lunes, 24 de octubre de 2016

lunes, 12 de septiembre de 2016

Presentación de Hacía un Ruido

Hola gente, el viernes 16 a las 19:30 estaré en Bartleby presentado el nuevo poemario de María Salgado. Luego saldremos por Ruzafa a tomarnos una copa y charlar de literatura así que si tenéis la oportunidad, no os lo perdáis :D.


domingo, 24 de julio de 2016

Correcciones de Verano

Hola chicos, por fin me puedo poner con las correcciones del taller. Si no me equivoco me han llegado cuatro trabajos:

Luisa: Tres Cruces o la Chica sin nombre.

Quique: La historia de un hombre que temía a los parásitos.

Lucía: La asfixia de las cosas.

Ernest: De paseo.

El fin de semana del 30 al 31 los puedo tener corregidos así que, si queréis, podemos corregir la primera tanda esos días y los dos últimos entre la primera semana de agosto.

Los que se quieran apuntar a las correcciones, poned un comentario en el post para que os mande el mail con el lugar y la hora.

Si me dejo a alguien, ponedlo también en los comentarios.

Un saludo.

Fede o Felipe o Pepito.

lunes, 6 de junio de 2016



La despedida del curso el día 2/06/16 en la librería Ramón LLul.
Gracias a Fede y a Almudena por hacerlo en un sitio tan especial.
Estuvimos muy "a gustito". Bebimos, comimos de lo lindo y charramos más si cabe.
Se echó de menos a muchos compis y los tuvimos presentes.

Un placer amigos.
Hasta el curso que viene.

sábado, 28 de mayo de 2016

Merienda de despedida

Hola chicos, el 2 de Junio, jueves, celebraremos la despedida del curso en la librería Ramón Llull a las 18:00. Como habíamos quedado, si alguien quiere traer algo a la merienda, que deje en comentarios si va a llevar bebida o comida para que no sobre de una cosa y falte de la otra.

Un saludo.

Fede o Felipe o Pepito.

jueves, 26 de mayo de 2016

Correcciones

Os dejo las correcciones de las últimas clases. Este fin de semana colgaré el lugar y la hora para la celebración de la despedida el día 2 de Junio.

Ejercicios de Worldbuilding II
Ejercicios pendientes: Miguel V y Esperanza

martes, 17 de mayo de 2016

Nuestros heroes, nuestros caminos. (Ejercio WorldBuilding)

Rostros de mármol para recordar. Ese fue el décimo quinto edicto de Aldrin. La orden de los Arqueologos fue la encargada buscar en las ruinas de nuestras ciudades el recuerdo de estos grandes hombres y dárselo a la Humanidad. Hoy en día las figuras de los héroes se encuentran en cada lugar en el que la humanidad prevalece. Presentes en los pequeños altares plebeyos, en las mansiones de los nobles, y por supuesto, en los enormes Museos que el Imperio erige en las capitales coloniales. Pero no hay ninguno, ni en magnitud ni en honra, como el majestuoso Vaticano, en el centro de Montreal, en el centro del mundo, junto al Palacio Imperial de Versalles, juntos pasado y futuro de la Humanidad. Se dice que el propio Aldrin llevo las estatuas de los Primeros a este salon, el más pequeño y necesario. Aquí podemos encontrar a quien dieron los primeros pasos para conseguir y defender lo que hoy nos pertenece. Miralos.
Napoleon Bonaparte, el Primer Humanista, encontró el significado de la palabra Humanidad y la necesidad de la unidad. Quiso transmitir su ilustración con las palabras. Escribió grandes libros como el “Contrato Social” o el “Espíritu de las leyes”, pero no funcionó. Porque entre Demócratas y Tiranos ¿quién iba a escuchar la verdad? No le quedó más remedio que recurrir a las armas, y estuvo a punto de conseguirlo. Avariciosos, corruptos, envidiosos, deshumanos, todos se unieron para derrotarlo. Napoleón cayó en Waterloo defendiendo la ilustración. Hoy los Humanistas no tenemos que luchar para trasmitir las enseñanzas humanas, otros los hacen por nosotros, pero si llega la hora del Retorno sabremos qué hacer, igual que lo supo Napoleón.
Albert Einstein, el Primer Gran Filósofo, su conocimiento del poder átomo permitió a la Humanidad hacer frente al Enemigo cuando este llego para quitarnos todo. Le debemos mucho a sus armas, sin él no estaríamos aquí. Su nombre sirve de inspiración para generaciones y generaciones de Filósofos que se hunden en el conocimiento en busca de las herramientas que permitían destruir a las inhumanidades que nos acechan.
Adolf Hitler el Primer Perfecto, él se dio cuenta antes que nadie del peligro. Intento salvarnos de la podredumbre de la deshumanición que comenzaba a arraigar en el corazón de la sociedad. Su lucha por la pureza de la Humanidad acabo antes de tiempo, lucho solo. Asesinado, derrotado otra vez por los Demócratas, que ciegos en su delirio primigenio de individualidad destruyeron una vital de oportunidad, y a uno de los hombres más valiosos  que ha dado la Historia. Hoy la orden de los Perfectos continúa su legado, buscan incansables rastros de demócratas y deshumanos que amenazan la integridad del Imperio. Ellos son lo que cargan con el peso de lo debido.
Presidente Donald Trump, el Primer Almirante. Derroto a los Demócratas cuando estos eran más fuertes, pero aun si fue tarde. El Enemigo llego y éramos demasiado débiles. Con todo en contra lidero a la Humanidad en la Primera Batalla por la Tierra. Fleto la primera nave armada, una vieja reliquia adaptada, una misión suicida que gano tiempo cuando era lo menos que teníamos. Falleció en la destrucción de Washington, no huyo, no se movió de su puesto. Antes de morir ordeno el Sacrificio. Aquel que todavía se recuerda, porque al fin al cabo fue la Primera Victoria. Sus últimas palabras están escritas en los controles de mando de cada Almirante, para recordar el precio que hay que pagar para salvar a la Humanidad.
Joseph Aldrin, el Primer Emperador de la Humanidad, nieto de esclavos, hijo de esclavos, el libertador que derroto al Enemigo, quien despertó a los humanos de la oscuridad, el colonizador de Marte, el constructor de flotas, el de los cien edictos. Hay demasiado que contar sobre él, cada momento de su vida fue una hazaña. Murió como merecen morir los héroes, viejo, tumbado en la cama, con la satisfacción de una vida entregada a la Humanidad. Murió pronunciando la Carta de Derecho Humanos que el mismo redactó, el Artículo 1, “Todo ser humano tiene derecho a dar su vida por la Humanidad”
Estos son los Primeros de muchos, los pasillos del Vaticano están llenos de héroes a los que admirar. Ve, recórrelos joven, déjate impregnar por la pura esencia de la Humanidad y cuando vuelvas, sabrás cuál es tu camino para servir.


sábado, 14 de mayo de 2016

El reloj de cuco (Consumismo)


Hacía más de una semana que la voluminosa caja de madera se hallaba frente al número 7 de la calle Las Américas. Cada noche, antes de acostarse, los vecinos apartaban levemente las cortinas y a través de la mínima rendija le echaban un último vistazo para asegurarse de que seguía a la intemperie. La tarde en que se desató un fuerte aguacero, el vecindario entero aguardó con expectación algún movimiento por parte del propietario de la vivienda, pero desde las ventanas, observaron, con una mezcla de impotencia e incredulidad, cómo se iba calando la madera hasta que las letras impresas en el costado quedaron reducidas a una mancha emborronada. A pesar del evidente abandono, algunos vecinos aseguraban haber visto al dueño de la casa recibir al camión de reparto que la dejó delante de su puerta. Desde aquel día permanecía allí, como si estiviera esperando que alguien tomase la decisión de ubicarla en su emplazamiento definitivo. La obstinada presencia de la caja, ocupando un lugar que no le correspondía, provocó en aquel barrio apacible, de casas idénticas, bonitos jardines delanteros y setos cortados milimétricamente, una inquietud que el paso de los días fue acrecentando, gota a gota, en forma de truculentas especulaciones que, rebasados los límites de lo razonable, obligaron al comité de vecinos a poner en conocimiento del servicio de vigilancia ciudadana un hecho tan insólito. Completadas sin éxito las gestiones para localizar al dueño del inmueble, los agentes irrumpieron por la fuerza en el interior de la vivienda. Tras la puerta encontraron un caos de paquetes que había conquistado la mayor parte del espacio. Apenas quedaba un mínimo resquicio que, a forma de estrecha senda, permitía el movimiento dentro de la estancia. Los envases, apilados contra las paredes, daban al lugar la impresión de provisionalidad de los días previos a una partida o del desorden del recién llegado que aún no ha tenido tiempo de desembalar sus pertenencias. La mayor parte de las cajas permanecían cerradas; sólo algunas se habían abierto tímidamente para dejar ver un contenido que parecía intacto. En las etiquetas adheridas en los costados se podía leer la fecha de compra, que en muchos casos se remontaba varios años atrás. Llamaba la atención la escasez de muebles, aparentemente desparejados, como piezas sueltas adquiridas en un saldo. En las restantes habitaciones los muros de paquetes se levantaban casi hasta el techo, frágiles, abocados a derrumbarse sin remedio con el más leve contacto. El aire en el interior de la casa era denso, cargado de una fetidez que se volvía más intensa cuanto más se penetraba en aquel laberinto de cartones. No debieron indagar demasiado para encontrar el origen. Dentro de la bañera hallaron el cuerpo sin vida de Martín T. Sólo su cabeza, en avanzado estado de descomposición, emergía de un líquido oscuro, mezcla de agua y sangre coagulada. 

En el vecindario de la calle Las Américas todo el mundo consideraba a Martín T. un consumado deportista, y eso que nadie le había visto correr nunca, ni siquiera los diez minutos diarios que las empresas de sanidad incluían como clausula obligatoria para rebajar el precio de los seguros médicos. Habían llegado a semejante conclusión inducidos por las apariencias, pues las pocas veces que Martín se dejaba ver en público, lucía siempre chándales de colores llamativos, sudaderas, camisetas con emblemas de alguna universidad norteamericana y zapatillas de las que sólo utilizan los amantes del running. Lo creían uno de esos tipos anticuados, atleta doméstico, que practican ejercicio sobre una de esas desfasadas cintas de correr que tanto desaconsejaban ahora los expertos. Según el Dr. L.M. Gottlieb: correr, además de un sano ejercicio, debe suponer una experiencia sensorial. En el mismo sentido, Stuart Gordon, primer ganador de la decamaratón, consideraba que la cinta de correr era a la masturbación, lo que correr al aire libre era al sexo. Tal afirmación, muy aplaudida en los círculos deportivos, le costó, sin embargo, la denuncia de varias asociaciones de onanistas que consideraban este comentario un insulto a sus más profundas convicciones. El caso de Martín T. parecía claro: debía de tratarse de esa clase de gente que se aferra tozudamente al pasado.

A pesar de esta creencia general, Martín T. no era en absoluto deportista. Ni siquiera aficionado. No disfrutaba jamás del ejercicio ni se entretenía viendo cómo otros lo practicaban. En realidad, odiaba el deporte, y era precisamente este intenso rechazo el que lo condenaba a lucir siempre el aspecto inconfundible del que ha hecho de la actividad física un pilar básico de su existencia. Todavía debieron pasar algunos años antes de que el eminente neurólogo, el Dr. Wainberg descubriera que este extraño comportamiento que afectaba a uno de cada diez millones de habitantes, se trataba del SDI o Síndrome del Deseo Inverso, que, en los individuos afectados, provocaba que los impulsos cerebrales que se asocian a la atracción y al rechazo estuvieran intercambiados.

Martín T. nació como cualquier niño normal. Pesó tres kilos quinientos cincuenta y tres gramos, libre de enfermedades conocidas y con los cinco sentidos en perfecto funcionamiento. Tan pronto le fue cortado el cordón umbilical se le implantó, como era obligado, el chip con el que pasaba a formar parte de la sociedad y en el que a partir de ese momento quedarían registrados todos sus datos.

El chip había sido invención del científico ruso Igor Mendeliev hacía ya a más de un siglo. Implantado en el cerebro este minúsculo artefacto no más grande que la cabeza de un alfiler, además de almacenar información básica del individuo, como su historial médico, las cuentas bancarias o las distintas claves de acceso a entidades privadas, analizaba los impulsos eléctricos cerebrales asociados a las emociones, pudiendo así identificar las apetencias más íntimas del portador. Este avance, como era de esperar, había supuesto una revolución en el ámbito del consumo, lo que le valió a Mendeliev el premio Nobel de comercio. Desde su masiva introducción, el simple hecho de ver un objeto era suficiente para que el dispositivo determinara si era del agrado del consumidor, si realmente quería comprarlo y en caso de que así fuera adquirirlo automáticamente. Los diez primeros años de vida, esta función no estaba operativa. Durante este período el dispositivo se familiarizaba con la actividad cerebral del individuo, reconociendo las transmisiones sinápticas asociadas a sus gustos. Al llegar a la fecha del décimo cumpleaños la función comprador se activaba y el niño, acompañado de sus padres, era llevado al consumarium, un lugar que recordaba a los antiguos centros comerciales, donde el proceso de iniciación se completaba con una primera compra. Sólo en estos lugares, exclusivos para dicho ritual, los productos se exponían físicamente, colocados en enormes estanterías que brillaban bajo luces cegadoras.

Para Martín T. el día de su iniciación fue triste y desconcertante. Como los demás niños recorrió aturdido los largos corredores abiertos entre las inmensas paredes de cajas apiladas, fascinado por la abundancia, por las luces centelleantes, por la avalancha de colores. Todos los iniciados salían de allí con un paquete bajo el brazo y una sonrisa complaciente, satisfechos por saberse parte de un mundo que acababa de abrirles las puertas. Sin embargo, Martín T. sostenía en una gran bolsa de plastigetal un equipaje completo de hardball que incluía la aparatosa y contundente pala. A las miradas cómplices de sus padres, que intentaban compartir su alegría, él trataba de responder componiendo una forzada mueca de felicidad que ocultara la extraña sensación de no haber entendido nada de lo que acababa de suceder. Hacía únicamente unos minutos, la simple visión de aquel equipaje le había hecho experimentar un temor que no le era desconocido. Se topó con él en la sección de deportes, a la que había llegado al doblar uno de los interminables pasillos que atravesaban el gigantesco recinto. Colgaba de una percha, como una mancha roja en la que destacaban dos cifras en blanco, las mismas que lucía en sus partidos la estrella local. Por un momento creyó que aquella indumentaria iba a cobrar vida y abalanzarse sobre él, reproduciendo la aciaga mañana en la que, M. S., el chico más fuerte de su curso, que lucía el mismo dorsal en su equipaje rojo, le abrió una brecha en la cabeza de un palazo. Aquel incidente se saldó con varios puntos de sutura y la reprimenda de sus padres por no haberse ajustado bien el casco. Ahora, no sabía exactamente cómo, se dirigía a casa con una idéntica equipación bajo el brazo. 

Ésta no fue sino la primera de muchas pesadillas. Durante los siguientes años, cada vez que hizo alguna compra, recibió en su casa paquetes que contenían objetos que no sólo no eran de su gusto, sino que odiaba profundamente. La primera reacción de sus padres, ante sus suplicantes quejas, fue la de acusarle de caprichoso. Como las protestas no cesaban, consultaron la opinión de varios psicólogos que, tras largos y costosos tratamientos, diagnosticaron unánimemente que el chico estaba tratando de llamar su atención. Sólo después de verle llorar amargamente, de asistir horrorizados a la violencia con la que destrozaba todo cuanto había adquirido por su cuenta, contactaron con la empresa que comercializaba el chip y tras no pocos trámites, lograron ser recibidos. Según los técnicos el dispositivo era efectivo al 99,999999 por ciento, y hasta los más pequeños errores eran detectados en la planta de producción durante los tests de fiabilidad. Después de un concienzudo análisis, no se encontró ninguna anomalía en el comportamiento del chip. El siguiente par de semanas la función de compras permanecería desactivada, momento en el que la unidad realizaría un proceso de autoajuste. Durante este período Martín T. pudo volver a caminar tranquilamente por las calles, observando sin temor los enormes paneles comerciales donde se anunciaban los más diversos productos: los últimos modelos en coches autodirigidos, traductores caninos, cremas vaginales para eliminar los óvulos y espermatozoides portadores de enfermedades, alopecia, celulitis, piel grasa o penes y pechos de pequeñas dimensiones, viajes virtuales al Antiguo Egipto, ataúdes biplaza para compartir gastos en el último viaje, etc.

La mañana en que el chip se volvió a activar, pensó en lo primero que se compraría: un reloj. Sería inmenso, de dos metros de diámetro, tal vez. Lo colgaría en la pared de su habitación. Le fascinaba el movimiento incansable del segundero destilando los minutos con sus pequeños pasos, recordándole todo el tiempo que había perdido y que desde ahora mismo se había propuesto recuperar. Todavía echado en la cama, la pantalla virtual se proyectó en el techo de su cuarto. Comenzó entonces una sucesión de imágenes en la que desfilaron los relojes más espantosos. Compra finalizada. La serie de hologramas se había detenido en un reloj de cuco del tipo Jagdstück, con motivos de caza labrados en la madera. Los técnicos de mantenimiento le aseguraron que en pocos días el chip terminaría por ajustarse. Durante algunos meses le dieron largas, con vagas promesas sobre futuros arreglos, hasta que cansados de sus continuas reclamaciones le dijeron que ya no podían hacer nada más por él. El dispositivo operaba correctamente. Sus padres, también hastiados de sus protestas, lo dejaron por imposible. Se habían resignado a aceptar que su hijo era un excéntrico. Si el chip funcionaba bien, a cuenta de qué los sombreros de copa, los pantalones a cuadros, la cabeza de alce disecada, la cama que imitaba un coche, los diez volúmenes sobre la vida de las Santas Brígida y Anunciata, la figurita de porcelana del pastor tocando el caramillo … Mientras sus padres vivieron, por más amargas que resultaran sus lamentaciones, todo cuanto compró terminaba expuesto en su habitación. A ver si así aprendes. Este periodo se prolongó a lo largo de varios años, hasta la fatídica noche en que sus progenitores, celebrando sus bodas de plata, fallecieron accidentalmente por una sobredosis de Orgasmatrol potenciada por un brownie de marihuana. Por fortuna, dentro de la desgracia, esa combinación exacta de sustancias estaba contemplada en la póliza de seguros que sus padres habían contratado, por lo que a partir de aquel momento ya no tuvo que preocuparse nunca más por cómo iba a ganarse la vida. 

El resto de sus problemas seguía atormentándole. Le pesaba la soledad. Echaba de menos las continuas discusiones con sus padres cada vez que llegaba un paquete y le recriminaban que hubiese comprado una colección de dedales, una cubertería de color rosa o un recipiente para la leche con forma de vaca. También tenía necesidades que no sabía cómo solventar. Recurrió entonces a LoveToy la empresa líder en el sector de la compañía artificial. Producía por encargo figuras humanas, tanto hombres como mujeres, reproducidas hasta en los detalles más insignificantes siguiendo los deseos del cliente. Además de esta meticulosidad, lo que hacía de este producto el mejor del mercado, era el material que se empleaba en su fabricación, un nuevo polímero que imitaba casi idénticamente la piel humana. Una vez en la página de LoveToy, el chip recogía las respuestas del cliente a la minuciosa sucesión de imágenes que configuraban una especie de elaborado cuestionario. Finalizado el proceso pensó que, en el peor de los casos, fuera cual fuera el resultado siempre sería mejor que estar solo. La llamaría Kore. Cinco días después tenía en el salón de su casa el embalaje que contenía a su compañera. Tumbada, la caja tenía el tétrico aspecto de un ataúd, así que decidió ponerla en pie antes de retirar la tapa. Cuando el cajón estuvo abierto y contempló a la mujer, se sintió abatido. Frente a él se hallaba la imagen de un fantasma que solo había visto en viejas fotografías. Todo en aquel rostro, la forma de la mandíbula, la expresión de los ojos, la misma curvatura de los labios, más que recordar a los de su madre, podría decirse que eran los de ella; casi una réplica exacta de cuando tenía veinte años. Sin llegar a sacarla de la caja, volvió a colocar la tapa y la enterró en el jardín trasero, bajo la morera donde su madre solía leer todas las tardes hasta que comenzaba a declinar el sol.
Cada día se sentaba frente a un cuenco de porcelana blanca repleto de hojas de lechuga, radicchio, escarola y otra verdolaga insípida aderezada con vinagre de manzana que él hubiera cambiado gustosamente por un solomillo que sangrara con el corte del cuchillo. De segundo, hamburguesa de tofu, y gelatina de fresa o un yogur con sabor a coco para el postre. Únicamente podía comer a su gusto cuando lo hacía en los restaurantes, que acabó por no frecuentar debido a las molestas miradas de desaprobación que inspiraba su colorido atuendo.

Intentó encontrar soluciones en la medicina convencional, y cuando ésta falló, también lo hizo en las prácticas alternativas. Se sometió a hipnosis, acupuntura, acudió a clases de pranayoga que impartía una vecina, pero tras aquellas sesiones sólo tuvo la desagradable sensación de haber perdido el tiempo. Las compras se siguieron sucediendo, y a cada fracaso respondía él con una devolución inmediata. Paulatinamente las empresas, le pusieron cada vez más trabas para recoger los encargos rechazados y cansado de luchar contra la burocracia terminó por quedarse con los paquetes que rara vez llegaba a abrir.
Una mañana, cuando aún estaba en la cama oyó el timbre. Con desgana se atusó el pelo, se vistió con un albornoz de lunares y fue a abrir la puerta. Era un repartidor. Junto a él, dos tipos sudorosos con el resuello entrecortado, esperaban órdenes junto a una enorme caja. Se trataba, según el albarán, de una gran pecera con forma de piano de cola ¿Dónde la dejamos? Martín T. echó un vistazo hacia el interior de la casa y vio que no había espacio para nada más. Déjenla ahí, y cerró la puerta. De camino al baño se fue desprendiendo de la ropa, y ya sumergido en el agua teñida de rojo, escuchó por última vez el desagradable sonido del reloj de cuco.

jueves, 12 de mayo de 2016

ARNAU PONS en la UPV el miercoles 25


La 3D de acceso

Siempre se paraba a ver aquella 3D a la entrada del centro de Inteligencia Redwind. Los ojos, la expresión, el movimiento de la cabeza al esperar a su compañero. Transmitían una fuerza abrumadora con tan sólo unos segundos. Era todo lo que se podía recrear a partir de una grabación. La 3D era la forma actual de guardar recuerdos. Un calco exacto de una escena, reflectada en la mente al mirar un punto. Arte. El problema de las reproducciones antiguas era su reconstrucción. La reproducción digital carecía de profundidad y claridad. A partir de ese movimiento almacenado junto a sus facetas de luz y color se podía recrear una 3D. Con colores resolutivos, líneas en diferente fase y alternativas en frecuencias se  mostraban un arreglo que desafortunadamente marcaba su falta de autenticidad.
A pesar de ello, ese recuerdo histórico e infravalorado a Joahna BlackEye le hipnotizaba. Esa mirada, real. Ese asentimiento con Casco espacial en mano. Único. La escena no era excepcionalmente  particular ni históricamente importante. De hecho era tachada por los más neopacifista de imperialista y bélica. La ingeniera de comunicación veía mucho más. El inicio del Imperio. El primer vuelo galáctico pilotado que salió del sistema. Incluso atacó una base enemiga destruyéndola. Con tan sólo un caza y un transporte de carga. Épico en aquel tiempo.

La 3D mostraba a los dos pilotos. Skylight y Redwind. Piloto y navegante. La imagen fue tomada antes de entrar en la nave de ataque ligero modelo Artham RP1. Skylight parece esperar a su navegante. Joahna se imagina las palabras, las voces. Como Redwind se excusa indicando que estaba recibiendo instrucciones. Pero en ese momento, cuando Skylight parece haber escuchado a su compañero, muestra un reflejo de preocupación, de temor, de destino. De no estar seguro de su futuro cercano. De tener todas las ordenes claras, transito, funcionamiento, objetivos. Pero de creer que hay un factor que sólo una fuerza exterior puede guiar.

Ese mismo sentimiento tiene Joahna BlackEye ese mismo día. Su descubrimiento puede haber estado guiado por la misma mano. La mano que cambiará el Imperio, que transformará la galaxia.    

DEL 600 AL BMW

Como consecuencia de la posguerra y del cierre de fronteras al que nuestro país estaba sometido a causa de la dictadura, la industrialización fue un proceso tardío en España. Sería ya en los años sesenta cuando comenzó a vislumbrarse cierta expansión y fue entonces cuando la sociedad comenzó a conseguir un cierto nivel económico que, aunque precario comparado con otros países de Europa, permitió a un gran número de ciudadanos conseguir determinados bienes impensables diez años atrás.

Esto se debió a la apertura de mercados extranjeros por el fin de la autarquía, energía, materias primas y mano de obra abundante generada por el éxodo del campo a la ciudad y por la incorporación de la mujer al mercado laboral. Todo ello a bajo precio, proporcionando grandes cambios en la producción y beneficios para los empresarios. El precio de los alimentos también se abarató. Y pese a que los salarios eran bajos, todos estos factores propiciaron nuevos hábitos en la población a la hora de consumir que repercutirían en el crecimiento económico. Poder adquirir una vivienda en propiedad, tener el ansiado Seat 600 e incluso poderse permitir la compra de una segunda vivienda, comenzó a ser algo normal en un gran número de familias de “la nueva” clase media. Y este estado de bonanza continuaría e iría a más. Pasamos de la cartilla de racionamiento, a poder conseguir casi de todo en los establecimientos de todo tipo cada vez eran más florecientes; del mercado al súper y de la mercería a los grandes almacenes.

Los noventa supondrían un cambio radical para el país a la hora de consumir. Comienza tambien un crecimiento económico vertiginoso sustentado en la construcción (el ladrillo se convierte en el oro del siglo XX) que como bien es sabido, arrastra tras él a un gran número de profesionales de muchos sectores a los que todo les va a la perfección. Gran parte de la población, deslumbrada por la facilidad con la que se pueden conseguir las cosas, empieza a comportarse y a vivir peligrosamente. Los bancos dan créditos sin contemplar riesgos, con los que tú te podrás comprar piso, coche, moto y si te insisten un poco hasta un barco. ¿Si podrás amortizarlo? No es su problema. Solo tienen que vender el producto.

Muchos jóvenes comenzaron a abandonar sus estudios para trabajar en la construcción. Un peón cobraba más que cualquier licenciado y con el primer sueldo, pues un BMW, ¿para qué iban a ir con tonterías? Y tú mirabas desde tu ventana atónita lo que estaba ocurriendo, pensando adónde nos llevaría semejante despropósito. Sabiendo con certeza que te iba a salpicar de una u otra forma aunque te mantuvieras al margen y no pudieras hacer nada por remediarlo.

Los años pasaban y seguíamos viviendo como Alicia, en el País de las Maravillas, hasta que llegó aquel fatídico año, el 2007, cuando la crisis nos sacudió a todos. Aunque aquí seguíamos negando la evidencia y no queríamos reconocer que lo habíamos hecho mal, muy mal. 

Aumento en los tipos de interés, desempleo. La gente no podía pagar sus préstamos, las viviendas no se vendían pero intentaban mantener los precios, al final se vieron obligados a bajarlos. Pero ya no había quien los comprara, la banca cerró sus grifos. Esto provocó que empresas promotoras y constructoras se declarasen en quiebra. Que empresarios de diversos sectores dependientes de una u otra forma de este negocio se vieran obligados a bajar sus persianas y que nos viéramos metidos de lleno en un bucle del que nos vemos incapaces de salir por más recortes sociales, salariales y subidas de impuestos a los que nos sometieron. Mientras, la corrupción campaba a sus anchas por “la piel de toro”. Dicen que estamos saliendo del pozo, pero yo solo puedo ver un futuro lleno de agujeros negros.

World Building. Descripción de una obra artística del mundo

EL ORIGEN DEL MUNDO


Provocadora, rompedora, audaz, tentadora, sensual, erótica, cualquiera de estos apelativos podría definir esta obra. Un  desnudo diferente a cualquiera de los pintados hasta entonces. Realiza una descripción detallada del sexo femenino. Un lienzo al que nunca deberíamos catalogar como pornográfico o darle ningún otro  tipo de apelativo obsceno, que pueda denigrarlo puesto que no era esto lo que pretendía Coubert cuando lo pintó.  Pretendía llamar la atención resaltando la sexualidad pero como algo anónimo e individual, como algo que nos pertenece pero que sin embargo compartimos, voluntariamente. Y eso es lo que él hace, compartir  la sexualidad de su amante con el resto de la humanidad de forma altruista como un acto generoso. Esta mujer  sin rostro representa el origen y al mismo tiempo al resto de las mujeres. Nos muestra el sexo femenino en posición relajada, en todo su esplendor, sin tapujos, como verdaderamente es, sin la necesidad de tener que avergonzarnos de él, presentándonos  la vulva, el vello púbico, como un gran campo a punto de ser sembrado, fértil, delicado, pintado con trazos finos y suaves, utilizando un gran abanico de colores empezando por los castaños y marrones más oscuros para terminar con el negro cerrando así ese círculo cromático. El resto del cuerpo también está tratado con maestría combinando ocre, siena, beis y durazno que da ese aspecto tostados pero a la vez tan natural a la piel de la mujer, hasta el punto que parece que podamos acariciarlo. Pero no debemos abandonar los colores nieve, lino o blanco que junto con los grises dan forma a la sabana que la envuelve como en un abrazo, derrochando una técnica colorista y luminosa utilizando pinceladas amplias y firmes, dándole un aspecto natural  que hace pensar que lo que tenemos delante es tan real que podemos tocarlo. La técnica es totalmente innovadora y revolucionaria, coloca el cuerpo de forma diagonal ignorando: cabeza, brazos y piernas de forma deliberada. Encuadra y enfoca en el punto exacto al que quiere llevar la vista del espectador, como si lo hiciera con un objetivo dotando a la obra de un aspecto fotográfico, no visto hasta entonces.