viernes, 31 de enero de 2014

The Great Escape

Martín había decidido dejar a su mujer. Tras trece años de matrimonio y cercano a los cuarenta cada vez que habría la puerta tras volver del trabajo deseaba que allí no hubiese nadie. Quería ver todas las temporadas de Breaking Bad, reinstalarse los SIMs en su antiguo Pentium y levantarse por un día más allá de las once de la mañana. Odiaba a la repipi Dora la exploradora y ver repetido otro capítulo de Bob esponja le producía tener ganas de tirar residuos tóxicos en una piña debajo del mar. Pero Martín no podía salir por la puerta así como así. No deseaba hacerle daño a Carmen, su mujer. Cierto es que haría desaparecer la olla para que no preparase otro hervido por la noche pero él no podía cortar esa cadena. Esa unión de años. En el fondo era un cobarde. Era su mujer la que tenía que darle esa libertad. ¿Cómo? Con un sofisticado plan.

El Scalextric ocupaba todo el comedor, recibidor, pasillo y en parte del baño estaba la curva lenta peraltada. Las replicas de Fórmula 1 surcaban la casa. Martín y su hijo mayor, Diego controlaban los mandos mientras la pequeña Marta colocaba los vehículos si se salían en una curva. El sonido era suave, monótono y recalcitrante.

Carmen miraba la escena con una sonrisa. Ciertamente limpiar la casa con aquel montaje era complicado y duro, pero finalmente sus hijos se habían desenchufado de la televisión, reían y no peleaban. Eran un par de semanas según dijo Martín. Cosas de su trabajo como representante. No pasaba nada; la abuela Rosa, su madre, no podía impedimentos a no poder salir de su habitación con la silla de ruedas.

El olor a pegamento se disimulaba con el ambientador que había comprado días atrás. No tardaría en llegar otra visita, la casa debía estar ordenada. Curiosamente Martín no estaba. Su obra se muestra en todo su esplendor en la mesa del comedor. Una maqueta de Minas Tirit hecha con miles de palillos. Meses atrás su marido se empecino en participar en aquel concurso de la Asociación de Vecinos. Realizar una maqueta con palillos. Días y días de olor a pegamento y tener que comer en la mesa
auxiliar de cristal fueron el precio que pagaron. El problema surgió cuando la extraordinaria creación no cabía por la puerta y no pudo llevarse a la Asociación para su valoración. No hubo problema. Los jueces vinieron a casa y decretaron el primer premio. Es más, ganó el primer premio de todo Madrid. Salió en el Semanal del País, en páginas de Facebook e incluso el mantel de ganchillo que hizo su madre, lucía orgullosa en las fotos de Whatsup que circulaban por los móviles de los fans del Señor de los anillos. Sonó el timbre. Carmen esperaba que fuesen chinos esta vez. Eran tan educados…

Nada había funcionado. Se le acababan los recursos. Por un momento pensó que las clases de jota aragonesa recibidas en su casa estaban a punto de generar la ruptura. No fue así. Ahora, esta noche y en unos minutos lo iba a conseguir. Estaba seguro. El humo rodeaba la estancia. El olor a faria había conseguido hacer desaparecer el del pegamento. Las chicas correteaban en lencería mientras sus amigos jugaban al poker. Él, aunque tenía una buena mano no apostaba. Esperaba a que la puerta se abriese. A que entrasen su mujer y sus dos hijos llegados de ver a su tía de Aranjuez.

- Perdóname una vez más cariño – dijo Carmen -. Pensé que tu noche de cartas era Viernes y no Sábado. Lo debí de entender mal. La semana que viene vuelve a invitar a tus amigos, pero eso sí. Dile a Nando que no se traiga a esas amigas con pintado de putas.

- Es que, eran putas – pensaba Martín mientras decaído cenaba el hervido perfectamente preparado.


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