lunes, 20 de octubre de 2014

Una mujer y un libro

No soy un narrador. Para eso hay que tener una historia que contar y yo no la tengo. Apenas cuento con un montón de recuerdos aislados y un caos de frases inacabadas. Ni siquiera sé cómo empezar. Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Ése es un buen comienzo. Pese a todos los inconvenientes, escribo. Lo primero este encargo. La prueba inicial para darme de bruces contra una certeza, la de mis propias limitaciones, y asumir definitivamente que yo no he nacido para esto. Dos mil palabras. Nunca he escrito tanto.
Si he de encontrar a alguien que lea, la biblioteca de la universidad, paradójicamente, no es el lugar apropiado; allí sólo encuentro un enjambre de abejas que socializan más que estudian, que estudian más que leen o que leen textos científicos repletos de respuestas que ahora no me sirven. Queda la opción del transporte público, y en ese caso, mejor el metro que el autobús. Es una simple cuestión antropológica. En el metro, los viajeros hacen el trayecto en asientos enfrentados, cara a cara, abocados inevitablemente al contacto visual hacia el que sienten la misma hostilidad que cualquier otro primate. Leer es, pues, la forma más sofisticada de evitar el embarazoso instante en que los ojos de un pasajero se cruzan con los de otro.
De camino a la estación, vuelvo a las imágenes de mi infancia; a las de esta misma calle, ahora amplia y luminosa, cuando era sólo una cinta de tierra contagiada de tristeza, encerrada entre muros calados de mugre. Sobre su superficie pedregosa discurrían los raíles que laceraban el barrio con una doble cicatriz de acero, relegando a los márgenes a las hierbas sin nombre que punteaban de abandono la soledad de las vías. En este mismo lugar, en un tiempo que aún no he olvidado, trenes de color ceniza rasgaban el crepúsculo encendido como un filo de herrumbre. Tras su estela, un rumor de hierros golpeados crecía hasta despuntar en un quejido, que rompía en oleadas contra el silencio oscuro de los edificios. A través de las ventanas, se vislumbraba el interior de los vagones casi vacíos, iluminados con una luz turbia y amarillenta, en la que se dibujaban sombras de figuras solitarias que mi imaginación infantil transformaba en misteriosas y a las que intentaba encontrar destino.
Marítim-Serreria. Bajo las escaleras que me llevan al andén y penetro en la ciudad bajo de la ciudad. Por las grandes claraboyas se filtra una claridad difusa que se posa sobre los objetos, envolviéndolos con un barniz de irrealidad que da a los colores y texturas una apariencia reconocible y a la vez extraña. Junto a las vías esperan unos pocos pasajeros, cuyas voces reverberan con un eco apenas perceptible. Se abren las puertas. Todo el tren es para nosotros. Entramos en los vagones ordenadamente, sin la necesidad de ser los primeros en la infame pugna por alcanzar un lugar en el que sentarnos. La distribución en los bancos sigue la ley tácita de no acomodarse junto a un lugar ya ocupado. Pienso en lo de absurdo de estas precauciones que sólo han de postergar brevemente la proximidad inevitable e incómoda de otros cuerpos. En los rostros de la gente percibo las sombras del sueño aún no desperezado y en las miradas perdidas, el velo de una resignación que se concentra en el infinito de una certeza, la de saberse destinado a vivir eternamente este mismo día. Entre ellos apareces tú, con tus pasos firmes y seguros y un perfume que me trae recuerdos que preferiría haber olvidado. Escoges de entre todos, el asiento frente al mío, y de tu bolso gigantesco, extraes entre el caos de objetos que chocan, un libro de tapas negras y lomo no muy grueso. Un libro vivo, nacido de otras vidas, que respira y envejece y se cubrirá de cicatrices. Un libro al que el paso del tiempo amarilleará las hojas, como si éstas quisieran imitar el ocaso de otras hojas. Un libro que se desvanecerá letra a letra, hasta perder completamente la memoria. Un libro y una mujer. Y sus ojos. Y también sus labios. De los pechos no hablo, eso sería plagiar a Bukowski. Una mujer y un libro.
Nunca me ha gustado leer en el metro. Es más, no me gusta la gente que lee en el metro. Quizá envidio su facilidad para refugiarse tras los muros de sus lecturas y excluir las conversaciones a gritos, y el roce de otros cuerpos, y el traqueteo de los vagones, y la mosca que se posa en la frente y los ojos que observan mientras lees. A ti no te lo tengo en cuenta. Para mí, leer es un proceso íntimo y solitario, quizá el más íntimo y solitario junto al onanismo. O tal vez leer sea una forma de onanismo en sí misma. Placer del cuerpo y placer de la mente. También es un proceso racional. Los procesos íntimos y orgánicos, follar, defecar, los que arrastramos como animales desde el amanecer del hombre, se esconden con pudor, los racionales se exhiben. Todo el mundo se exhibe. Hay que autoafirmarse, ser uno, distinto a otros. Éste es mi pene. Yo leo a Kierkegaard.  
Lees con el libro apoyado en un muslo que descansa sobre el otro. Imagino, hasta casi sentirla en la yema de mis dedos, la tibieza de la tapa que me oculta su título. Me gustaría descifrar ese enigma. Un libro es siempre una presentación, habla por nosotros, aunque no siempre hable de nosotros. Leer “50 sombras de Grey” no convierte necesariamente a nadie en sadomasoquista. Bueno, en este caso, quizá sí. También hay en los libros una componente de disfraz, de maquillaje que oculta nuestro verdadero yo para convertirnos en otros, algo así como una operación de estética, un aumento de pechos cultural, un injerto de pelo intelectual, pura apariencia, como llevarse a la playa un ejemplar del “Ulises” de Joyce para pasar por un tipo leído. La pose quedará completa utilizando como marcador de páginas la entrada para cualquier película de Antonioni.
La voz clara y rotunda de una mujer anuncia la próxima estación. Los pasajeros distraídos con sus libros o tecleando sin descanso en sus teléfonos levantan la cabeza para comprobar que, efectivamente, ésta todavía no es su parada. Tú sólo ladeas la mirada, segura de que el final de tu trayecto aún está lejano, y tus ojos de color indefinido se cruzan un instante con los míos, y por un momento, tengo la sensación de que me hablan - ¿Tú qué miras?- antes de volver a zambullirse en otros mundos y otras vidas.
¿Cuál es tu libro favorito? Intentar penetrar en los recovecos de una mente sólo a través de indicios externos es una tarea quimérica. De ti apenas poseo unos pocos retazos; la seguridad de tus pasos y una cierta dureza en la mirada. Dos cualidades propias de una personalidad fuerte. Si me dejo llevar por esta intuición te sospecho cómplice de los grandes personajes femeninos de la literatura, Emma Bovary, Anna Karenina, Nora Helmer y tantas otras, cuyas historias esbozaban el retrato de una sociedad que se les quedaba pequeña, que las asfixiaba, las mataba de tedio, obligándolas a enfrentarse a su propio destino, a veces trágico. Quizá me equivoque y lees a Coelho. Nadie es perfecto.
¿Qué es la literatura? ¿No es ésa la pregunta que he venido a responder? Te miro y ya no me importa. Yo también me evado, a un universo cercano, el de una mujer atrapada en su libro. Me fijo en tus dedos largos y finos, sujetando firmemente las dos partes en que divides el libro, obstinadas en cerrarse sobre sí mismas como las conchas de un molusco, afanado en encontrar descanso en el sueño de la oscuridad. Pasas otra página.
¿Qué es la literatura? ¿Existe sólo una? Hay al menos dos, puede que más, quizá infinitas. Yo, de momento, empezaré por dos, la literatura que se lee y la literatura que se escribe, suponiendo que lo que uno escribe sea literatura. En mi caso sólo junto palabras, pero eso es otra historia ¿Para qué leemos? Leemos para evadirnos. Tú misma lees para estar muy lejos de este aquí y este ahora, lejos de la cercanía invasiva de otros cuerpos, de sus olores, de las sombras fantasmales que la luz dibuja bajo sus ojos y también bajo los tuyos. Por eso miras hacia el rectángulo mágico que controlas a tu antojo, para huir del reflejo que te devuelve la ventana, para no verte convertida en un fantasma como ellos.
El mundo sigue su curso sin que te des cuenta. El tren avanza y los vagones se deslizan reptando, como la cabeza y la cola de una serpiente gigantesca, mientras nosotros permanecemos estáticos, ajenos a todo movimiento, como si el suelo que nos sostiene hubiera echado raíces en las entrañas de la tierra. Si levantaras un poco los ojos y miraras hacia afuera, descubrirías las luces desvaídas que arrebatan a los túneles su oscuridad metálica, y en la claridad lechosa de los andenes, la silueta borrosa de estatuas que cobran vida con la llegada de los vagones.
Leemos para evadirnos de la cotidianeidad que nos banaliza, para imaginar con los ojos abiertos lugares en los que nunca estuvimos, siendo los protagonistas de vidas que otros vivieron ¿Quién se esconde ahora detrás de la frontera de tu cuerpo? ¿Es hombre o mujer? Quizá insecto ¿Hace mucho que vivió o su nacimiento aún está por llegar? ¿Permaneces a mi lado o he de buscarte más allá de la Puerta de Tannhäuser?
Concentrada como estás en la lectura, no eres consciente del lenguaje de tus gestos, el único vínculo que te mantiene unida a este lado de la realidad. Tus dos filas de dientes perfectos apresan, como un pedazo de fruta sonrosada, la mitad de tu labio inferior, esbozando en tu rostro, una leve mueca, no sé si de inquietud o de duda.
También leemos para buscarnos en otras existencias y descubrirnos en ellas, y hallar con las palabras exactas de esas voces, las emociones e ideas que mucho antes ya habían sido nuestras. Yo me encontré en las vidas alejadas de tres homicidas, Meursault, Raskolnikov y Sorel y sus crímenes absurdos ¿En quién te has encarnado? ¿Quién te ha prestado sus palabras para poder explicarte a ti misma?
Un mechón de tu pelo se desliza sobre la frente y te cubre los ojos como un telón. Con una mano lo apartas, como si fuera una mosca, y lo montas en el dorso de tus dedos para llevarlo detrás de lo oreja siguiendo todo su contorno. Y todo vuelve a empezar, como un bucle.
Me pregunto si escribes. Tal vez tú sí tienes una historia que contar. Yo sí escribo o lo intento, aunque no tenga nada especial que relatar. Escribo a pesar de Artemio Cruz y de Pedro Páramo, de los detectives salvajes, del clan de los Buendía y de decenas de voces que me piden que no lo haga. No es una elección, sino un impulso que he de seguir. Escribir es un escupitajo, un vómito con el que expulsar todo el veneno que me corroe. También es caminar por un paraje solitario y mirarme a un espejo para comprender mejor quien soy, aunque no me guste la imagen reflejada. Escribir es una lucha en busca de las palabras adecuadas, las perfectas, las que alumbran las ideas que ya han nacido pero aún buscan su cuerpo.

De las primeras páginas sacas un pequeño trozo de plástico rectangular que utilizas como marcador, depositándolo en el lugar exacto en que ha quedado suspendida la historia. El lugar de donde regresas vuelve al silencio y a la oscuridad. Has llegado a tu parada. Con la misma indiferencia con la que apareciste, te alejas paso a paso hasta la puerta, dejando tras de ti el misterio de toda vida desconocida. Ojalá que te vaya bonito.

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