LA MARQUESA DE P***.
En las
postrimerías del extinto siglo XIX vivía en nuestra Corte una noble dama, a la que
llamaremos la marquesa de P***. Habitaba un lujoso edificio en los alrededores
de la Plaza Mayor, en el que ocupaba el piso principal, mientras que el piso
alto, dividido en apartamentos, se arrendaba a diversos inquilinos.
La
familia de la marquesa se reducía a ella y su consorte. Frisaban ambos en la
cuarentena, y la Providencia no les había otorgado la anhelada descendencia que
hubiera perpetuado el título que la familia de la marquesa ostentaba, según
ella, desde Leovigildo, aunque genealogistas más serios lo retrasaban a Carlos
IV.
El
lector, al que suponemos culto y bienpensante, sabrá de la atroz situación de
la mujer en la sociedad antigua. La de la marquesa, cierto, venía paliada por
el hecho de ser no sólo la poseedora del título nobiliario sino de las
propiedades anejas al mismo. Su marido, segundón de otra casa nobiliaria,
aunque no exento de fortuna propia, no podía parangonarse en cuanto a bienes a
su esposa.
La situación
matrimonial de los esposos podría resumirse en que la esposa, por su condición
de propietaria principal, manejaba las propiedades y, en gran medida, a su
propio marido.
Porque
la marquesa de P*** era una dama que, a las acrisoladas virtudes de su estirpe,
unía un temperamento notable. Bajita, como Napoleón, compensaba su escasa
altura física con unas miras que
resistían la comparación con el águila imperial. Unía a ello las dotes
diplomáticas que le permitían manejar a su marido y, en general, al mundo que la
rodeaba, sin necesidad de provocar conflictos bélicos, como hizo el corso.
Los años
de su juventud transcurrieron más o menos felices en el seno de un matrimonio tan
afortunado, y cabe decir que dicha felicidad era ganancial, pues si la marquesa
por carácter y fortuna hacía cuanto le venía en gana, Paquito (que era el apelativo cariñoso que ella daba a su marido) era
casi igual de feliz sometido al imperio de su cónyuge, pues ésta tenía la sagacidad
de dejarle una ilusoria autonomía, hasta el punto de hacer parecer que las
decisiones de ella surgían de la iniciativa de él.
No crea
el lector que padeciera nuestro marqués del reblandecimiento cerebral que
cierto novelista de la época atribuyó a un supuesto marqués de Villamelón. Paquito, que en la vida civil era D.
Francisco de Borja Méndez de las Asturias y Fernández-Rebolledo, era un
erudito, especializado en la medallística y numismática del Renacimiento y, como tal, había compuesto
sesudas monografías que le habían proporcionado el grado de correspondiente de
la Real Academia de la Historia, entre otras distinciones. Feliz con sus moneditas (como decía no sin sorna la
marquesa), enterrado todo el día entre papelotes,
el marqués aprobaba sin enterarse cualquier decisión de su esposa, y como tenía
alergia a las fiestas y recepciones a que ésta era muy aficionada, venía a
menudo indultado de tan penosa obligación gracias a las benéficas amistades
masculinas que se prestaban a acompañar a su mujer a esos saraos.
Porque
la marquesa, fiel en esto también a las costumbres imperiales, había adoptado
la institución, tan venerable en la Historia, de los favoritos o validos. Un
historiador que se ocupara de la misma habría podido señalar que la docena
larga de personajes que había ocupado el oficioso puesto se caracterizaba por una
edad menguante, pues si en los primeros años de su matrimonio eran sesudos
señores mayores quienes acompañaban a la dama en sus salidas, en los últimos
eran ya jóvenes oficiales o hijos de buena familia los que aspiraban y obtenían
tan codiciado puesto. Hubiérase dicho que la marquesa de P***, Manuela para sus
íntimos, rejuvenecía conforme pasaban los años.
Es aquí
cuando entra en escena Bertín, tal vez enviado por los dioses para consumar un
trágico destino. Bertín (en realidad Alberto Arteaga y Lazcano, de ilustre
prosapia) era mozo que no cumplía aún los 30 años, de esbelta figura, cabello
castaño con destellos rojizos, notables patillas, porte marcial y gentiles
maneras, entregado por el momento a la prosaica actividad de buscar vivienda. Y
como uno de los apartamentos del piso alto de la casa de la marquesa había quedado
libre, acudió a ver si era de su conveniencia.
Verlo la
marquesa y decidir que era el inquilino ideal fue cosa simultánea, y la
simpatía del joven y su habilidad hicieron el resto, que fue obtener el
apartamento deseado por unos cuantos cientos de reales menos de lo que pagaba
el inquilino anterior. Aun así, la marquesa se consideró la afortunada
vencedora en una negociación que no era precisamente un éxito económico. Porque
el déficit monetario se compensaba con creces con ventajas inmateriales como la
buena estampa o la ilustre familia del muchacho.
Justificó
éste su necesidad de habitación porque acababa de dejar el servicio de armas, y
esperaba iniciar una vida social. Pero calló,
claro está, que la dimisión del ejército–era oficial de la Guardia Real– se
había producido de manera forzada, tras protagonizar lo que pudorosamente
denominaremos un escándalo de costumbres,
que sólo la influencia de su familia había logrado acallar. Bertín, cuyo mal gusto hacía violento
contraste con su bella apariencia, habíase enredado con un sargento chusquero, y, descubierto el pastel, no
le quedó otro remedio que presentar la dimisión voluntaria. El sargento, que al
menos al principio era inocente de toda inocencia, perdió por supuesto su
modesto empleo, y sólo evitó el consejo de guerra porque éste no habría podido
celebrarse sin implicar a Bertín en el mismo. El padre de Bertín, que era un
vizconde, completó su obra con una generosa asignación a su hijo, en tanto éste
encontraba otros medios de vida, y se aseguró del silencio de su cómplice
mediante un estipendio adecuado a su baja estofa. No se pudo evitar que el
asunto fuera la comidilla de las salas
de armas, pero la cosa no pasó de ahí, y dada la edad de la criatura, pronto se consideraría uno de
esos extravíos de juventud que no logran empañar carreras más altas.
A Bertín
le cayó bien la marquesa y aún mejor la
rebaja del alquiler que ésta le concedió, pero, como es fácil de entender, le
dejó indiferente en lo que a sentimientos se refiere. En cambio, la impresión
que le produjo a la marquesa el joven se vio incrementada al coincidir con lo
que ella llamaba in mente “la
traición de Julito”
Julito,
en el siglo Julio Portero y Viscagorta, era hasta hacía poco el valido en
funciones de la marquesa. De común acuerdo con ésta había contraído compromiso
matrimonial con una señorita burguesa, pero muy adinerada, dando ambos por sentado que, pese a ello, las
relaciones mutuas se mantendrían sin alterar. Pero bastaron pocas semanas para
comprobar la falsedad de tal premisa. Julito, so pretexto –no del todo
infundado– de que su futura suegra le ataba corto, había ido espaciando sus
visitas a la marquesa, ignoraba su correspondencia o la contestaba con creciente
retraso y laconismo. En fin, presentaba todos los síntomas de un encubierto
abandono. La marquesa ya sólo esperaba la ocasión de dar estado oficioso a su despido mediante la
oportuna escena, cuando la aparición de Bertín le vino como anillo al dedo para
soslayar ésta con la sustitución de un valido por otro de más fina estampa y
mejores antecedentes. A decir verdad, la marquesa se equivocaba en este último
punto, pero su ignorancia es disculpable.
Manuela
forjó al respecto un plan que prefiguraba, en pequeña escala, el que haría de la blitzkrieg el Estado Mayor alemán cincuenta años después.
Menudearon las invitaciones al nuevo inquilino, que en pocas semanas adquirió
el status de comensal más favorecido
en casa de la marquesa. Bertín, habitualmente sin blanca, se aprovechaba de las
ventajas materiales de la situación y se dejaba querer con cierta indolencia.
Conseguir del mismo que la acompañase con cada vez mayor frecuencia a festejos
varios, fue un juego de niños para la marquesa.
Por su parte, Bertín no había dejado de echarle
un ojo al marqués, que, para su desviado gusto, presentaba mayores atractivos. No
es que fuera feo el marqués. No asustaba, al menos. Cierto que, lo que en su
juventud había sido frente despejada, era ahora descarada calvicie. Pero la
regularidad esférica de su cráneo y el adorno de una recortada barba atenuaban
el mal efecto de su estéril folículo piloso. Y, además, era hombre de buena
planta, robusto y de voz grave y viril, aunque no la usara sino para convenir
en los caprichos de su mujer.
Bertín
bajaba con cierta frecuencia, casi siempre para obtener de Manuela alguna menudencia.
No estaba la marquesa uno de esos días, y encontró al marido ocupado en
menesteres impropios de su condición. Había instalado éste un sistema de
desagüe en el baño, una primicia en esos tiempos, y ocurría ahora que se atascaba, y el agua sucia de la
tina tardaba en salir. Recurrió el marqués a la casa instaladora y se enteró de que ésta había cerrado. No sabiendo qué hacer, trató de solucionar la
cuestión él mismo, y en ese trance lo halló Bertín.
Estaba
el marqués despechugado, sudoroso, con la camisa arremangada y no decimos que
desmelenado por razones obvias. La interrupción de Bertín le produjo gran
alivio cuando el joven, obsequioso, se ofreció a ayudarle. No percibió que la
contemplación de sus velludos antebrazos aceleraba los pulsos del muchacho.
La
ignorancia de Bertín en materia de desagües era aún mayor que la del marqués, por
lo que casi una hora después salían ambos de la sala de baño, mojados, descamisados, enrojecidos por los vanos
esfuerzos. Llegaba en eso la marquesa, que los miró, perpleja, sobre todo al
ver que Bertín escurría el bulto con aire contrito. El marqués, que no daba
maldita importancia al asunto, apenas contestó con monosílabos a las preguntas
de su cónyuge, sumiendo a ésta en asombro. Malpensada y suspicaz como era, no
pudo menos que albergar, bien es cierto que fugazmente, un “¿Si será…?” que dejó, aun desechado, una
vaga estela de sospecha.
El
incidente tuvo algunas consecuencias, y la principal fue que Bertín, a partir
de entonces, procuró bajar en ausencia de la marquesa. Importunaba al principio
al marqués, hasta que simuló un gran interés por sus aficiones, y desde que el
docto numismático encontró público adicto, no hubo para él importunidad alguna. Cierto que la
contemplación de efigies de reyes y papas en medallas y monedas cuya rareza era
incapaz Bertín de apreciar era bien aburrida, pero, a menudo, los reversos de
esas medallas incluían escenas mitológicas que el joven pedía al experto le
explicara. Y los Martes, las Dánaes recibiendo la lluvia dorada, las Ledas con
su cisne y cosas semejantes no carecían de atractivo y, con cierta habilidad
por su parte, la conversación tomaba un sesgo más favorable.
No vamos
a describir por lo menudo cómo derivó la cosa. Baste decir que el joven Bertín
llevó la iniciativa, que el marqués pasó de la más absoluta incomprensión a la
incredulidad, de ésta a la perplejidad y luego a un sentimiento en el que el
halago se juntaba con la alarma y hasta el terror. Pero a todos venció el joven
Ganimedes, y en poco más de dos semanas, el marqués, por así decir, comía en la
palma de su mano. Verse objeto de devoción cuando en toda su vida conyugal lo había sido de
desprecio, era quizás el motivo dominante en esa súbita conversión. Y, acostumbrado
como estaba al yugo, el docto académico, dejó en manos de su partenaire la conducta futura de ambos.
Desde
entonces menudearon las subidas o
bajadas de uno y otro, las citas concertadas de palabra o por escrito, en
papelitos que se pasaban con disimulo. Había algo de juego en estos tejemanejes
que rejuvenecían al marqués y estimulaban al pérfido Bertín. Era preciso, claro
está, mantener el secreto ante la numerosa servidumbre y los demás inquilinos.
La marquesa era, sin duda, el escollo más duro, y aunque nunca vio nada, un
sexto sentido parecía mantenerla en desasosiego. Estas dificultades aconsejaron
buscar un lugar de encuentros ajeno a la casa. Bertín encontró una pequeña garçonnière muy discreta (y muy cara) que
el marqués pagaba sin rechistar. Los encuentros, diurnos, permitían que Bertín
atendiera a sus obligaciones oficiosas de acompañante favorito de la marquesa a
recepciones y bailes.
Transcurrieron
así varias semanas y uno se pregunta cuánto más habría durado el asunto si la
marquesa, cierto día…Pero, llegados al umbral de la tragedia, conviene dar
algunos detalles que hasta ahora hemos ahorrado al sufrido lector.
Eran casi
las siete de la tarde de un día de octubre. La marquesa tenía que concurrir,
por pura obligación social, a un importante baile que el duque de F** daba en su palacio. Ni se le ocurrió que la
acompañara su marido, dando por sentado que Bertín, últimamente muy
complaciente, se prestaría a ello sin mayor dificultad. Así había sido, pero esa
misma mañana, Bertín se había excusado con una de esos pretextos tan
enrevesados e inverosímiles que sólo pueden ser verdaderos. La marquesa,
enojadísima, apenas había tenido tiempo de advertir al favorito suplente, un
joven fachendoso llamado Pedrito, del que no diremos nada, porque apenas pinta nada
en esta historia.
Nerviosa
por estos antecedentes, con un amago de jaqueca en sus sienes, la marquesa, ya
arreglada, se paseaba como leona enjaulada, sin tener nada qué hacer, pues aún
era temprano. Por rutina, más que por sospecha, se puso a registrar los
bolsillos de las prendas de su marido y hete aquí que en el gabán encontró una de esas cartitas con las que los tórtolos
se citaban o se avisaban de algún cambio de horario. Nada tenía de amorosa la
misiva, que se limitaba a fijar una cita “donde siempre”, pero empezaba así:
Mi Oso:
He logrado liberarme del Dragón…
He logrado liberarme del Dragón…
A la marquesa le dio un vahído. Y cuando,
automáticamente, miró quién firmaba, le dio otro, pues, en consonancia con el
encabezamiento, ponía: “Tuyo, Patoso”
Una
comisión de facultativos no podría
determinar si las lágrimas de la marquesa fueron de rabia o de dolor, y
si –en cualquier caso–las provocaba la traición desvelada, el apelativo que se
le daba o la cursilería de los dos botarates. ¡Ella un dragón! ¡Patoso y el
Oso! La jaqueca ya no amagaba, campaba por sus respetos.
La
marquesa podía, con justicia, haber cedido a ella, meterse en la cama y no
asistir al baile, pero el honor de su casta se lo impedía: “Procedens Semper”, campeaba en su
escudo. Iría al baile. Pero no estaba para ver al pelmazo de Pedrito, por lo
que, con la rapidez característica del genio, trazó su plan.
Dejó al
mayordomo una nota “para Don Pedro” en la que comunicaba a éste que, por una
visita imprevista que precisaba hacer, acudiría directamente al baile, y que
allí se encontrarían. Pidió su coche de caballos y decidió calmar la tempestad
que rugía en sus entretelas dando un paseo en él antes de dirigirse al palacio
de F**.
El
lector avisado juzgará inverosímil que una mujer, en cualquier estado de ánimo,
salga de casa sin echar un vistazo a su aspecto en el espejo. Pero ese mismo
lector comprenderá que la esencia de la tragedia es la fatalidad, y que, como
decían los latinos, quos Deus vult
perderé dementat prius. De modo que, sí, la marquesa salió de casa sin
mirarse al espejo.
Tomó,
pues, el coche y mandó al cochero que fuera dando un largo rodeo, mientras ella
ordenaba sus ideas. Pero esta dilación fue
contraproducente. Carecía de ideas y el
traqueteo del coche le traía a la mente una ridícula rima (“El oso/ Patoso”) que no se le iba de la cabeza. Con lo que de
nuevo las lágrimas subieron a sus ojos. Se secó como pudo, pero sin poder
contemplar el resultado, pues el espejo de mano apenas le dio una borrosa
imagen de sí misma a la vacilante luz de los faroles de gas.
Podía la
marquesa haber ordenado la vuelta a casa, pero no lo hizo. Ya llegaba tarde. Descendió del coche a la
puerta del palacio de F**, donde Pedrito le esperaba impaciente. No advirtió el
gesto de extrañeza de éste, ni le dejó hablar, apresurándolo en el ingreso a la
morada ducal. Sí le sorprendió la vacilación del mayordomo que debía anunciar
su llegada, el cual parpadeó dos veces antes de vocear su nombre. Mientras
subía los escalones que separaban la puerta del salón, lleno de invitados, le
pareció también que estos la miraban con un gesto que oscilaba entre la
extrañeza y el estupor. Apenas un minuto después, la caritativa anfitriona, la
duquesa de F**, la sacó del salón con un pretexto, conduciéndola a un gabinete.
Y allí, por fin, pudo ver su propio aspecto. El maquillaje, ya dañado por las
primeras efusiones lacrimales, se había deteriorado aún más por las sufridas en
el coche. El rimmel se había corrido
por varios lados, dándole el aspecto de un enmascarado. ¡La marquesa estaba
hecha un adefesio! ¡Había hecho el ridículo!
Un ápice
de sensatez que conservaba, pese a su emoción, le hizo pedir la ayuda de la
duquesa para salir por una puerta lateral, dejando plantado al infeliz Pedrito,
al que todo el mundo apremiaba con preguntas que no podía contestar. Mientras,
la marquesa, ya segura en su coche, planeaba su movimiento futuro. Le hubiera
gustado vengarse, por descontado, pero no era cosa de ponerse a buscar ahora a
los dos traidores que habían hundido su prestigio. Y mientras estos gustaban de
las delicias del amor (o de lo que sea) en la garçonnière de Bertín, la marquesa, apresurada, hacía sus valijas.
Era preciso coger el tren correo de Extremadura esa misma noche, que la llevaría a
N***, un apeadero próximo a su principal finca. Allí esperaba encontrar refugio
hasta que el espantoso ridículo se olvidara. Pero, como no tardaría en
percibir, su vida social había acabado para siempre.
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