Primera parte: Conversación robada
̶̶̶̶ ¿Qué edad tiene?
̶̶̶̶ Siete meses, a punto de
cumplir ocho. (‘Tranquila pequeña, que ya nos toca’, dice acunando a su
inquieta hija mientras le ajusta el chupete y las gafas).
̶̶̶̶ Mi hijo también lleva gafas desde los seis
meses. Ahora tiene ocho años. ¡No sé las que ha roto desde entonces!
̶̶̶̶ Ahora las hacen de silicona y se rompen
menos. Mira. Y el cristal es ergonómico o algo así. Por eso no se rompen, pero
se rayan más. Esta no ha roto ninguna. Ni siquiera se las quita. Las hermanas
sí que se las quitan cuando juegan con ella. Un rollo esto de las gafas cuando
son tan pequeños. Se las tengo que quitar continuamente: cuando le doy el
pecho, cuando la visto…¡Y qué caras! Los cristales me costaron 100 € y la montura
100 € más. (‘¡Pero qué guapa está mi peque!’, dice ajustándole de nuevo las
gafas que se habían desplazado unos milímetros por su diminuto tabique nasal).
̶̶̶̶ Los cristales de mi Cristian cuestan 300 €
cada uno. Pero son finísimos. Nadie diría que lleva nueve dioptrías en cada
ojo. Mi mujer no quiere que lleve las de culo de vaso. ¡Y buena es ella para
que le lleven la contraria!
̶̶̶̶ ‘¡No llores, peque. Enseguida llegamos a
casa!’. Tiene hambre, sabes. Si se pone muy pesada tendré que sacar la teta
aquí mismo. ¡Qué barbaridad! Son casi
las dos y llevo aquí desde las once y media.
¿Qué es lo que tiene tu hijo? La mía, estrabismo e hipermetropía.
̶̶̶̶ El Cristian, estrabismo y miopía. Le pusieron
botox, y le han hecho una cirugía tras otra. Yo no era partidario de tanta
operación, pero mi mujer quiere que quede perfecto.
̶ A la mía también le pondrán
botox, pero más adelante. Y también vendrán las operaciones. A mí eso me da más
miedo, por la anestesia, sabes. Yo creo que después, cuando sea mayor, me lo
agradecerá. (‘Gracias mamá, me dirás, ¿a que sí, peque?’, le dice a su hija
sonriendo y ajustándole las gafas). Pero, a tu hijo le ha ido bien, ¿no?
̶̶̶̶ Al Cristian le arreglaron lo del estrabismo,
pero sigue necesitando gafas.
̶̶̶̶
Amanda Fernández acuda a la consulta número 23 ̶ , se oye por megafonía.
̶̶̶̶ ¡Por fin! Ya nos toca. Adiós. (La mujer se
dirige a la consulta ajustándole de nuevo el chupete y las gafas a su hija).
̶̶̶̶ ¡Que todo vaya bien!
̶̶̶̶ ¡Gracias. Igualmente!
Segunda
Parte: Las gafas
Mi madre nunca me compró el oso
de orejas desiguales. De niño, cuando pasaba por la tienda de juguetes, pegaba
la nariz al escaparate y suplicaba a mis padres que me lo compraran. Lo que diga tu madre, se limitaba a
decir papá. Pero ella nunca accedió. Decía que el peluche escondía algún tipo de defecto que yo no lograba ver. Durante
mucho tiempo sospeché que los cristales de mis gafas borraban ciertos detalles
que me hacían percibir una imagen distorsionada de la realidad.
Lo que veía con una claridad
meridiana era que las mujeres tenían el mando. En casa se hacía lo que decidía
mamá. Y en primaria me cuadraba ante las órdenes de Claudia, mi novia. Un día
se la presenté a mi madre. Ella pasó revista y dijo: ¡ Hijo, sí que tienes la vista
atrofiada! Por entonces, yo no la entendí. ¿Acaso consideraba a Claudia
espantosa?, pensé. ¿Pero qué veía mi madre?,
me preguntaba. Tras mis lentes aparecía una niña de ojos azules, de cabello
dorado y con una graciosa mancha de nacimiento en la mejilla con forma de koala.
En el instituto, caí rendido ante
Zuraia. Me fascinaba su sonrisa, su piel canela, sus penetrantes ojos negros y los
coloridos hiyabs que envolvían su oscura melena. Un viernes la invité a mi casa;
y mi madre la recibió con su peor cara. ¡Que
no vuelva a venir! Ella no es como nosotros, dijo cuando ya se había
marchado. Yo seguía sin enterarme de
nada. Pensé que mis gafas me habían vuelto a jugar una mala pasada. Mi padre
levantó su mirada por encima de sus lentes y no dijo nada. ¡Buena es ella para que le lleven la contraria!, le había oído
decir a papá infinidad de veces.
En primero de carrera, me enamoré
de Carmen, una morenaza de ojos verdes. Durante meses me limité a quererla en silencio.
Me mentía al pensar que era su belleza lo que me acobardaba. Una tarde me
atreví a saludarla; y ella me devolvió el saludo. En ese momento me armé de valor
y entablé una conversación. A la semana siguiente, estábamos saliendo. Tres
años más tarde organicé una comida para que mis padres la conocieran. Ya en el
restaurante, empecé a ponerme nervioso. Mis padres se retrasaban. Temí que mi
madre hubiera dado una contraorden. Pero me equivoqué. Ella apareció como un
ciclón. Y mi padre, detrás. ¡No os
levantéis! Sentimos el retraso. La culpa, de tu padre, dijo mamá.
El encuentro fue mejor de lo que
esperaba. A mi madre le cayó muy bien mi nueva novia. A la hora de las
despedidas le acerqué a Carmen su gabardina, su bufanda y sus muletas.
̶̶ ¿Un accidente reciente? ̶ preguntó mi madre.
̶
No exactamente, las muletas siempre me acompañan ̶ respondió
mi novia.
Entonces la actitud de mi madre
cambió. Era evidente que Carmen ya no le caía tan bien como antes. ¡Deja al chico en paz!, se insubordinó papá
al llegar a casa. En ese instante comprendí que mi padre y yo veíamos el mundo
a través del mismo cristal.
Finalmente me casé con Carmen, a
pesar de la cara de desaprobación de mi madre. Cuando mi mujer dio a luz a
nuestro primer hijo, mi padre se presentó en el hospital con una sonrisa y con el
oso de orejas desiguales. Mi madre montó en cólera y le ordenó que lo
devolviera porque tenía un defecto.
̶ ¿Cuál, mamá? ̶ le pregunté intrigado quitándome las gafas.
̶ ¡No ves que tiene una oreja más
grande que la otra! ̶ contestó.
̶ ¡Ah, es eso! ̶ dije aliviado.
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