encargado – no aclaró de qué modo – de un pequeño grupo que intentó sublevarse, y más tarde que todo se encontraba bajo control. Aquello desmoralizó a Roberto.
La siguiente noticia que escupió la voz fue que el maquinista había muerto.
¿Entonces por qué no regresaba su mujer?¿Por qué no la traían?¿Qué le habían hecho?¿Qué le harían a continuación? Y si el piloto estaba muerto, ¿significaba eso que nadie dirigía el tren?¿O alguno de los terroristas estaba preparado para manejarlo? No soportaba más la tensión. Necesitaba escapar de allí. Pero cualquier movimiento sospechoso o brusco que realizase podía suponer su muerte y la de los demás. Esa sensación de impotencia le creaba una angustia indescriptible. Era imprescindible un buen plan y actuar todos en grupo. ¿Cómo atacar a cuatro personas armadas que no dejaban nunca su espalda al descubierto? Por muchas vueltas que le daba no encontraba solución. De pronto se planteó una pregunta esencial: ¿era posible desarmarles o dejarles inconscientes sin morir en el intento? No. Debían matarlos antes de que los terroristas les matasen a ellos. Esa respuesta le llevó a otra cuestión: ¿actuar al unísono garantizaría la supervivencia de todos los pasajeros? Tampoco. Tomar conciencia de todo aquello, que le pareció una verdad indiscutible, le revolvió las entrañas. Aun así, había que intentarlo. Respiró honda y profundamente hasta conseguir calmarse un poco. Luego miró a su alrededor. Una mujer susurraba a su hija tratando de distraerla. Un hombre confesaba sollozando un secreto que había ocultado durante años.

Estaba casi convencido de que los terroristas entendían únicamente el ruso. En la mesa de detrás se sentaban un suizo y un holandés, con quienes solía conversar los días anteriores. Ambos hablaban francés y Roberto se defendía con el idioma. Les preguntó, aparentando toda la tranquilidad del mundo, y sin gesticular mucho para que los delincuentes no sospechasen nada, si se unirían a una revuelta en cuanto hubiese oportunidad de contraatacar. Obviamente, asintieron sin dudarlo. No tenía ningún plan concreto; lo que Roberto pretendía simplemente era que estuviesen atentos para actuar lo más rápidamente posible a su señal o a la de cualquier otro rehén. También les pidió que transmitiesen el mensaje a los dos compañeros ingleses de su mesa. El matrimonio ruso captó la idea en la mirada decidida de Roberto. Los demás francófonos del vagón le habían escuchado y lo dijeron a otra gente, pero no en ese instante ni todos a la vez, sino bastante más tarde y de forma alternativa, por miedo a levantar sospechas. Esa compenetración ayudó a relajar en cierto modo la tensión del ambiente.

Sin embargo, las horas pasaban y la oportunidad no aparecía. Roberto siguió cavilando. Suponiendo que tuviesen éxito y lograsen controlar el vagón, debían asaltar rápidamente el vagón restaurante contiguo y aprovechar su sorpresa. Se le ocurrió que podrían esperar a que los terroristas entrasen en el suyo y matarlos en la puerta, ya que sólo podían pasar de uno en uno. Pero luego temió que, tras el primer muerto, respondieran asesinando a la gente del otro vagón. Aunque ellos también estarían obligados a entrar de uno en uno. Esa encrucijada le mantuvo pensando un buen rato.

El amanecer mostró el azul intenso y sobrecogedor del lago Baikal. La adrenalina y el miedo mantenían a los rehenes despiertos y alerta, cada uno en la medida de sus fuerzas. Los terroristas tomaban en ocasiones unas pastillas, probablemente anfetaminas.
La voz volvió a hablar. Pero no con la seguridad de antes, sino con un tono de urgencia. La mirada que le dirigió el anciano ruso a Roberto indicaba que aquel era el momento. El camarero tradujo que dos vagones de tercera clase se estaban sublevando. Uno de los terroristas se fue para ayudar a impedirlo. Efectivamente, aquel era el momento.
-          ¡Ahora!
Todos se levantaron y arremetieron contra sus secuestradores con una coordinación impresionante. Los primeros valientes murieron en el intento. Otros tantos, víctimas de las balas disparadas a ciegas durante los forcejeos. Pero en poco tiempo se tuvo a uno de ellos inconsciente y a los otros dos maniatados.
La unidad del grupo desapareció. Unos estaban impacientes por actuar, y otros, paralizados por la visión de la sangre o llorando a sus seres queridos.
Roberto deseaba recuperar a su mujer. ¡Podían ir a salvarla! Estaba sólo a dos vagones de distancia, tan cerca…pero si iban hasta el lugar del maquinista, quedarían acorralados por los terroristas del restaurante, que les perseguirían, y todo el esfuerzo realizado no habría servido de nada. Primero necesitaban dominar el resto del tren. Tuvo que luchar consigo mismo para hacerle caso a la razón.
Ayudó a la gente que pudo a volver de su trance. Entonces observó, en medio de la confusión, que su amigo ruso había perdido para siempre a su mujer. Lloraba desesperado junto a ella, abrazándola en el suelo del pasillo, manchado con su sangre. Roberto le dejó desahogándose y se dirigió con los demás hacia el otro vagón. Uno de los delincuentes comenzó a abrir la puerta. Entonces Roberto hizo algo que no se le había ocurrido antes: activó el freno de emergencia. La inercia les impulsó suavemente hacia delante. Menos de lo que esperaba, pero suficiente para desequilibrar y sorprender al enemigo.
Entraron velozmente al vagón. La revolución allí ya había comenzado. Les redujeron de manera relativamente fácil. Pero fallecieron más pasajeros y uno de los terroristas.

En la tercera clase la rebelión había finalizado con éxito. Así que Roberto fue con ayuda del suizo, el holandés y varias personas más a rescatar a Alicia. Estaba mentalizado para disparar a esos cabrones. Pasaron con cautela el primer vagón de compartimentos. No había nadie. Se asomaron al segundo. Vacío. El siguiente era el del conductor. La puerta, al fondo, estaba abierta, y los terroristas les vieron. Roberto atravesó el espacio que le separaba de ellos y le disparó a uno en la cabeza antes de que éste comprendiese lo que ocurría. El otro disparo lo hizo el holandés.
Roberto entró en el vagón. Su esposa estaba atada y amordazada junto al cadáver del maquinista, pero viva. Él la desató y desamordazó y se abrazaron, exhaustos, llorando de alegría, y liberando toda la frustración, la rabia y el miedo acumulados.

Luego volvieron al restaurante. El tren ya se había detenido por completo. Roberto se quedó con el anciano ruso, consolándole. Alicia emprendió estoicamente la ardua tarea de curar a los heridos. Una hora después llegaron la policía y los médicos en helicópteros. Los vehículos terrestres tardaron un poco más. Interrogaron a los pasajeros para averiguar con detalle lo ocurrido. Trasladaron a un hospital a los heridos graves. Encerraron a los secuestradores en el furgón policial.

Alicia, que ayudó al equipo de médicos, terminó la faena casi a mediodía. Roberto, después de que su amigo se hubiese calmado, fue a declarar. Sabía que había asesinado a una persona, e ignoraba si le condenarían por ello. Pero en ese momento no le importaba; se alegraba de estar vivo y de que su esposa también lo estuviese. Ella le sonrió cuando pasó por su lado, y él le respondió besándola apasionadamente, con las azuladas aguas del lago Baikal recortándose contra las ventanas del Transiberiano.

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