jueves, 3 de marzo de 2016

Van Gogh (Crossover)

                                VAN GOGH (Crosss-over)

Abrió la puerta con brusquedad y, encarándose conmigo, me espetó:
– ¡Todos nacemos locos, pero algunos lo seguimos siendo toda la vida!
Bueno, eso no me lo decía a mí, sino en general, aunque me miraba fijamente. Le tengo oído que un pintor sólo habla de verdad con sus cuadros, pero claro, eso hay que entenderlo en otro sentido, y es que lo que realmente quiere decir lo expresa en nosotros, al pintarnos.
Pero, aparte, como el pobre está tan solo, y generalmente tan alterado, necesita hablar y soy yo su principal oyente, cuando no el único. Porque nadie creerá que otras cosas inanimadas oyen, ven y, menos aún, entienden. No, somos nosotros, por la virtud del arte que nos impregna, los que podemos participar del diálogo humano, aunque eso si, en silencio. 
Mientras, el pobre Vincent seguía su monólogo y su exaltación iba creciendo de manera progresiva. Traía en la mano un paquetito, seguramente la magra comida de hoy, y una carta, que será de Theo, su hermano. Es el único que le escribe, creo yo, fuera de la correspondencia comercial. No sé qué sería de él sin Theo. Creo que nadie más se preocupa de él, incluso creo que lo mantiene…
–´Y bien, sí, estoy loco, qué pasa. De nada ha servido haber estado en esos manicomios o casas de reposo. A ratos, a temporadas incluso, estoy mejor, pero luego…Es algo que me viene de dentro, no puedo evitarlo. Pero –y ahora parecía dirigirse de nuevo a mí– sin eso, ¡cómo iba a pintar! No, no se dan cuenta de que para pintar, para pintar de verdad, hay que tener algo dentro. ¡Y a eso le llaman locura! ¡Sólo porque no lo tiene la mayoría de la gente! ¡Toda esa gente vulgar, que sólo se preocupa del dinero, de la comida, de dormir…! ¡No sé de qué les sirve estar vivos!. De hecho, no viven, porque vivir es tener un impulso interior que lo mismo te lleva a crear algo que a destruirlo…
Parece más calmado, ahora. O tal vez está fatigado. Se alimenta mal, no duerme casi, yo lo oigo por las noches trasteando, sollozando, quejándose ¡Pobre Vincent!  Ahora se me acerca. Me contempla:

– La verdad, me gustan tus colores. De otro modo –dice, enarbolando el pincel – acabaría contigo. Y, sin embargo, estoy seguro de que los que te vean, incluidos los críticos de arte, harán un mohín al verte, pensando o tal vez diciendo que esos colores… ¿dónde están? No comprenden que los colores de una pintura están en la cabeza del pintor, ¿qué digo en la cabeza? En su corazón, en su hígado, Dios sabe dónde, pero dentro de él, y que uno los deja salir porque no le queda más remedio, porque le están pinchando, le duelen. Y luego, no consigue plasmarlos como los ve, ni mucho menos. Si fuera por eso, habría que destruir todos los cuadros propios y si no lo hacemos con los ajenos es porque no podemos saber lo que el pintor veía…Con las formas pasa lo mismo, y encuentras la misma incomprensión. Han de pasar siglos para que la gente se acostumbre a las formas y los colores de alguien. Y luego están todos esos pompiers, que sólo se preocupan de la celebridad, de la venta, en el mejor de los casos, de la fidelidad a los modelos…¡Ah, me gustaría tener enfrente uno de sus cuadros, para hacerlo pedazos!    

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