EXPLICACIÓN:
En la cafetería Dyamond dos señoras jóvenes, entre
veinticinco y treinta años, comentan:
-
Sobre una señora conocida que acaba de
entrar.
-
La dolencia de una de ellas.
-
Un problema de convivencia, surgido en
el colegio de su hija pequeña.
(El
vocabulario que emplean es más bien vulgar)
—Huy no mires allá.
—¿A dónde?
—Enfrente, la morena, la que se gira y habla con el
camarero.
—¿La del jersey blanco y negro?
—Sí, esa. Fue vecina y amiga de mi mama. Ahora vive
allá arriba de la Avenida.
—¿Son de la misma edad?
—Sí.
—Parece más joven que tu madre. Mira el brillo que
tiene en la cara.
—No, bueno, mi mama no se cuida. Va por la calle, le
da el sol, y está más trabajada.
—¿Oye que te pasa en el cuello?
—La otra noche sentí un estiramiento y me quedé enganchá.
—Pues ten cuidao y no muevas el cuello mucho. ¿Qué
te pones?
—Reflex y calor.
—Eso en dos días está curao.
—Oye, esa mujer no para de mirarte, ¿no vas a
saludarla?
—¡Yooo! que venga ella si quiere. Verás como no lo hace.
Mi mama y ella no quedaron bien. Se lo tiene muy creído.
—¿Está casada?
—Separada. Ahora, por lo que se ve, quiere vivir
cono si fuera joven. ¡Uff!, ya te contaré… su vida es un culebrón.
—Vale. Ah, otra cosa, ¿has ido hablar con la maestra
de tu hija?
—Claro que sí. Le he puesto las peras al cuarto.
Cómo no la cambie de mesa me va a oír. Todos los días viene arañá por la Jenni.
—Pues habla también con su madre.
—Yo, no, menuda verdulera es. Eso es cosa de la
maestra. Yo ya le he dicho que no estén juntas ni en el recreo. ¿Tú me entiendes?
—Pue sí, claro que te entiendo.
—Mi marido me lo dice. Dice que cómo no lo arregle
yo, va a ser peor si se mete él por medio.
—Pufff, madre mía ¡qué lío tienes! No sé cómo lo vas
a arreglar.
—Yo le he dicho a mi hija: “Si te pegan, tú da más fuerte”.
—Pero si son crías, mujer.
—Es igual. A la que le toca perder siempre es a mi hija. Anda, que tarde es. Tengo que recoger
a la chiquilla en casa de mi suegra.
—Hale, vamos a pagar.
—Pero mira pa la puerta, no tengo ganas de saludar
ni de ver a esa tía.
Atardecía cuando entré
en la cafetería Dyamond. Sentí un calor reconfortante, el frío en la calle me
había entumecido. Eché una ojeada a mi alrededor, vi una mesa libre, justo al
lado de dos señoras jóvenes que hablaban en un tono elevado, al mismo tiempo
que gesticulaban con las manos para dar mayor énfasis a lo que decían. En otra ocasión, no me
hubiera sentado cerca de ellas, no por nada, sino por la salud de mis oídos. La
mesa de enfrente acababa de estar libre, pero opté por quedarme a su lado,
sentía curiosidad, las veía tan animadas, enfrascadas en la incidencias
cotidianas, y sin el menor pudor a ser escuchadas.
Se abrió la puerta del
establecimiento e hizo su aparición una señora madura y atractiva. Iba
acompañada por dos señoras más.
La joven de cabello
largo y rubio, que llevaba el pelo recogido en una coleta, se quedó muy
sorprendida al verla. Le dio un codazo a su amiga y le dijo que disimulara y no
mirara a la mujer que se había sentado enfrente. La amiga la miró de soslayo y
describió la indumentaria que llevaba para cerciorarse de quién era de las
tres.
Laura comentó – esta vez bajó el tono de voz – que
durante tres años vivió en el mismo edificio de su madre. Además de vecinas
fueron amigas, pero quedaron muy mal. Algo sucedió entre ellas que las alejó de
forma tajante. Después se trasladó a vivir a la zona alta de la Avenida.
La amiga quería saber
la historia , pero recibió un no por respuesta. No era el momento oportuno. Sin
embargo, Chelo insistió en algunos puntos:
—¿ Es de la misma edad
que tu madre?
—Sí, —dijo cortante.
—Pues aparenta ser
mucho más joven.
—Eso es debido a que mi
mamá no tiene en cuenta los efectos dañinos del sol, cuando expones la piel sin
protección. De acuerdo, es algo descuidada para su arreglo personal, pero diré
en su defensa, que tiene otras ocupaciones que la absorben. Es pura dedicación
para sus hijos. Y no me hables de la genética —dijo en un tono que no admitía
réplica.
—Sí, sí, su actitud es
encomiable —apostilló seria Chelo. Así concluyó el asunto.
Laura se llevó la mano
al cuello y emitió un sonido doloroso. Tranquilizó a su amiga. La noche
anterior adoptó una mala posición mientras dormía y como consecuencia le había
producido una contractura, es decir, una torticolis. No hacía falta ir al
médico —dijo ante la sugerencia de Chelo–, se ponía la almohadilla eléctrica y
además, se daba masajes con Reflex, un antinflamatorio.
—A propósito, esa
señora no cesa de mirar hacia aquí. Deberías saludarla al menos—a Chelo le
podía la curiosidad.
—No me apetece en
absoluto. Nunca he aguantado sus delirios de grandeza.
—¿Está casada?
—Separada. Ahora quiere
vivir una segunda juventud. Lleva una vida trepidante…
Ante la insinuación
velada de Laura, Chelo sonrió, pero creyó conveniente cambiar de tema. El gesto
adusto de su amiga, así se lo indicaba.
Hablaron sobre la
tutoría que había tenido Laura con la profesora de infantil de su hija, por un
problema de convivencia. Laura entendía que no era de su incumbencia organizar
la clase, recreo y juegos, eso pertenecía a la tutora y al centro. Sin embargo,
las medidas de vigilancia adoptadas no eran suficientes. Todos los días,
Jennifer arañaba a su hija. “¿Qué hacían al respecto?”
Chelo sugirió que hablara
con la madre de la niña, en cambio, su amiga insistía una y otra vez, que la
solución al conflicto debía buscarla la señorita y el equipo docente. No se
enfrentaría a la descarada de la madre de Jennifer, por razones obvias.
Chelo lo comprendía,
pero instaba en que las niñas eran muy pequeñas, aún no habían adquirido
hábitos sociales básicos.
—Mi marido no quiere
entrometerse en esto—dijo sin escuchar a Chelo—, porque la dimensión del problema sería mayor.
He de resolverlo yo.
—¡Menudo tinglado
tenéis —dijo resignada Chelo.
—Sí, desde luego, hasta
le he dicho a mi hija que se defienda.
Laura observó el reloj
con sorpresa, se hacía tarde, debía recoger a su hija en casa de su suegra.
Se volvió hacia su
amiga, le comentó algo entre dientes. Pagaron en la barra y se dirigieron como
autómatas en dirección a la puerta de salida. Su cara reflejaba una expresión
de fastidio. Sin duda, la presencia de aquella mujer en la cafetería había contribuido a
nublarle el ánimo anterior.
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