Uñas Rojas
No puedo soportarlo, no aguanto a
mi padre, es un ser exigente y despreciable. Soy la que más ayuda en casa. Mi hermano, pese
a que me saca un par de años, no realiza tareas tan pesadas como yo. Mi padre,
consciente de mi fuerza, siempre me carga con los peores trabajos, los hago
todo lo bien que puedo y sin rechistar. Mi hermano me odia por eso, él es más
débil. Mi hermana pequeña es una consentida que no sirve para nada, de eso ya
se ha encargado mi madre. Pese a bregar como una mula, para ellos siempre lo
hago todo mal. Nunca una palabra de cariño, ni tan siquiera una palmada en la
espalda, solo escucho reproches.
Me voy a caminar por la montaña, allí es en el único
sitio en el que puedo ser yo misma aunque sea durante un corto espacio de
tiempo. Hago lo que me apetece sin que
nadie esté pendiente de mí, ni me exija ningún tipo de responsabilidad,
disfruto haciendo lo que me gusta: matar conejos y alimañas. La sensación de
felicidad que siento cuando disparo hacia esas pequeñas cabecitas que me miran
suplicando clemencia es indescriptible, en ocasiones incluso he llegado a
sentir un orgasmo por el placer que me provoca ver como el balín de mi escopeta atraviesa la
cabeza del pequeño animal, saliendo limpio por el otro lado, aunque debo
confesar que si hay algo que me gusta más que eso, es cuando salgo a pasear
para evadirme y dejo correr mi imaginación. Entonces sí que disfruto de verdad,
lanzo piedras al primer animal o bicho que se me pone a tiro y veo cómo se
retuerce de dolor, su sufrimiento es tan placentero para mí. Luego lo
despellejo. Dejo las pieles a secar en un lugar del bosque que sólo yo conozco
y después las voy guardando en un saco que tengo escondido en la parte alta del
pajar. Cuando tengo un momento de debilidad, me dirijo allí y formo con todas
ellas una alfombra sobre la que me tumbo para relajarme un poco, dejándome
embriagar por ese olor a muerte que tanto me gusta.
Mi abuelo era policía, mi padre
también. Soy hija única y la gran obsesión de mi padre es entrenarme y formarme
para que en un futuro continúe con la tradición familiar. Los domingos por la
mañana me lleva a clases de tiro, yo me asusto con el ruido y me hago mucho
daño cuando, al disparar, el retroceso me lanza hacia atrás. Desprecio la
violencia, cuando veo a alguien lastimando a un animal o me entero de que
alguna mujer ha sido maltratada me pongo a llorar. Mi padre me riñe, dice que
debo ser fuerte como un hombre y los hombres no lloran, los policías tampoco.
Pero yo le digo: papá yo no soy policía, solo tengo 12 años. Pero lo serás
algún día, lo serás pequeña y tienes que estar preparada. Sí, papá, lucharé para
que nadie sufra impunemente.
Lo que nadie había podido llegar
a sospechar era, que aquellos mismos sentimientos contradictorios que las separaban
en su niñez, serían los mismos que llegarían a unirlas de una forma tan extraña
años más tarde.
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