miércoles, 2 de marzo de 2016

Texto para el trabajo de la compañera María Alcaide

Uñas Rojas


No puedo soportarlo, no aguanto a mi padre, es un ser exigente y despreciable.  Soy la que más ayuda en casa. Mi hermano, pese a que me saca un par de años, no realiza tareas tan pesadas como yo. Mi padre, consciente de mi fuerza, siempre me carga con los peores trabajos, los hago todo lo bien que puedo y sin rechistar. Mi hermano me odia por eso, él es más débil. Mi hermana pequeña es una consentida que no sirve para nada, de eso ya se ha encargado mi madre. Pese a bregar como una mula, para ellos siempre lo hago todo mal. Nunca una palabra de cariño, ni tan siquiera una palmada en la espalda, solo escucho reproches.

Me voy  a caminar por la montaña, allí es en el único sitio en el que puedo ser yo misma aunque sea durante un corto espacio de tiempo.  Hago lo que me apetece sin que nadie esté pendiente de mí, ni me exija ningún tipo de responsabilidad, disfruto haciendo lo que me gusta: matar conejos y alimañas. La sensación de felicidad que siento cuando disparo hacia esas pequeñas cabecitas que me miran suplicando clemencia es indescriptible, en ocasiones incluso he llegado a sentir un orgasmo por el placer que me provoca  ver como el balín de mi escopeta atraviesa la cabeza del pequeño animal, saliendo limpio por el otro lado, aunque debo confesar que si hay algo que me gusta más que eso, es cuando salgo a pasear para evadirme y dejo correr mi imaginación. Entonces sí que disfruto de verdad, lanzo piedras al primer animal o bicho que se me pone a tiro y veo cómo se retuerce de dolor, su sufrimiento es tan placentero para mí. Luego lo despellejo. Dejo las pieles a secar en un lugar del bosque que sólo yo conozco y después las voy guardando en un saco que tengo escondido en la parte alta del pajar. Cuando tengo un momento de debilidad, me dirijo allí y formo con todas ellas una alfombra sobre la que me tumbo para relajarme un poco, dejándome embriagar por ese olor a muerte que tanto me gusta.


Mi abuelo era policía, mi padre también. Soy hija única y la gran obsesión de mi padre es entrenarme y formarme para que en un futuro continúe con la tradición familiar. Los domingos por la mañana me lleva a clases de tiro, yo me asusto con el ruido y me hago mucho daño cuando, al disparar, el retroceso me lanza hacia atrás. Desprecio la violencia, cuando veo a alguien lastimando a un animal o me entero de que alguna mujer ha sido maltratada me pongo a llorar. Mi padre me riñe, dice que debo ser fuerte como un hombre y los hombres no lloran, los policías tampoco. Pero yo le digo: papá yo no soy policía, solo tengo 12 años. Pero lo serás algún día, lo serás pequeña y tienes que estar preparada. Sí, papá, lucharé para que nadie sufra impunemente.

Lo que nadie había podido llegar a sospechar era, que aquellos mismos sentimientos contradictorios que las separaban en su niñez, serían los mismos que llegarían a unirlas de una forma tan extraña años más tarde.


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