La chica lo miraba embelesada. Le
había hecho ese truco muchísimas veces, pero a ella le encantaba. Un euro en su
oreja. Un truco infantil, el mismo que había utilizado para hablar con ella la
primera vez y que seguía repitiendo. Tal vez porque era el único que sabía, tal
vez porque ella sonreía con aquella pequeñez.
Él desvió la mirada y miró a su
alrededor, inquieto.
-¿Pasa algo? – preguntó ella.
-Nada – volvió a mirarla.
Pero estaba tenso. Tenía la
sensación de ser observado. Aunque estaba seguro de que había sido muy
cuidadoso.
-¿Y tu abuela? – quiso saber ella
- ¿Está mejor?
Él se quedó observando por el
ventanal de la cafetería unos instantes y luego le contestó con voz cansada.
-Como siempre. Ha dicho que no
piensa dejar de beber por los pocos años que le quedan ya de vida.
Alguien subió el sonido del
televisor. En uno de esos programas de debate daban la última noticia. “Ha sido
encontrada una nueva víctima del asesino
del trébol”, decía el presentador. “La policía ha acordonado la zona y
esperan encontrar alguna pista que les indique la identidad de este peligroso
individuo. La víctima, un hombre de unos treinta años de edad, se encontraba en
la parada de autobús de la calle Alta, con señales de estrangulamiento y un
trébol en la boca”.
-¿Y si nos fuéramos a un viaje de
aventura por el Sáhara?
Ella se sorprendió con la
pregunta y soltó una pequeña carcajada.
-¿Qué se nos ha perdido por allí?
– le contestó.
-Tienes razón – murmuró él.
Julián llegó a su casa y se puso
la mejor emisora de radio que existía, M80, la única que realmente ponía música
de calidad. Había dejado a Mónica en su casa. Adoraba a esa chica, era genial y
guapísima, pero no era lo que él buscaba. Necesitaba algo que lo sacara de la
rutina que lo angustiaba, que lo incitara a una nueva aventura y con ella no
podía ser. No sabía cómo decírselo. Cada vez que lo intentaba, ella lo miraba
con esa expresión adorable que no podía resistir y callaba.
Abrió el armario. Todo allí
estaba en perfecto orden. Las camisas ordenadas por colores del más claro al
más oscuro. Las perchas de madera con el gancho colocado en la misma dirección.
Los pantalones colocados en la parte inferior, justo debajo de la camisa con la
que hacían juego. En el suelo, cajas de zapatos impecables. En los cajones, las
corbatas, colocadas según su diseño: a rayas, a puntos, a cuadros. En el fondo
del armario, un maletín negro.
Lo sacó. Observó los ob*jetos del
interior, pulcros, brillantes, perfectos para su uso. En un lateral, los
guantes de látex. Lo cerró y lo dejó en el mismo sitio.
Luego se acostó.
A la mañana siguiente se despertó
descansado y relajado. Se vistió esmeradamente y se marchó a trabajar. El mismo
autobús a la misma hora. El mismo recorrido a pie hasta el edificio del Centro
Superior de Investigaciones Científicas. El mismo cliente en la terraza del bar
de la planta baja, con un puro que desprendía un olor desagradable.
A mediodía decidió pasar por la
calle Alta, por la parada de autobús donde habían encontrado a esa nueva víctima.
Un cordón policial rodeaba todavía la escena del crimen y un par de agentes
vigilaban la zona desde un coche patrulla. Julián rodeó el lugar y lo escudriñó
de reojo. Todo parecía en orden por allí, así que se volvió por otra calle.
Un sudor frío le recorrió el
espinazo y se levantó de la cama. Abrió el armario y sacó el maletín.
Necesitaba usar el contenido.
Se enfundó con ropas oscuras y
salió a la calle. Localizó el objetivo y se lanzó a por él.
Sonrió satisfecho. Un trabajo
perfecto.
Un ruido y una sombra que se
cruzó por un lateral de la calle lo inquietaron. Había alguien más. Se acercó
al callejón y no encontró a nadie. Quienquiera que fuese, había salido
corriendo. En la carrera, la sombra había perdido una mochila. Estaba seguro de
que ese objeto no estaba allí antes. La cogió y se sorprendió del peso. La
abrió y el contenido lo dejó aún más atónito.
Dentro había un objeto dorado,
con incrustaciones de piedras preciosas, con forma de copa y de unos veinte
centímetros de alto. No lo sacó, tan solo lo observó.
Miró a un lado y a otro. No había
nadie a su alrededor. Estaba amaneciendo y tenía que irse de allí antes de que
se llenara de gente. Sin saber muy bien porqué, cogió la mochila y se la llevó
consigo.
Mónica lo esperaba en la
cafetería de siempre.
-¿Te has enterado? Ya tienen
pistas del asesino del trébol.
Julián la miró desconcertado,
como si no entendiera.
-Anoche volvió a matar. Ya son cuatro asesinatos. Y parece que se
olvidó algo en el lugar del crimen. Lo están investigando.
-No puedo quedarme – dijo sin
llegar a sentarse a la mesa – Tengo algo que hacer.
Volvió a su casa y repitió el
recorrido de la noche anterior. Era la mejor táctica que se le ocurría para
recordar todos y cada uno de sus pasos. Todo era igual, salvo la ropa. Y tampoco
llevaba el maletín. No importa, pensó, lo fundamental es que lo demás esté
perfecto.
Al salir de casa, creyó ver una
sombra tras él. Se giró y tan solo vio a transeúntes enfrascados en sus cosas. Así
que continuó andando. Y la sombra lo siguió.
Como era habitual, la zona estaba
delimitada con un cordón de plástico mientras unos agentes vigilaban y otros
tomabas muestras de la acera, de los portales y miraban en las papeleras
buscando pruebas.
La sombra observaba de lejos a
Julián, que recorrió el sitio hasta en tres ocasiones. Se acercó al callejón donde
había encontrado la mochila, creyendo que podría ser el único lugar donde se
había descuidado y que la policía no tenía en su zona acordonada.
No encontró nada, pero un
cosquilleo le rozaba la nuca. Un picorcillo que le hacía buscar entre la gente
a quien lo observaba. Empezó a sentir calor por el cuerpo, un sudor frío le
recorrió la espalda. Notaba el fuerte latido del corazón en su cabeza, bum-bum,
bum-bum, bum-bum.
Tuvo un presentimiento ¿Aquella persona
es la misma que hacía unos momentos estaba en la puerta de su casa? No. Solo estaba
inquieto. Y le gustaba. Era una sensación nueva para él. Quizá la aventura que necesitaba
era sentir ¿qué? ¿Miedo? Sí, tal vez era eso.
Volvió a casa y miró el maletín.
El contenido estaba impecable, perfecto, todo estaba allí. ¿Todo? No. Faltaba un
pequeño bisturí. Pero llevaba los guantes puestos, no se los había quitado. No encontrarían
huellas ni ADN.
Miró la mochila. El contenido estaba
en el mismo sitio. No había oído nada de la desaparición de una copa antigua. Parecía
un cáliz sagrado. El de la catedral, quizá. El ladrón había huido. ¿Sería la
sombra que, estaba seguro ahora, lo perseguía para recuperar su botín?
Se asomó a la ventana con
cuidado, moviendo a penas las cortinas. Ese tipo estaba allí, en la acera de
enfrente, observándolo. Era él.
Encendió la televisión y buscó
las noticias. Nada sobre el cáliz. Sólo sobre el asesino del trébol.
Indagó en internet. Una pequeña
referencia al cáliz de la iglesia de los Mártires Olvidados; lo habían llevado
a restaurar. Localizó una foto. Era idéntico al que estaba dentro de la mochila
en su armario. Nadie lo había echado de menos. Quizá el restaurador fuera el
ladrón. A lo mejor era el tipo que lo seguía.
Al día siguiente volvió al
trabajo. Todos en el CSIC comentaban lo del asesino. Él callaba, ensimismado en
sus pensamientos. Alguien comentó que habían llevado al centro las pruebas y
que estaban analizándolas a toda prisa.
Con la seguridad del que se
siente en casa, paseó por el edificio hasta llegar al laboratorio que habían
destinado a este importante caso. Con las manos escondidas en los bolsillos de
la bata blanca, vio a lo lejos a unos colegas con varios objetos, entre ellos,
el bisturí. Imposible hacerse con él. Había seguridad por todas partes.
Sonó un pitido en su Smartphone. Era
Mónica. No contestó.
Con esa nueva emoción encontrada
la noche anterior, volvió a su lugar de trabajo. Intentaba concentrarse, pero
todo el edificio era un revuelo. Habían encontrado algo. De pronto, apareció un
grupo de personas importantes, trajeadas, y se dirigió a una sala privada de
reuniones.
Cuando desparecieron de su vista,
Julián puso una excusa tonta y salió a la calle.
La policía estaba delante de la
puerta del CSIC.
-Señor Julián Lifante – dijo un
agente tomándole los brazos y llevándoselos a la espalda para colocarle unas
esposas – Queda usted detenido por allanamiento de morada y robo en propiedad
privada.
A lo lejos una sombra sonreía
levemente, moviendo entre sus dedos un trébol de cuatro hojas.
Nuestra tirada: la foto de lo que salió y el personaje de mi grupo

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