martes, 4 de diciembre de 2012

Paname

En un pequeño apartamento en la Rue de La Huchette, en el corazón de París, vive, a los pies del Sena y la catedral de Notre Dame, un joven aspirante a escritor.
Su austera condición contrasta con la inigualable localización del piso, que heredó de su tía. Ella veía en su sobrino la única manzana del cesto resistente a la podredumbre que a sus ojos contagiaba a su familia. Mantenía con él una relación epistolar desde pequeño, en la que intercambiaban gustos y arreglaban a su manera el mundo.

El chico de veintiún años, al heredar inesperadamente tras la muerte de su tía el apartamento de esta, dejó atrás aquella vida con una familia que no comprendía y donde se sentía incomprendido, como hizo su tía de joven, y se mudó a París aspirando a sobrevivir de la escritura en aquel lugar inspirador.

No obstante, la ciudad que encontró era muy diferente de la de los cuadros de Lautrec y Utrillo, frente a cuyas fotografías tantas veces se había embelesado: precios que no podía asumir, gente altiva de seria mirada y rumbo fijo en el torrente que era la agitada vida de aquella metrópolis. 
Tuvo sin embargo la suerte de ser explotado en un restaurante de relativa importancia cerca de Pont Neuf, con lo que pudo salir adelante, pero su sueño de escritor se fue diluyendo en este empleo que consumía su tiempo y sus ganas.

Al contrario de lo que morbosamente predecían los prejuicios sobre aquella ciudad, no había encontrado el amor ni nada que se le pareciese, aunque tampoco lo buscaba. Los compañeros con los que trabajaba no conseguían llenar el vacío que debían ocupar amistades, o tal vez no dejaba espacio para ellas. Era una persona introvertida y distante en sus pensamientos, quizás con cierta dificultad para adoptar ese mimetismo y falsedad que tan buenos y rápidos resultados parecían dar en las relaciones sociales.

Pese a todo sacaba ratos para escribir entre servicios de cocina y antes de acostarse, y se deleitaba con el simple paseo por las mágicas calles adoquinadas de París y descubriendo los pequeños pero infinitos secretos que ocultaba bajo esa fachada de realidad impuesta. 
A veces tenía tiempo también para escaparse a Shakespeare and Co. a leer o a Au caveau des oubliettes a escuchar música jazz, y para perderse en las altas bóvedas de Notre Dame y así evadirse en sus pensamientos.
Iba siempre acompañado de un pequeño cuaderno en el que anotaba cosas que le inspiraban, hacía bocetos y escribía frases que le venían a la cabeza. Sin embargo, no conseguía hacer surgir ningún relato de aquellos apuntes inconexos.        

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Una noche, solo en un muelle del Sena muy poco transitado, desengañado por su situación y su frustración llegada al límite, se ve tentado de lanzar el cuaderno al río, pero decide finalmente abandonarlo en un lugar escondido.
Arrepentido, vuelve unos días después y ahí sigue, exactamente como lo dejó. Al llegar a su casa y releerlo, se da cuenta sin embargo de que a continuación de sus anotaciones y basándose en ellas, alguien ha seguido escribiendo. Se trata de la historia de un apasionado romance que se desarrolla también en París. El lenguaje excelente, la retórica perspicaz y el vibrante argumento consiguen engancharlo, catalizados por el hecho de tan extraña situación.

Comienza entonces a seguir el hilo de este relato sobre el cuaderno, envuelto en una espiral de inspiración de la mano de este interlocutor secreto, abandonando durante varios días el trabajo en pos de esta obsesiva necesidad.

Intrigado, decide dejar otra vez el cuaderno en aquel mismo escondite, esperanzado de que la historia se repita. Cuando vuelve a recogerlo varios días después, la historia continúa sobre los pasos que él marcó, de nuevo con un saber hacer excepcional, un lenguaje impregnado de insinuación que lo cautiva.

Se establece así un vínculo, un pacto no escrito por el cual el cuaderno va pasando de una mano a otra y una historia apasionante va naciendo de la comunión de estas dos mentes inflamadas por una inspiración sin límites. Tan inmersos están en ella que lo que sucede va poco a poco fusionándose con la realidad, y el joven termina enamorándose de las palabras que le son regaladas y de su interlocutor.

Los días y las semanas pasan y el relato va cobrando forma, sumergiendo al ávido escritor en la trama de la que es a la vez creador y descubridor. Se viste con la piel del protagonista y se deja sorprender por lo que sus dedos inconscientemente escriben a una velocidad endiablada, sin un segundo de duda, tan fácilmente como si de leer se tratase. Narra sin saber qué sucederá en las líneas siguientes pero lo que de ellas nace es siempre prefecto y le sobrecoge de una manera solo comparable a los versos de su interlocutor.

Las esperas son interminables, horas, días en vela en el limbo entre un ansia de creación desbordante y el miedo a imaginar siquiera otra continuación que la que le sea regalada.

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Un día recoge el cuaderno y descubre que no hay nada nuevo escrito en él. Decide entonces dejarlo en aquel lugar, y volver cada día con la esperanza de encontrar nuevos versos que beber. Pero los días grises y las noches de insomnio se suceden, y nadie aparece para paliar su sed infinita.
Intenta continuar por sí mismo el relato, pero las palabras se desvanecen en su mente atormentada. Todo atisbo de inspiración desaparece en una obsesión enfermiza por encontrar una continuación.

Se da cuenta de que para él ya no existe más realidad que la que descansa en las páginas de aquel cuaderno, que la de aquel idílico amor. El inconformismo con el mundo que le rodea y la falta de su antídoto lo envenenan y se tornan en locura.

Una noche como aquella en que abandonó por vez primera el cuaderno y en aquel mismo lugar donde coinciden ambas realidades, esta vez sin dudarlo, salta al río, dejando el cuaderno donde tantas veces lo había hecho. Y es solo entonces, cuando las aguas negras del Sena lo arrastran hacia el fondo y por un segundo ve con claridad más allá de su obsesión incansable por seguir la historia, cuando se da cuenta de que esta había terminado.

En paz por vez primera, inspira por última vez.

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(El relato adoptaría un punto de vista en primera persona, que permite acercarse más a los sentimientos y pensamientos del personaje, alternándolo quizás puntualmente con la tercera persona en cortos pasajes extraídos de la historia que este escribe.)

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