lunes, 29 de febrero de 2016

Fragmento de la pedida de la cabeza de Juan Bautista.




Es gracioso que, el Evangelio pueda encerrar este fragmento de la historia de Herodes escatimando tanto en detalles escabrosos. Los hechos están demasiado despersonalizados, son demasiado respetuosos con según qué figuras de poder. Menos mal que mi mente no es indulgente en las urdimbres que rodeaban a Herodes. No espero que mi relato sea escrito como los textos evangélicos, ni que sea tratado como la verdad absoluta. Sin embargo, espero que sirva para abrir los ojos a todos aquellos que creen a rajatabla que estos documentos son más veraces que los testimonios de los que presenciaron tal escena. Me refiero a la fiesta de cumpleaños de Herodes, que con poca relevancia se menciona en el Evangelio.

Logré colarme en la sala donde iba a tener lugar la celebración mientras se procedía con los preparativos. Incluso tuve que conseguir el ropaje característico de los criados para hacerme pasar por uno de ellos. Y tras pasar allí dentro más de medio día, llegó la hora de la cena, y con ella, todos los invitados. Aquel era el momento de ocultarme en las sombras, para seguir con el plan trazado.
La sala terminó estando abarrotada de conocidos y “amigos” de Herodes. Todos felicitándole efusivamente. La mayoría fingiendo, y pocos sinceramente. Pero eso era algo que sólo los que tratábamos con Herodías sabíamos. 

Desde la cocina, marchaban decenas y decenas de platos con manjares exquisitos, cuyos ingredientes parecían irreconocibles a primera vista. Durante toda la noche, el tráfico entre la cocina y la sala de la celebración, no cesó. Hasta el momento en que Herodes levantó su palma derecha en alto, para anunciar un acontecimiento.
-Queridos amigos e invitados, –dijo Herodes haciendo una pausa para mirar a Herodías con el fin de que se colocara a su lado- tengo el honor de presentaros a la hija de mi esposa Herodías, Salomé. Nos deleitará con una demostración de la danza del vientre. ¡Adelante, Salomé!
Y apareció en escena una joven de no más de 15 años, melena oscura indomable, mirada de gata y con unas curvas tentadoras a ojos de cualquier hombre, pero sobre todo a ojos de Herodes, quien la miraba como un goloso mira a un pastel. Era algo tan evidente, su deseo por la muchacha que hasta Herodías se sintió incómoda.
-Basta ya, querida. Ven aquí, con tu madre.- ordenó Herodías a Salomé, a lo que la hija respondió acudiendo a su lado- Ha sido magnífico, cómo nos has deleitado con tu arte, ¿no crees, Herodes?
-Me ha gustado tanto, que voy a concederte lo que me pidas, Salomé… lo que quieras, aunque fuera la mitad de mi reino.- se dejó llevar Herodes por el encanto de la niña.
Apostaría que entonces algunos supimos qué rumbo iba a tomar la situación. Quédose la niña dubitativa. Salomé se acercó a hablar con su madre, para que la aconsejara sobre su petición, puesto que no sabía bien qué pedir. Pareció que Salomé no se cuestionó el por qué de la decisión de su madre, puesto que inmediatamente después de escuchar sus palabras, se dirigió a Herodes inmediatamente:
-Quiero que enseguida me des en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista.
Y silencio en la sala. Y cuchicheos después. La cara de Herodes fue la pura imagen de la sorpresa.
-¿Estás segura de que no prefieres otra cosa, niña?-Intentó reencaminar Herodes a Salomé.
-Estoy segura.
Las palabras de su madre salieron por la boca de Salomé. En ese instante, pocos movimientos fueron perceptibles para Herodes, pero la mitad de la sala se entendió con gestos de complicidad, promovidos por Herodías. Herodes estaba inmerso en sus pensamientos, pero tuvo tiempo de lanzar una mirada rápida a su mayor consejero, situado a su derecha, para advertir la expresión de su rostro y así comprobar si estaba de acuerdo con la petición o no. Éste, asintió con la cabeza, dando el visto bueno. Un visto bueno acordado previamente con Herodías.
-Así sea, que Juan Bautista sea ejecutado.-confirmó Herodes, a quien a fin de cuentas, también le beneficiaba la muerte del profeta que proclamó su matrimonio con Herodías ilegítimo.
Dicha esta sentencia, marché rápidamente, al igual que unos otros pocos ocultos en rincones poco visibles, a una estancia habilitada por la mujer de Herodes para “actividades reservadas a la intimidad”. Allí comenzamos a redactar documentos datando exactamente los sucesos que acaban de ocurrir. De allí surgió el carácter Evangélico de la historia, cargando a Salomé y a Herodes, con una decisión de poder.

Herodes sabía que quien había tomado la decisión era Herodías, pero no sabía hasta qué punto era ella quien controlaba a todos sus súbditos por amenazas personales, chantajes o romances. Herodías era la verdadera protagonista y hacedora de las acciones que habían acontecido. Salomé fue tan sólo un instrumento para que su madre consiguiera lo que quería. Probablemente una mujer tan desesperada por el poder como Herodías sería capaz de vender a su propia hija para asegurarse una posición privilegiada de autoridad y dominio. En mi caso, Herodías me tenía totalmente controlado porque la vida de mi familia estaba en juego. Yo era un escriba de la cancillería de Herodes, y sentía cierta compasión por él y su ceguera para con su mujer, pero estaba condicionado a urdir estrategias a favor de Herodías, aunque fuera en contra de mi voluntad. Sólo ahora que ha transcurrido cierto tiempo, me veo en la libertad de contar la verdad que no se vio en los evangelios.

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