Javier Adalaida
recordaba aquel movimiento. Lo había visto en muchos videos de Youtube cuando
buscaba la palabra “sicarios”. Pinchar, esa era el secreto. Tiempo atrás, un
instructor de tiro explicando el disparo
reactivo sin necesidad de apuntar le mostró ese concepto. Esgrimir el
arma como un punzón, extender el
brazo hacia la víctima y ejecutar el disparo. Blanco seguro. Antes de que aquel movimiento lo realizase aquel extraño, el inspector de policía Adalaida le llenó el pecho de plomo. Tres tiros limpios, perfectos. Vio a aquel tipo minutos antes. Observó que llevaba un arma oculta en su cintura. Podía ser policía, delincuente o simplemente un ciudadano con pistola. Lo siguió durante unos minutos y entonces se abalanzó a ejecutar a aquel hombre rechoncho. Adalaida lo impidió y lo mató. Muy a su pesar, no era la primera vez que Javier disparaba a alguien. Conocía el siguiente trámite. Todo un cúmulo de papeleo, declaraciones y explicaciones. No era plato de buen gusto. Saldría en prensa, televisión y su jefe se enfadaría una vez más. Después de unos cortos diez años de servicio, para Adalaida era sólo eso, un proceso.
brazo hacia la víctima y ejecutar el disparo. Blanco seguro. Antes de que aquel movimiento lo realizase aquel extraño, el inspector de policía Adalaida le llenó el pecho de plomo. Tres tiros limpios, perfectos. Vio a aquel tipo minutos antes. Observó que llevaba un arma oculta en su cintura. Podía ser policía, delincuente o simplemente un ciudadano con pistola. Lo siguió durante unos minutos y entonces se abalanzó a ejecutar a aquel hombre rechoncho. Adalaida lo impidió y lo mató. Muy a su pesar, no era la primera vez que Javier disparaba a alguien. Conocía el siguiente trámite. Todo un cúmulo de papeleo, declaraciones y explicaciones. No era plato de buen gusto. Saldría en prensa, televisión y su jefe se enfadaría una vez más. Después de unos cortos diez años de servicio, para Adalaida era sólo eso, un proceso.
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