Es gracioso que, el Evangelio pueda
encerrar este fragmento de la historia de Herodes escatimando tanto en detalles
escabrosos. Los hechos están demasiado despersonalizados, son demasiado
respetuosos con según qué figuras de poder. Menos mal que mi mente no es
indulgente en las urdimbres que rodeaban a Herodes. No espero que mi relato sea
escrito como los textos evangélicos, ni que sea tratado como la verdad absoluta.
Sin embargo, espero que sirva para abrir los ojos a todos aquellos que creen a
rajatabla que estos documentos son más veraces que los testimonios de los que
presenciaron tal escena. Me refiero a la fiesta de cumpleaños de Herodes, que
con poca relevancia se menciona en el Evangelio.
Logré colarme en la sala donde iba a tener
lugar la celebración mientras se procedía con los preparativos. Incluso tuve
que conseguir el ropaje característico de los criados para hacerme pasar por
uno de ellos. Y tras pasar allí dentro más de medio día, llegó la hora de la
cena, y con ella, todos los invitados. Aquel era el momento de ocultarme en las
sombras, para seguir con el plan trazado.
La sala terminó estando abarrotada de
conocidos y “amigos” de Herodes. Todos felicitándole efusivamente. La mayoría
fingiendo, y pocos sinceramente. Pero eso era algo que sólo los que tratábamos
con Herodías sabíamos.
Desde la cocina, marchaban decenas y
decenas de platos con manjares exquisitos, cuyos ingredientes parecían
irreconocibles a primera vista. Durante toda la noche, el tráfico entre la
cocina y la sala de la celebración, no cesó. Hasta el momento en que Herodes
levantó su palma derecha en alto, para anunciar un acontecimiento.
-Queridos amigos e invitados, –dijo
Herodes haciendo una pausa para mirar a Herodías con el fin de que se colocara
a su lado- tengo el honor de presentaros a la hija de mi esposa Herodías,
Salomé. Nos deleitará con una demostración de la danza del vientre. ¡Adelante,
Salomé!
Y apareció en escena una joven de no más
de 15 años, melena oscura indomable, mirada de gata y con unas curvas
tentadoras a ojos de cualquier hombre, pero sobre todo a ojos de Herodes, quien
la miraba como un goloso mira a un pastel. Era algo tan evidente, su deseo por
la muchacha que hasta Herodías se sintió incómoda.
-Basta ya, querida. Ven aquí, con tu
madre.- ordenó Herodías a Salomé, a lo que la hija respondió acudiendo a su
lado- Ha sido magnífico, cómo nos has deleitado con tu arte, ¿no crees,
Herodes?
-Me ha gustado tanto, que voy a concederte
lo que me pidas, Salomé… lo que quieras, aunque fuera la mitad de mi reino.- se
dejó llevar Herodes por el encanto de la niña.
Apostaría que entonces algunos supimos qué
rumbo iba a tomar la situación. Quédose la niña dubitativa. Salomé se acercó a
hablar con su madre, para que la aconsejara sobre su petición, puesto que no
sabía bien qué pedir. Pareció que Salomé no se cuestionó el por qué de la
decisión de su madre, puesto que inmediatamente después de escuchar sus palabras,
se dirigió a Herodes inmediatamente:
-Quiero que enseguida me des en una
bandeja la cabeza de Juan el Bautista.
Y silencio en la sala. Y cuchicheos
después. La cara de Herodes fue la pura imagen de la sorpresa.
-¿Estás segura de que no prefieres otra
cosa, niña?-Intentó reencaminar Herodes a Salomé.
-Estoy segura.
Las palabras de su madre salieron por la
boca de Salomé. En ese instante, pocos movimientos fueron perceptibles para
Herodes, pero la mitad de la sala se entendió con gestos de complicidad,
promovidos por Herodías. Herodes estaba inmerso en sus pensamientos, pero tuvo
tiempo de lanzar una mirada rápida a su mayor consejero, situado a su derecha,
para advertir la expresión de su rostro y así comprobar si estaba de acuerdo
con la petición o no. Éste, asintió con la cabeza, dando el visto bueno. Un
visto bueno acordado previamente con Herodías.
-Así sea, que Juan Bautista sea
ejecutado.-confirmó Herodes, a quien a fin de cuentas, también le beneficiaba
la muerte del profeta que proclamó su matrimonio con Herodías ilegítimo.
Dicha esta sentencia, marché rápidamente,
al igual que unos otros pocos ocultos en rincones poco visibles, a una estancia
habilitada por la mujer de Herodes para “actividades reservadas a la intimidad”.
Allí comenzamos a redactar documentos datando exactamente los sucesos que
acaban de ocurrir. De allí surgió el carácter Evangélico de la historia,
cargando a Salomé y a Herodes, con una decisión de poder.
Herodes sabía que quien había tomado la
decisión era Herodías, pero no sabía hasta qué punto era ella quien controlaba
a todos sus súbditos por amenazas personales, chantajes o romances. Herodías
era la verdadera protagonista y hacedora de las acciones que habían acontecido.
Salomé fue tan sólo un instrumento para que su madre consiguiera lo que quería.
Probablemente una mujer tan desesperada por el poder como Herodías sería capaz
de vender a su propia hija para asegurarse una posición privilegiada de
autoridad y dominio. En mi caso, Herodías me tenía totalmente controlado porque
la vida de mi familia estaba en juego. Yo era un escriba de la cancillería de
Herodes, y sentía cierta compasión por él y su ceguera para con su mujer, pero
estaba condicionado a urdir estrategias a favor de Herodías, aunque fuera en
contra de mi voluntad. Sólo ahora que ha transcurrido cierto tiempo, me veo en
la libertad de contar la verdad que no se vio en los evangelios.
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