miércoles, 2 de marzo de 2016

La baronia

El hombre de armas


Con el canto del gallo no solo comienza el trabajo en el campo, también el mío. Mi jornada es de sol a sol. Mi día comienza con un buen trago de cerveza que caliento en la lumbre, me templa el cuerpo y el espíritu y me ayuda a comenzar mis agotadoras tareas. Limpiar los establos, cepillar los caballos de mi señor, tener las monturas preparadas y estar siempre a punto para la marcha. Una vez realizados todos estos menesteres he de preparar las armas. Esta es mi rutina en tiempos de paz. Después voy a comer con el resto de mis compañeros de armas la bazofia que prepara la cocinera para nosotros.

No sé qué pasa, el vigía está haciendo sonar las campanas de alarma de la torre y no deja de gritar. ¡Un grupo de personas a pie se acerca a las inmediaciones del pueblo! Quizás hoy ha llegado el momento que tanto anhelo y comienza la batalla. Mi futuro está en juego.

No puedo creer lo que ven mis ojos. Un ejército de niños avanza con rapidez hacía las murallas capitaneado por un individuo que les arenga.

¿Qué fin traerán?, ¿Cuál será su misión?, nunca antes había visto nada igual. He de ir a la entrada del pueblo para averiguar qué es lo que está pasando.

¡Cielo santo! Avanzan con paso marcial hacia nuestras murallas, bueno los que todavía pueden caminar. Algunos, al sentirse cerca, caen desfallecidos. Muchos van descalzos, sus pequeños  pies están reventados y sangran, visten harapos con el frio que está haciendo. Sus caritas están desencajadas, a otros no se les ven ni los ojos, solo unas pequeñas oquedades oscuras y profundas reflejo del dolor y el sufrimiento al que están siendo sometidos, pero, los más fuertes, me miran desafiantes.

Ante semejante barbarie, lo único que se me ocurre hacer es gritar a mis compañeros y a las gentes del pueblo. ¡Salid!, hay que ayudar a estos pobres jóvenes guerreros, necesitan abrigo, agua y comida, necesitan un lugar para descansar. El hombre que los capitanea se acerca a mí. No necesitamos nada de vosotros, el Señor nos acompaña y nos protege. Él nos da la fuerza que necesitamos.

Retrocedo ante aquel hombre soberbio, pero antes de volver a traspasar las murallas, veo a una niña que no tendrá más de ocho años, desvanecida entre el resto de sus compañeros. La tomo entre mis brazos y sin que nadie se dé cuenta voy a esconderla entre unas pacas de paja apiladas en el establo. Con el calor de los animales estará bien. Creo que era la única niña, no puedo consentir que prosiga con esta cruzada. Si lo hace morirá. Aunque ya no pueda salvar su alma mancillada por tanta barbarie intentaré recuperar su cuerpecito maltrecho y darle una vida mejor. La que la niñez no le ha sabido ofrecer.


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