Alicia y Roberto subieron ilusionados al tren. No a
un tren cualquiera, sino al Transiberiano, al Rossiya, ese tren que prometía
experiencias inolvidables, con gente única y paisajes indescriptibles. Aquel
viaje se lo había regalado un antiguo compañero de Roberto, íntimo amigo suyo y
en deuda con su esposa, que supo diagnosticarle a tiempo un cáncer, lo que le
salvó la vida.
Viajaban en primera clase, en un compartimento para
los dos solos. Realizaban el trayecto completo de Moscú a Vladivostok, algo que
no muchos se atrevían a intentar, pero acorde a su espíritu aventurero. Seis
prometedores días de emociones intensas.
Probaron los blinis
y los sirniki con mermelada en el
desayuno, además de la deliciosa variedad de sopas que ofrecían en el vagón
restaurante, como la refrescante okroshka
o la famosa borsch con remolacha, sin
olvidar platos principales como el guiso de carne o zharkoie, el plov y el
especiado lagman, y bebidas como la
cerveza kvas o el vodka. Hicieron
mucha amistad con un matrimonio ruso de ancianos muy amables, que a pesar de
hablar sólo su lengua natal, tenían una facultad especial – sobre todo el
hombre – para transmitir lo que querían mediante los gestos y el tono de la
voz, y para comprender el ruso tosco y primitivo que Roberto aprendía en la
guía de viajes.
Visitaron el Monasterio de la Transfiguración y
pasearon a orillas del Volga en Yaroslavl; entraron en los museos de escritores
locales en el barrio literario de Yekaterimburgo, aparte de descubrir la
agitada historia de la ciudad gracias al guía de un grupo de turistas ingleses
en el que se infiltraron. Se hicieron una foto en la escultura que delimitaba
el final del continente europeo y el comienzo del asiático.
Pero lo mejor del viaje eran las cenas en el
apacible restaurante del tren. Cenaban en una mesa con el matrimonio ruso, pero
charlaban también con la gente de las mesas contiguas, intercambiando las
experiencias del día, conociéndose y buscando temas comunes de conversación. El
ambiente familiar y cálido que se respiraba por las noches era lo que le
aportaba un toque mágico al viaje.
El cuarto día todo cambió. Una banda terrorista se
hizo con el control completo del Transiberiano. Fue a las 21:00, hora local, a
mitad del trayecto entre Krasnoyarsk e Irkutsk. La mayor parte de los pasajeros
estaban en los vagones restaurante en ese momento. Resultó tan rápido y
organizado que nadie tuvo tiempo de intentar impedirlo. Cuatro personas
sentadas en las esquinas se levantaron simultáneamente y sacaron sus pistolas.
La gente gritó. Algunos se escondieron debajo de las mesas, pero los
delincuentes les apuntaron y les indicaron que se sentasen de nuevo. Alicia
agarró fuertemente el brazo de Roberto.
También llegaban chillidos del vagón contiguo.
Escucharon un disparo que les heló la sangre. Roberto luchaba interiormente
para que no le venciese el pánico. Su mujer comenzó a llorar, igual que otras
personas. Dos hombres entraron al vagón llevando a varios pasajeros maniatados.
Los echaron de bruces al centro del pasillo. Intentaron incorporarse. El
camarero, sentado en el suelo junto a ellos, les ayudó. Roberto escuchó una voz
en ruso que venía de alguna parte. Entonces observó que tenían walkie-talkie.
Uno de los hombres repitió lo que había dicho la voz. Roberto pidió al camarero
que lo tradujese.
-
Quieren médico. Conductor es con problemas.
Le
dio un vuelco el corazón. Dirigió a Alicia una mirada de soslayo. No podían
llevársela a ella. Esperó durante unos segundos eternos a que se ofreciese
algún otro médico, socorrista, enfermero o lo que fuese. Pero el tono
interrogante del hombre se había transformado en amenaza, y Alicia se levantó
dubitativa. Los dos hombres que acababan de entrar la cogieron y la empujaron
hacia los vagones delanteros. Roberto la vio desaparecer tras la puerta. Tuvo
que controlar su rabia para no abalanzarse contra los terroristas.
¿Qué
pretendían? ¿Querían un rescate? ¿Negociar con el gobierno? No tenía la menor
idea. Y su mujer en manos de esos desgraciados. ¿Y si no era capaz de salvar al
maquinista? ¿La matarían si fracasaba? Se estremeció ante la idea de que la
violasen. Quiso apartar aquella imagen de su mente, pero resultaba imposible.
Las
interminables horas fueron pasando lentamente, minuto a minuto, bajo la
constante vigilancia de las cuatro pistolas. Cerca de las tres de la madrugada
atravesaron Irkutsk sin detenerse. Roberto volvió a preguntarse por enésima vez
cuál era su propósito. ¿Qué era tan importante como para secuestrar el Rossiya?
¿Y si…y si pedían algo tan descabellado que el Gobierno no aceptaba? ¿Les
matarían a todos? La voz que ocasionalmente hablaba por los walkie-talkies y
que el camarero le traducía no le daba ninguna pista. Pero aportaba algo de
información sobre lo que ocurría fuera de su vagón, como que una mujer sufría
un ataque de ansiedad, que se habían encargado – no aclaró de qué modo – de un
pequeño grupo que intentó sublevarse, y más tarde que todo se encontraba bajo
control. Aquello desmoralizó a Roberto.
La
siguiente noticia que escupió la voz fue que el maquinista había muerto.
¿Entonces
por qué no regresaba su mujer?¿Por qué no la traían?¿Qué le habían hecho?¿Qué
le harían a continuación? Y si el piloto estaba muerto, ¿significaba eso que
nadie dirigía el tren?¿O alguno de los terroristas estaba preparado para
manejarlo? No soportaba más la tensión. Necesitaba escapar de allí. Pero
cualquier movimiento sospechoso o brusco que realizase podía suponer su muerte
y la de los demás. Esa sensación de impotencia le creaba una angustia
indescriptible. Era imprescindible un buen plan y actuar todos en grupo. ¿Cómo
atacar a cuatro personas armadas que no dejaban nunca su espalda al
descubierto? Por muchas vueltas que le daba no encontraba solución. De pronto
se planteó una pregunta esencial: ¿era posible desarmarles o dejarles inconscientes
sin morir en el intento? No. Debían matarlos antes de que los terroristas les
matasen a ellos. Esa respuesta le llevó a otra cuestión: ¿actuar al unísono
garantizaría la supervivencia de todos los pasajeros? Tampoco. Tomar conciencia
de todo aquello, que le pareció una verdad indiscutible, le revolvió las
entrañas. Aun así, había que intentarlo. Respiró honda y profundamente hasta
conseguir calmarse un poco. Luego miró a su alrededor. Una mujer susurraba a su
hija tratando de distraerla. Un hombre confesaba sollozando un secreto que
había ocultado durante años.
Estaba
casi convencido de que los terroristas entendían únicamente el ruso. En la mesa
de detrás se sentaban un suizo y un holandés, con quienes solía conversar los
días anteriores. Ambos hablaban francés y Roberto se defendía con el idioma.
Les preguntó, aparentando toda la tranquilidad del mundo, y sin gesticular
mucho para que los delincuentes no sospechasen nada, si se unirían a una
revuelta en cuanto hubiese oportunidad de contraatacar. Obviamente, asintieron
sin dudarlo. No tenía ningún plan concreto; lo que Roberto pretendía simplemente
era que estuviesen atentos para actuar lo más rápidamente posible a su señal o
a la de cualquier otro rehén. También les pidió que transmitiesen el mensaje a
los dos compañeros ingleses de su mesa. El matrimonio ruso captó la idea en la
mirada decidida de Roberto. Los demás francófonos del vagón le habían escuchado
y lo dijeron a otra gente, pero no en ese instante ni todos a la vez, sino
bastante más tarde y de forma alternativa, por miedo a levantar sospechas. Esa
compenetración ayudó a relajar en cierto modo la tensión del ambiente.
Sin
embargo, las horas pasaban y la oportunidad no aparecía. Roberto siguió cavilando.
Suponiendo que tuviesen éxito y lograsen controlar el vagón, debían asaltar
rápidamente el vagón restaurante contiguo y aprovechar su sorpresa. Se le
ocurrió que podrían esperar a que los terroristas entrasen en el suyo y
matarlos en la puerta, ya que sólo podían pasar de uno en uno. Pero luego temió
que, tras el primer muerto, respondieran asesinando a la gente del otro vagón.
Aunque ellos también estarían obligados a entrar de uno en uno. Esa encrucijada
le mantuvo pensando un buen rato.
El
amanecer mostró el azul intenso y sobrecogedor del lago Baikal. La adrenalina y
el miedo mantenían a los rehenes despiertos y alerta, cada uno en la medida de
sus fuerzas. Los terroristas tomaban en ocasiones unas pastillas, probablemente
anfetaminas.
La
voz volvió a hablar. Pero no con la seguridad de antes, sino con un tono de
urgencia. La mirada que le dirigió el anciano ruso a Roberto indicaba que aquel
era el momento. El camarero tradujo que dos vagones de tercera clase se estaban
sublevando. Uno de los terroristas se fue para ayudar a impedirlo.
Efectivamente, aquel era el momento.
-
¡Ahora!
Todos
se levantaron y arremetieron contra sus secuestradores con una coordinación
impresionante. Los primeros valientes murieron en el intento. Otros tantos,
víctimas de las balas disparadas a ciegas durante los forcejeos. Pero en poco
tiempo se tuvo a uno de ellos inconsciente y a los otros dos maniatados.
La
unidad del grupo desapareció. Unos estaban impacientes por actuar, y otros,
paralizados por la visión de la sangre o llorando a sus seres queridos.
Roberto
deseaba recuperar a su mujer. ¡Podían ir a salvarla! Estaba sólo a dos vagones
de distancia, tan cerca…pero si iban hasta el lugar del maquinista, quedarían acorralados
por los terroristas del restaurante, que les perseguirían, y todo el esfuerzo realizado
no habría servido de nada. Primero necesitaban dominar el resto del tren. Tuvo
que luchar consigo mismo para hacerle caso a la razón.
Ayudó
a la gente que pudo a volver de su trance. Entonces observó, en medio de la
confusión, que su amigo ruso había perdido para siempre a su mujer. Lloraba
desesperado junto a ella, abrazándola en el suelo del pasillo, manchado con su
sangre. Roberto le dejó desahogándose y se dirigió con los demás hacia el otro
vagón. Uno de los delincuentes comenzó a abrir la puerta. Entonces Roberto hizo
algo que no se le había ocurrido antes: activó el freno de emergencia. La
inercia les impulsó suavemente hacia delante. Menos de lo que esperaba, pero
suficiente para desequilibrar y sorprender al enemigo.
Entraron
velozmente al vagón. La revolución allí ya había comenzado. Les redujeron de
manera relativamente fácil. Pero fallecieron más pasajeros y uno de los
terroristas.
En
la tercera clase la rebelión había finalizado con éxito. Así que Roberto fue
con ayuda del suizo, el holandés y varias personas más a rescatar a Alicia. Estaba
mentalizado para disparar a esos cabrones. Pasaron con cautela el primer vagón
de compartimentos. No había nadie. Se asomaron al segundo. Vacío. El siguiente
era el del conductor. La puerta, al fondo, estaba abierta, y los terroristas les
vieron. Roberto atravesó el espacio que le separaba de ellos y le disparó a uno
en la cabeza antes de que éste comprendiese lo que ocurría. El otro disparo lo
hizo el holandés.
Roberto
entró en el vagón. Su esposa estaba atada y amordazada junto al cadáver del
maquinista, pero viva. Él la desató y desamordazó y se abrazaron, exhaustos,
llorando de alegría, y liberando toda la frustración, la rabia y el miedo
acumulados.
Luego
volvieron al restaurante. El tren ya se había detenido por completo. Roberto se
quedó con el anciano ruso, consolándole. Alicia emprendió estoicamente la ardua
tarea de curar a los heridos. Una hora después llegaron la policía y los
médicos en helicópteros. Los vehículos terrestres tardaron un poco más.
Interrogaron a los pasajeros para averiguar con detalle lo ocurrido. Trasladaron
a un hospital a los heridos graves. Encerraron a los secuestradores en el
furgón policial.
Alicia, que
ayudó al equipo de médicos, terminó la faena casi a mediodía. Roberto, después
de que su amigo se hubiese calmado, fue a declarar. Sabía que había asesinado a
una persona, e ignoraba si le condenarían por ello. Pero en ese momento no le
importaba; se alegraba de estar vivo y de que su esposa también lo estuviese. Ella
le sonrió cuando pasó por su lado, y él le respondió besándola apasionadamente,
con las azuladas aguas del lago Baikal recortándose contra las ventanas del
Transiberiano.
Perdón por el retraso
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